Un senador liberal, en artículo en EL TIEMPO, apeló al macartismo para referirse a la oposición que el Polo Democrático Alternativo le ejerce al gobierno de Juan Manuel Santos porque, según él, es la misma de Álvaro Uribe. Así se presiona un mayor unanimismo a favor del Presidente, y se hace reemplazando el análisis sobre los hechos por los ataques a los contradictores. Son dos los principales errores de ese estilo de debate político.
¿Más unanimismo? ¿No bastan el control del Ejecutivo sobre el 95 por ciento del Poder Legislativo y su propósito de someter al Judicial? ¿Un Frente Nacional empeorado? El temor a la crítica tiene causas profundas: la cuasiunanimidad en torno a las políticas del presidente Santos no refleja un país sano, sino uno tan enfermo que ser el tercero con la mayor desigualdad social del mundo no logra expresarse con fuerza en las urnas, como tampoco que el ejercicio del poder tiene como primer objetivo eximir a unos pocos de las peores consecuencias de las decisiones oficiales. Muy dañino para Colombia sería, pero no va a ocurrir, que el Polo se silenciara por miedo a ser satanizado, cobrándose su sumisión en canonjías.
Por otra parte, cualquiera que utilice un tris de objetividad tendrá que reconocer que, mientras que las críticas del Polo a Santos tienen origen en profundas divergencias sobre los mismos asuntos medulares que nos pusieron en oposición al gobierno anterior, las de sus antiguos copartidarios nacen del incumplimiento de los acuerdos que lo llevaron a la jefatura del Estado, pactos que incluían como parte determinante las concepciones formales, además de las sustanciales, porque el Santos ministro siempre se cuidó de actuar con el estilo del más uribista de los uribistas.
Los que tienen problemas de coherencia son aquellos que no hicieron parte de la administración anterior, pero sí son los más fervorosos partidarios de la actual, no obstante la coincidencia de las dos en los temas medulares de la vida del país. Cómo contrastan con quienes, como los polistas, por razones de fondo y de forma, antes y ahora, fuimos y somos leales contradictores de unas políticas que no compartimos.
Los TLC con Estados Unidos, la Unión Europea y Corea, entre otras muchas medidas, indican que el Polo habría traicionado sus convicciones si no se hubiera mantenido en la oposición, en razón de que esos tratados, fuera de concentrar aún más la riqueza, acabarán de desquiciar el aparato productivo instalado en Colombia, desnacionalizando lo que sobreviva. Sin parar en las terribles consecuencias sociales, el libre comercio arma un mundo en el que las transnacionales, localizadas en cada uno de los países, amasan fortunas colosales haciendo negocios entre ellas.
La unidad que se requiere no es la del santismo, que profundiza la desigualdad y nos arrebata la principal potencialidad de una nación, la de unirse para crear riqueza en grande y distribuirla de la mejor manera, hasta el punto de imponernos dejar ociosas las tierras y anular la capacidad de emplearse productivamente de campesinos, obreros, clases medias y, quién lo creyera, de empresarios. La amplia convergencia nacional que se requiere para superar el atraso y la pobreza debe darse a partir de construir identidades mínimas entre todos los colombianos, en defensa de la producción urbana y rural, el trabajo y el bienestar del pueblo, la democracia y la soberanía.
Se equivoca bastante quien no entienda que el auge que enriquece a unos pocos lo que expresa, más que las fortalezas del modelo económico, son sus debilidades, las cuales lastrarán cada vez más el auténtico progreso del país.
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