A mediados de 1926 se posesiona del gobierno Miguel Abadía Méndez, conservador del grupo de los ’’históricos", y quien se había presentado como único candidato en las elecciones pasadas. Abadía, un inepto estadista, pronto se vio colmado de conflictos surgidos a cuenta de su ineficaz administración. A lo anterior, se sumaba la intensa actividad de los socialistas, una nueva organización política, que divulgaba sus programas especialmente entre la clase obrera. Fruto de este trabajo, eran las dos huelgas realizadas por los trabajadores de la Tropical Oil Co., el paro de braceros del río Magdalena y el movimiento cívico de Barrancabermeja. De otro lado, crecía desmesuradamente la miseria de las masas, a cuyas peticiones, Abadía respondía con los fusiles del ejército.
Para abril y mayo de 1928, la situación se ha agudizado críticamente, y un nuevo movimiento obrero, que daría el empujón final a la hegemonía conservadora, comienza a gestarse: la huelga de los trabajadores de la United Fruit Co.
Así las cosas, López dirige estas dos misivas al jefe del liberalismo, para trazar orientaciones tácticas claras, que permitan al partido, hacer frente a su tradicional rival en agonía, y contrarrestar la labor socialista, que les quita votos y audiencia entre las masas obreras, clase estratégicamente clave para los proyectos políticos liberales del futuro.
En primer lugar, López Pumarejo aboca el problema de la Dirección Nacional del partido, acusándola de ser la culpable del anquilosamiento en que se ha venido sumiendo el liberalismo, como consecuencia del estilo militar impuesto por los jefes, antiguos caudillos militares. Afirma que el liberalismo es un partido civilista y mal puede, entonces, estar dirigido por militares. Exige por tanto, democratización de sus estructuras internas y recambio de las figuras dirigentes, para permitir a los jóvenes, orientar de otra manera a la colectividad.
Al analizar la situación del gobierno, indica López, la pronta e inevitable caída de la hegemonía conservadora, caracterizada por la corrupción, el nepotismo, los malos manejos y el burocratismo, manifestados con singular crudeza durante el gobierno de Abadía Méndez. La alternativa al conservatismo, señala, es el ascenso al poder del partido liberal, pero esto no será posible, si en su programa no se incluyen algunos puntos destinados a mejorar mínimamente la vida material de los obreros, y por tanto, propone algunas reformas reivindicativas, para captar la atención de los proletarios, más susceptibles en ese momento a las arengas encendidas de María Cano, que a las demagógicas proclamas del liberalismo.
Luego, solicita al jefe del partido, que encabece un movimiento destinado a renovar el aparato partidario y a reformar el programa liberal, para que se puedan sacar adelante los objetivos por él propuestos. Exige finalmente, que el jefe y la dirección del partido se manifiesten claramente sobre sus tesis y actúen en consecuencia; o aceptan y siguen adelante o renuncian.
La ciudad, abril 25 de 1928 (18)
Señor don Nemesio Camacho. E.L.C.
Estimado amigo:
María Cano, o mejor dicho, la agitación social de que ella es instrumento o símbolo transitorio, me trae a escribir a usted esta carta, informada en el deseo de participar en el estudio de uno de los más inquietantes problemas nacionales de la hora actual.
El Congreso ha sido convocado con urgencia, intempestivamente, a sesiones extraordinarias y hay muchos motivos para creer que el Poder Ejecutivo habrá de solicitar autorizaciones muy amplias, tal vez discrecionales, para reprimir y castigar o suspender la propaganda de ideas económicas, políticas y sociales que chocan abierta, decididamente, con las que los beneficiarios del orden establecido al amparo de las bayonetas conservadoras ha dado en juzgar insustituibles y más convenientes para el progreso de la república. El gobierno está alarmando a la nación, activamente. Una buena mañana el director general de la policía anuncia que es necesario estar en guardia para defender a la sociedad de las maquinaciones de los revolucionarios. En seguida el Ministro de Guerra declara que tiene en su poder las pruebas inequívocas, irrefragables, de que en Colombia existe un partido comunista revolucionario, y en tono de admonición agrega: "No sólo existe, sino que se mueve, se agita, se organiza, recibe apoyo nacional y extranjero, consigue elementos y máquinas de destrucción, conspira y se halla en acecho de la ocasión propicia, para producir, si Dios y el gobierno lo permiten, una desastrosa conflagración de carácter social". El espectro comunista ha sido llamado, en vísperas de la reunión de las cámaras legislativas, a ocupar el centro de nuestro escenario político. Las cárceles están abiertas, aguardando a los enemigos del régimen. La paz, la propiedad, la religión, están otra vez en peligro, al decir de nuestros mandatarios; y la prensa no duda, no quiere dudar, de la seriedad de las declaraciones oficiales. El país está hondamente preocupado; hay turno para otro hombre providencial.
Esta emergencia ofrece a los hombres de ideas avanzadas una nueva oportunidad para tratar de constituir un grupo político capaz de asumir la responsabilidad de continuar la misión del partido liberal depurándolo de los vicios antidemocráticos que adquirió bajo la dirección de sus jefes militares, y si esto no fuere posible ahora, para empujar a los numerosos elementos reaccionarios que nacieron y han vivido afiliados al liberalismo, sin saber qué significa éste o qué debe perseguir en cada nueva etapa de su actividad, hacia las comodidades del conservatismo imperante o hacia las vicisitudes del desarrollo del partido socialista en Colombia. Porque las ideas liberales quieren la realidad y aceptan tranquilamente sus consecuencias, en los días en que se abren paso victoriosas, como en los que sufren eclipse, y en este trance de la vida nacional en que la fuerza y la violencia principian a recobrar entre nosotros su antiguo prestigio para arrestar las reivindicaciones populares, los representantes de tales ideas se deben congregar y aprestarse para defenderlas, defendiéndolas con entera claridad y renunciando al apoyo de cuantos no las entiendan y no las amen de verdad; o deben resolverse a confiar a otros, más animosos y desinteresados, la ardua tarea de sostener la lucha contra el privilegio, en busca de una distribución menos inequitativa que la actual del poder económico y político.
Yo estoy seguro de que usted también querrá invitar al país a investigar las causas de la revolución social que desvela a los guardianes de la hegemonía conservadora y parece excitarlos a desandar el camino por donde alcanzaron la adhesión del partido liberal, después de ensayar inútilmente, durante largos años, el sistema de represión. Con el pretexto de impedir que sean difundidas en Colombia las ideas fundamentales del bolcheviquismo ruso, se pretende, o se puede tratar, de restringir la libre expresión del pensamiento, en el mismo instante en que la inveterada incapacidad administrativa del régimen comienza a ser a todas luces tan evidente para sus amigos como para sus enemigos; y lejos de ser improbable, es propio de la fragilidad de nuestra memoria y de nuestra torpe índole política, que un gran número de liberales, olvidando los atropellos y vejámenes de que fue víctima nuestra comunidad antes de que los gobiernos regeneradores se allanaran a darle representación en las corporaciones públicas y sitio de honor en la mesa del presupuesto, se unan y confundan con los conservadores en el empeño de negar acceso en las instituciones y en la administración a las ideas y a los hombres de otras tendencias políticas. No son pocos los liberales que piensan y sienten como los conservadores ante lo que ellos llaman la amenaza comunista. Un egoísmo estúpido puede llevarlos a oponerse juntos al desarrollo del socialismo, como en los años que siguieron al quinquenio de Reyes los llevó a combatir sin tregua ni descanso al partido republicano.
Esta es la cuestión. ¿Vivimos realmente en el mejor de los mundos? Nos lo ha asegurado tantas veces el doctor Pangloss, que muchos conservadores y la gran mayoría de los liberales del país han acabado por creerlo. Para ellos, la Arcadia está aquí, y sus más felices moradores son los desheredados de la fortuna: los campesinos, los peones, los pobres artesanos, carecen de todas las ventajas de la vida civilizada, pero no les hacen ninguna falta: no las conocen, no les han sido enseñadas, no aspiran a disfrutar de ellas. Sumisos en extremo, han vivido durante los primeros cien años de la república bajo la triple autoridad de sus patrones, de sus caciques y de los curas párrocos, sin que nada llegase a turbar su esclavitud en tiempo de paz. Vegetaban así, sin esperanzas de mejorar las condiciones de su existencia, cuando de repente sobrevino la importación de capitales extranjeros y con ellos el activo desarrollo de las obras públicas y, al favor de este desarrollo, la movilización del pueblo colombiano. Los siervos de la gleba abandonaron el corral de sus gallinas, dejaron de pagar diezmos, dijeron adiós a sus viejos amos y olvidaron el deber de concurrir a las urnas para justificar el fraude sempiterno a la voluntad popular. Libres de las cadenas de la parroquia, los labriegos principiaron a experimentar las efusiones de la vida, y ya bajo la impresión de nuevas condiciones, emancipados de su antigua servidumbre, los encontró María Cano, llamada la flor del trabajo revolucionario.
María Cano nos ha colocado a usted y a mi, como a los otros liberales de Colombia, que probablemente alcanzamos a sumar medio centenar, en una posición muy desairada. Confesémoslo, cándidamente. Nosotros los liberales jamás nos habríamos atrevido a llevar al alma del pueblo la inconformidad con la miseria. Nos habríamos sentido hasta cierto punto culpables de la embrutecedora monotonía de su vivir aprisionado, y habríamos considerado contrario a los intereses de nuestra clase, enseñarles los caminos de la independencia económica, política y social. ¿Qué mucho, pues, que los conservadores y los pseudoliberales atribuyan a las doctrinas de Lenin y de Trotsky el fermento social contra el orden y los intereses creados por ellos, para no reconocer que María Cano predica la rebeldía contra estos intereses y contra el orden en que descansan desde la roca escarpada de la injusticia general a que se encuentran sometidas las masas populares?
Los trabajadores de los campos y las ciudades no creen estar habitando el Paraíso Terrenal donde los suponen los discípulos del doctor Pangloss. No han tenido la ocasión de experimentar la felicidad de vivir pobres e ignorantes, al margen del progreso, sin otra alegría que la de beber chicha, o aguardiente en exceso. Han vivido un siglo en obligada quietud, estacionarios, aprendiendo a ser resignados y obedientes; pero al paso que salen a incorporarse en la corriente de la vida activa, van sintiendo nuevas necesidades y nuevos anhelos; quieren calzarse, vestirse, alimentarse mejor, entretenerse. Y esto, que es natural, es humano y es conveniente, espanta a los afortunados.
Con el cambio de clima, de dieta, de horizonte, de circunstancias, ha hecho por fin su advenimiento el afán del pueblo por mejorar de condición. Es un suceso que los liberales auténticos debemos saludar con alborozo en franca oposición con los reaccionarios de todas las tendencias y divisas, que ven en ese afán un peligro para la república. Sería imperdonable que en esta coyuntura nos faltara sensibilidad moral, energía o emoción para explicar al país que es desatentado el propósito oficial de crear en la conciencia pública un ambiente hostil a las aspiraciones de las clases obreras, y necia la inclinación a sofocarlas por la fuerza, sin detenerse a examinar los elementos de justicia que ellas reclaman en su apoyo.
No pierden sus bases de equidad las reivindicaciones de los prosélitos del partido socialista en Colombia, por el hecho de que María Cano o Torres Giraldo, no Ramsay Mac Donald o León Blum, sea el portador de su bandera. Es una tontería de nuestra aristocracia intelectual exigir a una clase que puede allegar entre sus mayores agravios el no haber sido enseñada a leer y escribir, apoderados y defensores menos preparados, más brillantes, que los malos empleados públicos que viven a expensas de los contribuyentes ostentando el pomposo título de estadistas. En condiciones muy adversas, luchando con todo género de resistencias, Uribe Márquez, Torres Giraldo y María Cano adelantan la organización de un nuevo partido político que lleva trazas de poner en jaque al régimen conservador; y no es el menor de sus derechos a la simpatía de los espíritus sinceramente democráticos, el estar sirviendo, en esta hora de confusión y cobardía, de exponente del descontento general con la incapacidad administrativa de los encargados de la cosa pública.
El partido liberal está domesticado: limpio de ideas liberales, falto de arrestos para la lucha política, satisfecho con su porción de prebendas, a gusto en la condición de partido de minoría. No aspira a alternar con el partido conservador en el poder, ni cree tener en la actualidad mejor derecho a la confianza del país. En su actividad política observa hoy las mismas prácticas, adopta los mismos procedimientos y persigue los mismos fines que su adversario tradicional. Es otro grupo esencialmente burocrático, pero de menor importancia que el conservatismo, y completamente subordinado a éste.
Ya en 1913, Uribe Uribe consideraba al liberalismo colombiano fatigado por modo definitivo en la oposición. Años después Herrera quiso llevarlo a ella, y fracasó en su intento. Ahora usted habrá podido observar en el corto tiempo que lleva de acompañar al general Bustamante en la dirección, que sería por lo menos muy aventurado esperar del reducido grupo que acata sus decisiones que se coloque frente al gobierno para exigirle responsabilidad por su desastrosa gestión administrativa. Yo no extraño que usted haya guardado absoluto silencio desde que fue llamado con los generales Cuberos y Bustamante a dirigir la política oficial del partido, pero quiero invitarlo cordialmente a que regrese del desierto mental a donde se marchó, de brazo con ellos, para que me haga el favor de decirme cuál es, en su ilustrado concepto, la actitud liberal en este momento de la revolución económica y social que está cuarteando el edificio conservador y que promete derrumbarlo, a pesar de todos los cañones que se emplacen en sus grietas; y también cuál debe ser la actitud de los congresistas liberales ante cualquier proyecto de facultades extraordinarias al Poder Ejecutivo para reprimir o suspender el ejercicio de las libertades establecidas, encubierto en arbitrarios planes de defensa social.
Con la excusa de evitar las exageraciones de la propaganda socialista es fácil atentar contra el derecho de asociación y lograr que se instituyan limitaciones inconvenientes y peligrosas para la libertad de la prensa, a contento de la opinión irresponsable de muchas gentes bien intencionadas. Yo creo ver en la conducta de las autoridades un marcado interés, contrario al interés público, en acallar la oposición derrochando los dineros nacionales o apagando por medio de la violencia el fuego de la protesta; y creo entender que la suprema necesidad de la hora que vivimos es el análisis desprevenido de los graves problemas de diverso orden que conturban nuestra conciencia colectiva y la crítica desembarazada de los actos y omisiones del gobierno que afectan la suerte del país. Usted sabe tan bien como yo, o mejor, que una revolución no la hace el primer demagogo a quien se le ocurra pararse sobre una mesa a predicarla o escribir artículos subversivos en cualquier hoja periódica. Una revolución necesita fundamentos. Los malos gobiernos, los abusos del poder, la falta de garantías y libertades, la dilapidación de los impuestos, las crisis económicas, la necesidad de reformar instituciones caducas y de asegurar el imperio de los más aptos, son agentes muy eficaces, de inestabilidad social. El hombre también ha desempeñado papel principalísimo en la historia de los movimientos revolucionarios de otros pueblos; y aquí parece cosa fácil de discernir que la papa a doce centavos la libra, la harina a quince, el azúcar a veinte, la carne a treinta y cinco, la manteca a cuarenta y la mantequilla a setenta, ejercerán más influencia que María Cano y sus camaradas en la legislación constructiva de los próximos congresos.
Aquí llegamos a otro aspecto fundamental de la cuestión: ¿Vamos los colombianos a convenir en que se haga el silencio en derredor de la política gubernativa, como aceptamos que se hiciera en derredor de la política liberal, y a dejar con igual indiferencia que el país ruede a la ruina, como cayó el partido de Herrera y Bustamante, creyendo encontrar la salud en la disciplina cuartelaria? ¿Vamos a presenciar impasibles el espectáculo de un ejército armado hasta los dientes y que no ha servido para defender las fronteras patrias, listo a fusilar por la espalda al pueblo indefenso, como el 16 de marzo, esta vez con el objeto ostensible de cerrarle el paso a los adictos del socialismo? ¿O vamos, por el contrario, a oírlos, a cambiar ideas y a transigir con ellos en aquellos puntos en que les asista la razón? ¿Podemos declarar que la evolución del pensamiento liberal llegó a su fin en 1897, y justificar la docilidad del partido, diciendo que el conservador ha llevado al gobierno gran parte del programa político de la asamblea que presidieron Aquileo Parra y Nicolás Esguerra? ¿Podemos anatematizar hoy las ideas socialistas o cualquiera otras diferentes de las nuestras, como los conservadores anatematizaron ayer no más las ideas liberales y autorizarlos a perseguirlas y condenarlas del mismo modo? ¿Carecen ya de fundamento nuestras acusaciones contra el gobierno conservador, y así como los liberales regulares renunciaron a disputarle la dirección de los negocios públicos, debemos todos tratar de obligar a los ciudadanos que no comulguen en nuestro altar político —sean socialistas o republicanos— a resignarse a la condición de parias?
Es un lugar común de constante actualidad decir que el liberalismo colombiano necesita liberalizarse para redimirse. Figuras intelectuales del prestigio de Sanín Cano han creído que necesita pasarse al socialismo. No parece posible siquiera democratizarlo, porque en la oposición logró ocupar, trabajando fuera del gobierno, las mejores posiciones económicas del país, y en ellas se ha conservatizado, se ha hecho reaccionario. Ahora es enemigo de la renovación. Cree que el progreso económico, político y social va contra sus intereses, y se opone a la reforma del arancel de aduanas, se opone a la reforma electoral, se opone íntimamente a la organización y adelanto de los obreros. Ha perdido el civismo que caracterizó su actividad, hasta época reciente. Como el partido conservador, se ha fosilizado en el presupuesto —cuyo aprovechamiento ha colmado todos sus anhelos— así el liberal ha descuidado el progreso de sus intereses espirituales, embelesado por la corriente de prosperidad que ofusca a la nación hace cinco años. Ambos están en el deber de modificar inmediatamente su política, en beneficio del país, porque su ineficacia es la realidad más inquietante de este momento y una de las causas fundamentales de la agitación social que avanza. El ejercicio burocrático en silencio, sin competencia de ideas, ni de hombres, ni de sistemas, está perjudicando gravemente los intereses públicos y produciendo una pléyade de presuntos estadistas que no tienen conceptos sobre ninguno de los grandes problemas, y sin embargo pasean su arrogante humanidad por todos los departamentos del gobierno ejecutivo, o dirigen por años y años la marcha de nuestras colectividades políticas. Es imperativo que estas cambien de rumbo, y particularmente, insistir en que el liberalismo haga un esfuerzo decidido y decisivo por reconquistar el favor del pueblo adoptando como principio de su acción el concepto democrático de que todos los ciudadanos deben tener iguales oportunidades y saber que las tienen y encontrar en el Estado el mismo apoyo para aprovecharlas.
Si esta es una aspiración irrealizable y a mí se me preguntara qué otra cosa puede hacer el partido liberal para volver a pesar en la vida de la república, no vacilaría en recomendar que se trifurcase de acuerdo con sus afinidades ideológicas. Nada perdería con que los liberales de nombre, que abominan sinceramente de las nuevas ideas y temen el libre desarrollo de la lucha política, fueran prontamente a acampar bajo las toldas conservadoras. Los socialistas ganarían mucho reforzando sus filas con las masas liberales, ahora inutilizadas para la lucha cívica por la miopía de sus caudillos militares. Y el liberalismo propiamente dicho, reducido en sus proporciones numéricas, quedaría acendrado para hacer la crítica de las tendencias opuestas y secundar las iniciativas que mejor consulten el bienestar común.
Tiene usted en sus manos, mi estimado amigo, los elementos necesarios para definir esta situación: ilustración y sagacidad, independencia personal, un puesto en la Cámara de Representantes, otro en la Dirección Nacional de nuestra comunidad, y el deseo de servirla.
Dejaría de ser leal conmigo mismo si por no extender más esta pesada comunicación me abstuviera de agregar que he llegado al convencimiento de que el partido liberal ha venido camino del desastre, como va la república, aunque otra cosa piensen y digan nuestros optimistas profesionales, porque no ha tenido el valor de exigir a los depositarios de su confianza la responsabilidad correspondiente. Han fracasado las direcciones liberales, como los gobiernos conservadores, sin perder el mando. Abrigo la seguridad de que cualesquiera que sean las discrepancias del modo de pensar de usted con el mío, en un punto estaremos irrevocablemente conformes: el honor de dirigir un gran partido político o un país, impone la obligación de aceptar o renunciar.
Cordialmente, Alfonso López
S.C., mayo 20 de 1928 (19) *
Señor doctor Nemesio Camacho, E. L. C.
Muy estimado amigo:
Deseo reiterar a usted que leí con emoción y agradecimiento la respuesta que tuvo a bien dar a mi carta política del 25 de abril último. Ella me ha movido a hacer una rápida incursión al pasado del liberalismo, para traer al debate de la política de la Dirección del partido las reflexiones que me permito someter a la consideración de usted en seguida.
Siempre fue grato hacer memoria de los esfuerzos del liberalismo por conquistar las libertades que hoy constituyen el patrimonio común del mundo civilizado, con excepción de aquellos países, como Italia y Rusia, en donde las reacciones de la guerra europea lograron asegurar transitoriamente la dictadura de la extrema derecha o de la extrema izquierda de la opinión. Hasta los afiliados a las agrupaciones políticas que están o se consideran comprometidas a oponerse al avance de las ideas liberales —como el partido conservador en Colombia— cuando ya las han aceptado, se complacen en reconocer su influencia en el bienestar social. Y para quienes, como usted, han corrido los azares de la lucha en todos los campos en que el liberalismo ha venido sosteniéndola entre nosotros desde que perdió el poder: con el rifle al hombro en los campamentos; en la prensa, en la tribuna, bajo el imperio de la ley 61 de 1888, conocida en los anales de la Regeneración con el nombre de "Ley de los caballos"; y finalmente en todas las esferas de la actividad gubernamental disfrutando con impaciencia unas veces y otras con resignado contento, las prebendas de un partido de minoría, que se siente y se cree fatalmente vencido, debe ser muy satisfactorio volver la vista hacia atrás y reconstruir el proceso de las dificultades que superó con su ayuda para alcanzar la altura en que ahora se encuentra.
A mí me conmueve la historia del empeño liberal en poner fin al régimen de la arbitrariedad, que prevaleció en el país hasta 1910. Aún recuerdo los días de mi niñez, cuando seguía atribulado las vicisitudes de la protesta armada en Santander y en las llanuras del Tolima. Con cariñosa devoción destinaba entonces mis pequeños ahorros a la compra de retratos de Uribe Uribe y Herrera, los grandes caudillos de nuestra decadencia y de Figueredo y Gómez Pinzón, los gallardos paladines que cayeron en los primeros encuentros de la contienda, y de los infatigables guerreros que subieron al patíbulo con Cesáreo Pulido y Suárez Lacroix, o bajaron más tarde a la tumba, como Marín, dejados de la mano de Dios y de los hombres. Yo no creo con usted —no he creído nunca— que en las guerras de 1895 y 1899 "el partido liberal sacrificó con estéril heroísmo sus energías y sus inteligencias más ilustres, sin derivar de ellas otro beneficio efectivo que el de haber constatado a costa casi de su propia existencia, la inutilidad de ese procedimiento y la necesidad de sustituirlo por el de una permanente y ordenada demanda pacífica de sus derechos y de sus libertades". El espectáculo de la desolación que esas guerra llevaron a todos los campos, obligó al partido conservador a reconocer al partido liberal las garantías indispensables para que adoptara los caminos de la paz, primero para la defensa de las libertades públicas, y después para la reivindicación de todos sus derechos como partido constitucional. A sangre y fuego se disolvió la intransigencia conservadora, en un mar de lágrimas. Yo diría que las revoluciones de 1895 y 1899 taladraron la conciencia de los regeneradores con el convencimiento de la inutilidad de los sistemas de represión para usufructuar el poder con el asenso colectivo; y que la paz dejó de ser una tregua en los conflictos armados de nuestros partidos políticos cuando la oposición al gobierno obtuvo libertad para manifestarse en la plaza pública, y representación directa en las Cámaras legislativas. Diría también, con el mismo énfasis, que el gobierno de Reyes, desde el mismo día en que él entró al palacio presidencial, acompañado por la opinión del país, hasta el día en que se embarcó en Santa Marta, huyendo de ella, es el último y el mejor, aunque no el único ejemplo, de la falaz conveniencia de subvertir el normal funcionamiento de nuestras instituciones republicanas con el asendereado pretexto de asegurar el orden establecido, promover la prosperidad, material o impedir la propaganda de nuevas ideas, que precisamente por ser nuevas y contrarias a los intereses creados se consideran malas y perjudiciales. La concordia nacional no tuvo por eficaces artífices a los constituyentes del quinquenio ni surgió al favor de las facultades extraordinarias que ellos otorgaron al General Reyes, ni quedó sellada sobre los cadalsos de Barrocolorado. Al acto legislativo No. 3 de 1910, reformatorio de la Constitución de 1886, han de ir a buscarse los fundamentos más sólidos del actual orden de cosas.
Los miembros de la generación del centenario no podemos desconocer los títulos que tienen al agradecimiento del partido liberal sus jefes militares; los que hoy comparten con usted la responsabilidad de dirigirlo oficialmente, como los que rindieron ya la jornada sin escatimarle sacrificios ni desvelos. Ya he dicho que en la hora de la última prueba, cuando exponían la vida en una lucha desesperada, que nos relevó de soportar las mismas persecuciones y fatigas, mi corazón estuvo con ellos. Años después, me he encontrado con mucha frecuencia en pugna abierta con las ideas y los procedimientos que tales jefes han creído conveniente adoptar para el gobierno de nuestra colectividad o enfrente del gobierno conservador, y varias veces he visto mi actitud atribuida a pequeños sentimientos de animadversión o vanidad, porque la inclinación constante de la gran mayoría liberal ha sido a condenar acremente, con injusticia, las discrepancias de los jóvenes con los caudillos, y a dejarse imponer la disciplina militar como buena para la lucha cívica, con una persistencia indicativa de desconfianza en los métodos republicanos, según lo anota usted con grande acierto; pero no sabría yo desperdiciar esta oportunidad que usted me brinda para repetir cuando estoy retirado de la política activa que sigue acompañándome, la creencia de que aquella inclinación equivocada ha sido una de las causas eficientes —acaso la principal— de la ruina ideológica en que contemplamos ahora al liberalismo y de la insignificancia de su influjo en la vida política de la república.
Sobre esto no debe haber duda, ni conviene que perdure el engaño en que vive nuestra comunidad. En manos de Herrera y Bustamante, y a pesar de sus nobles intenciones, perdió ella su vigor espiritual, perdió gran parte de su fuerza numérica, perdió el apoyo de la juventud, perdió el respeto del adversario. De su antigua grandeza no queda sino el recuerdo, muy debilitado por cierto, en la conciencia nacional.
No se han violado impunemente los principios liberales pretendiendo asimilar nuestro partido a un ejército en marcha. El régimen militar es incompatible con el progreso de las ideas libres, con la vida misma de estas ideas. Se peca mortalmente contra el espíritu liberal aherrojando su actividad con las restricciones de ese régimen, de funesta recordación en los anales del país y de sus colectividades políticas; y usted sabe que desde que la convención de Ibagué cometió el despropósito suicida de otorgar al General Herrera poderes omnímodos para dirigir a su talante la acción política de la nuestra, se ha preconizado la disciplina, se ha exigido sumisión, se ha condenado la independencia intelectual como nociva para los intereses liberales, y se ha llegado al desastre dando precedencia a la adhesión a los jefes sobre la adhesión a nuestras ideas o la capacidad para sobreponerlas a las ideas conservadoras.
Bien dijo don Miguel Antonio Caro que no se puede decir misa con cardenales protestantes. La dirección de un partido liberal que hace su camino hacia el poder por las vías legales, requiere hombres de pensamiento, amplios y generosos, enérgicos pero tolerantes, y dotados de confianza comunicativa en la virtud de las ideas y de los métodos democráticos. Son los hombres a quienes entusiasma el carácter esencialmente experimental del pensamiento y de la vida los que hacen amable y pueden conducir a la victoria definitiva al liberalismo, el cual es, en último análisis, hoy más que nunca, una inclinación del espíritu a establecer el imperio de la razón en las relaciones humanas. Los hombres de espada, como Herrera y Bustamante, carecen generalmente de la disposición adecuada para acometer con buen éxito la tarea imponderable de crear en la conciencia pública el ambiente propicio para que arraiguen en las instituciones las nuevas ideas que van trayendo consigo las nuevas necesidades sociales.
El general Bustamante confesó en meses pasados el insuceso de su gestión directiva, pero no tuvo el valor de proceder en consecuencia; y si yo ahora hago mérito de este antecedente, es porque comprendo la necesidad de insistir en que el liberalismo vuelva al carril democrático, dentro del cual alcanzó en otro tiempo el favor de las masas populares y sus más claros títulos a la gratitud del país. Es conveniente aprovechar este momento de efervescencia intelectual, en el que con la ilustrada intervención de usted se trata de revaluar serenamente la política que ha venido desarrollando el partido y de determinar al propio tiempo la que deba adoptar en el inmediato futuro, para poner de relieve el error de presumir que la ley marcial tiene alguna eficacia para el gobierno de sus actividades.
El prestigio de los militares, como el de los médicos y el de los sacerdotes, ha entrado en decadencia, porque en las sociedades modernas la milicia es hoy una especialidad, como la medicina o la carrera eclesiástica, y la maravillosa complejidad de la civilización occidental va desalojando al cura de almas, al galeno y al hombre de charreteras y chafarote de las funciones que no están preparados para desempeñar en la administración pública. En Colombia, antes de la guerra europea, que marca el principio de una nueva era en los destinos de la humanidad, los jefes militares que más contribuyeron a darle brillo y pujanza al partido liberal fueron Santander, el hombre de las leyes; López, Mosquera, Gutiérrez, Acosta, Camargo, Uribe Uribe; y cuenta la historia que cuando el gran general Mosquera dijo que aquí no había más ley que su espada, los jefes civiles del partido en ese tiempo, con Murillo y Zapata a la cabeza, no vacilaron en privarlo de la autoridad de que estaba investido para llevarlo a la barra del Senado. El liberalismo es esencialmente civilista, y sólo por ofuscaciones de momento ha podido apartarse de esa tradición, que caracteriza la fisonomía política del pueblo colombiano y la distingue de la de los pueblos vecinos.
Por una reacción de mecánica política, que creo haber explicado en las líneas anteriores, usted llegó a ocupar un puesto en la Dirección del partido cuando ya éste había quedado reducido a la condición de una pequeña sociedad electoral, organizada en beneficio exclusivo de los amigos de los generales Bustamante y Cuberos Niño, mal llamados "liberales homogéneos".
Desde ese alto puesto nos invita usted a sus antiguos compañeros a congregarnos al píe de la bandera liberal, "haciendo caso omiso de pasajeras y transitorias divergencias". Es la invitación que ordena el rito; pero hecha en términos que son desconcertantes autorizados por la firma de usted.
Yo creía coincidir con usted en que no eran transitorias y pasajeras divergencias las que nos separaron del general Herrera primero, y de los generales Cuberos y Bustamante después. Yo entendía que en nosotros se prolongaban las diferencias ideológicas y de temperamento que han dividido la opinión liberal a todo lo largo de nuestra historia; y hubiera considerado superfluo de mi parte informar a usted hasta qué punto es vano pedir a los jóvenes de mi tiempo identidad de ideas y de métodos con los de los hombres que entraron a la vida pública cuarenta o más años antes, cuya experiencia y conocimientos, adquiridos durante el período convulsivo de nuestra democracia, ha hecho inadecuados e inútiles para resolver los problemas de la hora actual, la celeridad de nuestro progreso económico.
Yo reputo ocioso cualquier propósito de realizar la unión liberal a base de desconocer, voluntaria o involuntariamente, las razones que la entorpecieron hasta ayer; pero estimo eminente el servicio que usted puede prestar hoy al país y al partido encarándose a la realidad de la hora que vivimos para organizar la defensa de los intereses generales, tan gravemente comprometidos por la irremediable incompetencia del gobierno conservador, en colaboración con los nuevos grupos políticos que aspiran a ocupar una posición de vanguardia en nuestro desarrollo institucional, y a los cuales anima la esperanza muy legítima de asegurar su derecho a una mayor participación en los haberes morales y materiales de la comunidad.
Ningún nuevo llamamiento a la unión habrá de ser atendido. No pierda usted su tiempo haciendo declaraciones sobre la misión del liberalismo que no abrirán surco en la conciencia colectiva mientras no sean reforzadas por los hechos de sus representantes en las corporaciones públicas, y fuera de éstas, por el partido mismo. Las plataformas políticas de Ibagué y Medellín están relegadas al olvido porque no expresan de una manera auténtica la íntima voluntad de sus autores, o porque la expresaron en desacuerdo con el sentimiento de las clases directoras de la opinión liberal, o que se apellida así. En la práctica, la conformidad con el pensamiento conservador, reaccionario, ha sido demasiado evidente para que el pueblo pueda engañarse respecto de la verdadera actitud del liberalismo frente a los fenómenos económicos y políticos de los últimos cinco años.
En cambio, la empresa de iniciar y dirigir enérgicamente el examen desapasionado de los actos de este gobierno, presenta a usted una oportunidad excepcional de ofrecer al país el servicio de su clara inteligencia y singulares conocimientos de la administración pública, para informarlo del insólito desbarajuste en que ésta se encuentra, señalando al propio tiempo los caminos por donde él pueda evitar o disminuir los desastres de una desorganización extensiva como la que fomenta y explota el séquito del presidente Abadía Méndez.
Esta crítica, tal como yo concibo que la reclaman con urgencia los intereses generales y que puede acometerle usted con el apoyo de la representación liberal, sin tardanza ni desfallecimientos, es una apremiante necesidad de la república, y haciéndola, cumplirán con el deber de fiscalizar al gobierno, que es una de las obligaciones que ha descuidado la oposición.
Usted y yo incurrimos en un grave aunque justificable error en 1921, al no aceptar los ministerios que nos ofreció él presidente Holguín en representación del liberalismo, a sabiendas de que se aproximaba un cambio fundamental en las condiciones generales del país, y de que tendría una importancia decisiva para el partido, que entonces nos honraba con su confianza, identificarlo con el aprovechamiento de los recursos que la desmembración de Panamá, la entrega de una buena parte de nuestra riqueza petrolífera y los empréstitos americanos pusieron al servicio del progreso nacional. Nosotros previmos y anunciamos el desastre inevitable de la política del general Herrera, pero nos faltó valor para contrariarla en el momento en que pudimos afirmar decisivamente nuestro pensamiento y nuestra voluntad.
Ese acto de debilidad, excusable por el interés que lo determinó, de no dividir al liberalismo en vísperas de una elección presidencial que creía tener asegurada, fue funesto para el avance de nuestras ideas y está causando grave daño a los intereses comunes. Reconociendo esto así no podríamos ahora, sin aparecer esquivos al cumplimiento de nuestros deberes políticos, dejar de asumir la responsabilidad de provocar un estudio de la administración pública enderezado al fin de poner en evidencia los peligros que nos cercan por culpa del abandono o de la ineptitud oficial.
Sería imperdonable que dejáramos rodar el país al desastre, colocados al margen de los acontecimientos, para no interrumpir la molicie de nuestra despreocupada burocracia, como aguardamos a que el tiempo sacara verdadero el vaticinio que hicimos del desastre del partido liberal bajo la dictadura de sus jefes militares.
En esta tarea, ardua y seductora, a que lo invitan su probado patriotismo y el carácter de director del único partido de oposición que tiene garantías sociales y acceso a las Cámaras Legislativas, usted podrá utilizar su preparación especial para demostrar en qué grado es inconsulta, ineficaz e insoportable por más tiempo, la manera como el gobierno está dilapidando los fondos públicos.
Todos los congresistas independientes —no solamente los liberales— acompañarán a usted a estudiar el costo de los ferrocarriles, carreteras y edificios nacionales, los contratos de construcción, el famoso departamento de provisiones, los empréstitos americanos, las reclamaciones inglesas, la situación de nuestra agricultura, los complicados problemas del petróleo, los pleitos de las esmeraldas, el alza alarmante del precio de los artículos de primera necesidad, la extensión inusitada del servicio diplomático y consular; y sin ahondar demasiado el análisis de estos asuntos, y otros de análoga importancia, inexplicablemente olvidados por nuestros legisladores, verá usted a todos los hombres de buena voluntad ayudándole a fiscalizar las actividades de este desenfadado nepotismo, que amenaza dejar sobre los contribuyentes colombianos muy pesadas cargas fiscales y multitud de problemas administrativos por resolver.
La nación debe ver —cuanto antes mejor— cómo con la misma eficacia que un poderoso monitor hidráulico arrasa en poco tiempo un enorme banco aluvial, el derroche de los impuestos y los recursos extraordinarios que entran a la tesorería de la república está socavando rápidamente todas las bases del orden establecido, y dando pábulo a la revolución social, que pretenden sofocar sus propios autores, poniendo en manos de la policía a Torres Giraldo y Uribe Márquez, a despecho de los derechos civiles y de las garantías individuales consagradas en el título 3º de nuestra carta fundamental. Porque hoy son las masas populares las que están inquietas y ansiosas de imponer una nueva distribución del poder económico y político; pero mañana estallará el descontento de la clase media, agobiada por el alto costo de la vida; y por último, llegará de improviso el día de prueba para las gentes acomodadas, que han visto subir el precio de sus tierras, sus ganados, sus acciones industriales, o que de la noche a la mañana se encontraron dueñas de los caudales públicos y creyeron conveniente aplicarlos en parte a holgar aquí o en Europa con algún título oficial. Las facultades extraordinarias que solicita el Poder Ejecutivo servirán primero para atropellar a los amigos de María Cano, es decir, a los ciudadanos que andan con el pie al suelo, trabajando con la aspiración de calzarse; luego, para ahogar los gritos desesperados de las víctimas de la escasez de pan y carne; y finalmente, para tratar de impedir que se reúnan y que escriban y que hablen y que manden representantes al Congreso los desafectos y damnificados del régimen.
Pero las medidas de represión serán baldías para hacer el silencio alrededor de los actos del gobierno, so capa de impedir la propaganda comunista. No enmudecerá la prensa ni se apagará la voz del sentimiento republicano en las corporaciones de origen electivo. El país necesita poner orden en su administración y fiscalizar el manejo de las rentas nacionales, y no se someterá tranquilamente a que la arbitrariedad oficial recobre su imperio. La revolución económica no tiene aquí por base las teorías de Marx y Lenin, sino el abuso del crédito exterior, ni sus más activos agentes son los directores del movimiento socialista, sino los ministros de Hacienda y de Obras Públicas. Como es el mejor propagandista de este movimiento el Ministro de Guerra. El edificio de nuestra prosperidad, levantado a debe, no puede descansar sobre la incomprensión y el capricho de nuestros mandatarios.
Haríamos mal los colombianos en reconocer a nuestros gobernantes el derecho de fracasar, que los liberales homogéneos les han concedido a sus conductores políticos. Debemos exigirles que acierten, y juzgar con benevolencia sus yerros de buena fe cuando con una justa noción de su carácter de servidores públicos se muestren asequibles al consejo, o a la crítica, y dispuestos a la enmienda.
No es un empeño superior a sus fuerzas intelectuales, éste, que me permito recomendar a Ud. con todo acatamiento, de dirigir desde la oposición la enérgica campaña de defensa nacional que he esbozado atrás; y es un empeño que abarca y dignifica cualquier esfuerzo que usted pueda intentar para revivir y robustecer al liberalismo. Yo estoy seguro de que si su salud no hubiera estado tan quebrantada, como lo estuvo por desgracia en meses pasados, la ausencia de sus colegas en la Dirección del partido liberal no habría obstado para que usted principiara a señalar, o por lo menos a buscar, en la opinión pública, el cambio de rumbo que las circunstancias aconsejan a la colectividad. Y estoy igualmente seguro de que para determinar con acierto el nuevo rumbo que ella pueda adoptar, usted habrá tratado ya de inquirir qué reacciones provocan en su seno las nuevas corrientes económicas y políticas que están agitando la conciencia popular; pero el liberalismo colombiano es —a mi juicio— demasiado propenso a desconectarse de la realidad ambiente, y sería inútil trazarle derroteros sin tener averiguado cómo piensa y cómo siente respecto de los problemas de esta hora de confusión que estamos viviendo. Son cuestiones concretas, en su gran mayoría de carácter económico, las que ahora solicitan la atención del país, y yo tengo por cierto que al definir las líneas divisorias de la opinión, usted encontrará que la opinión conservadora cuenta con el apoyo franco o disimulado de muchos liberales que no han visto la necesidad ni el objeto de cambiar su rótulo político; de tal modo confundidos en el pensamiento y en la acción aparecen ante los ojos de algunos observadores ¡los reaccionarios que predominan en los dos partidos tradicionales!
Dichas cuestiones son por fortuna las que usted domina mejor, y las que más necesitan conocer los hombres del gobierno. La discusión de ellas ofrecerá a usted y a todos los demás miembros de la minoría parlamentaria una oportunidad singularmente propicia para desenvolver su pensamiento en contraposición con el pensamiento oficial, señalando en cada caso las rectificaciones que a éste le demanda el interés común.
En esa pugna por el bien colectivo alcanzará usted, entre otras legítimas satisfacciones, la de reivindicar un titulo más alto que la voluntad del general Bustamante para llevar en sus manos la bandera de las aspiraciones liberales, y nos dará a todos los fugitivos del viejo y desolado campamento, así a los que están luchando por la justicia social con otra divisa como a los que resultamos definitivamente incapaces de someter nuestro espíritu a la camisa de fuerza de la disciplina de partido, el gusto de compartir con usted el afán diario de una lucha de finalidades concretas, llamada a satisfacer agudas necesidades que están dando aliento a la presente agitación democrática.
Disimúleme que haya abusado de su paciencia con otra carta tan larga, y reciba un cordial apretón de manos.
POR LA SOBERANIA, EL TRABAJO Y LA PRODUCCION ¡RESISTENCIA CIVIL!
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