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De país cafetero a país minero a país cafetero

Mario Alejandro Valencia Barrera, Las2orillas, Bogotá, enero 25 de 2016

En el último siglo Colombia ha sido de todo, menos un país desarrollado. Décadas de bonanza cafetera en el siglo XX apenas sirvieron para crear un incipiente aparato industrial y la infraestructura actual. Hasta que en 1989, bajo la presión de Estados Unidos, se acabó el Pacto Mundial del Café. Después vino la apertura económica y sus desastres. Para la primera década del siglo XXI, con muy poco de donde echar mano, la promesa consistió en que el progreso se lograría a través de la “locomotora minero-energética”.

Colombia se alejó drásticamente del progreso alcanzado por países que invierten en sus aparatos productivos. Quienes sí ganan, son el trío Santos-Vargas Lleras-Cárdenas, que —para poner un caso— recibieron el viernes pasado $6,49 billones del ahorro e inversión de todos los ciudadanos en Isagén, para entregárselos en préstamos a don Luis Carlos Sarmiento, a quien no le basta con controlar la mayoría de las pensiones y las cuentas bancarias.

Tras una década de despilfarrar el auge en los precios de las materias primas, el año 2015 dejó al país con un déficit comercial que (cuando se conozcan las cifras) superará los US$ 16.000 millones. Si la crisis no fue peor, es porque el café volvió a medio salvar al país. En los tres primeros trimestres, el sector agropecuario creció 2,9 %, pero sin café lo habría hecho solo al 1,8 %. La industria creció al 0%, pero sin café —que creció 13,9 %— habría sido negativo en 0,13 %.

Se comprobó la falacia del país minero, tantas veces advertida. Colombia quedó en el peor de los mundos: sus reservas petroleras a duras penas llegarán a seis años

Esta situación demuestra dos cosas. 1) Que después de tanto desprecio oficial por el café, es justamente esta actividad productiva la que está mostrando un resultado coyuntural positivo, gracias a los vaivenes del mercado mundial. Y 2) que se comprobó la falacia del país minero, tantas veces advertida. Colombia quedó en el peor de los mundos: sus reservas petroleras a duras penas llegarán a seis años, por lo que no se puede dar el lujo de Arabia Saudita de seguir bombeando a pesar de los precios bajos; y justamente estos precios tampoco le sirven como por ejemplo a la India y a Europa, porque no invirtió en la producción de bienes y servicios de alto valor.

El Gobierno afronta una angustia fiscal aguda, enfermedad provocada por su propia irresponsabilidad en el manejo económico. Lo más grave es que la receta consiste en recortar el gasto, aumentar las tasas de interés, confiscar el ingreso de los ciudadanos vía impuestos y ceder más soberanía nacional en tratados de libre comercio. Estas son las lecciones que aprende Mauricio Cárdenas en sus viajes anuales al Foro Económico Mundial, así le toque hacerlo en clase turista.

La cura es conocida. 2016 tendrá que ser el año del debate a fondo sobre la necesidad del desarrollo autónomo. Esto incluye la defensa del patrimonio público que todavía no ha sido entregado al capital foráneo, como Ecopetrol, que debe servir para aportar a la industrialización. Es el único camino para dar —por fin— el salto de país cafetero a país viable.

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