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“Cuando el río suena…en la ribera se tiembla”

Eudoro Alvarez Cohecha, Villavicencio, julio 13 de 2014

“Hacía más de cuarenta años rio Negrito no hacía los estragos que vemos en la creciente de este año”, comenta un viejo habitante del Cocuy, corregimiento suburbano de Villavicencio; tiene razón el lugareño, pero solo en cuanto se refiere a la zona que él habita.

Hace décadas, los ribereños del río Negrito sufren, año tras año, los embates del río Guayuriba que se trasvasa en diferentes lugares al afluente en cuyas vegas se ha desarrollado una importante actividad agropecuaria, prácticamente desde que se inició la colonización del piedemonte llanero.

En dichas tierras tuvo lugar parte del auge algodonero antes de ser eliminado dicho cultivo por los TLC y su componente obligado, la carencia de una política de respaldo a la agricultura nacional; desde Puerto Tembleque y veredas aledañas a Villavicencio fue el fuerte de ese auge que llegó a albergar 30.000 hectáreas del “oro blanco”, hoy completamente desaparecido; en el predio donde otrora operaban las desmotadoras de la fibra hoy funciona un parqueadero, propiedad del banco que se lo adueñó por las acreencias que dejó la debacle algodonera.

Los finqueros reclaman de las autoridades respaldo ante los embates del río y solo cuando la gente “tiene el agua al cuello”, se acuerdan de que estos productores existen en una jurisdicción en donde la ruralidad es ya tan solo del 5% de sus pobladores, deviniendo la capital del departamento en un lugar sin soberanía alimentaria.

Los títulos mineros, cubren el río Guayuriba desde la carretera que conduce al Ariari hasta su recorrido en la zona de Puerto López. La actividad extractiva en el río, se hace sin que las normas, que seguramente “todos cumplen”, hayan logrado una acción que impida los daños que esos “mineros” causan a las tierras de labor agraria que colindan con los afluentes aledaños; se trabaja bajo la presión del invierno, lo que se trastorna en el verano, ante la impasibilidad de las autoridades ambientales.

Se derrumban puentes, se deterioran carreteables, se anegan cultivos y paralizan cultivadores; se ahogan semovientes, se arrastran hectáreas de tierra, hasta se moviliza maquinaria en invierno, pero un plan de manejo de las cuencas hídricas no se ve por ninguna parte; es como si los impuestos que se pagan por dichos predios no existieran en las cuentas de la nación, el departamento, el municipio y Cormacarena.

Necesitarán Alcalde, Gobernador, Cormacarena y Presidencia de la República acciones más contundentes para que se dignen tomar en serio sus obligaciones para con los productores y la producción rural tan golpeada por el resto de la política agraria? No olviden que la infraestructura también es instrumento de la debida gestión que requieren estas tierras y sus habitantes.

POLO DEMOCRATICO ALTERNATIVO
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