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Archaeopteryx lithographica: el “fraude emplumado”

Klaus Ziegler, El Espectador, abril 22 de 2105

En opinión de un grupo de eminentes científicos, dos de los fósiles más extraordinarios jamás encontrados, los arqueoptérix de los museos de Berlín y Londres, serían en realidad especímenes fraudulentos.

“Fossil gets the bird” (“el fósil mostró el plumero”) se leía en los titulares de prensa a comienzos de 1985. Detrás de la acusación estaban el gran Sir Fred Holye y su protegido, Chandra Wickramsingh, profesores de Astronomía de Cambridge. De otro lado del Atlántico se encontraba el físico Lee Spetner, crítico acérrimo de la teoría de la evolución.

Una “litografía” tan perfecta, un registro casi fotográfico de un ave extinguida hace 150 millones de años no podía ser otra cosa que un engaño: algún falsificador había esparcido una fina película de cal fresca sobre la superficie de las antiguas losas y luego había presionado plumas de pájaro sobre cada piedra para crear la falsa ilusión de un reptil alado.

No era la primera vez que se ponía en ridículo a los defensores de Darwin. La calavera de Piltdown, de cráneo humanoide y mandíbula simiesca, el perfecto “eslabón perdido”, había permanecido durante casi cuarenta años en exhibición en el Museo de Historia Natural de Londres como testimonio indiscutible de ese supuesto estadio transicional entre el mono y el hombre (no fue hasta 1953 cuando el fraude finalmente se descubrió). La supuesta prueba reina de la ascendencia animal de nuestra especie correspondía en realidad a la burda yuxtaposición de un cráneo humano moderno y una mandíbula de orangután. Jamás sabremos si se trató de una tomadura de pelo, quizá la más grande de la historia, o si el engaño hacía parte de un oscuro plan en el cual estaría involucrado el sacerdote jesuita Teilhard de Chardin, como sugirió el biólogo Stephen Jay Gould. En cualquier caso, la denuncia de otra falsificación, tratándose ahora de un ave que jamás existió, asestaba un duro golpe a la credibilidad de los defensores de la teoría de la evolución.

¿Qué interés podría tener Hoyle para dudar de fósiles exquisitamente bien preservados? El arqueoptérix de Londres luce tan real que pareciera ser capaz de escapar repentinamente de su matriz de piedra caliza y alcanzar de un salto los árboles. En su magnífico libro, La vida, una biografía no autorizada, el gran paleontólogo británico Richard Fortey, testigo de toda esta intriga, nos ofrece una explicación: los restos del extraño animal echarían por tierra las teorías más extravagantes de Hoyle acerca de la desaparición de los dinosaurios.

Según Hoyle, los pájaros habrían aparecido mucho después de la extinción de los grandes reptiles. Pero el magnífico fósil de las calizas de Solnhofen dataría de mediados del Jurásico, época en la cual se formaron esos inmensos depósitos sedimentarios de carbonato de calcio que hoy yacen bajo el distrito de Eichstätt, en Alemania. El arqueoptérix debía ser entonces un dinosaurio, y aquello de las plumas, ¡una falsificación!

Quienes ponían en duda la autenticidad del fósil, y de paso cuestionaban la honestidad de las autoridades científicas del honorable museo de historia natural británico, eran las mismas mentes “escépticas” convencidas de que la vida se encontraba diseminada por todo el universo y había sido sembrada en el Tierra por civilizaciones alienígenas, hace miles de millones de años. Según Hoyle, una epidemia de origen extraterrestre sería la responsable de haber acabado con los grandes saurios. Y no fue en su opinión la única plaga: la gripa española de comienzos del siglo XX, la pandemia más devastadora de la historia humana, también tendría origen extraterrestre. Prueba de ello, alegaba el astrónomo británico, era el crecimiento de los largos conductos nasales de algunos monos proboscídeos, adaptación, según él, para “filtrar” las recién llegadas enfermedades foráneas.

Dejando de lado la ciencia ficción, la argumentación de Hoyle y sus colegas mostraba, en el mejor de los casos, un total desconocimiento de los procesos de litificación, y en el peor, una actitud francamente difamatoria e irresponsable, señala Fortey. El excéntrico astrónomo llegó a afirmar, por ejemplo, que la cola del arqueoptérix había sido falsificada con una sola pluma de gran tamaño, cuando la fotografía claramente lo desmiente. También alegó que los fósiles de arqueoptérix conocidos en aquella época no tenían plumas, cuando éstas son evidentes en los especímenes de Maxberg y Eichstätt.

La importancia histórica de los Urvogel, o pájaros primigenios, es difícil de estimar. El primer espécimen, descubierto a escasos dos años de haber sido publicada la gran síntesis darwiniana, Sobre el Origen de las Especies, se convirtió en la primera prueba decisiva a favor de la teoría de la evolución. El arqueoptérix proporcionaba una imagen congelada en el tiempo del mecanismo darwiniano en acción, un dramático testimonio de la transformación gradual de los reptiles en aves. El reptil emplumado comparte con sus ancestros una mandíbula dotada de pequeños dientes afilados, una cabeza con escamas, dedos con garras, un cerebro alongado y una larga cola de hueso. Pero como las aves, poseía plumaje y alas.

A diferencia de los monstruos voladores de las películas de Hollywood, los arqueoptérix tenían el tamaño de un cuervo y no pesaban más de un kilo. No obstante sus numerosas similitudes con las aves, el saurio alado compartía muchas características con los dinosaurios terópodos [1]. Los Urvogel fueron los primeros fósiles en corroborar la teoría de la selección natural. Con el paso de los años, cientos de otros eslabones intermedios irían apareciendo hasta tal punto que hoy es posible reconstruir una imagen harto fidedigna de ese milagro maravilloso que ha sido la evolución de la vida en la Tierra.

Del caballo, por ejemplo, disponemos de una secuencia detallada de fósiles, desde el pequeño Eohippus hasta el equino moderno. Las ballenas, hoy lo sabemos, proceden de un habitante del desaparecido mar de Tetis, el Ambulocetus natans, o ballena caminadora náutica, ancestro remoto de los grandes mamíferos acuáticos. Estos animales de hábitos anfibios y movimientos torpes y pesados representan un estadio intermedio en el tránsito de los cuadrúpedos terrestres hacia la vida acuática. La forma de sus dedos es testimonio de su lejano parentesco con los camellos y los cerdos.

Pero existe otro eslabón más reciente: el Rodhocetus kasrani, en el cual se observan vestigios de una antigua pelvis, y cuyas extremidades se encuentran casi atrofiadas. Es posible que el pesado animal no pudiera sostenerse sobre sus extremidades, de encontrarse en tierra firme. Y en cuanto a la evolución humana, la evidencia fósil es abrumadora: más de dos docenas de restos prehomínidos llenan el espacio intermedio entre los primero australopitecinos y el Homo sapiens moderno.

El daño que científicos irresponsables (como Hoyle) pueden causar es incalculable. En pleno siglo XXI hay quienes en su afán de defender el creacionismo bíblico se niegan a reconocer el carácter transicional del arqueoptérix. Y no faltan las mentes fosilizadas de oscurantistas religiosos que, apoyándose en la autoridad de algunos chiflados, aún se empeñan en sostener que se trata de un fraude. Por fortuna, las verdades científicas no son dogmas, ni cuestiones de fe, de ideología o de autoridad. Las evidencias muestran de manera decisiva que el magnífico Archaeopteryx lithographica conserva de los antiguos reptiles características inexistentes en las aves modernas, a la vez que exhibe rasgos propios de esta clase de vertebrados, ausentes en los dinosaurios [2]. El arqueoptérix representa un perfecto ejemplo de un grupo de organismos en transición, un verdadero fósil intermedio, y es en sí mismo una de las confirmaciones más dramáticas de la teoría de la evolución darwiniana. El insólito animal constituye la piedra angular para la comprensión del dilatado proceso de ascendencia y evolución de las primeras aves [3].

Dejando de lado los sólidos argumentos de los paleontólogos, una sola razón sería suficiente para dudar de la acusación de fraude: hoy se conocen once especímenes, encontrados a lo largo de casi siglo y medio. De ser un completo engaño, sería uno de proporciones monumentales, ¡perpetuado de manera disciplinada y diligente por generaciones enteras de falsificadores desde los tiempos de Darwin!

Notas:

[1] http://en.wikipedia.org/wiki/Archae...

[2] http://www.talkorigins.org/faqs/arc...

[3] http://evolutionwiki.org/wiki/Archa...

POLO DEMOCRATICO ALTERNATIVO
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