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Academia de Ciencias

Moisés Wasserman, El Tiempo, Bogotá, mayo 1 de 2014

Por la calidad de sus miembros, nuestra academia tiene una gran capacidad para asesorar al Gobierno en un amplio rango de disciplinas y problemas.

Las academias de ciencias son organizaciones extrañas. Es interesante que subsistan entidades así, que promueven el conocimiento, basadas en el trabajo totalmente voluntario de personas muy ocupadas. Son sociedades que escogen a sus miembros solamente por sus hojas de vida y por su calidad científica y humana, excluyendo cualquier otra consideración. Son ceremoniosas, algo elitistas y hasta anacrónicas, pero muy respetadas. La buena intención que hay en sus conceptos, su honestidad, conocimiento y compromiso social y ético son indiscutibles.

La primera fue la de Platón, que funcionó en Atenas, en un jardín de olivos considerado sagrado, donde estaba la tumba del legendario héroe griego Academo. Varias la sucedieron. La última fue clausurada por el emperador Justiniano el año 529, fecha que se señala como el principio de la Edad Media, época de poca libertad individual e intelectual.

Con el advenimiento del Renacimiento se promovió en Europa la creación de sociedades de estudio que se llamaron también academias. La primera fue la Academia Pontaniana de Nápoles, de corta duración. La idea fue retomada más de un siglo después por Giambattista Della Porta, quien fundó, también en Nápoles, la ‘Academia Secretorum Naturae’. Sus miembros eran los ‘otiosi’ u ociosos, no porque fueran perezosos sino porque dedicaban su tiempo a reflexiones supracotidianas que no se veían de utilidad inmediata. Los “secretos de la naturaleza” incluían temas como la meteorología, la óptica y la astronomía. Fue cerrada por la inquisición, por sospechas de brujería.

La Academia más importante de la época, y que subsiste hasta nuestros días (con interrupción durante el fascismo), fue la Academia Nacional de Italia, conocida como la Academia dei Lincei –de los linces– por la proverbial sagacidad y aguda visión de esos felinos. Fue un foco para el desarrollo de la revolución científica del momento. Su objetivo era la filosofía natural en oposición a la metafísica. Galileo fue su miembro; firmaba Galileo Galilei Linceo.

Varias academias europeas fueron fundadas por la época y tienen gran influencia hasta hoy. Muy conocidas son la Academia Francesa y la Sociedad Real en Londres. Ellas y muchas otras promueven el conocimiento científico y sirven como cuerpos consultivos de los gobiernos. En América surgieron muy relacionadas con la consolidación de las democracias y las repúblicas. La más grande, con 2.600 miembros y que ha tenido 200 premios Nobel, es la de los Estados Unidos, que nació en la Guerra Civil con el acto de incorporación firmado por el presidente Abraham Lincoln. En Colombia la idea surgió inicialmente del general Santander y fue establecida legalmente, por el presidente López Pumarejo, como correspondiente de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales española, y como asesora del Gobierno para asuntos de ciencia.

Subsistió desde su fundación con un modestísimo presupuesto del Estado (ella y otras también asesoras del Gobierno y reunidas en un Colegio Máximo). Hoy tiene un contrato con el Ministerio de Educación Nacional para ejecutar acciones en generación y difusión de conocimiento. Esos mínimos recursos alcanzan apenas para evitar su extinción, pero no permiten su crecimiento y limitan sus alcances. Por la calidad de sus miembros, nuestra academia tiene una gran capacidad para asesorar al gobierno en un amplio rango de disciplinas y problemas. Un potencial infortunadamente no aprovechado.

Muchos países se apoyan en sus academias para generar políticas basadas en la evidencia. En Colombia, el apoyo que ella recibe y el que se le solicita está en relación directa con la baja prioridad que tiene el conocimiento en la construcción de nuestras políticas públicas.

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