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Conchas marinas

Alan Cutler, Capítulo I del libro “Una nueva historia de la Tierra”, Círculo de Lectores, Bogotá D.C, 2007

«Nada conserva la misma forma durante mucho tiempo. He visto lo que una vez era sólida tierra convertirse en mar, y terrenos creados con lo que antes era océano. Hay conchas marinas lejos de las olas del océano y se han hallado anclas antiguas en las cumbres de las montañas»

OVIDIO, Metamorfosis, Libro XV

El tiburón era gigantesco, pero los pescadores consiguieron llevarlo a la orilla. Todavía estaba vivo y trataba de soltarse, así que para mantenerlo en la playa lo ataron a un árbol. Luego lo mataron. Los tiburones eran bastante comunes en la costa toscana, pero aquél era un lamia, un gran tiburón blanco, y pesaba más de una tonelada. Cuando ya estaba muerto, varios buscadores abrieron la horrorosa boca del animal y con sus cuchillos le arrancaron los dientes para conservarlos como recuerdos y talismanes.

Los rumores sobre esa maravilla llegaron al palacio de los Médici, en Florencia. El gran duque Fernando II, un aficionado a la historia natural, ordenó que le llevaran el tiburón de inmediato para que los científicos de la corte pudieran examinarlo, pero era un animal demasiado grande y la carne ya había comenzado a pudrirse. Los pescadores cortaron la cabeza y arrojaron el resto del cadáver al mar. Cargaron la cabeza en un carro para trasladarla a través del valle del Arno hasta Florencia.

Era el año 1666. Florencia, como toda Europa, se encontraba en un periodo de transición. El Renacimiento prácticamente había acabado. Las convulsiones de la Reforma Protestante se habían aquietado en su mayoría. El Siglo de las Luces, por otra parte, apenas asomaba por el horizonte. Era una época difícil, entre dos aguas: renacida, reformada, pero aún no ilustrada.

Una generación antes, el Papa había obligado a Galileo Galilei a renunciar a su creencia en la teoría copernicana sobre el sistema solar. Galileo había basado sus opiniones en sus propias observaciones del cielo en vez de en los textos de Aristóteles, aprobados por la Iglesia, y la Biblia, y aunque aceptó el castigo, se mantuvo firme en sus convicciones sobre la ciencia. El verdadero conocimiento científico, pensaba, debía basarse en la experimentación y en la observación directa de la naturaleza, no en los libros, ni siquiera los sagrados. Vivió sus últimos años en Florencia, protegido por el gran duque Fernando II. Más tarde, en la corte florentina se creó una academia científica fundada por muchos de los ex alumnos de Galileo, dispuestos a mantener vivo su espíritu.

El más nuevo en el grupo era un anatomista diminuto, de voz suave, que venía de Dinamarca y se llamaba Nicolaus Steno. Con tan sólo veintiocho años, ya era famoso por sus agudos poderes de observación y su increíble talento con el escalpelo. Sus descubrimientos habían causado sensación en Leiden y en París, las dos capitales intelectuales de Europa. Como era inevitable, sus audaces cuestionamientos de las teorías convencionales sobre el corazón y el cerebro le habían ganado enemigos, pero también muchos admiradores. Los científicos florentinos lo recibieron como a un igual. Cuando la monstruosa cabeza del tiburón llegó a Florencia y fue trasladada a la sal de anatomía para su disección, naturalmente, los honores recayeron en Steno.

La captura casual de un tiburón y su disección a cargo de un científico joven dispuesto a probarse ante una prestigiosa corte italiana marcan el extraño comienzo de una revolución intelectual que fue, a su manera, tan profunda como la de Galileo y Copérnico. Ellos habían desplazado la posición humana en el espacio: nos desalojaron del centro fijo del cosmos y pusieron nuestro mundo en movimiento. La revolución de Steno cambió nuestro lugar en el tiempo. Nos sacó del centro de la narrativa bíblica clásica y le dio al mundo una nueva historia. El tiempo abarcado por esta nueva historia se expandió de apenas seis mil a casi cinco mil millones de años. Inmensamente más antiguo que la especie humana, el mundo ya no podía reclamarse como nuestro exclusivo dominio.

Steno descubrió que la corteza de la Tierra contenía un archivo de su historia más antigua. Hasta ese momento los académicos se habían basado en la palabra escrita, la Biblia y los textos de los antiguos para ahondar en el pasado. Los nuevos filósofos de la floreciente revolución científica estaban interesados en las leyes intemporales de la naturaleza, no en su desarrollo histórico. La crónica registrada en los estratos geológicos de la Tierra seguía sin ser leída; nadie se percataba verdaderamente de los prodigiosos cambios que el mundo había experimentado durante ese pasado que se había prolongado de una manera tan asombrosa. Pero, sin esa perspectiva, ninguna de las fuerzas que dan forma a nuestro mundo físico —los terremotos, los volcanes, la erosión y el clima— podrían entenderse desde un punto de vista científico. El concepto estático y mecánico del mundo debía ser reemplazado por uno dinámico y evolutivo.

Esta revolución de nuestra comprensión de la Tierra iniciada por Steno fue cobrando impulso con lentitud, no se desarrolló en su totalidad hasta fines del siglo XVIII y no se completó hasta mediados del XX. Encontró fuertes resistencias tanto entre los científicos como entre los teólogos. Fue aceptada con más facilidad por los poetas románticos que por los filósofos de la Ilustración. Es irónico que el hombre que la inició jamás cuestionara de forma pública la escala temporal bíblica de seis mil años que su ciencia terminó por invalidar. Sin embargo, incluso en los últimos años de su vida, dedicados por entero a la religión, nunca renunció a su ciencia.

La historia de Steno está llena de esa clase de ironías, y también de pathos. La genialidad de sus ideas nunca fue apreciada plenamente mientras vivió. Murió joven, a los cuarenta y ocho años. Después de haber sido científico y favorito de una de las cortes más lujosas de Europa, al final de su vida se convirtió en un sacerdote asceta. La pobreza y el ayuno, según dijo un amigo, lo habían reducido a un «cadáver viviente».

Sin embargo, ese día en Florencia todavía se encontraba en plenitud de su capacidad científica. Había cursado estudios de medicina que, como era típico en esa época, lo habían abarcado todo, desde la anatomía hasta la astrología. Tenía el apoyo de un soberano rico y, lo que era más importante, poseía una mente acostumbrada a dar saltos inesperados. Del tiburón saltó a una pregunta en apariencia no relacionada, una pregunta que no por antigua dejaba de generar acaloradas discusiones. No fue sólo su respuesta a esa pregunta, sino también la forma en que intentó demostrarla lo que dio comienzo a la exploración científica del pasado lejano del mundo.

La pregunta era: ¿por qué a menudo se encuentran conchas marinas lejos del mar, a veces incrustadas en la sólida roca de las cumbres de las montañas? Los griegos antiguos conocían esas conchas y las mencionaban en sus escritos. Los teólogos medievales las habían visto en las piedras con que construyeron sus catedrales. Las encontraban los mineros y los trabajadores de las canteras, así como los granjeros, los pastores y los viajeros. Incluso el Papa, en Roma, debió de haberse fijado en ellas y hacerse preguntas, puesto que cubrían las laderas de la colina del Vaticano.

Hoy consideramos natural decir que las conchas están allí porque una vez el mar cubrió la Tierra. De hecho, ésa era la explicación proporcionada por los griegos antiguos. Para los primerísimos filósofos griegos, los denominados presocráticos, ésa era la piedra angular de sus diversas teorías del mundo seis siglos antes de Cristo. Aristóteles mantuvo esa tradición, y escribió que los ciclos de crecimiento y disminución de los mares formaban parte del «proceso vital» del mundo. La Tierra experimentaba de forma natural muchas inundaciones a lo largo del tiempo.

Sin embargo, las personas con más formación de la época de Steno rechazaban esa idea. Pensaban, en cambio, que las conchas crecían en el interior de la Tierra. A pesar de las apariencias, esas conchas no eran, en realidad, conchas marinas. Jamás habían vivido almejas dentro de esos fosilizados caparazones de almejas; ningún mar había cubierto las montañas.

Por extraño que pueda parecer hoy, en el contexto de la época esa idea tenía sentido. Algunas de las corrientes más místicas del pensamiento renacentista seguían vigentes, inclusive entre aquellos que se enorgullecían de su racionalidad. Los filósofos neoplatónicos y herméticos habían enseñado que todas las cosas en la superficie y el interior del planeta eran generadas por «fuerzas plásticas» y emanaciones invisibles de las estrellas. Nadie sabía cómo esas misteriosas fuerzas y emanaciones llegaban a producir piedras con la forma de conchas, pero el mundo era un lugar misterioso: nadie sabía cómo la fuerza de un imán atraía una barra de hierro o le orientaba hacia el norte. Nadie sabía cómo las «emanaciones» del sol hacían crecer las flores. Esas cosas ocurrían a la vista de todos, pero seguían siendo misteriosas. ¿Quién podría decir qué era o no posible en las profundidades de la Tierra?

La teoría de que las conchas fosilizadas crecían en las rocas también tenía la ventaja de esquivar algunos problemas espinosos a los que se enfrentaban otras explicaciones. Existía, por ejemplo, una larga tradición entre los autores cristianos que sostenía que esas conchas eran reliquias del Diluvio de Noé. Las conchas eran prueba tangible de las Escrituras y un recordatorio visible del poder de Dios y del pecado humano. A los misioneros les resultaban útiles para demostrar a los paganos locales que el Diluvio de la Biblia había sido universal, no algo que sólo habían sufrido los hebreos.

Sin embargo, un examen más detallado tanto de las Escrituras como de las conchas fosilizadas generaba algunos interrogantes desconcertantes. Había contradicciones, algunas más fáciles de conciliar con la teoría que otras. Las conchas se parecían a especies que vivían en agua salada, pero cuarenta días y noches de lluvia habrían originado un Diluvio de agua dulce. ¿Y cómo esa cantidad tan grande de conchas se había esparcido a tanta distancia de una inundación que, según la Biblia, no había durado más que un año? Los monjes medievales se habían tomado la libertad de esquivar algunas cuestiones en su lectura del texto. Tal vez el Diluvio había sido causado por el crecimiento del mar y no por la lluvia, como estaba escrito. Tal vez había durado un poco más de lo que indicaba el texto. Era una práctica respetable. San Agustín y otros Padres de la Iglesia no habían vacilado en interpretar las Escrituras de forma metafórica cuando era necesario.

Había no obstante otro problema más complicado que las metáforas no podían resolver con tanta facilidad. La Biblia decía que Dios había creado la Tierra sólida y que le dio forma la primera semana. El Diluvio de Noé tuvo lugar mucho más tarde. ¿Cómo, entonces, aparecieron las conchas dentro de las rocas, que ya habrían sido creadas cuando ocurrió el Diluvio? La inundación podría haber dejado conchas encima de las montañas, pero no dentro de ellas.

Por supuesto, era posible hablar de milagros y dejar las cosas así, pero las prometedoras mentes científicas del siglo XVII no aceptaban eso con facilidad. Querían explicar el mundo a través de leyes naturales, siempre que fuera posible. Y, desde la Reforma, las interpretaciones metafóricas de las Escrituras causaban cada vez más rechazo. Lutero y Calvino habían situado a la Biblia en el centro de su fe; no se podía jugar con el significado literal de sus palabras.

Sin embargo, ni siquiera los «procesos vitales» sugeridos por Aristóteles ofrecían una solución al dilema. Podrían ser una explicación perfectamente aceptable para los depósitos poco profundos de conchas cerca de las costas, pero, en cuanto a las conchas de las montañas, esa concepción podía llevar a ideas peligrosas. Aristóteles había puesto énfasis en la lentitud de los cambios geográficos. En el tiempo que tardaría un océano en secarse, o una montaña en hundirse bajo las olas, naciones enteras podrían surgir y extinguirse. Él imaginaba un mundo eterno —como muchos paganos de su época— sin límites temporales, y sostenía que esas inundaciones naturales ocurrían una y otra vez con el paso de las eras. Para el hombre moderno del siglo XVII, eso, sencillamente, no podía ser verdad; no había tiempo suficiente. No se había visto nada igual en todos los siglos de historia registrada. El monte Sinaí seguía siendo tan alto como cuando Moisés descendió con los Diez Mandamientos. El mar Mediterráneo tampoco se había secado de forma apreciable. ¿Cómo, entonces, podría la geografía haberse modificado varias veces cuando se sabía que el mundo tenía menos de seis mil años?

La prueba de ese límite venía de la Biblia, que se suponía contenía una historia completa del mundo. Si se sumaban todas las generaciones y reinados de los monarcas que aparecían en sus páginas se podía estimar el tiempo total transcurrido desde la Creación. Las respuestas variaban, según qué versión de las Escrituras se utilizara, pero ninguna superaba unos pocos miles de años. La más definitiva y precisa era la calculada por James Ussher, el arzobispo anglicano de Armagh, Irlanda.

Ussher fue uno de los eruditos más formidables de su época; se decía que su biblioteca personal era la más grande de toda Europa Occidental. Había dedicado toda la vida a compilar su cronología. La fecha que fijó para la Creación fue el domingo 23 de octubre del 4004 a. C. Cuando murió, en 1656, un año después de la publicación de su libro, el mundo tenía 5.660 años, según sus cálculos. Y él creía, como muchos otros, que no era probable que durara mucho más. Seis mil años era el límite de la vida del planeta.

Eso también estaba revelado en la Biblia, cuyas palabras se tomaban no sólo como historia, sino también como profecía. Los seis días de la Creación en el Génesis anunciaban que el mundo existiría durante seis eras. ¿Cuánto duraba una «era»? Al parecer, la Biblia también revelaba la respuesta. «Un día del Señor son mil años —dijo Pedro— y mil años son un día.» Seis mil años, entonces, era todo el tiempo que habría.

Para un cristiano, el mundo no podía ser eterno porque sólo Dios era eterno. Afirmar que el mundo era eterno equivalía a negar que hubiese tenido un comienzo, que hubiese sido creado por dios; de hecho, que hubiese sido creado. Según la visión cíclica del tiempo, la gente también era eterna. Eso presentaba toda clase de problemas. Si una persona podía pedir dinero prestado en un ciclo y devolverlo en el siguiente, lo que algunos paganos consideraban una práctica perfectamente aceptable, ¿entonces cuál era la urgencia de que un pecador se reformara y pagara su deuda con Dios? Y también se ponía en duda toda la idea de la salvación si el nacimiento, la crucifixión y la resurrección de Cristo no eran acontecimientos únicos en el tiempo, sino que ocurrían una y otra vez ad infinitum. «Dios no permita que creamos eso —escribió san Agustín—. Puesto que Cristo murió una vez por nuestros pecados y, al volver a levantarse, no muere de nuevo.»

La Biblia decía de forma muy clara que el mundo había sido creado y no era eterno. El Génesis explicaba la historia de cómo había ocurrido. Algunos, incluyendo a san Agustín, concedían que era probable que los seis días de la Creación fueran metafóricos, aunque san Agustín creía que seis días era demasiado tiempo para un Dios Todopoderoso que podía crear un universo en un instante si lo deseaba. Sin embargo, incluso si uno estaba dispuesto a darle un poco más de tiempo a la semana de la creación, la historia del mundo tenía que ser finita. El tiempo corría en una dirección, no se entretenía formando curvas, tenía un principio y un fin.

Considerando la dificultad de explicar las conchas fosilizadas en un mundo de seis mil años y lo repugnante que era la única alternativa aparente, el mundo eterno de Aristóteles, es comprensible que la idea de que crecían en su sitio fuera atractiva. El Diluvio seguía teniendo sus defensores —entre ellos, Martín Lutero— y unas pocas almas audaces incluso se arriesgaban a apoyar de forma abierta la solución eternista, pero sostener que las conchas marinas eran en realidad eso, conchas marinas, equivalía a nadar contra fuertes corrientes religiosas y científicas.

Eso, desde luego, es lo que haría Steno. Y, de paso, aportaría ideas sobre el crecimiento de los cristales, la erosión de la Tierra, el crecimiento de las montañas y, lo que lo hizo más famoso, el depósito de estratos sedimentarios. Lo que estaba generándose en su mente de anatomista era un enfoque científico de la anatomía de la Tierra, de la forma en que sus elementos habían crecido y en que podía entenderse su desarrollo. Era, en efecto, una ciencia nueva.

En esa época no había ninguna ciencia de la historia terrestre porque en realidad no se consideraba que la Tierra tuviera historia. Las personas tenían historia; las cosas no, no la naturaleza. Para un cristiano ortodoxo, cada parte del mundo había sido creada por un acto divino, más o menos en su forma actual. No tenía sentido preguntarse cómo se formaban los valles y las montañas. Habían sido creados. No se necesitaban más explicaciones y ni siquiera eran posibles. Si alguien admitía que de hecho sí se habían producido unos pocos cambios desde la Creación, éstos eran inherentemente caóticos. Los cambios sólo podían representar la decadencia de la en su origen perfecta Creación de Dios —eran cambios para peor, por definición— y por lo tanto no eran merecedores de contemplación cristiana. Y, por último, en cualquier caso todos los acontecimientos importantes en los seis mil años siguientes al principio del mundo estaban registrados en la Biblia. No era necesario seguir investigando.

A diferencia de sus contemporáneos, sin embargo, Steno no encontró caos, sino orden, en la corteza de la Tierra. No era el orden perfecto y regular que los astrónomos hallaban en los cielos, ni el orden matemático que los físicos descubrían en los péndulos y proyectiles. Era el orden de una historia bien contada, una narración en la que cada parte se basa en la anterior, pero cuya conclusión no es previsible. Él descubrió las reglas lógicas a partir de las cuales las fallas, los cataclismos, las erosiones y las estratificaciones de un paisaje y de su lecho de roca subterráneo podían ordenarse en una secuencia entendible. Tomando como punto de partida la narrativa que leía en las rocas, podía escribir una historia del paisaje. Y esa lógica, si se extendía, podría revelar la historia del mundo entero.

La columna vertebral de su sistema era una idea simple pero de un poder tremendo. Al reconocer que las capas de roca donde estaban sepultadas las conchas fosilizadas se habían formado mediante la acumulación gradual de sedimentos, se dio cuenta de que cada capa encarnaba un periodo de tiempo en el pasado. No encontraba la manera de medir en número de años o siglos que habían pasado, y detestaba especular, pero estaba claro que esas capas, una encima de otra, formaban una secuencia precisa. La capa más profunda se había formado primero, la superior, en último lugar. Dependiendo de sus fósiles y sus sedimentos, las capas registraban la sucesión de mares, ríos, lagos y suelos que una vez habían cubierto el terreno. Los geólogos llaman a la visión de Steno el «principio de superposición». Significa que, capa tras capa, la historia del mundo está escrita en piedra.

Así como el telescopio de Galileo había abierto el espacio a la ciencia, los estratos de Steno abrieron la puerta del pasado. En una asombrosa proeza de concentración intelectual, Steno produjo su obra geológica seminal en un periodo inferior a dos años, un lapso en el que su vida personal también experimentó profundos cataclismos. Y no deja de ser notable que trazara esa nueva ciencia en apenas cien páginas de texto y un puñado de diagramas. Su obra maestra de setenta y ocho páginas, De Solido, «Sobre los sólidos», había sido pensada en un primer momento como un extracto, un «pródromo» de una disertación más extensa y detallada. Pero esa obra jamás llegó a materializarse. De Solido fue su último trabajo geológico publicado. Unos pocos años después se consagró al sacerdocio y abandonó de forma definitiva las investigaciones científicas. En Italia realizó un polémico cambio del luteranismo al catolicismo, y con el fervor de un nuevo converso dedicó el resto de su vida a la Iglesia.

El singular enfoque de Steno respecto a la ciencia lo convirtió en una suerte de enigma para sus contemporáneos. Su abrupta retirada lo convirtió en un enigma para muchos de los que lo han estudiado desde entonces. Tenía una mente extraordinariamente fértil, pero también extraordinariamente inquieta. Y así como echó por tierra muchas suposiciones sobre la ciencia, la historia y la fe arraigadas en su época, su vida hace lo mismo con muchas otras arraigadas en la nuestra.

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