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CAPITULO III: LA MISERIA COTIDIANA

    "VIKINGOS SE ROBA NUESTRA RIQUEZA Y NO NOS DEJA TRADAJAR"

    Pilar Lozano; T. R. 43, Mayo de 1982 Cerca de tres mil pescadores artesanales efectuaron el pasado 20 de enero una toma simbólica del Golfo de Urabá. Los trabajadores del mar desfilaron en sus canoas, sobre las enlodadas y embravecidas aguas del Caribe, acompañados por sus mujeres y sus hijos, agitando banderas de Colombia y portando pancartas de cartulina blanca sobre las que se leía, escrita con letras rojas, una denuncia unánime: "Vikingos se roba nuestra riqueza y no nos deja trabajar".

    Arauca: INDÓMITA LUCHA CONTRA LA NATURALEZA Y EL ESTADO

    Guíllermo Alberto A révalo; T. R. 42, Marzo de 1982 Al pie de las estribaciones de la Sierra Nevada de¡ Cocuy, en el Noroeste de la Intendencia Nacional de Arauca, se abren hacia los Llanos Orientales las 330 mil hectáreas de¡ Sarare. Se trata de un región que hasta hace 20 años el país prácticamente desconocía pero que ahora conforma una importante colonización agrícola en la cual viven 80 mil colombianos, desplazados de sus tierras de origen por la violenta presión de los terratenientes. Son en su mayoría campesinos oriundos de los Santanderes y Boyacá, llegados en crecientes oleadas desde 1965, cuando Saravena, que hoy en día tiene 20 mil habitantes y constituye el principal municipio de la zona, era apenas un campamento donde paraban las caravanas de mulas, levantado en medio de la selva insalubre y hostil. Sin embargo, cinco años después, aferrados a la ilusión de hacerse por fin,a un pedazo de tierra p@opio, estos colonos ya habían civilizado 34 mil hectáreas. Semejante faena la realizaron a costa de su salud y, en decenas de casos, entregaron la vida en la empresa; otros fueron impotentes testigos de la muerte de sus hijos, víctimas de enfermedades fulminantes. Actualmente, muchos de aquellos pioneros, ya sin fuerzas para tumbar monte, no poseen más que la miseria que los llevó hasta esos parajes.

    En la Costa Atlántica: LA NEGRA HISTORIA DEL TABACO NEGRO

    Pilar Lozano; T. R. 39, Agosto de 1981 Para los cosecheros del tabaco de la Costa Atlántica parece que el tiempo no hubiera transcurrido. Allí este producto aún se rige por métodos de cultivo y formas de elaboración y de comercio propios del pasado. Sembrar la hoja no ha dejado de ser un riesgo funesto. Sin tierra, sometidas a las vetustas relaciones de aparcería y a los "adelantos", sistema de pago establecido desde 1856, diez mil familias de campesinos pobres están condenadas a trabajar como siervos y comprometidas de antemano a entregar la cosecha por los exiguos precios que fijan unilateralmente las firmas exportadoras.

    OTRA RIQUEZA ARREBATADA AL PUEBLO

    Amalia Iriarte; T. R. 28, Agosto 15 de 1977 Abriendo trochas a través de las cordilleras, tumbando monte y sembrando las vertientes más empinadas, el pueblo construyó las zonas cafeteras de 16 departamentos, y desde hace siglo y medio planta, abona, desyerba los cafetos, recoge y beneficia el grano. Hacia 1830 Colombia empezó a exportar café y al final del siglo XIX, cuando hicieron crisis el tabaco, el añil y la quina, hasta entonces productos básicos de su comercio exterior, las laderas de Los Andes se cubrieron de cafetales que, gracias al empeño de miles de labriegos, climas propicios y abundantes tierras aptas, produjeron frutos de óptima calidad en cantidades crecientes. Al iniciarse el siglo XX cae Colombia en garras del capital monopolista norteamericano y la economía nacional empieza a depender de los precios inest - ables del café, manipulados por los grandes pulpos compradores en la Bolsa de Nueva York. Ya en 1919 la rubiácea constituyó el 680/o de las exportaciones colombianas y desde 1942 no ha bajado sino esporádicamente del SOO/o. A lo largo de este siglo, en la medida en que se elevan sus precios y aumenta su consumo, los monopolios imperialistas acaparan progresivamente este producto del trabajo popular, mediante unos cuantos terratenientes e intermediarios organizados en la Federación Nacional de Cafeteros y un pequeño grupo de grandes firmas exportadoras.

    SE REPITE TRAGEDIA DE AMAGA

    Leonel Giraldo; T. R. 4 1, Enero de 1982 El pasado 7 de noviembre, en un derrumbe que se produjo en la mina El Silencio, en Amagá, perdieron la vida cinco obreros. En aquel mismo lugar, el 14 de julio de 1977, una explosión de gas grisú ocasionó la muerte a casi un centenar de trabajadores. Hoy, al igual que en aquella dolorosa ocasión, los mineros y sus familias han señalado a la empresa Industrial Hullera y al gobierno como los únicos culpables de la tragedia.

    COMO FUE LO DEL FIQUE: 90 MIL FAMILIAS LANZADAS A LA RUINA

    Gabriel Iriarte; T. R. 25, Febrero de 1977 El departamento del Cauca ha sido tradicionalmente y es aún hoy uno de los más atrasados y miserables de nuestro país. Una región en donde el 80% de la población depende de las labores agrícolas, en donde más de 150.000 indígenas apenas logran subsistir arañando las laderas de escarpadas montañas en 50 resguardos minúsculos, en donde el 62% de las fincas son menores de 5 hectáreas y ocupan el 8.7% de la superficie total, mientras un puñado de grandes terratenientes con el 2% de las fincas acapara más del 45% de la tierra, en donde predominan las formas señoriales de explotación del campesino, que se ve reducido a la condición de siervo, terrajero o aparcero, en donde al indígena se le arrebatan sus tierras, se le reprime y se le asesina, en donde los destinos de las gentes son manejados a su antojo por unas cuantas familias de gamonales tradicionales. Un departamento aislado y sin vías de comunicación, porque según el terrateniente y jefe liberal Víctor Mosquera Chaux, "las carreteras dañan al campesino". En fin, un departamento aletargado por los rezagos del feudalismo ancestral.

    LAS INUNDACIONES DEL MAGDALENA: LA CARA OCULTA DE UNA GRAN TRAGEDIA

    Leonel Giraldo, Pilar Lozano, Conrado Zuluaga, Amalia Iríarte, Esteban Navajas; T. R. 18, Febrero de 1976 En los últimos meses de 1975, miles y miles de ribereños a lo largo de la cuenca de¡ río Magdalena vivieron noches y días infernales de terror, lo perdieron todo, ranchos y enseres, sembrados y cosechas y animales y quedaron a la deriva, con el agua putrefacto de ¡acreciente al cuello, sin tener a dónde ir, sin nada qué comer ni con qué pagarse la peor ración, viendo cómo las aguas se retiran y bajo el cielo de verano se aposentan, espantosas, hambre, miseria y pestes, olvidados de dios y del gobierno.

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