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Argucias y secretos de “Ciudad Norte”: El futuro de la Reserva van der Hammen

Iván Darío Camargo Rodríguez, Bogotá, abril 25 de 2016

La reserva Thomas van der Hammen es un área de casi 1400 hectáreas ubicado en el borde norte de Bogotá entre las localidades de Usaquén y Suba, cuyo estatus como área de preservación por el Ministerio de Medio Ambiente se dio en el año 2000 y su delimitación estuvo a cargo de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) hasta el 2011. El principal mentor de la reserva el científico holandés Thomas van der Hammen utilizo el concepto de estructura ecológica para demostrar que en el borde de la capital las relaciones entre agua-suelo-vegetación son más importantes que en otros puntos de la sabana. En 1999, le propuso al Ministerio de Medio Ambiente crear una reserva que fungiera como corredor ecológico y conectara los cerros orientales y el río Bogotá para así conservar la sabana de Bogotá, la cual estaba siendo invadida por proyectos urbanísticos. Los estudios en la reserva han sido replicados a mayor escala por una alianza académica y científica entre la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, la Universidad Nacional de Colombia, la Universidad de Ciencias Ambientales y Aplicadas, el Instituto Agustín Codazzi y la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca, demostrando la importancia de las relaciones ecológicas de la reserva [1]. No obstante, Enrique Peñalosa, alcalde de Bogotá, ha anunciado en dos administraciones la pretensión de un masivo complejo inmobiliario en los terrenos que comprenden la reserva Thomas van der Hammen. Aquí algunas argucias y secretos de la argumentación del alcalde a favor de la urbanización.

El 17 de Febrero de 2016 en la Universidad de los Andes se realizó el conversatorio “El Futuro de la Reserva van der Hammen” organizado por el Foro Nacional Ambiental, la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes y la Fundación Natura. En este conversatorio el alcalde Enrique Peñalosa desarrollo 3 argumentos principales sobre los cuales se justificaría el uso de la reserva van der Hammen para construir “Ciudad Norte” uno de los 4 proyectos inmobiliarios del megaproyecto “Ciudad Paz”, el cual construiría viviendas sobre 18.000 hectáreas distribuidas en el norte, occidente y suroccidente de Bogotá. El argumento central del alcalde es que en diez años cerca de 1’500.000 de personas requerirán nueva vivienda (con un estimado aproximado de 1.6% de crecimiento anual a la fecha) y ante la densidad poblacional tan alta de Bogotá (cerca de 202,8 habitantes por hectárea) se requieren zonas adyacentes a la ciudad que permitan un crecimiento compacto que facilite entre otras el transporte masivo de cortas distancias a los centros de trabajo. En palabras del alcalde casi el 50% de la ciudad ha crecido ilegalmente con un desarrollo urbanístico desorganizado.

Mientras el crecimiento poblacional acelerado de Bogotá es un truismo de los últimos 20 años [2], la mayor parte del crecimiento se da por desplazamiento forzado. El ingreso de los desplazados internos en Bogotá es en promedio un 27% más bajo que los de la población residente pobre [3], lo que coloca a la mayoría de los desplazados internos por debajo del umbral de la pobreza (en Colombia el 98.6% de la población desplazada vive por debajo del umbral de la pobreza, el 82.6% de ellos vive en pobreza extrema). Con estas cifras en mente es imposible pensar que estos desplazados internos los cuales constituyen el mayor crecimiento de la ciudad, puedan acceder a un desarrollo urbanístico “digno” (en palabras del alcalde) en una de las zonas de mayor plusvalía de la ciudad [4]. En pocas palabras, los que realmente necesitan vivienda en Bogotá no podrán acceder a ella.

El segundo argumento expresado por Peñalosa es una argucia que contrapone su desarrollo urbanístico “compacto” a un probable escenario de crecimiento desordenado sobre la sabana, el cual no utilizaría 18.000 sino 60.000 hectáreas con mayores distancias por recorrer (entre 20 y 30 Km) a los centros de trabajo. Para empezar, es inconcebible que no se pueda realizar un desarrollo urbanístico en otras zonas de la sabana que no comprometan la reserva van der Hammen y que no puedan ser densamente comparables con el proyecto de Peñalosa. Pero de lo que poco seB habla es que según la Organización Mundial de la Salud el mínimo de espacio público por habitante debería ser de 10 metros cuadrados lo que implica que una densidad poblacional saludable con el suficiente espacio público no debería superar los 100 habitantes por hectárea, algo que dista mucho de ser la realidad actual en Bogotá. Por ejemplo, en barrios como Patio Bonito (Kennedy), Bosa Occidental, El Rincón (Suba) viven aproximadamente 568; 485 y 450 personas por hectárea (i.e., densidad bruta, estadística que incluye el espacio público) respectivamente [5]. Después de estos barrios la localidad con mayor densidad es Ciudad Bolívar con 327 habitantes por hectárea. Estos sitios corresponden en su mayoría a cinturones de pobreza que necesitan una vivienda más digna y que no pueden acceder a costosos proyectos inmobiliarios.

Densidades saludables son posibles si hay acceso a medios masivos de transporte como metros subterráneos que atraviesan grandes distancias, un buen ejemplo de estos metros esta en grandes capitales como Shanghái y la ciudad de México, en las cuales una línea de metro puede alcanzar más de 25 Km, donde la frecuencia y volumen de transporte no dependen del lucro privado, sino de la afluencia y necesidades de la ciudadanía al ser administrados por empresas estatales. Este medio de transporte es mucho más amigable ambientalmente que las emisiones producidas por Transmilenio. Pero lo más impensable es pensar que el “progreso” de la ciudad se debe dar en torno a los centros de trabajo que ofrecen los pocos distritos financieros y políticos de la ciudad, esto es pensar en exactamente la idea contraria al progreso para el futuro de Bogotá. Desarrollos urbanísticos alejados del centro financiero deben tener toda una dinámica en torno al trabajo y bienestar de los ciudadanos, lo que implica que la gente podría tener un trabajo y recreación digna cerca a su lugar de residencia, esto se sabe puede ser desarrollado haciendo uso mixto del suelo, para la construcción de comunidades saludables [6].

El tercer argumento del alcalde giró en torno al objetivo inicial de la declaratoria de la reserva, en palabras de su mayor mentor el científico holandés Thomas van der Hammen “asegurar la conectividad de los cerros orientales y el rio Bogotá”. Para Peñalosa el proyecto urbanístico “Ciudad Norte” cumple con este propósito porque se conservaría el poco bosque que hay y se llegarían a construir parques lineales que aumentarían la conectividad del altiplano con los cerros de tal forma que se podría conservar el ecosistema y se mantendría las rutas de aves migratorias. Sin embargo, el verdadero valor de la reserva no está tanto en la cantidad de árboles que tiene, sino en las corrientes freáticas, la calidad de la tierra, la flora nativa (cerca del 80% de las 514 especies vegetales reportadas) y el potencial de la zona para convertirse en un bosque de grandes dimensiones [1]. La conectividad biológica no se logra construyendo parques artificiales en función de nuestro capricho, es necesario preservar el bosque nativo, las corrientes de agua bajo y sobre la superficie y un espacio aéreo despejado para el desplazamiento de animales y polen. El tratamiento de estos problemas ya estaba contemplado en el plan de manejo ambiental de la reserva aprobado por la CAR en el 2014. De hecho en el 2015 la reserva fue declarada suelo de interés público y el Acueducto había comenzado el proceso de compra de una parte de los terrenos para los cuales tenia destinados $21 mil millones de pesos [7].

La paliación de los efectos del cambio climático es un proceso que debe ser visto a largo plazo y la restauración de zonas de conservación es algo en lo que es urgente invertir. Se ha demostrado que el valor de los servicios que se reciben de estas zonas como el suplemento de agua dulce, la recreación, el turismo y la biodiversidad en sí misma, es muy alto y que los beneficios aportados superan los costos de su manutención y desarrollo (incluidos los de investigación) comparado con los beneficios de convertir esas zonas en terrenos agrícolas, mineros o cualquier otra actividad humana [8]. Como diría Mark Twain “todo el mundo habla del clima, pero nadie hace algo por esto” es tiempo de cambiar el curso que lleva.

El proyecto de Peñalosa es un ejemplo de políticas locales sin involucrar el contexto nacional, no se puede pensar en el ordenamiento territorial de la ciudad en función de las necesidades de consumo de vivienda de una minoría. Hoy más que nunca tenemos la certeza que las emisiones humanas de gases invernadero más que las variaciones naturales están calentando la superficie del planeta. Frente a esta crisis la recomendación urgente de los expertos es disminuir al máximo el consumo y no lo contrario. Lo anterior significa, en términos de una ciudad en expansión, la recuperación de los espacios verdes y la renovación de la urbanización por proyectos que incrementen la densidad en zonas con pocos habitantes, que no aumenten el perímetro a costa de la estructura ecológica de la ciudad, mientras se mejora la calidad de vida de los cinturones de pobreza de la ciudad.

El proyecto “Ciudad Norte” responde a un modelo de desarrollo basado en el abandono de las políticas de conservación medioambientales las cuales intentan paliar los efectos del cambio climático en la golpeada estructura ecológica de la ciudad de Bogotá. Este modelo de desarrollo no solucionara (aun cuando se insiste en lo contrario) la explosión demográfica de la ciudad, cuya principal causa es el desplazamiento forzado del campo a la ciudad por la ausencia de desarrollo del mismo, porque los cinturones de pobreza como el de Ciudad Bolívar no pueden acceder a las viviendas que allí se construirán y porque la solución a este problema está en un modelo de desarrollo basado en el campo y no en capitales de especulación, el cual genere empleo a miles de agricultores colombianos que prefieran una tierra para labrar que un piso de tierra en alguna vivienda de Bogotá que se encuentra por debajo del umbral de la pobreza.

En palabras del biólogo David Suzuki (el paréntesis es mío): “nosotros estamos en un carro gigante conduciendo hacia un muro de ladrillo y (en vez de cambiar el curso) todos (los gobernantes) están argumentando sobre donde nos vamos a sentar”

Citas [1] Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. “Soporte de la declaración sobre la reserva forestal regional del norte (RFRN) de Bogotá”. Archivo/EL Tiempo. 13 de Febrero de 2016. http://www.eltiempo.com/contenido/b...

[2] Secretaría Distrital de Planeación (Alcaldía Mayor de Bogotá). 2010. “Población y Desarrollo Urbano” en: Bogotá Ciudad de Estadísticas. Boletín 23. 52 págs.

[3] Albuja S, Ceballos M. 2010. Desplazamiento urbano y migración en Colombia. Revista Migraciones Forzadas 34: 10-11.

[4] De levantarse la protección ambiental de la reserva y que detiene la urbanización, el valor de cada metro cuadrado se multiplicaría al menos por 10, beneficiando a constructores, agentes inmobiliarios, bancos y fondos de inversión que poseen cerca del 30% de los terrenos con la intención de poder urbanizar. (Marín-Correa A. (2 de abril de 2016). Constructores: grandes dueños de la van der Hammen. El Espectador. http://www.elespectador.com/noticia...)

[5] Redacción el Tiempo. (25 de agosto de 2015). Patio Bonito el barrio más denso de Bogotá. El Tiempo. http://www.eltiempo.com/bogota/pati...

[6] Frumking H. “Creación de comunidades saludables”. http://www.cdc.gov/healthyplaces/do...

[7] Téllez-Oliveros V. (8 de Julio de 2015). Aprueban compra de predios para la reserva Thomas van der Hammen. El Espectador. http://www.elespectador.com/noticia...

[8] Brander L, Arciniegas G. Colombia Perspectives: Biodiversity. Post-2015 Copenhagen Consensus. http://www.copenhagenconsensus.com/...

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