Hay en el país una desazón que raya con la tristeza, tras conocerse cifras y hechos que hacen de la vida pública un maremágnum de trampas, corruptelas y violencias que ponen la vida privada, la psiquis del individuo en un estado de desespero, que aumenta los temores y, por supuesto, la desesperanza. Casi 18.000 muertes violentas en el último año, en un país cuyo gobierno se envanece y se precia de la seguridad democrática. Un país cuyo gobierno aspavienta en el mundo su lucha contra el narcotráfico, pero donde crece el consumo y el tráfico de estupefacientes.
Una nación que cada día descubre que los magnicidios de sus líderes: Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo, Luis Carlos Galán y el asesinato de miles de militantes de la izquierda, y hasta de la derecha cuando se hacen estorbosos a los intereses de las familias dueños del país, como el de Álvaro Gómez Hurtado, fueron fraguados en un contubernio del Estado con las mafias del narcotráfico y el paramilitarismo. Una Colombia que pagó, en el último año, 4 billones de pesos en coimas, mucha más plata que la cacareada inversión extranjera en el país. Y mucha de esa coima proviene de esos inversionistas extranjeros para que los dejen, a sus anchas, esquilmar el bolsillo del colombiano y el erario, el tesoro público, que en otros términos es el mismo bolsillo de cada colombiano.
Con estos hechos, tiene que haber desazón y tristeza, pero mucho más cuando se miran los candidatos al Congreso de la República. Ahí, siguen vivitos los representantes del paramilitarismo y el narcotráfico, protegidos por el alto gobierno que pelea a rabiar con la Corte Suprema sólo porque este organismo independiente investiga los nexos de los congresistas, todos uribistas, con el paramilitarismo y el narcotráfico. Y se inventaron, entonces la ley del tránsfuga, para permitirles camuflarse en otros partidos, ellos mismos o sus familiares, que recalaron en el partido de la U o en el Conservador. O crearon nuevos partidos, infectados de lo mismo, como el PIN, el ADN, hoy enterrado, y el DMG. Partidos construidos para esquilmar el Estado.
Toda esta corrupción, toda esta torcedura pública, todo este hollín y podredumbre no lo supiéramos, si en el Congreso no estuviera un hombre como Jorge Enrique Robledo, que ha tenido el valor civil y la disciplina intelectual de contarle al país cómo se lo roban, quiénes se lo roban y quienes disparan las balas contra el pueblo colombiano. El principal ejercicio del congresista es ese, el del control político, y no hay en el Congreso un hombre más avezado e inteligente para ejercerlo que Jorge Enrique Robledo. Su compromiso por la defensa del patrimonio y la soberanía nacional, por construir la paz en un país desesperado por la violencia son argumentos suficientes para que en estas elecciones, sea el senador más votado en el país.
Un partido político es una organización de la sociedad civil que trabaja en la intermediación del ciudadano con el gobierno, pero no en la tradición maledicente de la clientela y el contratismo, sino en la vigilancia de lo público, de lo que es de todos, en el desenmascaramiento de la corrupción, en el lavado de las telarañas que empañan los ojos ingenuos de los colombianos frente al saqueo público que sufre el país. La política no es el arte de gobernar, como nos lo quiere hacer creer la pequeña oligarquía colombiana, sino despertar el sentido de las solidaridades y del respeto. Si hay respeto a la vida, al medio ambiente, al trabajo, a la ciudad, a la familia, al tesoro público, desde el gobierno; y a ello se le suma la solidaridad con los más pobres, se podrá hablar de equidad y justicia social y, por tanto, de paz. Es ese el sentido de la política que yo, personalmente, entiendo, que ejerce desde el Senado Jorge Enrique Robledo. Por su forma de ver la política, por su valor, por su capacidad e inteligencia, le digo, doctor Robledo, desde estos riscos de viento del Quindío, con mi antigua y acendrada estirpe liberal, y con la fe en un nuevo país, donde se derrote la caterva violenta de la corrupción, cuente, doctor Robledo, con mi voto.
POR LA SOBERANIA, EL TRABAJO Y LA PRODUCCION ¡RESISTENCIA CIVIL!
Sede Nacional : Calle 39 Nº 21-30 Bogotá Colombia - Telefono: (57 1) 245 9647.