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Capítulo Primero. El movimiento político de la "Regeneración"

Rafael Núñez y la "Regeneración" han desquiciado a los historiadores contemporáneos. La antigua polémica que arrancó a los independientes del liberalismo y dividió a los conservadores entre nacionalistas e históricos, sobre el carácter y las consecuencias históricas de la "Regeneración ", así como la actuación de Núñez, es lo que ha unido a la "nueva historia" no importa sus distintas acepciones y matices, para convertirse en la apología más acabada de ese momento histórico que determina la vida contemporánea de Colombia. A Núñez lo obsesionaron la paz, el orden, el peligro del capitalismo y del socialismo, el problema monetario, el radicalismo, la Constitución del 63, el anarquismo y la anarquía, la falta de autoridad, el federalismo, el proteccionismo. De estos principios, los historiadores contemporáneos han concluido que Núñez fue el motor de la formación del Estado Nacional, el forjador de la unidad nacional, el ariete del capitalismo de Estado o socialismo de Estado, el iniciador del liberalismo como teoría del intervencionismo estatal, la fuerza generadora de la industrialización por medio del proteccionismo, el comienzo de una nueva era nacional de progreso y bienestar. Ningún escritor contemporáneo más influyente y determinante en la elaboración de esta imagen de Núñez y la "Regeneración" que un Liévano Aguirre, a quien siguen, en términos generales, historiadores ya muy citados en nuestro trabajo como Tirado Mejía, Jorge Orlando Melo, Darío Mesa, Salomón Kalmanovitz, Fernán González, Gerardo Molina. Liévano resume acabadamente su posición sobre Núñez en estas palabras: "Por eso Núñez es el verdadero organizador de la república y ante todo el constructor del Estado colombiano; el hombre que con la grandiosa actividad de su vida pública cerró para siempre las dos brechas por las cuales se estaban escapando todas nuestras posibilidades de llegar a constituir un verdadero Estado: el Federalismo y la teoría de los Derechos Individuales Absolutos... Intervención del Estado en la Economía, Tolerancia religiosa, Centralización política y Autonomía municipal, Protección aduanera a las industrias nacionales, Derechos individuales limitados por el Interés Social y Moneda dirigida, premisas fundamentales del pensamiento político-económico del injustamente llamado ’traidor al liberalismo", son hoy las doctrinas básicas del moderno liberalismo colombiano; y en cambio, los Derechos Individuales Absolutos, la persecución religiosa, el Estado Gendarme, el Librecambio y el Federalismo, son únicamente para este partido el recuerdo de un pasado extraño" (1).

1. La interpretación del liberalismo contemporáneo

Esta posición de Liévano es trascendental, porque ha definido gran parte del proceso histórico colombiano más reciente. No ha sido sólo él un intelectual aislado, sino el gestor de toda una política, dirigida por su copartidario Alfonso López Michelsen, quien coincide en todo y por todo con las posturas ideológicas de Liévano en la interpretación de la misión del liberalismo. Todo lo que inspira, en el fondo, a Liévano Aguirre y a López Michelsen, es el concepto de que la teoría de los Derechos Individuales y del liberalismo manchesteriano fue importada de Europa a un país que no tenía por qué incorporarlas a su realidad, ya que poseía la herencia de España con una visión de Estado fuerte y de avanzada legislación social. Dice Liévano: "Alrededor de 1800... una teoría trasplantada de Europa se convirtió en la esperanza de todos los descontentos con el régimen colonial de España: la teoría de los Derechos Naturales del Individuo... Tener Derechos, he ahí algo que llenó de exaltación a todos los americanos sometidos al despotismo español y que unificó las voluntades en la grande y peligrosa empresa de la Emancipación... En la organización social lo principal no son los Derechos, sino los Deberes. De ahí que el ideal emancipador de Los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que tan efectivo resultó para la gesta libertadora, se convirtiera en el factor hondamente perturbador en la organización de la república. Pueblos en la infancia como los americanos, no podían justamente aspirar a ser gobernados por instituciones nacidas en Europa, como el resultado de largos años de cultura y de civilización..." (2). En la introducción a las obras de Núñez, repite la misma idea en una forma aún más explícita, si se quiere: "Así, el hecho más saliente, más trascendental en nuestra evolución política, es que si en Europa había que disminuir los poderes de un Estado largamente consolidado, en América lo que había que hacer era construir, crear el Estado; porque si a una población generalmente capacitada como la europea le convenía la libertad absoluta, las multitudes de indios hambrientos, indefensos e ignorantes que formaban la población americana, lo que naturalmente necesitaban eran Estados sólidos que gobernaran en su defensa y para su protección. Por eso si en Europa el liberalismo fue la lucha contra el Estado allí omnipotente, en América naturalmente tenia que estar encaminado a la construcción de un Estado que defendiera a las masas desharrapadas de la explotación. Por eso si en Europa se defendía al individuo, libertándolo, en América había que defenderlo, protegiéndolo. Si en Europa el liberalismo era anti-estatal, en América tenía que ser estatal" (3). Y continúa: "En América, donde todo estaba por hacer, la democracia y el liberalismo no podían tener otro sentido que el de crear un Estado capaz de enseñar a trabajar a la gente, a ayudarle a librarse de las enfermedades tropicales, de defender a los indios, a los mestizos y a los negros contra los explotadores y usureros. Por eso cuando se estableció la libertad en Europa, allí ella produjo inmediatamente óptimos frutos, pues nació la industria, se desarrollaron las naciones y progresaron los individuos, y en cambio el establecimiento de la libertad en América ocasionó resultados diametralmente opuestos..." (4). Para Liévano, la misión de Núñez fue coronar la obra frustrada de Bolívar de imponer este ideal antidemocrático contra el liberalismo decimonónico de origen europeo.

No es extraño que López Michelsen ofrezca los mismos argumentos para defender un Estado todopoderoso, autoritario, como el que salió de la "Regeneración". Dice López: "La historia de nuestro pensamiento político y la de nuestras instituciones quedaría falseada si este período liberal no se estudia desde el sitio que le corresponde, con una perspectiva completa, o sea, entre las instituciones coloniales españolas y la nueva orientación socialista del Estado que trajo al gobierno el Partido Nacionalista en 1886 y el llamado partido liberal en los últimos quince años... La paz, la cultura y el progreso de nuestro continente durante los siglos XVI, XVII y XVIII fueron el fruto de un intervencionismo de Estado Individualista en toda la acepción del vocablo. Únicamente hacia la mitad del siglo XVIII aparecieron en España y en sus colonias los primeros brotes de la nueva ideología, la doctrina liberal... que produjo, como una consecuencia accidental, a nuestro entender, nuestra separación de España en la guerra de la Independencia... Los dos grandes virreinatos de Nueva España y el Perú... y el virreinato de Nueva Granada..., fueron los más perjudicados con el advenimiento del liberalismo como doctrina política en la América Latina... El liberalismo como ideología, no como partido, adelantó un proceso de anarquía y de disolución en estas tres nacionalidades (México, Lima y Santa Fe)... Milagrosamente y, por un fenómeno para nosotros inexplicable, nuestros Estados, victimas de la anarquía y el desorden, no fueron definitivamente absorbidos por sus vecinos de América a los cuales no causó la ideología liberal trastornos de tanta entidad como a los nuestros... Para nosotros la causa remota y común de esta mutilación geográfica de México, el Perú y Colombia tuvo por origen la anarquía política, social y cultural producida por la implantación súbita de las doctrinas liberales en los países que no estaban preparados para recibirlas... El liberalismo en todas partes fue la doctrina con que la burguesía obtuvo respaldo popular en su lucha contra la nobleza; fue la bandera de guerra de los comerciantes contra los príncipes; del capitalismo contra la Iglesia Católica. Entre nosotros sirvió para erigir en doctrina de Estado al individualismo contra la tradición unitaria de la Colonia... La magnifica obra legislativa de inspiración típicamente social, fue perdiéndose en el olvido, desacreditada por los nuevos encomenderos de la república que veían sus intereses afectados por cualquier intervención del Estado que no fuera encaminada a favorecerlos... La fuente de todos estos males radica en el candido optimismo de la mayoría de los hombres públicos de nuestro siglo XIX que aplicaron indiscriminadamente en nuestro suelo la doctrina liberal inglesa y los principios esenciales del Derecho Público norteamericano... Lógicamente la doctrina política que debía surgir como consecuencia de estas prácticas individualistas de los ingleses en el comercio, en la religión y en la concepción, era el liberalismo económico. Entre nosotros esta ideología, sin antecedentes, carecía de actualidad y desvirtuaba una política social avanzada en relación con los indios. Es, pues, inadmisible que se califique de progreso en este continente la brusca implantación de esta doctrina... Los grandes acontecimientos históricos del siglo XIX, los grandes sacudimientos nacionales, las revoluciones sangrientas que se registran en nuestra historia republicana, se explican todos por este conflicto entre el individualismo destructor y la organización colectivista en muchos aspectos de los colonizadores..." (5). Y López concluye su disquisición, no solamente negando la vigencia de los derechos individuales, tal como lo hace Liévano, sino haciendo esta apología de Núñez: "Basta leer las páginas consagradas por Indalecio Liévano Aguirre a la pugna entre el presidente Núñez y los dirigentes radicales, para apreciar en todas sus proporciones la magnitud de uno de los más trascendentales entre estos conflictos. Lucha del sociólogo y del hombre, conocedor de la realidad histórica nacional en cuanto a las funciones que el Estado había llenado en nuestro país, frente a un millón de pequeños intereses privados para los cuales el mantenimiento del librecambio, del patrón oro, del negocio de la banca privada, etc., son cuestiones de vida o muerte que se cobijan con la bandera del liberalismo .económico. De este conflicto surgió un nuevo partido, el ’nacionalista’ reaccionario si se quiere, pero divorciado de la ideología liberal común a ambos partidos, en cuanto que no pierde de vista la tradición intervencionista del Estado colonial" (6).

Aciertan Liévano y López al señalar que la "Regeneración" fue un movimiento antiliberal, en contra de ese liberalismo individualista y decimonónico, que era el producto del desarrollo del capitalismo en el mundo. No hay duda ninguna de que Núñez reacciona contra el radicalismo, porque éste defendía o había defendido las tesis del liberalismo, tanto en el terreno político como en el terreno económico. Sin embargo, parece existir una sutil diferencia entre Liévano y López en la apreciación de cuál fue el objetivo de Núñez en su movimiento, cuál la alternativa planteada para reemplazar el liberalismo como ideología y como sistema de gobierno. Liévano le atribuye a Núñez el haber impuesto en el país el "capitalismo de Estado" (7). En cambio, López trata más bien de insinuar que lo que Núñez logró fue restaurar el sistema político centralista de la Colonia. Desde este punto de vista, ninguno de los dos tendría la razón. No la tiene Liévano, porque para el capitalismo de Estado se requiere una infraestructura económica, por lo menos capitalista, que apenas se insinuaba en Colombia muy a lo lejos, y estrictamente monopolista, la cual no existía en el país en ese momento y en la que Núñez no estaba pensando al impulsar las medidas económicas que llevó a término. Pero, además, porque Núñez fue un enemigo declarado del llamado "socialismo de Estado", como lo atestiguan sus artículos y sus referencias contra Bismarck, y al que Liévano se refiere como capitalismo de Estado (8). Y no tiene razón tampoco López, porque él confunde el centralismo autocrático de la Colonia con el "socialismo de Estado" o "capitalismo de Estado". A él le parece que lo que los identifica esencialmente es que ambos son intervencionistas y reguladores, no importa que uno sea la expresión de la monarquía absoluta feudal y el otro de la burguesía monopolista y burocrática basada en el auge del capital financiero y el imperialismo.

Muy posiblemente la forma de clarificar el sentido de la "Regeneración" en relación a estas ideas, sea mirar la concepción que Miguel Antonio Caro, coautor de la Constitución del 86, jefe con Núñez del partido nacional, gestor muy principal de la ideología del movimiento regenerador, aparte de haber sido su principal realizador, tenia del proceso que Núñez había iniciado y con el cual estaba plenamente de acuerdo. Dice Caro: "Nuestro deber, en globo, se cifra en mantenemos fieles al espíritu de esta transformación social. ¿A qué se reduce esta gran transformación? Es, Señor Presidente, el paso esforzado y glorioso, de la anarquía a la legalidad; tránsito que dentro de una nación corresponde a lo que en el concierto de las naciones significa la situación del principio de arbitraje al derecho de conquista con todos sus horrores. Es, Señor Presidente, la condenación solemne que vamos a hacer, con los labios y el corazón, de la vida revolucionaria, de todo principio generador de desorden" (9). Y más adelante añadía Caro en el mismo discurso ante la Asamblea Constituyente: "Peor aún que un mal sistema es la falta de todo sistema: nada es tan funesto en las instituciones de un pueblo, como la contradicción... Por manera que la contradicción fundamental, el principio de Hegel aplicado a la política, la afirmación de que una cosa puede ser y no ser a un mismo tiempo, es lo primero de que debemos huir, como del mayor, del más pernicioso de todos los errores... Para no provocar una revolución, sembremos de una vez en las instituciones la semilla de la revolución" (10). No era para Caro la lucha contra la revolución un problema de palabras. Puso en práctica la política más represiva y autocrática de la época. Ya en el poder Caro hace su primer informe al Congreso, elegido en las primeras elecciones que seguían a la promulgación de la Constitución del 86 y se refiere a la oposición que el partido liberal orientaba contra el gobierno en estos términos: "El partido reaccionario (se refiere al partido liberal) se compone de una masa revolucionaria y en parte anarquista, de algunos políticos doctrinarios, especie de sacerdotes de una religión muerta... Los políticos directores pretendieron conciliarlo todo... recomendando la paz por el momento, pero no como un bien en sí misma, sino como un medio para organizar las fuerzas diseminadas y preparar para más tarde una revolución bien combinada. A fines del año anterior recibió el gobierno denuncias ciertas de que se provocaba en la capital un desorden con intentos feroces... Baste decir que aquello era una amenaza social sin antecedentes. Fracasó el criminal y torpe proyecto, cesó la alarma, pero la hidra no ha muerto... Verdad es que este embrión de revolución no ha sido viable, ni lo será bajo las mismas condiciones que hoy reprimen el desorden; pero seria error muy grave, sería demencia suponer absoluta aquella impotencia y mandar a abrir la jaula de las fieras sólo por la razón de que las fieras aherrojadas son inofensivas... Toca al gobierno conservar el orden, a la opinión pública apoyar lo que se hace en beneficio común, a vosotros asegurar la confianza en la estabilidad de la paz..." (11).

Aparte de una posible o supuesta posición, de Núñez en torno al movimiento de la "Regeneración" aparte de sus ocultos propósitos en llevarlo a cabo, históricamente el apoyo de Caro a su movimiento significa que Núñez interpretaba correctamente los intereses representados por el jefe del partido conservador y por la ideología de los terratenientes. Manifestaciones tan expresas como las de Caro sobre el contenido y el sentido de la reforma constitucional del 86 no dejan duda al respecto. Caro era el máximo ideólogo del orden conservador, de la ideología reaccionaria de los terratenientes más feudales, de la reacción contra la ideología liberal de la revolución democrático-burguesa, de la restauración de los ideales medievales y religiosos dentro de un mundo que iba ya muy adelante en la época del capitalismo. Podrá decirse que Núñez no compartía las ideas de Caro y que tuvo que plegarse a su extremismo reaccionario porque fue abandonado por el partido liberal representado por los radicales. Pero la realidad es otra. Núñez consideraba a los radicales tan anarquistas como lo hacía Caro. En un famoso artículo contra el radicalismo fustigaba en esta forma: "¡En todas partes el mismo! El radicalismo es uno y siempre usa las mismas armas, pone en juego iguales medios y persigue idénticos fines. Afortunadamente, ya es demasiado conocido entre nosotros, porque su dominación ha sido larga y desastrosa y sabemos cuánto valen sus promesas como oposición y qué frutos tan amargos se cosechan durante su gobierno... En los corrillos habla de paz, en sus periódicos la predica, y entonces es cuando más conspira, cuando más inminente riesgo corre el orden social, cuando en más grave peligro se encuentran las vidas y los hogares, porque pone la dinamita en manos de asesinos y reos prófugos a quienes, en la ebriedad de la ambición y de la cólera, inviste con el carácter de jefes indiscutibles... ¿Qué partido, pues, es ese que proclama la libertad absoluta y tiraniza; que habla de tolerancia y es perseguidor; que encomia el gobierno de todos y para todos y no vive sino en irritante oligarquía; que condena la pena de muerte cuando se ejecuta por mandato de la ley en empedernidos criminales; y sin embargo asesina individual y colectivamente a pacíficos y honrados ciudadanos; qué partido es ese que invoca la paz y es fomentador de la anarquía, y del desorden y no puede vivir sino respirando la atmósfera de las revueltas y de las conspiraciones permanentes? Y si es de esa clase el enemigo que tenemos que combatir, ¿por qué quieren algunos de nuestro propio credo que tengamos gobiernos débiles incapaces de contener con mano firme el desborde que permanentemente amenaza a la nación?... Para el que levanta el puñal del asesino, para el que prende la dinamita cuyo resultado son escombros y despojos humanos, no hay ni puede haber misericordia ni contemplaciones; porque en estos casos toda contemporización es una grave falta, toda debilidad es un delito, faltas y delitos que no perdonan nunca ni la Patria ni la Historia" (12). Estas ideas se repiten en una y otra forma en los artículos de Núñez. Hay momentos que parecen frases textuales de Caro dichas con anterioridad, como si el jefe del partido conservador hubiera copiado fielmente con su estilo clasicista las frases más secas y escuetas de su aliado del partido independiente. Por ejemplo, Núñez en 1885 decía: "La nación acaba de salvarse por su propio buen sentido y gracias a la Divina Providencia, de la anarquía armada, que intentó un último esfuerzo para impedir el advenimiento de instituciones verdaderamente libres" (13). Y Caro decía al inaugurar el Congreso de 1896: "Si para mí es altamente satisfactorio al presentaros respetuoso saludo en este solemne día, reconocer el gran beneficio que Dios nos ha dispensado concediéndonos los medios de salvar a la república de un cataclismo social, no deja de ser, de otro lado bien penoso recordar sucesos deplorables..." (14). Decía Núñez: "El gobierno ha dirigido con reflexiva firmeza la defensa de la sociedad amenazada de inminente desastre; y ahora le corresponde preparar el restablecimiento del régimen constitucional profundamente alterado..." (15). Y decía Caro: "Más bien comprendo que no podría lícitamente excusarme de hablaros de la revolución, porque la revolución, bajo formas varias, constituye el acontecimiento característico de los últimos tiempos, y la materia que especialmente debe llamar vuestra atención, si han de prevenirse grandes desgracias" (16). Por supuesto, ni Núñez ni Caro se referían a los movimientos revolucionarios del siglo XX, inspirados en el marxismo-leninismo. Están hablando simplemente del partido liberal del siglo XIX.

2. La "Regeneración", movimiento proterrateniente

Núñez y Caro, y con ellos el movimiento de la "Regeneración", acudieron, para la justificación de su movimiento reaccionario, a una ideología inspirada en una especie de socialismo cristiano de sabor medieval, base de la restauración católica en Europa y del re acomodamiento de las fuerzas reaccionarias al movimiento implacable del capitalismo en el mundo. Esta posición anticapitalista en un mundo que no puede evadirse de las condiciones mundiales que impone el desarrollo del capitalismo es la base que da pie a Liévano y a López para levantar una bandera anticapitalista y en favor del régimen feudal colonialista de España en América, postura que los acerca a la "Regeneración". Para los dos se trata de un "socialismo de Estado" con carácter intervencionista tal como lo era el Estado colonial español que, según ellos, tanto beneficio le trajo a los indios americanos. López se apoya en el análisis de Liévano sobre la legislación de Indias de la Colonia que desarrolla ampliamente en su trabajo sobre los conflictos sociales y económicos de nuestra historia (17). La diferencia radica en lo siguiente: Mientras Núñez y Caro defienden la estrategia política del escolasticismo, de la Iglesia Católica y de los terratenientes feudales, acomodando un régimen autocrático a las condiciones de finales del siglo XIX, Liévano y López propugnan por la ideología del partido liberal del siglo XX que nosotros hemos definido como la ideología del "capitalismo monopolista de Estado", estrategia necesaria de la dominación imperialista en nuestro país, tal como lo hemos señalado en la Primera Parte (18). Lo que ha sucedido es que estos historiadores contemporáneos, tan influyentes en los autores de la "nueva historia" han hecho la apología de Núñez y del Estado colonial español en América para justificar sus teorías políticas autocráticas necesarias para la dominación del imperialismo características de una historia que defiende los intereses, igual que el partido liberal del siglo XX, de la gran burguesía financiera, monopolista y burocrática (19). López surge, así, como el gran ideólogo de la historia gran burguesa, que entendía que los intereses del imperialismo norteamericano coincidían en la forma con el colonialismo español, aunque en el contenido éste fuera feudal y aquél capitalista monopolista de Estado.

En esta forma es posible clarificar la polémica contemporánea sobre Núñez y la "Regeneración". La piedra de toque para poder dar un juicio histórico sobre este proceso tiene que ser el de su relación con la revolución democrática, desde el punto de vista económico en sus reformas frente a la tierra, la banca, el comercio, la industria, por una parte, y desde el punto de vista político frente a su posición ante los derechos individuales y democráticos, por la otra. Hemos venido defendiendo que el librecambio en Colombia era una premisa económica necesaria para la acumulación originaria de capital, necesario para las inversiones exigidas por una industrialización. Al mismo tiempo hemos señalado que la reforma agraria contra el régimen terrateniente es igualmente la otra premisa que acelera la descomposición del campesinado, genera la liberación de fuerza de trabajo y permite el aumento de la producción y la productividad agrícola. En otras palabras, nuestra tesis ha sido la de que el siglo XIX giraba en tomo a la lucha por el desarrollo capitalista y que los sectores progresistas y revolucionarios eran aquellos que lo impulsaran, lo favorecieran y lo llevaran a la práctica. Si esto era cierto a nivel mundial, con mayor razón puede aplicarse a Colombia, sumida en el atraso económico.

Desde el punto de vista teórico, Marx considera el librecambio como un factor desintegrador de la sociedad feudal, acelerador de las contradicciones entre la burguesía y el proletariado, destructor de las condiciones feudales de producción, generador de la liberación de mano de obra. Marx defiende al librecambio sólo en el sentido de constituir un factor que contribuye a destruir el régimen feudal y a barrer los rezagos feudales en una sociedad atrasada (20). Sin embargo, una vez se ha iniciado en forma firme un proceso de industrialización, Marx no es partidario del librecambio, sino del proteccionismo. El librecambio acelera la acumulación de dinero en manos de los comerciantes, es decir, del capital comercial, independiente de que exista o no un proceso de producción industrial capitalista. La esencia del capital comercial autónomo es precapitalista, aparece cómo una premisa de la acumulación capitalista y estimulado por el librecambio. El proteccionismo, por otra parte, está orientado a fortalecer el proceso de industrialización ya iniciado, protegiéndolo de la competencia extranjera. Desde ese punto de vista se aplica la frase de Marx sobre el proteccionismo: "es un medio artificial para fabricar fabricantes, expropiar obreros independientes, capitalizar los medios de producción y de vida de la nación y abreviar el tránsito del antiguo al moderno régimen de producción" (21). No hay, pues, contradicción en lo que Marx defiende respecto del librecambio y del proteccionismo. Para Marx, el librecambio es un instrumento generador de capital comercial susceptible de ser invertido en industria, y por tanto, necesario para la desintegración del régimen feudal. El proteccionismo es un instrumento artificial que contribuye a acelerar el avance del régimen capitalista, una vez que se ha iniciado. La confusión de autores como Kalmanovitz a este respecto es no ver esta distinción que hace Marx frente al proteccionismo. De ahí que considere a la "Regeneración" de Núñez como un régimen que acelera la transformación capitalista del país, no importa que se apoyara en un sistema político reaccionario y en unas clases caducas como los terratenientes y los artesanos (22).

Núñez comprendió perfectamente el papel del librecambio en la sociedad colombiana como un elemento generador de capitalismo y desintegrador de la sociedad feudal terrateniente defensora de los artesanos, de los gremios y de la producción atrasada y aislada. Por eso se opuso ferozmente al librecambio. Sus testimonios son múltiples, porque, entre otras cosas, su obsesión contra los radicales, era una obsesión también contra el librecambio. Dice Núñez: "Después de 1848 en que se pusieron en vigor las reformas arancelarias del doctor Florentino González, reformas que no eran, en sustancia, sino traslado automático de lo que acababa de hacerse por la inspiración de Cobden y el apoyo de Peal, en la vieja Gran Bretaña, ningún estadista serio había osado en este país sostener el sistema de protección a la industrias, hasta que en 1880, en su discurso de posesión, el señor Núñez se expresó en estos términos: ’Nuestra agricultura está apenas en la infancia. Nuestras artes permanecen poco menos que estacionarias. Nuestra vasta extensión territorial sólo cuenta unos pocos kilómetros de rieles... Y de todas maneras es evidente que el trabajo nacional está en decadencia. La formidable calamidad de la miseria pública se aproxima, pues, a nuestros umbrales. Un vasto plan de medidas destinadas a promover el desenvolvimiento de la producción doméstica debe ser, por tanto, combinado y reducido pronto a práctica. La tarifa de aduanas necesita reformas destinadas a fomentar las artes. Estudio particular requiere este asunto a fin de que sólo se proteja lo que ofrezca fundadas esperanzas de progreso. Y las grandes industrias europeas y norteamericanas no se han formado y crecido, en lo general, sino por este medio. El consumidor pagará por algún tiempo parte de la protección como paga permanentemente todos los servicios públicos. Al procederse con tino en la materia, el nuevo gravamen indirecto que se imponga será, a la larga, reproductivo, como lo es el que se invierte en el sostenimiento de los diversos ramos" (23).

Ospina Vásquez muestra el proceso a través del cual Núñez fue volviéndose más y más contra el librecambio y en defensa a ultranza del proteccionismo en un esfuerzo por proteger a los artesanos (24). Uno de los artículos más importantes escritos por Núñez sobre este tema es el de 1884 titulado "Gato por Liebre". En este artículo Núñez lanza un argumento muy socorrido por los autores modernos de la "nueva historia" por el cual se defiende que el librecambio era una medida más que favorecía a Inglaterra y que no contribuía al desarrollo del país (25). Indudablemente el librecambio favorecía el desarrollo capitalista de Inglaterra, pero favorecía también el desarrollo mundial del capitalismo. Las condiciones de Inglaterra variaban de acuerdo a sus condiciones de fortalecimiento del capitalismo y a su política colonial. Pero las de Colombia eran de tal naturaleza que no podían prescindir del librecambio para impulsar el capitalismo, así favoreciera los intereses ingleses. La defensa que hace el "regenerador" del proteccionismo no tiene que ver nada con la situación de Inglaterra, sino con el problema de lo que él llama el "fomento de las artes". No puede confundirse, por tanto, el fomento de la industria artesanal con el impulso a la industrialización capitalista. Cuando Núñez tuvo que defender su política proteccionista en favor de las artesanías porque estaba golpeando duramente a los consumidores del país por los impuestos indirectos, expresó: "Entre nosotros el librecambio mercantil no es sino la conversión del artesano en simple obrero proletario, en carne de cañón o en demagogo, porque ese librecambio no deja casi vigentes más de dos industrias: comercio y agricultura, a que no pueden de ordinario dedicarse los que carecen de capital y de crédito" (26). Esta cita retrata los propósitos de defender la economía artesanal predominante en el país y los intereses de los terratenientes íntimamente ligados a la preservación de una fuerza de trabajo campesina sometida. Por eso Núñez concibe la defensa de la industria artesanal como un prerrequisito de la paz política. Preservando las condiciones artesanales y terratenientes, Núñez podía adaptarse a las condiciones del desarrollo mundial del capitalismo, por una parte, y someter la burguesía colombiana incipiente al predominio terrateniente desde el punto de vista político y económico. La clave de esta contradicción residía en ese entonces en el régimen político reaccionario y en impedir el desbordamiento de la proletarización, sin la cual se hacia imposible un verdadero despegue de la industrialización. Núñez, entonces, acudía a los argumentos más atrasados como el de que la condición de los proletarios era en Europa y en los países capitalistas más infeliz que lo que había sido la de los esclavos en la antigüedad: "El inmenso problema económico que diariamente crece, no ha podido ser resuelto por los economistas. Sus dogmas han tenido durante medio siglo, decisiva influencia en los Parlamentos, en la prensa y en la cátedra; y si ellos han contribuido a la supresión de la esclavitud, por ejemplo, en cambio han hecho surgir, o permitido que surjan, los proletarios de las fábricas y los rurales, que son más infelices todavía que los antiguos esclavos urbanos; proclamando el principio de la concurrencia y de la abstención oficial en materia de industria... El predominio del criterio del interés individual ensalzado por los economistas no puede ya sostenerse, porque la ola encrespada del sufrimiento se ha vuelto constante peligro para los pocos cuyos palacios puedan caer en ruinas, como cayeron los castillos feudales a impulsos de la pólvora, recién inventada entonces’’ (27). Y reforzaba este argumento que tanto esgrimieron los esclavistas del sur de los Estados Unidos en la época de la guerra de secesión: "A la época de las guerras brutales ha seguido allí... la de la lucha por la existencia en la deleznable órbita del comercio, de la industria y de la explotación agrícola. Pasaron los esclavos y los siervos de la gleba de los tiempos antiguos; pero el obrero fabril y el obrero rural se hallan en realidad en peor condición que los esclavos y los siervos; porque nadie tiene interés en su conservación. El esclavo era una cosa, un valor. El obrero es una entidad anónima, un número reemplazable por otro número, como se reemplaza en una fábrica un manubrio por otro manubrio o una rueda dentada por otra rueda dentada, o como se reemplaza una hoz, por otra hoz en un fundo agrícola’’ (28). Para impedir el surgimiento y desarrollo del proletariado, había que fortalecer el gremio de los artesanos "porque es este gremio la fuerza científica, por decirlo así, que debe servir de contrapeso o de fiel dé los platos extremos de la balanza" (29). La defensa del proteccionismo, entonces, era una necesidad surgida de impedir la proletarización. Por tanto, el proteccionismo no era una alternativa para el desarrollo del capitalismo. Tampoco era ya suficiente el librecambio, aunque seguía teniendo vigencia como un instrumento de descomposición del campesinado y de capitalización. Lo que no entendieron los "regeneradores" ni la burguesía representada por los radicales fue la urgencia de una política tendiente a la inversión de capital en la industria que no fue favorecida por la monopolización de la banca y el crédito por parte del Estado.

La posición de Núñez y de la "Regeneración" opuesta a realidades incontrastables del desarrollo capitalista queda aún más clara cuando se considera su pensamiento frente al problema de la competencia capitalista y su visión francamente opuesta al individualismo. Para él la competencia es otra forma de guerra. En consecuencia, su oposición a la guerra, su obsesiva lucha contra todo tipo de guerra, su abstracta posición frente a la guerra que lo llevó a plantear la defensa de la paz por la paz, el orden, por el orden, lo hace levantarse contra la competencia capitalista. "La guerra, que llamaremos económica, es la otra causa fundamental de malestar a que hemos querido referimos. Esta guerra económica es lo que llaman los economistas competencia (especie de struggle for life, lucha por la vida)" (30). Y más adelante agrega: "La desaforada competencia económica es fruto del individualismo proclamado por la filosofía impropiamente apellidada liberal (impropiamente, por haber conducido a la universal miseria, como tantas otras cosas así calificadas por la superstición política)" (31). La ingenuidad o la mala fe han presentado esta lucha contra el individualismo y la competencia como un signo de que Núñez propiciaba lo que Liévano ha llamado su "capitalismo de Estado" y otros autores su "socialismo de Estado". Pero el "regenerador" no enfrentaba contra el individualismo el socialismo, ni mucho menos. "El socialismo —escribe— es la hidra mitológica cuyas cabezas mutiladas sin cesar se renuevan. ¿Dónde está el Hércules que habrá de troncharlas radicalmente? Esa hidra no se abate con fuerza material, sino con espada flamígera" (32). La máxima coincidencia entre Núñez y Caro radicó en su oposición a realidades concretas del capitalismo, al individualismo, a la competencia, al "desorden", a la "anarquía". Para ellos todo era lo mismo. Se inspiraban en ese socialismo cristiano puesto en marcha por León XIII que buscaba acomodar la Iglesia con ideología feudal y terrateniente a las condiciones ineludibles del capitalismo al que tanto se había opuesto. El desorden de la competencia que trajo el capitalismo era, para ellos la anarquía política y la causa de la guerra y el individualismo pernicioso. Sólo la religión católica y el cristianismo social podían salirle al paso a la revolución socialista y al avance del capitalismo por igual. Refiriéndose al proceso que se daba en Alemania, Núñez señalaba: "Pero en contra, en el nuevo imperio germánico se lidia más desventajosamente con el socialismo, cuya preponderancia crece cada año, según se deduce de la estadística sucesiva del sufragio. Y como afirma al final de un artículo extenso que sobre la materia inserta la Revue des Deux Mondes, y nos hizo notar nuestro amigo el señor Caro, no hay otra solución sólida allí que la que puede proporcionar la luz evangélica en su ingenua irradiación práctica: caridad en la cúspide y resignación cristiana en la base de la pirámide. La ciencia y las bayonetas serán impotentes... La espada de luz a que hemos antes aludido está, pues, iniciada. No puede ser otra que la estética y la ética católicas" (33).

Núñez no solamente se oponía al librecambio en un momento en que, para el país, seguía siendo una condición necesaria de su desarrollo capitalista. Se enfrentaba también a la competencia que es una característica esencial del capitalismo, ineludible para su expansión y fortalecimiento, así sea como una guerra que causa estragos y arrasa a los débiles. Igual posición mantenía frente al individualismo, rasgo connatural de la economía capitalista, sin el cual no le es posible abrirse campo y formar profundas raíces. El capitalismo está basado en la necesidad de la ganancia capitalista y depende de la explotación que se haga de los obreros y de la competencia que se entable a, nivel de la sociedad. No hay duda de que este sistema crea una especie de anarquía económica y social (34). Esta especie de anarquía social, de necesidad de libre movimiento y de total libertad inherente al capitalismo de libre competencia es lo que aterroriza a Núñez y, por supuesto, a Caro. La democracia política que es la forma de Estado natural del capitalismo, como lo señala Lenin, es, en cierta medida, una anarquía social sistematizada con ciertas regulaciones mínimas que no dejen desintegrar el sistema (35). El hecho de que el capitalismo exija la democracia liberal, proviene de su ineludible necesidad de libertad de oferta y demanda para permitir campo abierto a la competencia. Como ya lo hemos mostrado en la Primera Parte, el imperialismo modifica estas condiciones al agudizar la contradicción entre la superestructura política de democracia que impulsa la libertad y la igualdad y la infraestructura económica que desde un principio niega las dos mediante la explotación del obrero y la división irreconciliable de las dos clases enfrentadas, capitalista y proletaria (36). Al negar el imperialismo la libre competencia e imponer el monopolio, tiene que proceder a negar la democracia y a establecer el régimen autocrático. He ahí también una coincidencia más de Liévano y López Michelsen, los cuales ven un acercamiento del régimen autocrático de la Colonia y el que va "imponiendo el capitalismo monopolista de Estado, del que son fervientes defensores. La obsesión de Núñez y Caro con la anarquía existente y con la necesidad del orden, se origina en su posición proterrateniente y en la defensa de un régimen que salvaguarde los intereses de los terratenientes aun a través del desarrollo del capitalismo. La derrota política que infligen a la burguesía y las condiciones económicas que imponen en favor de los terratenientes, preparan el terreno para la entrada del imperialismo que encontrará unos terratenientes fortalecidos e inexpugnables dispuestos a entablar una alianza del imperialismo que asegurará sus intereses y asegurará un desarrollo modemizador sin tocar sus privilegios feudales. Por eso Núñez y Caro se revelan contra el régimen democrático y disfrazan su postura con una apología de la autoridad, de la limitación de las libertades, de la paz y de la lucha contra el desenfreno desatado por los radicales decimonónicos que sólo pensaban en la guerra. La preocupación por la paz es justa. Pero la paz no es un ente abstracto que venga a la tierra por la buena intención de los personajes que aspiran a ella. La paz tiene condiciones. Para 1880 la paz carecía de los mínimos requisitos en Colombia. Era indudable que no se había resuelto el conflicto existente desde la revolución de independencia y que constituía la esencia de la revolución democrática en Colombia, a saber, el conflicto entre las fuerzas propulsoras del capitalismo y las fuerzas anticapitalistas, entre los terratenientes feudales y los comerciantes procapitalistas. La paz, por tanto, en cualquier instancia, mientras ese conflicto no se resolviera en favor de las fuerzas procapitalistas, iría a favorecer a los terratenientes. En todos los países capitalistas del orbe se libró esa lucha. Y sólo la definición de la guerra resolvió el problema. Núñez, por ejemplo, ve con horror la guerra civil norteamericana, precisamente, mediante la cual se consolidó el proceso capitalista de Estados Unidos y la derrota de los terratenientes feudales y esclavistas (37). Es su visión anticapitalista que defiende los intereses de los terratenientes.

Tal vez los hechos y las medidas de la "Regeneración" no correspondan a su ideología y a sus manifestaciones. Los autores de la "nueva historia" han venido repitiendo la tesis de Liévano sobre los grandes avances de la economía colombiana en la época de la "Regeneración" y sobre su gran contribución al desarrollo capitalista del país (38). Atribuyen, sobre todo, este efecto benéfico de progreso a tres medidas: a la protección aduanera que estimula la industrialización, al establecimiento del Banco Nacional, y al impulso a la infraestructura ferrocarrilera. El proteccionismo y el monopolio bancario establecido por el Banco Nacional fueron medidas económicas exclusivamente orientadas a golpear los intereses de los comerciantes que apoyaban, principalmente, al partido liberal (39). Ya hemos señalado el carácter del proteccionismo como una medida regresiva y opuesta al desarrollo capitalista del país en el momento que vivía Colombia. Es necesario hacer algunas consideraciones sobre el Banco Nacional. Ospina Vásquez tiene el siguiente análisis: "El lo de enero de 1881 abrió operaciones el Banco Nacional con capital suministrado íntegramente por el Estado (anticipo de las regalías del ferrocarril de Panamá). El objeto primordial de la institución era hacer préstamos al gobierno. No hay para qué entrar en el proceso que llevó primero a la aceptación forzosa de sus billetes en parte de los pagos hechos a los gobiernos nacional y seccionales, y luego a la exclusividad del privilegio de emisión y la inconvertíbílidad, y por último a la liquidación del banco. La restricción de las facultades de los bancos particulares fue desastrosa para la economía del país, y especialmente para la de Antioquia. El privilegio volvía al Estado, quien hubo de extraer de este recurso todo lo que podía dar, en la etapa final del periodo. Para darse cuenta de lo que fue aquello basta seguir el curso de la cotización de los cambios sobre el exterior; pasan de 7 a 16% de primera en 1881 al 36% en diciembre de 1885, a 111% en junio de 1888, para caer luego al 100%, alrededor de cuya cifra se mantienen hasta los primeros meses de 1893; con fluctuaciones marcadas, se llega al 200% en agosto de 1898. En diciembre del año siguiente se llega al 550%, y en marzo de 1900 al 1.000%. A principios del año siguiente se llega al 5.000 %, y a principios de 1903 al 10.000. La cotización se estabiliza alrededor de esa cifra (con algunos movimientos bruscos, poca duración) hasta la conversión, en tiempo de Reyes (al 10.000%)" (40). El testimonio directo de Tomás O. Eastman sobre las consecuencias inmediatas de las medidas económicas de la "Regeneración’’ resulta elocuente: "Diose pues a purificar las costumbres, a hacer propaganda de las sanas ideas, a enseñarnos religión... empeñóse en hacer que hacía caminos, puentes, plazas, muelles, monumentos, estatuas, palacios, murallas, museos, jardines; subvencionó ferrocarriles, vapores, empresas de todo género; en una palabra, se convirtió en maestro, empresario y protector de todas las cosas habidas y por haber. Vemos algunas consecuencias necesarias de semejantes proezas: Como ellas no se realizan sin dinero, fue preciso aumentar desmesuradamente las contribuciones y hubo que ocurrir a arbitrios como el papel moneda y los monopolios. Con lo primero infligió a la industria una sangría copiosa y debilitante. El papel moneda hizo oscilar el tipo de cambio; perturbó los precios de los artículos y servicios; alteró sin pacto previo las relaciones existentes entre acreedores y deudores y entre capitalistas y trabajadores; desvió los capitales de su giro natural; en asocio con las altas tarifas aduaneras, levantó una especie de muralla china alrededor del país, para que no llegase hasta nosotros, o llegase tan debilitada cuanto fuese posible, la influencia del progreso industrial en el exterior; y después de hacernos pasar por las angustias de una alza de las letras, nos traerá en conclusión los horrores de una baja, aún peores que los del alza. De los monopolios no hay para qué hablar, pues sus inconvenientes son hoy visibles para todo el mundo. Cualquiera de esos males bastaría por sí solo para condenar cualquier sistema político" (41).

La confusión de base respecto a la interpretación del Banco Nacional radica en colocarlo como un banco central de una economía capitalista. Colombia vivía un momento crucial de su desarrollo económico en que se iniciaba un proceso de lucha por la industrialización. Era indudable que la banca tenía que jugar un papel definitivo, por ser intermediaria de los comerciantes. Pero esa banca no era de carácter totalmente capitalista, sino que dependía del carácter del capital comercial precapitalista de naturaleza independiente de la producción (42). Lo que hace Núñez es monopolizar la función bancaria, como lo hace con otras actividades económicas al modo de la Colonia, de intermediario de los comerciantes en el Estado. La quiebra de la banca privada, principalmente la antioqueña, significó la supresión de un elemento esencial para el proceso comercial. El papel del Banco Nacional no era regulador como el que tenían los bancos centrales capitalistas en otras partes del mundo capitalista avanzado, los cuales, en realidad, respondían más al proceso de monopolización y de comienzo de prevalencia del capital financiero. La unificación de la moneda que trajo el Banco Nacional no exigía la monopolización estatal de la función bancaria. Carlos Martínez Silva lo señalaba en su momento como un representante de ese sector de los terratenientes que estaba en proceso de convertirse en burgueses, como lo hemos analizado anteriormente. Decía Martínez Silva: "No hay necesidad de entrar a demostrar aquí cuan perjudicial es el monopolio oficial, o en manos de una compañía particular de la industria bancaria. Cuestión es ésta tratada en cualquier manual de economía política, y se necesita ser intonso en la materia para sostener el sistema de monopolio en este tiempo, en que la civilización cuenta como una de sus mayores conquistas, el haber alcanzado en todos los pueblos cultos la libertad de comercio. Sólo como recurso fiscal, y eso en muy determinadas circunstancias, puede justificarse hoy el monopolio de un ramo de industria. Pero tratándose de la bancaria, las razones que militan a favor de la libertad son más fuertes que en ningún otro caso... La competencia es el alma y el estímulo de toda empresa; donde falta ese aguijón, la industria desfallece y muere..." (43).

3. La lucha contra la "Regeneración"

La lucha política que desencadenó la "Regeneración" provino, por una parte, de los comerciantes que vieron limitada y amenazada su libertad de comercio y, de otra parte, de un sector de terratenientes y comerciantes que iban convirtiéndose en industriales y vieron en peligro sus nuevos intereses. Las dos causas principales de la lucha radican en el proteccionismo y en el monopolio bancario. Es posible que puedan aducirse otras causas económicas, pero no tan determinantes como estas dos. Las fuerzas políticas del país se dividieron frente a la " Regeneración" en tres posiciones. El partido liberal dirigido por los radicales presentó una oposición desde el principio del movimiento de Núñez hasta el final de la guerra de los mil días. El partido nacional de Núñez y Caro, compuesto por los independientes de Núñez, salidos del partido liberal y el conservatismo en pleno que fue dividiéndose a medida que se agudizaron las contradicciones del proceso regenerador, se constituyó en su soporte. El conservatismo histórico, dirigido por el general Marceliano Vélez y Carlos Martínez Silva, que rompió con el partido nacional ya avanzado el proceso de la ’’ Regeneración’’.

El partido liberal del siglo XIX fue un partido que empezó a sufrir un proceso lento de descomposición desde la Convención de Rionegro, primero por su oposición a las medidas de Mosquera frente a la desamortización de bienes de manos muertas y frente a la Iglesia, y segundo por la tendencia de un sector de los comerciantes a invertir sus excedentes en propiedad territorial. De este último sector surgió el partido independiente de Núñez. Pero de la oposición a Mosquera también se desarrolló una tendencia conciliacionista con los terratenientes que va a ser representada dentro de los radicales en su oposición a la "Regeneración" como los pacifistas en el momento en que el partido liberal tiene que definir su conducta frente a Caro. Esto significa que en el partido liberal después de la Constitución del 63 van apareciendo tres tendencias: una que es fiel a los principios del liberalismo decimonónico y que no concilia con el partido conservador, por lo menos hasta la guerra de los mil días; otra que se mantiene dentro del partido liberal, pero conciliador en los principios del liberalismo, que va a enfrentarse de distintas maneras a la fracción más radical y persistente en los principios; y otra que conforma el partido nacional con los conservadores y acaba fundiéndose con el partido conservador. Estas tres tendencias hacen crisis en el período que va de 1880 a los primeros años del siglo veinte. Se ha acusado al partido liberal de haber lanzado a Núñez en brazos del conservatismo por la oposición violenta que desde el principio del proceso de la "Regeneración" le presentó. Pero la razón la tenia el liberalismo radical en oponerse a Núñez que lanzó un movimiento de restauración a favor de los terratenientes, con los cuales coincidía ideológica y políticamente. La línea de Núñez no se modifica substancialmente en sus escritos y en su conducta de 1880 a 1896, ni su coincidencia con Caro, como lo hemos tratado de demostrar, es puramente casual o adjetiva. El Banco Nacional, por ejemplo, se convirtió en un instrumento de financiación de los terratenientes, no solamente para la represión de los liberales, sino para la guerra de los mil días (44). La oposición liberal a Núñez adolecía de un problema fundamental y consistía en la división de intereses dentro de los comerciantes que sostenían al partido liberal. Si el partido liberal inició muy rápido su descomposición, se debió precisamente al carácter de la clase que era su apoyo fundamental, clase históricamente en transición y que no poseía sus raíces en la propiedad territorial como los terratenientes ni la fuente de su atesoramiento provenía de la propiedad de los medios de producción industriales como la burguesía industrial. Este era el carácter de los comerciantes precapitalistas agentes principales de la revolución burguesa en Colombia, los cuales dependían del capital comercial. Por eso los comerciantes no poseían una ideología propia, aunque en la lucha por la independencia y por la revolución democrática hubieran adoptado las ideas de la burguesía industrial, las del liberalismo revolucionario que impulsó el surgimiento y avance del capitalismo en el mundo. Dentro del partido liberal unos sectores, pocos, se mantuvieron fíeles a esos principios; otros sectores, la mayoría, claudicaron en el fragor de la lucha contra los terratenientes; y los demás traicionaron pasándose a los terratenientes y adoptando su ideología. Estos factores fueron los que hicieron relativamente fácil la tarea de Núñez en el proceso de un movimiento esencialmente proterrateniente. No fue, no podía ser en la época en que ya el capitalismo pasaba de su maduración a la decadencia, la restauración del feudalismo, pero sí significaba la garantía al régimen de monopolio feudal de la tierra para los terratenientes.

En la época de auge de la "Regeneración", en el momento de la elaboración y discusión de la nueva Constitución, y durante los primeros años de su vigencia, el partido conservador parecía haber desaparecido para fundirse con el partido nacional de Núñez. Todo el partido conservador se puso de parte de la "Regeneración". Ya hemos visto cómo Caro se convirtió en su baluarte fundamental hasta el punto de haber llegado a ser el redactor del texto mismo. Pero es necesario, por los acontecimientos posteriores de la división conservadora, ofrecer los testimonios de uno de los jefes más connotados de ese partido, Carlos Martínez Silva. "Con absoluta seguridad —afirma— puede decirse por lo mismo, que ninguna de las Constituciones que ha tenido la república ha sido fruto de un trabajo más sereno y meditado. Defectos podrá tener la de 1886, pero en ningún caso habrá de tachársele de taita de sistema, de ligereza o de inconsistencia. En ella hay plan y unidad perfecta; y como no ha sido hecha ni en contra ni a favor de nadie, ni ha sido inspirada por ningún sistema exclusivista y absoluto, como está calcada en nuestra propia y peculiar condición social y política, es de presumirse que está destinada a vida larga y robusta, no estacionaria ni momificada, sino progresiva, porque los constituyentes de 1886 no han tenido la soberbia y la vana presunción de los de 1863, que consideraron su obra acabada, perfecta e irreformable. Esta otra Constitución, dejando la puerta abierta a las enmiendas, ha fiado su ratificación definitiva a la voluntad nacional genuinamente expresada... La Constitución de 1886, promulgada el 7 de agosto, se caracteriza por cuatro rasgos dominantes: restablecimiento de la unidad nacional; libertad de la Iglesia Católica; libertades individuales prácticas y bien definidas; robustecimiento del principio de autoridad" (45). Estas cuatro características que señala Martínez Silva han sido acogidas por casi todos los tratadistas e historiadores como los rasgos determinantes de la Constitución del 86. No solamente coincidía Martínez Silva con Núñez y Caro en el proceso de la "Regeneración", sino que estaba de acuerdo con todo su contenido, lo mismo en la oposición a los radicales y en la interpretación de su obra que en la forma autoritaria y autocrática que debía tomar el nuevo gobierno. "Pero de nada servirían todas esas saludables reformas —decía— si no hubiera organizado un gobierno suficientemente fuerte para defender la sociedad contra los ataques de los hombres audaces y depravados. Los que parten del anárquico principio de que el gobierno es un mal necesario fueron lógicos al reducir la autoridad a la impotencia; la experiencia que ha enseñado qué funesta cosa es anular la acción del gobierno por malo que él sea, para depositar toda la suma de la autoridad de que se le despoja en manos de los que quieran tomarla y ejercerla sin responsabilidad y sin contrapeso... Demostrado que los gobiernos débiles son de suyo violentos, era necesario constituir un gobierno fuerte para hacerlo suave en su ejercicio" (46). No había dudas de que el partido conservador cerraba filas en torno a la Constitución del 86 y que los argumentos para defenderla y propiciarla no diferían de los de Núñez.

Pero pasados diez años después de su promulgación, las contradicciones de una Constitución que había intentado por encima de cualquier otra consideración reforzar el poder económico y político de los terratenientes, afloraron en una forma tan violenta que iban a llevar al país a la más cruenta de las guerras civiles. Con el movimiento de la "Regeneración" se cerraban en Colombia las posibilidades de que la burguesía llevara a cabo la revolución democrática que se había iniciado con la revolución de independencia. En efecto, el camino de una reforma agraria democrática que liquidara el régimen terrateniente y neutralizara su poder político quedaba cerrado. El regreso al proteccionismo y al monopolio bancario habían sido golpes muy fuertes a las fuerzas burguesas que, mal que bien, venían propiciando el avance del capitalismo en el país. Pero el regreso al despotismo y al autoritarismo consagrados en la Constitución del 86, al igual que la práctica de la autocracia por parte de Caro desde el gobierno, aprobada por Núñez desde su estratégico retiro de la presidencia, colmaron la tasa de las contradicciones. No solamente apuró la crisis del partido liberal, sino que también dividió al partido conservador. Martínez Silva salió como el abanderado de un sector del partido conservador que tenía su asiento, principalmente en Antioquia, y que representaba una débil tendencia terrateniente a pasar a la industria, pero que poseía intereses significativos en la floreciente economía cafetera impulsada, entre otros factores, por la colonización hacia el sur (47). Martínez Silva encama la contradicción del partido conservador, en el que iban surgiendo fuerzas que favorecían el desarrollo del capitalismo, aunque no fueran capaces de desprenderse por completo de sus intereses terratenientes y, más adelante, claudicaran totalmente ante ellos. Su violento artículo contra la ley que establecía el Banco Nacional que ya hemos citado se contradice, en cierta manera, con su apoyo irrestricto que por la misma época le daba a la Constitución del 86. Afirmaba, entonces, "muchas tiranías se han presentado en el mundo, y la historia está llena de atropellos y violencias cometidos por los gobiernos despóticos; pero hasta ahora no teníamos noticia de que a ninguno se le hubiera ocurrido obligar a sus súbditos o ciudadanos a entrar con él, en determinado género de especulaciones. Esa pretensión que a los cesares romanos hubiera parecido ridícula, estaba reservada para estos tiempos de libertad y de progreso... Mañana, si el proyecto que analizamos llegara a convertirse en ley, otro acto legislativo podría expedirse para imponer multas o prisión al que no sembrara café, o al que tuviera trapiche movido por bueyes, o al que no empleara en sus labranzas arados Collins" (48). Estas palabras las escribía en 1880. Casi veinte años después, en medio de los sufrimientos impuestos por la Constitución del 86, en respuesta a la siguiente aseveración de Caro: "Es que el juicio es más sereno y amplio, y la apreciación del interés común más certera, en altos puestos de dirección unipersonal y de gran responsabilidad moral, que en medio de las agitaciones parlamentarias y de los meetings populares" (49). Martínez Silva fustigaba los resultados de la "Regeneración" en esta forma: "Por desgracia para la escuela absolutista, la doctrina que hoy se pretende hacer prevalecer en Colombia lleva en su contra una dolorosa experiencia. Nadie pretenderá sostener que aquí hay al presente régimen parlamentario, ni elecciones populares, ni partidos organizados, ni meetings, ni prensa libre, ni ministros responsables y sometidos a los vaivenes de la política, ni se conoce medio alguno para que la opinión pública se haga sentir en los consejos de gobierno. Prevalece en él de tiempo atrás la ’dirección unipersonal y de gran responsabilidad moral’; y sin embargo, en nada se ve aquella certera apreciación del interés común, tan encomiada por los maestros y doctores de la nueva ley" (50). Ya había roto con la "Regeneración", había iniciado la oposición a Caro que conduciría al restablecimiento del partido conservador, y había iniciado la división conservadora entre "históricos" y "nacionalistas".

4. División del partido conservador

Entre enero de 1896 y agosto de 1897, al mismo tiempo que arrecia la oposición liberal y se prepara la guerra civil, se materializa la división conservadora, con la publicación del famoso Memorial de los 21, elaborado por Martínez Silva, y con el retiro del apoyo al gobierno. En julio de 1896, Martínez Silva sostiene una polémica con Caro sobre el carácter del partido conservador. Caro decía: "El partido que ejerce hoy el poder público se compone de los elementos que concurrieron a reintegrar la nación y expedir la Constitución de 1886 y que hayan permanecido fíeles a su bandera. Este partido es conservador en cuanto sostiene y conserva el orden constituido, el respeto a la autoridad y la concordia con la Iglesia, base de la paz social. Pero no es éste un partido reaccionario. El partido que votó la Constitución de 1886 no puede ser el mismo que había votado la del 58, porque ésta y aquella ley fundamental son antagónicas. El partido que sustenta la Constitución del 86 se fundó para efectuar y defender una gran transformación política que se ha llamado regeneración; es un organismo que tiene principios y fines determinados, vida y desarrollo propios, y por lo mismo, un nombre propio, el cual es el hermoso nombre del partido nacional, bajo el cual, con la obra que ha realizado, se presentará ante el tribunal de la posteridad" (51). Entonces Martínez Silva le responde. Por fin Caro declara públicamente lo que venía diciendo desde hace mucho tiempo, que no hay partido conservador. La Constitución del 86 no representa en modo genuino las doctrinas tradicionales del partido conservador. El partido conservador no dictó esa Constitución. Simplemente la acogió porque consagraba dos puntos fundamentales capitales de la doctrina conservadora, la unidad nacional y el reconocimiento de los derechos de la Iglesia Católica. De esa Constitución surgió "todo un sistema político y administrativo" que todavía no ha sido suficientemente estudiado y de ahí la confusión reinante en torno a lo que pasa. El partido nacional son dos cosas: la Constitución, el sistema político y administrativo a que dio origen, y el hombre, Caro. No solamente hay que rechazar al hombre, sino también al sistema a que dio origen esa Constitución. Martínez Silva no estaba contra la Constitución del 86, sino contra el sistema que la dirección unipersonal de Caro había establecido apoyándose en ella (52). Pero la preocupación principal suya radicaba en la crisis del partido conservador. Para él el partido nacional no era el partido conservador menos los independientes, sino un partido diferente. Por eso decía: "¿Y el partido conservador, existe, o no? se preguntan algunos. La respuesta es sencilla: existen aún conservadores, en mayor número acaso de lo que comúnmente se cree; pero partido organizado con este nombre, capaz de influir en la dirección de la política y en los destinos del país, en ninguna parte se ve. Absorbidos unos de sus antiguos miembros por el nacionalismo, separados otros francamente de esta bandería, deseosos los más de volver a las antiguas filas, pero detenidos por el espantajo del "enemigo común" y por el miedo de que se les tilde de disidentes, ninguna acción colectiva, ningún movimiento de independencia, ningún conato de organización ejecutan, y de bueno o mal grado los más de ellos siguen uncidos al carro del nacionalismo, renegado por lo bajo, alimentándose de ficciones y viviendo en perpetuas transacciones con la conciencia" (53). Así se materializó la división del partido conservador, la cual estuvo a punto de llevar a que los "históricos" apoyaran a los liberales en la guerra de los mil días.

El sentido fundamental de esta división conservadora consiste en el acercamiento básico entre el partido liberal y el conservatismo ’’histórico’’. La oposición a la Constitución del 86, aun así fuera por motivos no siempre idénticos, manifestaba coincidencia de intereses. Martínez Silva se levantaba contra el sectarismo, defendía la participación del partido liberal, fustigaba su exclusión total de la política, hasta el punto de ser considerado liberal por los adalides conservadores del clero. En una famosa polémica del presbítero Baltasar Vélez con la jerarquía y con el clero conservador, en que Martínez Silva servia como protagonista, fueron condenadas las posiciones proliberales de los dos, por estar fuera de la ortodoxia eclesial (54). Por esta razón se ha considerado a Martínez Silva como precursor de la Unión Republicana, un partido de corta vida que agrupó a liberales y a conservadores (55). Para Martínez Silva los dos partidos tradicionales estaban en crisis, porque ninguno de los dos correspondía a los intereses nacionales. A medida que se acerca la guerra de los mil días, se hace más notorio el enfrentamiento dentro de los dos partidos. En el liberal los partidarios de la guerra que se oponen a los pacifistas. En el conservador, los "históricos" están contra Sanclemente. El mismo Martínez Silva anotaba: "Error y prueba de miopismo político es considerar esas divisiones en los partidos como obra de ambiciones y de las impaciencias de unos pocos agitadores díscolos e indisciplinados. En ellas hay siempre un fondo de convicciones honradas y sinceras, y tarea vana es tratar de detenerlas o de ocultarlas por medio de artificiales combinaciones" (56). Y caracterizaba la división de los dos partidos: "De esta suerte, ninguno de los dos grandes partidos llamados históricos, que en épocas pasadas contribuyeron ambos, a su medida, y a pesar de sus exageraciones, al progreso del país, corresponde hoy a las aspiraciones verdaderamente nacionales. Uno y otro hicieron su obra, y como entidades apegadas a un pasado que no puede revivir, no tienen nada nuevo ni bueno que ofrecer a la nación; viven de recuerdos, se alimentan de odios y de pasiones, debilitados en lo interior por las naturales disidencias. e incapacitados para obrar de un modo benéfico en favor del país, por las desconfianzas que recíprocamente se inspiran. Situación tan anómala e irregular no cesará sino cuando los políticos de uno y otro bando reconozcan los hechos cumplidos por modo irremediable, y en vez de consumir inútilmente sus energías en mantener unidades artificiales, promuevan sin miedo la liquidación definitiva de los elementos heterogéneos que constituyen nominalmente cada partido" (57).

Colombia vivía una época en que las fuerzas económicas del capitalismo que lentamente se habían ido abriendo paso, por encima de todas las torpezas, conciliaciones, vacilaciones y traiciones de los comerciantes representados por el partido liberal, y superando la oposición radical de los terratenientes expresada en el partido conservador, se encontraron con una Constitución política que recortaba las garantías democráticas, eliminaba los respiraderos políticos de las clases que se abrían campo, restauraba el despotismo colonial sin monarquía, imponía una talanquera insoportable para los comerciantes que pugnaban por salir adelante en sus negocios, destrozaba los poros del sistema económico de un momento de transición, y concedía, en esta forma, plenas garantías a las fuerzas de los terratenientes más reaccionarios, mientras aplastaba sin contemplaciones a las desorganizadas y todavía no bien consolidadas fuerzas procapitalistas. Una corriente no bien constituida, incipiente, un tanto amorfa si se quiere, de burguesía industrial integrada con comerciantes y con terratenientes, pugna para abrirse campo, por defender sus intereses, por recuperarse del golpe mortal que les ha asestado la "Regeneración". Del lado de los terratenientes, esa corriente es representada por los conservadores "históricos". No dejan de ser terratenientes, no abandonan su partido conservador y sus tendencias reaccionarias enraizadas en la lucha del siglo XIX, pero no soportan las medidas que les impone la "Regeneración" y que, objetivamente, atenían contra sus incipientes interésese de burguesía industrial. Esa contradicción, de conservadores decimonónicos transformándose en burguesía industrial, es la que expresa la lucha enconada y ambigua que libra Carlos Martínez Silva. En el partido liberal la lucha será más clara, más enconada, más decisiva. Lo veremos inmediatamente. Lo que simboliza esta lucha intensa contra la "Regeneración" es la defensa de las garantías democráticas y el reconocimiento de todas las fuerzas políticas. Quizás allí radica su fortaleza, pero también su debilidad, porque ni en el partido liberal ni en los "históricos" aparece con claridad un objetivo económico y social que garantice esa lucha intensa y profunda que caracteriza el último quinquenio del siglo XIX y el primero del siglo XX.

En un país como Colombia, atrasado y feudal, como lo era al comienzo del movimiento de la "Regeneración", es un adefesio histórico defender que se dio impulso al desarrollo económico del país con una política terrateniente y reaccionaria. La "Regeneración", Núñez y Caro, el partido nacional, no representan sino un movimiento de restauración despótica, autocrática y antidemocrática, al mismo tiempo que la garantía definitiva para el régimen terrateniente que iría a subsistir en Colombia por encima de todas las transformaciones y modernizaciones. Bajo esa caracterización pueden juzgarse las demás interpretaciones que se han esgrimido sobre este período histórico. La defensa que Líévano Aguirre y López Michelsen hacen de Núñez queda completamente al descubierto y su famoso "capitalismo de Estado" no es sino la aplicación de su ideología de mitad del siglo XX proimperialista a la tendencia despótica y autocrática de tinte colonial español de Núñez y Caro, en lo cual consiste la coincidencia reaccionaria de la concepción de Liévano y López con la práctica política de Núñez y Caro. Algo parecido podría decirse de Núñez como adalid de la unidad nacional. Fue este el argumento de los conservadores para apoyar las ideas de Núñez y abanderarse de ellas. Pero ni desde el punto de vista económico, con un mercado interior, ni desde un punto de vista político, de la desmembración del país, esa unidad peligró verdaderamente. Todas las guerras civiles que siguieron a la Constitución de Rionegro y que tuvieron alguna trascendencia, giraron sin excepción en torno al poder central del Estado y ninguna tuvo como objetivo la independencia de uno o varios Estados. El argumento de que Núñez y la "Regeneración" constituyeron un movimiento de fortalecimiento del Estado es completamente ambiguo. Si se trata de un fortalecimiento del Estado en relación a luchas externas, quedaría completamente sin piso ante la impotencia de Colombia para enfrentar el robo de Panamá y del canal. Y si es un fortalecimiento del Estado hacia el caos y la anarquía interna, este es el argumento de los más reaccionarios defensores de la "Regeneración’’ manifiesto en los documentos de Núñez y Caro. El fortalecimiento del Estado puede ser un argumento esgrimido tanto por los colonialistas españoles de la monarquía, como por los terratenientes feudales del siglo XIX y los fascistas más recalcitrantes del siglo XX. La "Regeneración" fortaleció el régimen central autoritario contra las fuerzas progresistas del país, ya bastante debilitadas y desorientadas y en favor de las corrientes más reaccionarias.

Este momento fundamental de la historia de Colombia que significa la "Regeneración", quedó signado por la incapacidad de la burguesía para resolver el problema del desarrollo capitalista del país, no solamente contra los terratenientes, sino en un proceso de superación de los comerciantes quienes se guiaron en ciertos momentos por la ideología de la burguesía mundial. Los radicales no ofrecieron salidas que definieran el camino para el despegue del capitalismo en el país sin permitirle a los terratenientes tanto su supervivencia como su poderío. Se había iniciado en el mundo la era del imperialismo, es decir, de la decadencia del capitalismo y en Colombia todavía no había despegado el capitalismo. Los terratenientes no enfrentaban el peligro del proletariado que los forzara a adaptarse más rápidamente a las condiciones capitalistas. Si hubiera sido otra época, la "Regeneración" hubiera restaurado el feudalismo puro. Esas posibilidades estaban cerradas. Con la "Regeneración" se guardaron las espaldas y lo que hizo Núñez históricamente, objetivamente, aparte de sus deseos subjetivos y de sus intenciones, fue preparar las condiciones políticas y la organización estatal para la entrada de Colombia al siglo veinte con la dominación del imperialismo. De todas maneras, el punto de partida de un estudio del siglo veinte depende, en gran medida, de la interpretación dada a esta etapa de transición que coloca al partido liberal en una profunda crisis y hace tambalear al partido conservador.

NOTAS

(1) Indalecio Liévano Aguirre, Rafael Núñez, Segundo Festival del Libro Colombiano, Bogotá, pág. 447.

(2) Ibid., págs. 144-145 (el subrayado es nuestro).

(3) Indalecio Liévano Aguirre, "Prólogo", en Rafael Núñez, La reforma política en Colombia, 7 vols.. Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, Bogotá, 1945, vol. VI, t. 2, pág- 9.

(4) Ibid., pag. 10 (el subrayado es nuestro)

(5) Alfonso López Michelsen, El Estado fuerte, Editorial Revista Colombiana, Ltda,, Bogotá, 1968, citas extractadas de la primera parte, passim, (el subrayado es nuestro).

(6) Ibid., pág. 32.

(7) Op. cit., pág. 37.

(8) Ver, por ejemplo, Núñez, op. cit., vol. II, págs. 225-228; vol. III, págs. 199, 209; 209-217; vol. VII, págs. 77-82.

(9) Miguel Antonio Caro, "Imperio de la legalidad", Obras completas, Imprenta Nacional, Bogotá, 1932, t VI, pág. 3 (el subrayado es nuestro). Ver texto completo en la Antología, Parte III.

(10) Ibid., pág. 10.

(11) Caro, "Mensaje dirigido al Congreso Nacional en la apertura de las sesiones ordinarias de 1894", op. cit., págs. 106-117.

(12) Núñez, op. cit., vol. VII, págs. 36-37.

(13) Ibid., vol. III, pág. 130.

(14) Caro, "Mensaje al Congreso Nacional", op. cit., pág. 178. Ver texto completo en la Antología, Parte III.

(15) Núñez, op. cit., vol. III, pág. 130.

(16) Caro, op. cit., pág. 178.

(17) Liévano Aguirre, Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia, Edit. La Nueva Prensa, Bogotá, t.1.

(18) Ver cap. 1°. aparte 3.

(19) López Michelsen recorrió las plazas de Colombia como jefe del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), atacando al capitalismo y al individualismo en favor del intervencionismo estatal, y amplios sectores intelectuales creyeron ver en esta postura la de un nuevo revolucionario, cuando, en realidad, sólo se reducía, por una parte, a pensar en el estado colonial autocrático que la revolución de independencia había barrido, y en el capitalismo monopolista de Estado que el imperialismo norteamericano le venía exigiendo a la oligarquía liberal conservadora como garantía del endeudamiento externo y de su dominación.

(20) Marx, "Discurso sobre el librecambio", en Escritos económicos varios, Editorial Grijalbo, México, 1962. Ver la nota 11 de la Parte I, cap. 3o.

(21) Marx, El capital, t.1, cap. 24.

(22) Kalmanovitz, La transición según McGreevy, una interpretación alternativa. Instituto de Estudios Colombianos, mimeógrafo, julio de 1975.

(23) Núñez, op. cit., t. IV, p. 108.

(24) Luis Ospina Vásquez, Industria y protección en Colombia, Editorial Santa Fe, MedellÍn, págs. 287-292.

(25) Op. cit., t.I (2) págs. 241-250.

(26) Ibid, pág. 246.

(27) Op. cit-, t. III, pág. 45.

(28) Op. cit., t. III, pág. 45.

(29) Citado por Luis Ospina Vásquez, op. cit., pág. 290

(30) Op. cit., t. III, pág. 213.

(31) Ibid., pág. 215.

(32) Ibid, pág. 46.

(33) Ibid., pág- 47 (el subrayado es nuestro).

(34) Marx hacía notar que el capitalismo de libre competencia consistía en el establecimiento del despotismo interno dentro de la fábrica, con una disciplina estricta y una jerarquización rígida, mientras se exigía el caos y la libertad total de la oferta y la demanda en la organización de una sociedad dada, sin la intervención del Estado. Marx, El capital, t.I, cap. XII, aparte 4.

(35) Lenin, "El Estado y la revolución". Obras escogidas, 3 vols., Editorial Progreso, Moscú, vol. II.

(36) Lenin, "La caricatura del marxismo y el economismo imperialista", Obras completas, Editorial Cartago, Buenos Aires, t. XXIII.

(37) Contrasta con la actitud de Núñez contraria a la guerra civil norteamericana, el apoyo que Marx y Engels brindaron a la lucha de Lincoln contra los esclavistas sureños, porque era favorable para el movimiento obrero mundial. Ver Karl Marx y Federico Engels, The Civil War In the United States, International Publishers, New York, 1973, passim.

(38) Liévano Aguirre, Núñez..., cuarta parte, capítulo primero. Ver Kalmanovitz, op. cit.; Jorge Orlando Melo, "La república conservadora", Colombia hoy, Editorial Siglo XXI, México, 1978.

(39) Ver, Liévano, Núñez; Luis Martínez Delgado, "República de Colombia", t.I (1885-1895), en Historia extensa de Colombia, Ediciones Lerner, Bogotá, 1970, vol. X, cap- XI y XII; Joaquín Tamayo, Núñez, Editorial Cromos, Bogotá, 1939.

(40) Ospina Vásquez, op. cit., pág. 278 (el subrayado es nuestro).

(41) Tomas O. Eastman, "Panegírico de la Regeneración", El Autonomista, Bogotá, mayo 24 de 1899 (el subrayado es nuestro).

(42) Ver Marx, El capital, t III, cap. XX.

(43) Carlos Martínez Silva, "El proyecto del Banco Nacional", Obras completas. Imprenta Nacional, Bogotá, 1937, t. VIII, pág. 239. La adopción del papel moneda por el Banco Nacional durante la Regeneración ha creado la confusión, principalmente originada por los escritos de Liévano Aguirre a quien siguen autores como Darío Bustamante, entre la unificación de la moneda y la centralización y monopolización de la banca por el Estado. El primer fenómeno era un paso ineludible impuesto a cualquier gobierno de la época en un país integrado a la economía mundial, aparte del carácter que lo definiera, como era ineludible e inevitable la construcción de ferrocarriles en ese entonces o más tarde de carreteras y actualmente de aeropuertos o acueductos. Pero así como no puede caracterizarse un gobierno del Frente Nacional, por ejemplo, por las obras inevitables de servicios públicos y las obras de infraestructura que inauguren, en la misma forma tampoco puede calificarse el gobierno de Núñez por una medida que le imponían las condiciones. Algo muy diferente significa la centralización y monopolización del crédito. Esa es una medida que caracteriza un régimen, como puede serlo la reforma tributaria o financiera para Alfonso López Michelsen o la reforma agraria para Lleras Restrepo. La monopolización y la centralización del crédito fue una medida retardataria. El papel moneda, por su parte, agenció toda esa política que no hizo sino darle fondos a los terratenientes en la guerra de los mil días y durante todo el periodo de la "Regeneración". Todavía en la década del 20 cuando se iba a establecer el Banco Central con la misión Kemmerer, se acordaban de los efectos estremecedores del Banco Nacional y del uso del papel moneda.

(44) Joaquín Tamayo muestra a todo lo largo de su obra el papel jugado por las emisiones del Banco Central en la financiación de la guerra. Joaquín Tamayo, La revolución de 1899, Biblioteca Banco Popular, Bogotá, 1975.

(45) Carlos Martínez Silva, Capítulos de historia política de Colombia, 3 vols. Biblioteca Banco Popular, Bogotá, t. II, septiembre 30 de 1886, pág. 251.

(46) Ibid., págs. 254 y 255.

(47) Ver biografías de Pedro Nel Ospina, Emilio Robledo, La vida del General Pedro Nel Ospina, autores antioqueños, Medellín, 1959; Jorge Sánchez Camacho, El General Ospina, Academia Colombiana de Historia, Bogotá, 1960. También Mariano Arango, Café e industria, 1850-1930; Jesús Antonio Bejarano, editor, El siglo XIX en Colombia visto por historiadores norteamericanos, Ediciones La Carreta, Bogotá, 1977.

(48) Carlos Martínez Silva, "El proyecto del Banco Nacional", op. cit., pág 237.

(49) Citado por Martínez Silva, op. cit., t. II, enero de 1897, pág. 380 (el subrayado es nuestro).

(50) Ibid.

(51) Miguel Antonio Caro, "Declaración sobre el partido nacional", citado por Julio Holguín Arboleda, Mucho en serio y algo en broma, Editorial Pío X, Bogotá, 1959, pág. 100. En la Parte III se puede consultar el texto completo del Memorial de los 21.

(52) Ver Carlos Martínez Silva, op, cit., t. II, págs. 273-275, julio 22 de 1896.

(53) Ibid., pág. 276.

(54) Luis Eduardo Nieto Caballero, "Carlos Martínez Silva", en Carlos Martínez Silva, Obras completas, t. VIII, págs. 9-25.

(55) Ibid., pág. 41. Ver también Luis Eduardo Nieto Caballero, "En torno de Martínez Silva", Por qué caen los partidos políticos, Librería Colombiana, Camacho Roldan, Bogotá, 1934.

(56) Carlos Martínez Silva, Capítulos de historia política..., t. III, pág. 350.

(57) Ibid., pág. 352.

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