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A la búsqueda de ALF

Guillermo Guevara Pardo, Bogotá, agosto 10 de 2014

El único lugar del universo conocido donde ha surgido y evolucionado la vida es el planeta azul al que llamamos Tierra. Eso no significa que en otros tiempos o en otros lugares del infinito cosmos no haya, o haya habido, vida. ¿Estamos solos en esta inmensidad cósmica? Esta es una de esas preguntas que ha inquietado durante miles de años a pensadores de todos los calibres.

La discusión sobre la posibilidad de que exista vida extraterrestre era hasta ayer solamente especulativa, pero hoy empieza a tener respuesta desde el campo del conocimiento científico con el respaldo de la evidencia empírica. Hasta marzo 17 de 2014 se han descubierto 1771 planetas más allá del sistema solar, llamados por tal razón exoplanetas; 14 de ellos se encuentran ubicados en lo que se llama la “zona habitable”, una región entre el planeta y la estrella central alrededor de la cual aquel gira y donde la temperatura es la adecuada para mantener una serie de condiciones fisicoquímicas que permiten el origen y desarrollo del fenómeno de la vida. En el interior de los miles de millones de galaxias que existen en los orbes celestes, bulle un número inimaginable de planetas, y también de lunas, donde la vida alguna vez floreció o donde existe actualmente. No hay que pensar que la vida sea un evento exclusivo de la Tierra, que este fue el planeta deliberadamente escogido por algún artesano divino para diseñar aquí el maravilloso árbol de la vida y que por lo tanto quienes aquí estamos, gozamos de una gracia especial y espacial.

Nuestra galaxia, la Vía Láctea, se originó hace 12.000 millones de años; el sistema solar al que pertenece la Tierra se formó hace 4.600 millones de años; los primeros organismos vivos flotaron en los mares primitivos hace unos 3.800 millones de años y la ciencia que busca vida más allá de nuestros estrechos linderos, la exobiología, tuvo su acta de nacimiento en 1961 en Green Bank, West Virginia, cuando Frank Drake (hoy con 84 años), del Observatorio Nacional de Radioastronomía, citó a un puñado de investigadores para pensar científicamente sobre la posibilidad de captar señales de radio emitidas por vida inteligente más allá de la Tierra. Entre los asistentes a ese evento fundacional estaba un joven científico planetario llamado Carl Sagan.

Hay en la Tierra un conjunto de microorganismos que viven en ambientes extremos donde sería impensable la existencia de vida: en calurosas fumarolas hidrotermales en los fondos oceánicos, en manantiales a altísimas temperaturas, en lagos a 800 metros de profundidad bajo la costra helada de la Antártica, en oscuras cuevas de mefíticas emanaciones como la de Villa Luz en México, en lugares ácidos (Río Tinto, España) o salados (Mar Muerto) o alcalinos o radiactivos, en las fisuras de rocas encontradas a un kilómetro bajo tierra (mina de oro en Sudáfrica). Estos sorprendentes organismos se han llamado, y con sobrada razón, extremófilos; son bacterias terrestres que ayudarían a comprender un fenómeno extraterrestre.

Si tan dantescos ambientes son excepción en la Tierra, puede ser que en otros lugares del cosmos sean comunes. Sin salirnos del vecindario de nuestro sistema solar, planetas como Marte o lunas como Europa, Ganímedes o Calixto (Júpiter) y, Encélado (Saturno) poseen algunos de esos ambientes extremos donde es posible que exista alguna forma de vida; además, está probado que en la superficie marciana el agua fluyó en abundancia hace millones de años. ¿Permanecerá alguna parte de ella bajo el suelo del planeta rojo? ¿Medrarán allí microbios marcianos? En las lunas antes mencionadas se ha documentado, sin lugar a dudas, la existencia del vital líquido. Titán, luna de Saturno, tiene ríos, lagos, mares y lluvia de compuestos orgánicos como el metano y el etano. ¿Podría haber evolucionado allí un bicho que se adaptó a tan exóticos líquidos? Esa luna además también podría ser un laboratorio cósmico para ayudar a comprender el origen de la vida aquí en nuestro azul terruño. Un proceso extraterrestre para entender un fenómeno terrestre.

Los países desarrollados del mundo se aprestan a montar poderosos telescopios (terrestres y espaciales) y enviar al espacio diversas misiones para seguir tratando de encontrar rastros de alguna extraña forma de vida en otros lugares. En la NASA creen que en 20 años ya tendrán pruebas concretas que respalden uno de los objetivos de la novísima exobiología. Mientras tanto Frank Drake, octogenario y activo, propone buscar destellos de luz de civilizaciones alienígenas. ¿Alguien ha prendido una luz allá en el oscuro cielo? Es muy probable.

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