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Antoni van Leeuwenhoek, de vendedor de telas sin estudios a «padre» de la microbiología

ABC, Madrid, octubre 24 de 2016

El joven comerciante holandés revolucionó la ciencia y mejoró los microscopios.

En pleno siglo XVII, hace 384 años, nació un hombre en Holanda que compaginaría su vida de comerciante de telas con el estudio y la mejora de los microscopios. Antoni Van Leeuwenhoek fue despreciado por su origen humilde y por no tener estudios. Sin embargo, siglos después, es considerado el precursor de la biología experimental, la celular y la microbiología. Hoy, 24 de octubre, se conmemora el aniversario de su nacimiento.

A diferencia de los grandes nombres de la ciencia, los recursos económicos le impidieron dedicar su infancia al estudio. Su padre era un artesano que murió cuando Antoni Van Leeuwenhoek tenía cinco años. Su madre volvió a contraer matrimonio, lo que hizo que se mudara a casa de su tío. Con tan solo dieciséis, cuando su padrastro murió, siguió el camino de su padre y, tras instalarse en Ámsterdam, encontró un trabajo en una pequeña tienda de telas y tejidos.

Entre telas y medidas fue donde Antoni Van Leeuwenhoek desarrolló su carrera profesional, que llegó a su punto álgido cuando abrió su propia tienda en su ciudad natal, Delft, en el año 1654. Obsesionado con las pequeñas cosas, y con la mejora de los tejidos, comenzó a experimentar con lupas para ofrecer la mejor calidad a sus clientes. Así, y tras numerosos estudios y vidrios pulidos, desarrolló un sistema de fijación para lentes biconvexas, que se convirtió en el mayor avance de los microscopios hasta la época, que todavía se considera fundamental.

Las mejoras

Van Leeuwenhoek, que no inventó el microscopio, sí montó una lente sobre una placa de latón con la que consiguió aumentar el tamaño de las cosas con mayor eficacia que una lupa. Muchas de ellas llegaron a superar las 200 ampliaciones. En total, fabricó 500 lentes a lo largo de su vida.

Pero sus avances con el vidrio no solo le sirvieron para trabajar con las telas y los hilos. Con sus investigaciones, Van Leeuwenhoek fue con, casi toda seguridad, la primera persona en observar bacterias, incluso sin ser consciente de ello. En una carta del 7 de septiembre de 1674 explicaba cómo había visto «minúsculas formas de vida» en las aguas de un lago cerca de su ciudad. De ellas volvió a hablar hasta en dos ocasiones, en otras dos misivas de diciembre de 1675 y enero de 1676. En esta última carta, fechada en octubre de 1676, Van Leeuwenhoek describe lo que hoy se conoce como los organismos protozoarios.

Convertido en científico casi por casualidad, sus descubrimientos llegaban por otros a la Royal Society, que vio cómo un especialista en telas fue el primero en hablar de los espermatozoides; a ellos se refería como «animálculos muy numerosos en el esperma» en una carta con destino a la Royal Society que Van Leeuwenhoek firmó sabiendo que llevaba la contraria a las teorías de su época. La propia academia británica no quiso reconocer públicamente sus logros hasta 1677. Tres años después fue nominado para formar parte de la institución.

Tras años de observación, el científico holandés, que no quiso compartir ninguno de sus métodos con quien fuera a visitarle a su taller, dejó por escrito la descripción de la enfermedad que causó su muerte. De ella hablaba como un extraño malestar que le causaba contracciones en el diafragma de forma involuntaria. Así, después de años dedicados a la ciencia, la ciencia le devolvió su reconocimiento nombrando a su dolencia como enfermedad de Leeuwenhoek.

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