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Colombia no levanta cabeza... al espacio

José Gregorio Portilla*, UN Periódico, octubre 11 de 2104

La reciente decisión de no comprar un satélite manda a la basura todo el tiempo y esfuerzo de equipos multidisciplinarios dedicados al estudio de dicha adquisición. Mientras la mayoría de países latinos se interesan por mirar al espacio, Colombia sigue en el letargo, en medio de un desorden institucional para el manejo de su política espacial. En su afán por estar a la vanguardia de la tecnología y no quedarse rezagadas, las naciones industrializadas dedican fuertes presupuestos al desarrollo y a la adquisición de tecnología espacial.

Obtener todo lo relacionado con el espacio no es económico, dados los riesgos, la tecnología subyacente y los pocos proveedores en el mercado. Pero ello no es obstáculo para que las naciones serias hagan lo posible por no quedarse atrás. Para la muestra, dos ejemplos: aún inmersa en una seria crisis fiscal, la Unión Europea no ha dudado en asumir enormes costos en el desarrollo de un sistema de navegación satelital semejante al GPS de los norteamericanos. Estos, a su vez -que no es que anden muy boyantes- trabajan a marchas forzadas para contar de nuevo con un sistema propio que les permita de manera autónoma enviar a sus astronautas al espacio (desde hace tres años se ven obligados a pagarles a los rusos para que los lleven hasta la Estación Espacial Internacional).

Ciertamente, resulta gratuito utilizar el sistema norteamericano de navegación, igual que es mucho más barato comprar el tiquete de 71 millones de dólares por silla para que los cohetes rusos lleven a los estadounidenses al espacio. Pero ese no es el quid del asunto.

Adoptar decisiones fundamentadas solo en los costos que pueda acarrear un proyecto no solo es miope, sino irresponsable a largo plazo; y esas naciones lo saben. Por lo tanto, hacen el esfuerzo y eluden el conformismo, porque son conscientes de que de ello depende la seguridad nacional y, al mismo tiempo, les representa independencia, prestigio y, lo más importante, réditos, porque la experiencia muestra que es común generar provecho de los resultados de una investigación en las fronteras del conocimiento y la tecnología.

Visión latina

En el caso de Latinoamérica, no son pocas las naciones que en los últimos años han salido de una larga indiferencia frente a la tecnología espacial. Aquellas, con las economías más fuertes, como Brasil, Argentina y México, fueron las primeras en adquirir estos artefactos, principalmente de comunicaciones. Las dos primeras han desarrollado la capacidad tecnológica para construir varios de ellos. Además planean, mediante la construcción de cohetes robustos, poner satélites de baja altura en órbita.

Otras naciones, más rezagadas, se han de conformar simplemente con la compra. Así, Venezuela y Bolivia cuentan con satélites de comunicaciones geoestacionarios controlados por ellas mismas (Nicaragua tendrá dicha capacidad en dos años).

Al mismo tiempo, Venezuela y Chile tienen dispositivos de observación terrestre, con capacidad para tomar fotografías de cualquier lugar del planeta. Perú, que en asuntos militares no le quita el ojo a Chile, dispondrá de uno equivalente en poco tiempo.

Palos de ciego

Frente a este escenario, ¿cómo anda nuestra nación en asuntos espaciales? Lamentablemente la situación no es para nada halagüeña. Se esperaba que con la creación de la Comisión Colombiana del Espacio (CCE), en julio de 2006, el país despertara de su letargo y por fin fijara su mirada en el espacio. Dicha comisión se definió como un “órgano intersectorial de consulta, coordinación, orientación y planificación, con el fin de orientar la ejecución de la política nacional para el desarrollo y aplicación de las tecnologías espaciales”.

La comisión quedó conformada por el vicepresidente de la República, quien la preside, varios ministros, el comandante de la Fuerza Aérea Colombiana (FAC), algunos directores de institutos usuarios de tecnología espacial, Planeación y Colciencias. Además, se estableció que “a las reuniones de la Comisión podrán ser invitados, con derecho a voz pero sin voto, un representante de las universidades públicas, uno de las privadas y dos científicos colombianos, todos ellos designados por el Presidente de la República”. Tales representantes, a la fecha, aún no han sido nombrados. Al poco tiempo se designó al Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC), como el ente a cargo de la Secretaría Ejecutiva. Después se dio inicio al estudio de la adquisición de dos satélites: uno de comunicaciones geoestacionario, llamado Satcol, y otro de observación terrestre. A pesar de haber realizado la licitación para la compra del Satcol, esta quedó desierta; un intento posterior condujo a idéntico resultado.

El puntillazo final lo dio el presidente Santos al comienzo de su primer mandato: el satélite de comunicaciones se canceló ya que, según se argumentó, en ese momento se optaba por llevar internet a los rincones más apartados del país por medio de fibra óptica.

A finales del 2012, la Secretaría Ejecutiva pasó a manos de la FAC, institución que continuó con la iniciativa de adquirir el satélite de observación terrestre. Se invitó entonces a varios proveedores extranjeros con experiencia en la construcción de estos artefactos, algunos de los cuales hicieron la tarea de realizar cursos de tecnología espacial, necesarios para una sociedad analfabeta en estos asuntos como la nuestra. Se enfatizó en que la compra implicaba no solo adquirirlo, sino asumir un compromiso de transferencia de tecnología.

Sin embargo, al iniciar el segundo período del gobierno Santos, fiel a su tradición, se suspendió la adquisición del satélite de observación, argumentando razones de costo. Frente a la advertencia de un enorme déficit fiscal, el anuncio puede parecer, en apariencia, comprensivo y hasta oportuno. Después de todo, se sostiene que resulta mucho más económico comprar fotografías a un precio de varios miles de dólares, que adquirir un satélite con una duración de pocos años, a un costo de 250 millones de dólares.

Sin plan espacial

Con estas decisiones, se ha mandado a la basura todo el tiempo y esfuerzo de equipos multidisciplinarios dedicados, durante varios años, al estudio de la adquisición de un satélite y se le ha hecho perder tiempo a varios proveedores extranjeros, cimentando con ello nuestra reputación de país poco serio.

Se puede estar de acuerdo o no con tales decisiones, pero ¿y ahora qué sigue? En otros términos, sin adquisición de satélites a la vista, ¿cuál será nuestro plan espacial a futuro? Este no parece augurar nada bueno, teniendo en cuenta los palos de ciego dados por el Gobierno recientemente. De manera inexplicable, en noviembre del año pasado, se creó el Programa Presidencial de Asuntos Espaciales (PPAE). Sus funciones son casi idénticas a las asignadas a la CCE, sin embargo, en dicho decreto no se hace referencia alguna a la comisión, ni siquiera para eliminarla.

Lo cierto es que lo que se venía haciendo sobre la compra fue remitido a este programa. Con el decreto 1649 del 2 de septiembre, a través del cual se modifica el Departamento Administrativo de la Presidencia de la República, se creó, entre otras cosas, la “Dirección para Proyectos Especiales” (sic). Con ello, la Secretaría de la CCE quedó en manos de esta dirección, que no solo se ocupará del tema sino de la Comisión del Océano. El decreto eliminó el PPAE, que no alcanzó a cumplir un año de vida.

Bajo este escenario, la CCE sigue viva, pero continúa sin presupuesto y, como se ha visto recientemente, totalmente ignorada en las decisiones del alto Gobierno en materia espacial. Se desconoce su rumbo y sus metas a futuro, pero es claro que el proceder del actual Gobierno en este asunto no corresponde con la supuesta fortaleza de su economía entre los países emergentes y como uno de los presuntos actores principales en el concierto de las naciones latinoamericanas.

*Director del Observatorio Astronómico Nacional – Universidad Nacional de Colombia

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