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Andar con Guhl

Alfredo Molano Bravo, Bogotá, El Espectador, agosto 22 de 2015

En clase, entre cuatro paredes de cemento y una ventana, Guhl era un científico frío. Llegaba al aula siempre de afán, ligeramente inclinado hacia adelante, lo que hacía que su frente apareciera más poderosa. Cargaba siempre un par de libros encuadernados y un rollo de mapas misteriosos.

Eran más misteriosos pero menos encantadores cuando los desplegaba y hablaba sobre las relaciones entre la humedad y el brillo solar, por ejemplo. Era un científico, o mejor, un sabio, al estilo de toda esa escuela alemana inaugurada por Humboldt y rematada con Van der Hammen, fascinados por los barómetros, los cálculos físicos, los altímetros y toda esa parafernalia. Yo lo oía en clase sin entenderlo, pero siempre esperando esos giros que de golpe y porrazo me ponían ante una realidad que me permitía sentir: el codo de la serranía, el sartén de la sabana, el lomo ancho de la cordillera. Solía meternos en unas densas discusiones refinadísimas sobre si el páramo era húmedo o seco, para decirnos al final con una sorna infantil que hacía brillar sus pequeños e inquietos ojos azules, sin cuidarse de las concordancias gramaticales: “Pues, el páramo son húmedos y secos al mismo tiempo... El páramo, en las primeras horas de la tarde, es más caliente que la vertiente alta fría y húmeda del bosque de niebla, y es así como sobre su borde vemos esta lucha maravillosa de las corrientes atmosféricas; y algo más abajo todavía, encontramos la formación de nubes y los centros de turbulencia que producen las altas y bizarras torres de nubes”. Toda esa montaña de información científica que metía a clase tenía un solo sentido: encaminarnos a gozar el páramo. Porque Guhl era un maestro de cátedra al aire libre. Nos llevaba al Sumapaz, nos trepaba por Chicaque, nos explicaba qué es una morrera, qué es un bosque de niebla, o qué son las altas calmas ecuatoriales de baja presión y, claro, dónde quedaba el noreste, el suroccidente, para dónde iban los vientos y de dónde venían las nubes. De golpe, en medio de la inspiración, se quedaba como congelado mirando a lo lejos para decir: “No está lejos el día en que a los páramos los atraviesen las autopistas, con su calefacción y su televisión y todas esas enfermedades psíquicas que imposibilitan gozarlo. Es ese el peligro mayor porque entonces estas magníficas fábricas de agua desaparecerán”. Y remataba: “Lo importante son estas montañas, lo demás es complemento”. Por eso temía las quemas de los altos pajonales para criar vacas o la tumba de los frailejones para sembrar papa. Se extasiaba mirando —y escribiendo— sobre la fuerza de la Espeletia, “que gracias a su estructura morfológica derrota la candela y sobresale del bosque de niebla para llegar a la luz”. Los páramos, repetía y repetía, “son las regiones geográficas colombianas más devastadas. Sus ricos materiales orgánicos esponjosos que absorben el agua para luego regular el cauce de los ríos están en peligro de desaparecer”. No alcanzó a ver la destrucción de la minería en Santurbán ni la que por los lados de Mondoñedo está haciendo la explotación de canteras para hacer las tan mentadas autopistas. No era indiferente a la historia social: los páramos han sido —como el de Sumapaz— refugio de los vencidos en las guerras o derrotados por el latifundio. A diferencia de Humboldt, que describía el páramo como una “región tormentosa, castigada por tempestades y granizos, mojado día y noche, casi nunca calentado por la triste luz”, para Ernesto Guhl, en esas montañas, arriba de las que existe la nada, como creían los muiscas, “el sol brilla maravillosamente”. Era un hombre extremadamente fuerte; subía las cuestas a una velocidad sorprendente para sus 70 años. En la cumbre nos esperaba a los que teníamos 20 años, sacaba un pan pesado y grueso de centeno que él mismo horneaba y nos lo repartía sin dejarnos beber inmediatamente de su cantimplora, siempre llena de aguadepanela.

Ernesto Guhl nació hace 100 años. El Jardín Botánico de Bogotá acaba de publicar su libro Los páramos circundantes de la Sabana de Bogotá. Hay que leerlo para saber por qué se pueden gozar los ejércitos de frailejones, el pega-pega que impresionó a Mutis, la uva camarona que devorábamos de niños, los colchones flotantes, el raque –fiel a las estaciones del norte–, las rocas caprichosas o planas, las orquídeas azules, los quiches rojos, los musgos anaranjados, grises, blancos, y esos alucinantes tonos nazarenos y arzobispales de los sietecueros.

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