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67p, Philae y Rosetta

Guillermo Guevara Pardo, Bogotá, noviembre 16 de 2014

Los cometas, que algún científico definió como “sucias bolas de hielo”, gozaban de mala fama en épocas pretéritas de la historia humana. Cuando aparecían en los perfectos e inmutables orbes celestes, se les consideraba mensajeros de malos augurios. Inclusive un Papa llegó a excomulgar a alguno de ellos. Pero la investigación racional de los fenómenos naturales develó su verdadera condición material. Es así como Edmond Halley (1656-1742), astrónomo inglés, en 1682, apoyándose en las leyes de Kepler y en la mecánica de Newton calculó el periodo orbital de un cometa por él observado y estudiado, y predijo que volvería a aparecer en el año 1758. Aunque no vivió lo suficiente para ver realizada su predicción, este triunfo del método de la ciencia hizo que el nombre del astrónomo quedara para siempre unido al más conocido de todos los cometas que por la Tierra han pasado.

Siglos después, la Agencia Espacial Europea (ESA) corona una hazaña tecnológica: en estos días del penúltimo mes del año, ESA colocó un artefacto llamado Philae (por un templo de la diosa Isis) sobre la superficie del cometa 67P llamado también Churyumov-Gerasimenko, que debería posarse sobre un lugar bautizado con el nombre de Agilkia (por una isla en el legendario río Nilo). La historia empezó en marzo de 2004 cuando desde la Guyana Francesa se lanzó la nave espacial Rosetta que tras atravesar millones de kilómetros el pasado mes de agosto se emparejó, a una veintena de kilómetros, al susodicho cometa viajando uno al lado del otro, moviéndose juntos a la misma velocidad. Hay que recordar que la Piedra de Rosetta fue encontrada en 1799 durante la campaña napoleónica en Egipto y permitió descifrar los jeroglíficos de la escritura en el país de los faraones. 67P, Philae y Rosetta están en estos momentos a una distancia de unos 500 millones de kilómetros. Cualquier información que llegue desde allá u orden que se envíe desde Tierra, gasta 28 minutos y 20 segundos. Cosas de la teoría de la relatividad y del valor finito de la velocidad de la luz.

Como los cometas existen desde los inicios de nuestro sistema solar hace unos 5.000 millones de años sin haber sido alterados, en su estructura están escondidos preciosos datos sobre el proceso de la formación de la Tierra y los demás planetas. Los sofisticados instrumentos con que cuenta el módulo Philae buscarán indicios de moléculas orgánicas, que de hallarlas, indicaría que los “ladrillos” de la vida habrían llegado a nuestro globo terrestre a bordo de innumerables cometas; además si el agua que hay en 67P es semejante a la de la Tierra, ese hecho podría indicar que el vital líquido también llegó con ellos. Serán muchos los datos que se lograrán obtener de tan extraordinaria misión espacial, aumentando así el cúmulo de conocimientos que del sistema solar tenemos. Pero también serán variadas las preguntas que surgirán. Esa es la dialéctica de la ciencia.

Todo este triunfo científico y tecnológico muestra que para el intelecto humano no hay barreras imposibles de superar. ¡Claro, en un país tan mal gobernado como el nuestro esas barreras sí que parecen imposibles de sobrepasar! Afortunadamente, como sucede en los cielos, todo cambia, nada es estático.

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