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Colombexit

Emilio Sardi, El País, Cali, agosto 31 de 2016

En la multitud de TLC y acuerdos de protección a la inversión firmados durante la última década, además de entregar el manejo de sus fronteras, Colombia pactó innumerables cláusulas que afectan su soberanía, como las de expropiación indirecta y las de anulación y menoscabo. En estas, el país se compromete a resarcirles a las empresas extranjeras cualquier afectación a sus expectativas de utilidades fruto de cualquier acción del Estado colombiano. Amparados en esas cláusulas ya cursan procesos multibillonarios contra el país, y hasta los dueños de Electricaribe están dando los pasos para, además de dar mal servicio, cobrarle una gigantesca suma al Gobierno. La justificación para aceptar esas cláusulas leoninas era que, a través del comercio, esos tratados generarían tal desarrollo en nuestra economía que bien podía hacerse un sacrificio por firmarlos. Pues bien, no sólo no ha aparecido el prometido desarrollo sino que las balanzas comerciales que teníamos con nuestras contrapartes acabaron deteriorándose sensiblemente.

El TLC con EE.UU., por ejemplo, entró en vigor en mayo de 2012. Hasta 2011, nuestra balanza con ellos era altamente positiva, con un superávit en ese año de US$8.991, fruto de US$21.970 millones en exportaciones y US$13.594 millones. Para 2015, las exportaciones bajaron a US$9.850 millones y las importaciones crecieron a US$15.512 millones, con un déficit total de US$4.929 millones.

Algo similar sucede con todos los demás TLC que hemos firmado. Con México teníamos un déficit de US$379 millones en 1995, al iniciar su tratado. En 2006, cuando se aplicaba la última etapa del programa de desgravación de ese tratado, que ya era bilateral, el déficit fue US$1.616 millones. En 2011, el déficit ya llegaba a US$5.354 millones y, sólo como resultado del encarecimiento del dólar bajó 2015 a ‘apenas’ US$2.809 millones. Con Canadá, pasamos de un déficit de US$220 millones en 2010, antes del TLC que entró en vigencia en 2011, a duplicarlo a UD$417 millones en 2014 y US$393 millones en 2015. Y ni qué hablar del suscrito con la Unión Europea (UE), que empezó a aplicarse en julio de 2013 y ya está mostrando sus resultados. En 2012, cuando no había TLC teníamos con ellos un superávit de US$2.096 millones. En 2015, con sólo dos años de vigencia, ese TLC ha logrado convertir ese superávit en un déficit de US$1.961 millones.

El resultado de la ecuación es obvio. Firmamos unos tratados sin estudios, sin proteger el interés nacional, movidos simplemente por las teorías de los fanáticos de la apertura delirante, y nos quedamos sin la soga y sin la ternera. Entregamos nuestra soberanía para que nos permitieran aumentar nuestro déficit comercial. ¡Vaya negocio!

En algún momento, Colombia debe renegociar o retirarse de esos acuerdos que no contribuyen al desarrollo del país y que en cambio amenazan a la producción. La reciente decisión del Reino Unido de salirse de la UE, comúnmente conocida como Brexit, muestra que sí es posible salirse de esos tratados. Y a pesar de las muchas predicciones catastróficas, lo más probable es que allá, una vez se asiente la polvareda, todo lo que tenía lógica económica se mantendrá. En el caso de Colombia y sus acuerdos comerciales, no puede prolongarse sin fin el perjuicio nacional ocasionado por negociaciones tan desequilibradas y tan mal hechas. El país debe ir pensando, como los británicos, en su Colombexit.

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