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A defender el Polo como faro alternativo y de cambio

Mateo Hoyos López, Bogotá, marzo 31 de 2015

En Colombia nadie es capaz de afirmar que las cosas van bien. Tan sólo personas de los gobiernos de turno son capaces de decir tal cosa. Pero es que la realidad es testaruda y tarde o temprano impone sus verdades. La pobreza en Colombia es hoy del 31% y, en especial, la pobreza rural es del 65%. Según las Naciones Unidas, existen 18 millones de personas en estado de vulnerabilidad (además de los pobres), con riesgo de caer, regresar o permanecer en la pobreza. A esto se suma que Colombia es el segundo país más desigual de América Latina (séptimo mundialmente), con ricos como los más adinerados europeos y pobres como los más necesitados en África. Parte de esta realidad se explica en que el 70% del empleo es informal y más del 40% es de rebusque, eso sin hablar de los desempleados. Asimismo, cabe recordar la indudable pésima calidad del sistema de salud, el enorme déficit financiero de la universidad pública colombiana, así como los problemas urbanos cotidianos, como el atrasado e ineficiente sistema masivo de transporte público y la inseguridad creciente. Imposible afirmar que las cosas andan bien.

La situación del país tiene causas y responsables. No se da silvestre. Desde el gobierno de Cesar Gaviria, en los 90s, se adoptó el modelo de apertura económica, de neoliberalismo o de libre comercio. El país se encauzó en la especialización en las actividades económicas más “ventajosas” relativamente, con lo que se sacrificaron las actividades más productivas e importantes como la industria y el agro. Llevamos 25 años de desindustrialización y reprimarización de la economía. Se privatizaron los principales activos públicos del país; los principales derechos ciudadanos se volvieron sujetos de lucro, como la salud y las pensiones; las condiciones laborales se degradaron con la llamada flexibilización laboral o tercerización; y, por último, se decretó el fin de la producción nacional, de la generación de riqueza en el país.

Todo esto ha llevado a que, en el presente, con la caída del precio del petróleo, el cual por el modelo adoptado se convirtió en variable fundamental del desempeño del país, se empiecen a oír campanazos de alerta por la venidera crisis. No es para menos. Fedesarrollo, centro de pensamiento neoliberal, por ejemplo, ya ha dicho que el crecimiento económico caerá y que la pobreza y el desempleo incrementarán. Crisis que prueba el fracaso de la política oficial y de todos los gobiernos.

Lo lógico es modificar la política y el modelo. Sin embargo, el gobierno de Juan Manuel Santos viene profundizando el neoliberalismo; es decir, ante los síntomas, más dosis de enfermedad. Y es que con la debacle nacional hay algunos que se benefician y enriquecen. Les va bien mientras al país le va mal (como Sarmiento Angulo y las trasnacionales, por solo mencionar dos). El año pasado, a finales de año, y con el apoyo de su supuesto contrario, el Centro Democrático, Santos aprobó, entre otros, el TLC con Corea (carrobomba a la industria nacional), la Alianza del Pacífico (profundización de la crisis agraria) y la Reforma al Equilibrio de Poderes (mejor llamada de Desequilibrio, pues da mayores gabelas al ejecutivo y profundiza el clientelismo como herramienta de garantía al ultrapresidencialismo). Cabe enfatizar, las mayores dosis de enfermedad son consecuencia del accionar del santismo y del uribismo juntos. Que nadie se engañe; ambas corrientes son responsables de la mala situación nacional.

A pesar de lo anterior, este país sí tiene arreglo. Somos un país megadiverso, con todos los climas posibles, con dos océanos y con unas gentes reconocidas mundialmente como trabajadoras y verracas. La cuestión pasa por ser conscientes de esta situación; por reconocer a quiénes han sido los verdugos, los responsables del atraso del país; y por organizar al 90% o más de la población que no le va bien con la política oficial, el empresariado, los trabajadores, los intelectuales, los campesinos, los indígenas, en torno a un proyecto democrático de país. La cuestión pasa por consolidar un proyecto político inclusivo, democrático y, sobretodo, antineoliberal, al mejor estilo de Grecia y España en la actualidad; pasa por un rechazo tajante a la táctica de garrote y zanahoria, de demócratas y republicanos, de ese bipartidismo nocivo que tanto daño ha hecho al país en el pasado; es decir, pasa por consolidar un proyecto alternativo en serio, sin juanmanueles y profundamente antineoliberal. Esto es lo que representa, a pesar de los errores, el Polo Democrático, único partido alternativo en Colombia. En particular, esto es lo que representa Jorge Enrique Robledo, como adalid de la oposición y de un proyecto de país distinto al que nos han llevado Uribe y Santos.

Este año, como cada dos, se celebrará el Congreso del Polo, escenario en el que se definirán cosas tan importantes como la política del partido en dos años, las directivas, las candidaturas y sus programas. El Congreso se conforma por medio de una elección democrática de 750 delegados a nivel nacional en la que votan todos los simpatizantes del partido. En este Congreso, especialmente, se juega el rumbo del Polo y, más aún, el que siga existiendo ese proyecto político verdaderamente alternativo; ese proyecto político que se toma en serio eso de “cambiar el país y el mundo”.

Confiado en que este proyecto político, encabezado por el senador Robledo, es el que realmente requiere el país para superar el atraso, la pobreza y la infinidad de problemas que tiene, invito a todos a apoyar las listas robledistas al Congreso del Polo. Queremos que el Polo siga siendo y se fortalezca como el partido de cambio en Colombia. Es decir, queremos mantenerle el rumbo al Polo, como aquel partido que no se entrega y que acompaña todas las justas luchas de los colombianos. Además, la invitación a defender este proyecto también es para que en 2018 nos demos el lujo de tener a Robledo, el mejor senador en la historia nacional, como candidato presidencial.

POLO DEMOCRATICO ALTERNATIVO
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