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¿A quién se le ocurre cobrar por la recolección científica?

F. Gary Stiles*, UN Periódico No 189, junio 13 de 2015

El Ministerio de Ambiente propuso dos reglamentos y un decreto para cobrar una “tasa compensatoria” por la recolección científica de especímenes. La iniciativa muestra una preocupante ignorancia sobre esta actividad, básica para la conservación de la biodiversidad. Hay razones de peso para retirar estas propuestas y, por el contrario, reorientarlas para estimular el conocimiento.

La recolecta científica fue clasificada como “caza” en el Decreto Ley 1608 de 1978 (Código de Recursos Naturales), igual que la caza por subsistencia, la deportiva o la comercial. Este desafortunado vocablo no tomó en cuenta un aspecto fundamental de la recolecta científica: la obtención de los especímenes representa solo el primer paso. Siguen los procesos de preparación, preservación, identificación, ubicación en una colección, catalogación, curaduría y conservación, de tal forma que los ejemplares sean dispuestos para su estudio a perpetuidad.

El material recolectado representa una parte del patrimonio natural del Estado, un bien público que le compete proteger. Ningún otro tipo de “caza” produce un bien permanentemente guardado y disponible para uso científico, en pro del conocimiento y la conservación de la biodiversidad.

Con estos argumentos, producto de una ardua tarea, los expertos lograron la aprobación de los decretos 1375 y 1376 de 2013, que eliminaron la mayor parte de obstáculos legales hacia la recolección científica (por primera vez no la denominaron “caza”).

Sin embargo, en abril de este año, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible propuso dos reglamentos y un decreto para cobrar una “tasa compensatoria” por cada espécimen obtenido.

Esa tasa se basa en el mandato al Ministerio de “compensar la afectación” de los recursos naturales, incluyendo flora y fauna, con base en las leyes y decretos del 2013, agregando extemporáneamente los ejemplares obtenidos bajo los permisos marco de la recolección científica.

Lo que se ignora es que, por su naturaleza, esta actividad no produce tal “afectación” de las poblaciones naturales.

Bases de la conservación

Efectivamente, las propuestas imponen una multa por cada ejemplar, lo cual evidencia una preocupante ignorancia en cuanto a la naturaleza de la recolecta científica y las disciplinas biológicas que le proporcionan sus bases: la biología y la ecología de poblaciones naturales, la taxonomía y sistemática y la biogeografía, que a su vez sientan los fundamentos para la conservación de la biodiversidad.

Aparentemente, lo que motivó la presentación de estos proyectos del Ministerio fue el caso de la extracción de micos (Aotus) por el grupo de Manuel Elkin Patarroyo, para sus experimentos de laboratorio. Si bien el Consejo de Estado exoneró al doctor Patarroyo de cualquier ilegalidad en la obtención de estos animales, está por determinar si los que murieron en sus experimentos fueron debidamente preservados y donados a una colección biológica para su estudio. De no ser así, tal extracción no debería calificarse como “recolecta científica”, bajo cualquier definición que tome en cuenta la verdadera naturaleza de esta.

La diferencia entre recursos naturales renovables y no renovables es un buen punto de partida argumental. La explotación de un recurso no renovable representa extracción permanente sin remplazo, como ocurre con la minería. Idealmente, tal extracción debe acompañarse de medidas de compensación o mitigación de los daños causados al medioambiente y a los servicios ecosistémicos que provee, aunque esto rara vez se cumple en Colombia.

A diferencia de los minerales, en una población natural los individuos se reproducen y mueren, por lo cual hay renovación constante. El tamaño de cualquier población natural varía de un año a otro. Incluso, la tasa de nacimiento, generalmente, es más que suficiente para mantener números estables, determinados por los recursos disponibles. Es más, los individuos “sobrantes”, que son aquellos que están excluidos porque no encuentran recursos o espacio de supervivencia, mueren sin reproducirse.

La recolecta científica es fundamental para la elaboración de inventarios de flora o fauna. El objetivo es acopiar uno o pocos ejemplares de cada especie hallada, lo cual representa una tasa de mortalidad de menor magnitud que la natural.

El efecto es, simplemente, permitirles a algunos de los individuos “sobrantes” incorporarse a la población reproductiva. Por esto, la “afectación” es mínima o nula y la “compensación” ocurre naturalmente.

Las excepciones son poblaciones de un número pequeño de especies grandes, las cuales presentan muy bajas tasas de reproducción, pequeñas áreas de distribución, pérdida de hábitat o requerimientos de espacios grandes para su supervivencia.

Tales especies están bien conocidas y han sido clasificadas bajo criterios de riesgo de extinción por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), una clasificación aceptada universalmente, pero ignorada en los documentos que sustituyen un criterio arbitrario y subjetivo de “carisma”.

Importancia crítica

Cada expedición en un sector poco explorado puede dar como resultado el descubrimiento y la descripción de especies nuevas para la ciencia o extensiones de distribuciones conocidas. Esto indica que la “megadiversidad” colombiana sigue siendo desconocida en alto grado.

Un programa vigoroso de recolección científica es de importancia crítica para bajar el grado de desconocimiento de este recurso, apreciar su valor y elaborar planes concretos para su conservación.

Más aún, nuevas alternativas, como el estudio del ADN y de residuos de contaminantes como metales pesados e isótopos estables, están dando resultados importantes para el monitoreo de la salud de la vida silvestre así como de las poblaciones humanas que viven en contacto con esta o la usan para su sustento.

En tiempos de cambio climático y aumento de actividades humanas, como la minería, es importante proyectar este monitoreo hacia el futuro a través de la recolección. Los especímenes están adquiriendo un valor cada vez mayor, pero poco apreciado en círculos gubernamentales.

En tiempos más iluminados, hasta los gobiernos ayudaron a financiar la recolecta científica, situación que contrasta con el panorama en Colombia, pues el Gobierno no aporta un centavo directo para mantener ni mejorar las colecciones biológicas. ¿Es sensato agregar a este panorama una multa para “compensar” la remoción de una proporción insignificante y sostenible de este recurso, que puede traer beneficios a su conocimiento y conservación?

Otra incongruencia de lo propuesto por los documentos en cuestión es no tomar en cuenta las características de las poblaciones naturales y métodos de muestreo importantes como la trampa de Malaise, para insectos voladores.

Con este método se pueden recolectar en una semana centenares de insectos, los cuales requieren días de intenso trabajo experto para su clasificación. En ese sentido, ¿es lógico cobrar una millonada para “compensar” este muestreo, considerando que la trampa solo captura ejemplares sobre un área de unos cuantos metros cuadrados, lo cual no afecta en lo más mínimo a poblaciones que por su naturaleza presentan altas tasas de reproducción? Aún para las especies más “carismáticas”, como aves o micos, la mortalidad causada por la recolección científica verdadera es muchísimo menor que la extracción continuada por cacería de subsistencia, no regulada por los documentos en mención.

Solo cuando los esfuerzos se concentran en unas pocas especies, las poblaciones pueden afrontar el riesgo de extinción derivado, como ocurre con la caza de loros y guacamayos para el comercio de mascotas. Este tipo de extracción convierte a las poblaciones en recursos no renovables.

Estos argumentos buscan contribuir a que se reduzca la ignorancia evidente de los proponentes de estos proyectos y a que se estimule el retiro de tales iniciativas, al apreciar la importancia de no penalizar, sino más bien estimular la recolección científica como una base esencial para el conocimiento y la conservación de la biodiversidad.

*Profesor titular y curador de ornitología, Instituto de Ciencias Naturales Universidad Nacional de Colombia.

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