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Científicos e impostores

Rafael Bachiller*, El Mundo, junio 10 de 2015

En 2004 y 2005, el veterinario surcoreano Hwang Woo-Suk consiguió colar dos publicaciones fraudulentas sobre la clonación de embriones humanos en Science, una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo. La ciencia no está libre de impostores y, a primera vista, esto podría considerarse una de las razones del escepticismo que existe hacia ella en un amplio sector de la población. Según la encuesta sobre la percepción social de la ciencia realizada recientemente por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, tan solo el 60 % de los españoles opina que la ciencia tiene más beneficios que perjuicios y un 25 % de los españoles no está interesado en ella.

Sin embargo, según esta misma encuesta, las profesiones de médico y científico son las más valoradas con puntuaciones que rondan el 9 sobre 10. Además, nunca antes ha habido tanta información sobre ciencia tan fácilmente accesible en los medios. Resulta por tanto paradójico que en estos tiempos, en que investigadores y periodistas científicos hacen un esfuerzo sin precedentes para explicar los logros de la ciencia al público general, asistamos en la sociedad a esta gran desconfianza hacia los hechos científicos.

Pensemos, por ejemplo, en las vacunas. Nadie debería dudar hoy que las vacunas constituyen las herramientas más eficaces para prevenir las infecciones. Sin embargo, hace tan solo unos meses que los ministros de sanidad de la Unión Europea tuvieron que hacer un llamamiento a los Estados miembros para que tomen medidas para revertir la desconfianza creciente que se viene desarrollando hacia los programas de vacunación. De hecho, algunas enfermedades contagiosas, como la tuberculosis y el sarampión, están rebrotando y vuelven a representar un serio peligro por su capacidad para ocasionar un alto número de muertes. Las reticencias hacia las vacunas parecen proceder de un artículo publicado por el, hoy tristemente célebre, doctor Andrew Wakefield que en 1998 pretendía relacionar la vacuna trivalente vírica con el autismo y que ocasionó un bulo que se extendió como la pólvora en los medios de comunicación. Aunque los estudios posteriores desmintieron tal relación, el artículo original fue retirado, y el doctor Wakefield fue reconocido como un deshonesto irresponsable, a quien se prohibió volver a ejercer la medicina. A pesar de todo ello, nada pudo impedir que se formasen asociaciones abogando por la libertad de vacunación, por el no intervencionismo del Estado en la salud individual, y reconocían en Wakefield a una especie de mesías antivacunas.

Otro caso de incredulidad ya clásico es el existente hacia el cambio climático. Nadie debería dudar hoy de las conclusiones del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), un conjunto de casi un millar de científicos repartidos por todo el mundo que trabajan conjuntamente bajo el apadrinamiento de la ONU y que ya ha sido galardonado por un Premio Nobel. En su último informe, el IPCC ha sido más tajante que nunca desde su constitución hace ya 25 años: la temperatura de la superficie de la Tierra se ha elevado de 0,8 grados durante los últimos 130 años y la acción humana es, con muy alta probabilidad, la principal causa de este calentamiento desde mediados del siglo XX. Ningún experto en el tema parece dudar ya de estas conclusiones. Y, sin embargo, todavía hay un gran número de incrédulos que piensan que el calentamiento global es un engaño. Tan solo un 40% de los estadounidenses acepta hoy que la principal causa del calentamiento pueda ser la acción humana. Hay quien cree que los científicos y los ecologistas han inventado esta historia del calentamiento con el fin de conseguir mejor financiación para sus investigaciones y actividades; y algunas de las empresas que comercializan combustibles fósiles sin duda han jugado un papel importante respaldando a quienes defienden estas ideas, y tratando de manipular a los medios de comunicación.

La llegada del hombre a la Luna, la traslación de la Tierra en torno al Sol, la evolución darwiniana, todos los logros científicos encuentran hoy sus grupos de incrédulos que consideran que estos hechos no son más que patrañas y que forman parte de conspiraciones que esconden intenciones ocultas. Estos desconfiados hacen de internet un medio propicio para la amplificación y difusión de todas sus dudas y especulaciones.

Junto con los incrédulos a la ciencia, se prodigan hoy los ciudadanos proclives a profesar fe en todo tipo de pseudociencias. Los adeptos a la parapsicología, la astrología, la magnetoterapia, la homeopatía, la criptozoología y un largo etcétera, proclaman sin rubor sus principios dogmáticos sin poner a prueba ni demostrar sus explicaciones con los métodos bien establecidos de la ciencia y, por supuesto, sin intentar acceder a la deseable integración entre todas las ciencias a que aspiran los científicos. Naturalmente, a la hora de propagar estas falsedades, los impostores cuentan con grandes ventajas sobre los científicos que tratan de propagar su ciencia. Al no necesitar de los difíciles y precisos experimentos que exige la ciencia actual, la impostura resulta muchísimo más barata; sus términos simplistas suelen ser mucho más fáciles de explicar que los difíciles conceptos de la ciencia y, nuevamente, internet sirve de amplificador de todo tipo de fraudes que rápidamente pueden encontrar eco en todos los rincones del planeta.

Cuando en un debate público se enfrenta a un impostor (por ejemplo un astrólogo) frente a un científico (por ejemplo un astrónomo), el científico siempre lleva las de perder. Aunque aporte todo tipo de datos, de razonamientos rigurosos, y aunque invoque al método científico, nunca podrá doblegar una fe ciega e irracional. El defensor de una patraña siempre pretende que correspondería a la ciencia demostrar que su creencia no tiene fundamento. ¿No debería corresponder más bien al defensor de una pseudociencia el demostrar el fundamento de sus propuestas mediante técnicas contrastadas?

Las creencias de un individuo vienen determinadas en gran medida por las creencias de su familia o grupo tribal, y así las convicciones van manteniéndose y propagándose. ¿Cómo si no explicar el auge del creacionismo en Estados Unidos? Por supuesto la comunidad científica no permanece ajena a este comportamiento y los científicos tienden a aceptar de buen grado los descubrimientos realizados por sus colegas. Y esto conlleva grandes riesgos, pues la ciencia tampoco está al abrigo de impostores. Los doctores Wakefield y Hwang, antes mencionados, son unos ejemplos, pero podríamos citar muchos otros. La gran diferencia entre el colectivo científico y uno pseudocientífico es que el primero somete sus resultados a un estricto escrutinio y a todas las pruebas posibles, y lo hace de manera continua y extenuante. El método científico, basado en las medidas empíricas y en el razonamiento riguroso, no tiene compasión con la impostura. La validez de todo resultado científico está basada en la reproductibilidad, pues a todo experimento se le exige que pueda ser repetido en cualquier laboratorio y por cualquier equipo, y en la refutabilidad, pues cada propuesta científica tiene que ser susceptible de poder ser rebatida. Estos requerimientos tan exigentes deberían ser una garantía para la sociedad.

Los científicos no logran convencer cuando se revisten de una actitud altanera y dan por hecho la validez del método científico sin más explicación, mostrándose así, aparentemente, tan dogmáticos como los impostores pseudocientíficos. Los investigadores deben ser convincentes a la hora de explicar su método, el enorme valor de la reproductibilidad de los experimentos y de la ciencia predictiva, deben hacerse inteligibles para penetrar en los diferentes grupos sociales o tribales que profesan convicciones irracionales, creencias que pueden llegar a ser muy peligrosas cuando se refieren a cuestiones médicas.

Finalmente, los científicos deben continuar actuando diligentemente con los impostores que surjan en su comunidad, sirviendo así de ejemplo a otros colectivos. Volviendo al profesor Hwang, que publicó sus dos artículos fraudulentos en marzo de 2004 y en mayo de 2005, resulta reconfortante recordar que en diciembre de ese mismo año, una comisión de la Universidad de Seúl reconoció que sus resultados habían sido falsificados y sus artículos fueron retirados de Science fulminantemente. Poco después, a Hwang se le reclamaron responsabilidades penales y acabó siendo condenado a dos años de cárcel.

*Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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