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Déficits gemelos y economía dependiente

Aurelio Suárez Montoya, El Tiempo, Bogotá, abril 6 de 2016

En entrevista para EL TIEMPO (febrero 28 de 2016), el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, expresó: “Nos dijo (Standard & Poor´s) que (…) debemos seguir reduciendo los llamados déficits gemelos, el fiscal y el externo”. Más tarde, el codirector del Banco de la República, Carlos Gustavo Cano (marzo 6 de 2016) reafirmó para El Tiempo: “Para evitar una crisis, el país debe atacar los déficits gemelos, esto es, el fiscal y el de la cuenta corriente”.

¿Qué son los déficits gemelos? Son balances negativos –simultáneos– en las cuentas externas del país y en las cuentas del gobierno. Los datos preliminares a finales de 2015 mostraron que, en cuanto al frente externo, la economía colombiana produjo menos divisas de las necesarias, un faltante del orden de 19.201 millones de dólares, es decir el 6,6 % del PIB, lo que, en pesos corrientes, que es desde donde hay que conseguir para cubrirlo y a una tasa de cambio promedio de $3.149, equivalen a $60,5 billones. Calculado como porcentaje del PIB, el déficit, si bien 635 millones de dólares menor que el de 2014, es el más alto del siglo XXI y uno de los mayores del mundo.

El mal se viene incubando en los últimos quince años cuando se prescribió que, para salir de la crisis de finales del siglo pasado, la prioridad era atraer capital foráneo, la llamada Confianza Inversionista, compartida por Uribe y Santos. Entre 2000 y 2015 ingresaron en forma de inversión extranjera directa 131.489 millones de dólares. Sin embargo, y es un punto medular, la renta de esta inversión, las ganancias y utilidades producidas en ese periodo y que se remiten en dólares a los países de origen, resultó mayor: 158.238 millones.

Es decir, en estos 16 años, por cada dólar ingresado ha salido 1,20. El proceso ha sido recurrente: entre 2000 y 2006, el déficit de las cuentas externas osciló entre 0,21 y 2,2 % del PIB; entre 2007 y 20013, excepto en 2009, el faltante subió, ubicándose entre el 3 % del PIB y el 3,4 % y, recientemente, para 2014, cuando explotó el modelo, lesionado además por las crecientes importaciones y agravado por la caída de los precios del petróleo y de las exportaciones, se trepó a 5,2 % del PIB. Y en 2015 alcanzó la cima ya anotada, de 6,6 %. Se cumplió de manera cabal que “el dinero va a donde puede salir”.

Cubrir dicho déficit externo implica endeudamiento que va afectando las cuentas del gobierno central. De un 4,6 % del PIB, al que llegó el déficit fiscal saliendo de la grave crisis de finales de siglo, se cayó en 2008 hasta 2,3 % y luego cogió cuesta arriba, a niveles del 3,5 %. En 2015 se concretó en 3,6% del PIB, cifra cercana a $26 billones. La contrapartida presupuestal para cuadrar dichos faltantes está en el alto valor del servicio de la deuda, que se constituye en el principal rubro de gasto y en cerca del 25 % del presupuesto total, pues la deuda pública pasó en estos 16 años de $64,5 billones, que equivalía en su momento al 31 % del PIB, a $330,7 billones, en diciembre de 2015, el 47 % del PIB. Creció casi el 1 % anual.

No basta con documentar los déficits gemelos, hay que explicar sus causas. Luis Carlos Bresser Pereira ha hecho ver los daños que conlleva: “El ahorro externo solo resultará en un incremento del consumo y en un aumento de la deuda financiera o de acciones sin un fomento de la capacidad para invertir y exportar”. Se crea un círculo vicioso por el cual al incremento de las necesidades debe agregarse el pago de intereses y las amortizaciones del capital prestado, más las utilidades giradas al extranjero por el capital foráneo invertido. La financiación de ahorro externo es cada vez más necesaria, lo que genera una economía dependiente.

Lo peor es que la estrategia económica del gobierno Santos, con las vías 4G financiadas desde afuera; el ingreso a nuevos tratados como el TPP; la admisión en la OCDE y la reforma tributaria a favor del gran capital, apunta a darle respiración artificial al modelo agónico. Sin embargo, esto no parece fácil por las condiciones económicas globales y el malestar social interno. Habrá entonces más quebrantos, más protestas y más déficits.

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