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Cincuenta años de Homo Habilis

Bernard Wood*, Investigación y Ciencia, No 457, octubre de 2014

El descubrimiento del «hombre hábil», en abril de 1964, desató un debate sobre la evolución humana que todavía continúa.

Hace medio siglo, el paleoantropólogo Louis Leakey y sus colaboradores plantearon una hipótesis polémica. Propusieron que un conjunto de fósiles hallados en el valle del Rift, en Tanzania, correspondían a una nueva especie de nuestro género. El anuncio de Homo habilis significó un giro importante en el campo de la paleoantropología. La búsqueda de los primeros humanos cambió de Asia a África y se inició un debate que perdura hasta nuestros días. Incluso con todo el registro fósil y las técnicas analíticas de los últimos cincuenta años, no hemos podido alcanzar una hipótesis convincente sobre el origen de Homo.

En 1960, la rama del árbol de la vida a la que pertenecen los homininos (los humanos actuales, sus antepasados y otras especies más próximas a los humanos que a los chimpancés y bonobos) parecía bastante sencilla. En la base se situaba Australopithecus, un mono-humano que los paleoantropólogos han venido recuperando en el sur de África desde los años veinte del siglo XX. Se pensaba que este ancestro había sido sustituido por el Homo erectus de Asia, más alto y dotado de un cerebro más voluminoso. Este se habría extendido hacia Europa para dar lugar a los neandertales, que a su vez se convertirían en Homo sapiens. Pero ¿qué había entre los australopitecinos y H. erectus? ¿Cómo era el primer humano?

APUESTA POR ÁFRICA

Hasta los años sesenta, solo se habían encontrado fósiles de H. erectus en Asia. Pero tras recuperar instrumentos de piedra muy primitivos en la garganta de Olduvai, en Tanzania, Leakey estaba convencido de que hallaría ahí al primer fabricante de herramientas líticas, el cual suponía que pertenecería a nuestro género. Al igual que los australopitecinos, quizá nuestros antepasados humanos también se habrían originado en África. En 1931, Leakey empezó a prospectar y excavar sistemáticamente en la garganta de Olduvai, 33 años antes de que anunciara el descubrimiento de la nueva especie humana.

En la actualidad, los turistas llegan a la zona por caminos pavimentados en autobuses con aire acondicionado. Pero en los años treinta, durante la temporada de lluvias, el trayecto desde Nairobi podía llevar semanas. Los barrancos de Olduvai ofrecían la posibilidad extraordinaria de acceder a estratos muy antiguos, pero el trabajo de campo no era como hacer un pícnic en el parque. A menudo el agua escaseaba. Leakey y su equipo tuvieron que aprender a convivir con todos los animales salvajes de la zona, leones incluidos.

En 1955 descubrieron el primer indicio sobre el posible fabricante de herramientas: dos dientes de homininos. Pero, a diferencia de los dientes permanentes, estos eran de leche y no resultaba fácil identificar a qué taxón pertenecían. La perseverancia del equipo se vio recompensada en 1959, cuando la arqueóloga Mary Leakey, esposa de Louis, recuperó el cráneo de un adulto joven. Pero ese fósil todavía hoy causa extrañeza. Su pequeño cerebro, su gran cara, los caninos reducidos y los molares enormes, del tamaño de un pulgar, no eran en absoluto como los de H. erectus. En honor a sus grandes molares recibió el apodo de «Cascanueces».

Dado que el cráneo de cascanueces se halló en las mismas capas que las herramientas de piedra, los Leakey consideraron que, a pesar de su singular apariencia, correspondía al fabricante de herramientas que buscaban. Pero cuando Louis anunció el descubrimiento no tenía la intención de ampliar la definición de Homo. Si atribuía el fósil a nuestro género, ello eliminaría todas las diferencias importantes que hay entre los humanos y los australopitecinos. En su lugar, propuso un nuevo género y una nueva especie para este cráneo, Zinjanthropus boisei (hoy denominado Paranthropus boisei), apodado «Zinj».

En 1960, Jonathan Leakey, el hijo mayor de Louis y Mary, encontró la mandíbula y la parte superior del cráneo de un hominino joven. Fue apodado el «joven Johnny» y claramente no pertenecía a la misma especie que Zinj. En aquel momento, los Leakey empezaron a sospechar que este era el verdadero fabricante de útiles.

El paleoantropólogo Phillip Tobias, famoso por su trabajo en Sudáfrica, ya había empezado a analizar a Zinj, por lo que los Leakey le propusieron estudiar el cráneo juvenil. John Napier, especialista en anatomía de la mano, examinó los huesos de la muñeca y de la mano que se hallaron al lado del cráneo.

Junto al «joven Johnny» también se recuperó un pie de un individuo adulto; y, tres años más tarde, un cráneo que presentaba la mandíbula y el maxilar, así como un segundo cráneo muy fragmentado, con los dientes bien conservados. Napier estaba convencido de que los huesos de la mano del individuo juvenil eran iguales a los de los humanos actuales. Mi director de tesis, Michael Day, de la Universidad de Londres, había llegado a la misma conclusión sobre el pié. Y Tobias estaba seguro de que ni las coronas alargadas de los molares en la mandíbula inferior ni la gran capacidad craneal podrían corresponder a los australopitecinos conocidos del sur de África.

LA HIPÓTESIS DEL HUMANO HÁBIL

Por esta razón, en un artículo publicado en Nature en abril de 1964, Louis, Tobias y Napier propusieron una nueva especie para este «humano hábil» dentro del género Homo, con el nombre de Homo habilis. Según ellos, los fósiles de Olduvai cumplían tres criterios fundamentales de una definición del género Homo formulada en 1955: una postura erguida, una locomoción bípeda y la destreza necesaria para elaborar las primitivas herramientas líticas. El equipo tuvo que soslayar el criterio del tamaño cerebral para acomodar el pequeño cerebro de H. habilis, de unos 600 centímetros cúbicos. La propuesta fue recibida con gran escepticismo. Algunos pensaban que los fósiles se asemejaban demasiado a Australopithecus africanus como para justificar una nueva especie. John Robinson, una autoridad en australopitecinos, sugirió que H. habilis era una mezcla de huesos de A. africanus primitivos y H. erectus posteriores. Otros investigadores convinieron en que representaba una nueva especie. Muy pocos aceptaron que se tratara de la primera especie humana.

Los hallazgos que siguieron alimentaron el debate. Un cráneo aplastado (apodado «Twiggy») descubierto en estratos más bajos de Olduvai refutó la opinión de Robinson de que H. habilis era una mezcla entre australopitecino y H. erectus. Otro esqueleto de H. habilis indicaba que tenía una extremidad superior más fuerte y más larga (más simiesca) que Homo erectus y su grupo.

Desde entonces, diversos fósiles hallados en África, desde Etiopía hasta Sudáfrica, han sido asignados a H. habilis. El yacimiento que más ha contribuido a conocer a los primeros Homo es Koobi Fora, en Kenia. He estado involucrado en el estudio de H. habiliscasi después de que se descubriera; en concreto, desde 1966, cuando analicé el hueso del tobillo hallado junto al «joven Johnny». Muy distinto al de los humanos modernos, el hueso encajaba mejor en la morfología de un australopitecino. Además de esta, otras características de H. habilis han resultado ser menos parecidas a los humanos modernos de lo que sugerían Louis y su equipo.

A mediados de los años setenta, Richard, el segundo hijo de Mary y Louis, me ofreció la oportunidad de dar significado a los cráneos y mandíbulas de los primeros Homo hallados en Koobi Fora. Fue una tarea solitaria que duró quince años y consistió en examinar minuciosamente los fósiles de australopitecinos y H. erectus en museos de todo el mundo. Resultaba tentador centrarse solo en los ejemplares mejor conservados, pero muy a menudo era un fragmento de cráneo o un trozo de diente lo que proporcionaba las pistas clave para interpretar toda la colección.

La variación presente en los fósiles Koobi Fora difícilmente podía asignarse a una sola especie, como se hizo en los restos de Olduvai. Llegué a la conclusión de que dentro de los Homo primitivos se distinguían dos tipos de cara y, en 1992, sugerí que debía reconocerse una segunda especie para los primeros Homo: Homo rudolfensis. Dos décadas más tarde, un equipo dirigido por la paleontóloga Meave Leakey (esposa de Richard), tras descubrir un rostro y dos mandíbulas en Koobi Fora, confirmó mi hipótesis de las «dos especies». Pero rechazaron, creo que correctamente, la asignación que había hecho sobre la correspondencia entre las mandíbulas y las caras. Como siempre en paleontología, los nuevos fósiles demuestran y refinan las ideas antiguas.

TRAZANDO EL ÁRBOL

En 1999, junto al antropólogo británico Mark Collard, examinamos de nuevo la separación entre Homo y los homininos más primitivos centrándonos en características relacionadas con el tamaño corporal, la postura, la locomoción, la dieta y el crecimiento. Nos fijamos en la longitud del brazo en relación con la extremidad inferior, o la del antebrazo en relación con el húmero. También estudiamos si los dientes molares erupcionaban antes, como en los simios, o se formaban lentamente y retrasaban su salida de la mandíbula, igual que en los humanos modernos. Todos estos atributos contribuyen a saber cómo vive un animal y cómo distribuye su energía.

H. habilis posee un tamaño mayor que A. africanus, pero sus dientes y mandíbulas tienen las mismas proporciones. Y aunque se dispone de poca información sobre la morfología corporal de H. habilis, las manos y los pies indican que sería mucho mejor trepador que otros antepasados humanos cuya pertenencia al género Homo no se discute. De este modo, si se incluye H. habilis en el género Homo, este adquiere una mezcolanza incoherente de rasgos. Aunque algunos no coinciden conmigo, opino que, si examinamos los datos de forma pormenorizada, se llega a otra conclusión. Bajo mi punto de vista, el «humano hábil» no es ni australopitecino ni humano, sino que pertenece a otro género.

A este embrollo se ha añadido ahora el hallazgo de unos fósiles maravillosamente conservados en la región del Cáucaso. Hace apenas un año, el antropólogo David Lordkipanidze, del Museo Nacional de Georgia, y su equipo publicaron el análisis de cinco cráneos de homininos recuperados en Dmanisi, un yacimiento espectacular en un promontorio entre dos ríos en el sur de Georgia. Llegaron a la conclusión de que la variedad de formas que observaron entre los cráneos igualaba o superaba a la que hay entre H. habilis, H. rudolfensis y H. erectus. Sobre esta base, propusieron que todos los fósiles similares a H. habilis debían ser reasignados a la especie H. erectus y, por tanto, subsumir las tres especies en una sola.

Aunque consideráramos fiable su método de análisis, algo que no comparto, pongo en duda sus conclusiones. El método no logra distinguir entre el cráneo singular y voluminoso de un neandertal y cualquiera de los de Dmanisi, de tamaño reducido, si bien ambos tipos de fósiles están separados por casi dos millones de años de historia evolutiva. Además, el equipo utiliza la morfología general del cráneo para deducir la taxonomía de los primeros humanos. Sin embargo, H. habilis y H. erectus se distinguen por numerosos pequeños detalles, como el tamaño y la forma del oído interno, las características de las manos y los pies, la robustez de los huesos largos y el tipo de crecimiento. También podría interpretarse que los fósiles de Dmanisi representan una especie de homininos con una combinación hasta ahora desconocida de rasgos primitivos (como el cerebro pequeño) y otros derivados (como el torus supraorbitario).

El actual debate sobre el origen de nuestro género es parte del legado de H. habilis. Según mi opinión, esta especie es demasiado diferente a H. erectus como para ser su antepasado inmediato. Por ello, cada vez me parece menos probable que un modelo simple y lineal pueda explicar esta etapa de la evolución humana. Nuestros ancestros quizás evolucionaron en África, pero el lugar de nacimiento de nuestro género podría hallarse muy lejos del valle del Rift, de donde procede la mayor parte del registro fósil. Los importantes descubrimientos de los Leakey en la garganta de Olduvai deberían recordarnos lo mucho que desconocemos, en comparación con lo que sabemos.

*Universidad George Washington, Washington DC

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