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Ada Lovelace: original y visionaria, pero no programadora

Javier Yanes, OpenMind, diciembre 9 de 2015

Ada Lovelace, la única hija legítima del poeta Lord Byron, fue una brillante entusiasta de las matemáticas que anticipó el enorme potencial de las computadoras cuando aún solo se habían creado las primeras calculadoras mecánicas. Sin embargo, ahora nuevos datos vienen a confirmar lo que muchos expertos ya sostenían: pese al innegable valor de sus aportaciones, la idea extendida de que fue la autora del primer programa informático de la historia es solo un mito.

“¡Es tu rostro como el de tu madre, mi hermosa niña! ¡Ada! ¿Única hija de mi casa y de mi corazón? Cuando por última vez vi tus jóvenes ojos azules, me sonrieron, y después nos separamos –no como nos separamos ahora, sino con una esperanza–”.

Así arranca el Canto Tercero de “Las peregrinaciones de Childe Harold”, la obra que lanzó a la fama a George Gordon Byron, más conocido por el título aristocrático que heredó de su tío abuelo. La “Ada” a la que se refería Lord Byron era, en efecto, la “única hija de su casa”, la que sería a la postre la única descendiente legítima de un hombre que no solo fue conocido por su talento literario, sino también por su turbulenta vida amorosa.

Y pese a esos cariñosos versos, Augusta Ada Byron, después condesa de Lovelace (Londres, 10 de diciembre de 1815 – Londres, 27 de noviembre de 1852), fue también la niña de la que Byron se separó cuando ella solo contaba un mes de vida, para jamás volver a verla. Este alejamiento fue en realidad una decisión de la madre de Ada y esposa del poeta, Annabella, cuya estricta moral religiosa chocaba con los escándalos de un hombre a quien se le atribuía una relación incestuosa con su hermanastra de la que nació una niña. Tras la ruptura con su esposa, Byron marchó a Grecia, donde fallecería cuando Ada tenía ocho años.

Aunque Annabella se apartó de Byron para proteger a su hija de lo que ella consideraba la insania de su marido, lo cierto es que tampoco fue una madre modélica; según refleja Benjamin Woolley en su biografía “The Bride of Science: Romance, Reason and Byron’s Daughter” (Pan Macmillan, 1999), Annabella apenas cuidaba de Ada; pero al menos, y buscando alejarla de los delirios de su padre, le legó una educación en matemáticas que la conduciría a los logros por los que sería finalmente recordada.

Ada fue una niña de salud débil y de mente brillante. Con solo 12 años decidió dedicarse a estudiar científicamente la posibilidad de volar. Pero sin duda el argumento clave de su vida llegaría cuando en 1833 su tutora, la polímata Mary Somerville, le presentó al matemático Charles Babbage, a menudo considerado el padre de la computación. Babbage estaba inmerso en la construcción de un prototipo para un aparato llamado Máquina Diferencial, una calculadora mecánica para elaborar tablas de polinomios. Sin embargo, el matemático acariciaba un proyecto aún más ambicioso, la Máquina Analítica, un artefacto de uso más general, programable y dotado de memoria; una verdadera computadora en el siglo XIX.

Babbage quedó impresionado por la inteligencia matemática de la joven a la que llamaba “la encantadora de números”. Esta relación sería el origen de los logros más memorables de Ada Lovelace; pero también de una confusión que ha perdurado hasta hoy, atribuyéndole un trabajo que, en realidad, no fue suyo.

Esta es la historia. En 1840, Babbage viajó a Italia para explicar el concepto de su Máquina Analítica en la Universidad de Turín. Entre la audiencia se encontraba el militar y matemático Luigi Menabrea, que posteriormente publicaría sus notas de la conferencia en francés. Ada se encargó de traducir el escrito de Menabrea al inglés, y al hacerlo añadió un apéndice más extenso que el propio artículo, formado por siete notas etiquetadas alfabéticamente de la A a la G.

En esta última, Ada escribió: “Terminamos estas notas siguiendo en detalle los pasos a través de los cuales la máquina podría computar los Números de Bernoulli, siendo este (en la forma en que lo deduciremos) un ejemplo bastante complicado de su poder”. Este algoritmo para calcular los números de Bernoulli, una serie de fracciones con distintas aplicaciones en matemáticas, ha sido considerado por muchos el primer programa informático de la historia. Según precisa a OpenMind el historiador de la computación Michael R. Williams, profesor emérito de la Universidad de Calgary (Canadá), “es un algoritmo capaz de ser empleado en una máquina calculadora mecánica”, y el ingenio de Babbage era “lo más cercano al concepto de una computadora moderna que era posible en la época”.

En consecuencia, muchas semblanzas de la figura de Ada Lovelace la celebran como la primera programadora informática de la historia. Solo que, en realidad, el programa no fue obra suya. Durante años se ha prolongado una controversia sobre la mayor o menor participación de Babbage en las notas de Lovelace; una polémica complicada por el hecho de que, según sugiere Woolley a OpenMind, tal vez se ha intentado “hacer de la contribución de Ada una cuestión de género”.

Pero hoy ya parece claro que fue Babbage, y no Lovelace, el primer programador. El historiador de la computación Doron Swade, prominente experto mundial en el trabajo de Babbage, zanja la polémica con nuevos datos que presenta ahora en el simposio celebrado estos días en la Universidad de Oxford con motivo del 200º aniversario del nacimiento de Lovelace, y que revela en primicia a OpenMind: “Confirmo que las pruebas documentales claramente muestran que Babbage escribió programas para su Máquina Analítica en 1836-7, es decir, 6-7 años antes de la publicación del artículo de Lovelace en 1843”. “Hay unos 24 programas tales y tienen características idénticas al famoso programa de Lovelace”, agrega Swade. El historiador afirma que las nuevas pruebas son “indiscutibles”, y que “no apoyan, de hecho contradicen la proclama de que Lovelace fue la primera programadora”.

Sin embargo, Swade subraya que todo esto no menoscaba en absoluto la figura de Lovelace ni el valor de su contribución. De hecho, según el historiador, “la obsesión con el programa de Bernoulli de quienes han tratado de promocionarla ha oscurecido la contribución mucho más significativa que hizo”. ¿Y cuál fue? En palabras de Swade, “una comprensión original de dónde residían el poder y el potencial de las computadoras”.

Según expone a OpenMind la biógrafa de Lovelace Betty Alexandra Toole, autora de Ada, The Enchantress of Numbers: Poetical Science (Strawberry Press, 1998), ella “vio lo que Babbage no veía, que la máquina podía funcionar con otras cosas además de números; por ejemplo, símbolos”. Para Swade, Lovelace fue una “notable visionaria” que “vio el alcance de las computadoras extendiéndose más allá de las matemáticas, a la vida y la ciencia”. Woolley recuerda el hecho de que Lovelace se fijara en cómo el sistema de tarjetas perforadas de la máquina de Babbage era similar al de los telares complejos de la época. “Cuando observó que la Máquina Analítica teje patrones algebraicos justo como el telar de Jacquard teje flores y hojas, mostró lo que la imaginación podía revelar y que las matemáticas por sí solas no podían”.

Esta dialéctica entre imaginación y tecnología resume para Woolley la vida azarosa de una figura “valiente, trágica y caprichosa” que se debatió entre “fuerzas que son ambas creativas y antagónicas”, y que a su muerte prematura a los 36 años a causa de un cáncer uterino rubricó su vida con una última paradoja: su voluntad de ser enterrada junto a su padre, al que nunca llegó a conocer.

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