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Diálogo en el infierno

Guillermo Guevara Pardo, Bogotá, D.C., septiembre 11 de 2016

José Luis González Recio y Ana Rioja, profesores de filosofía de la Universidad Complutense de Madrid han imaginado un fingido diálogo entre Galileo Galilei y Paul Karl Feyerabend*, personajes caracterizados por los autores como “locuaces, polémicos, sarcásticos, irónicos, cáusticos y mordaces”. El intercambio dialéctico entre el italiano y el austriaco sucede el 11 de febrero de 1994, en el infierno, en un elegante, agradable y cómodo salón de estilo Segundo Imperio. Claro, nada que ver con los terroríficos círculos infernales narrados por Dante en “La divina comedia”.

Galileo (1564-1642), un gigante sobre cuyos hombros se encaramaron otros gigantes, había publicado en 1632, en Florencia, el “Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano” en donde por boca de Salviati defiende, científica y filosóficamente, el heliocentrismo frente al geocentrismo heredado de Aristóteles y Ptolomeo. Ochenta y nueve años antes, en 1543, fallecía Nicolás Copérnico y salía de la imprenta su obra casi póstuma: “Sobre las revoluciones de las esferas celestes”. La peligrosa idea copernicana, anticipada en la antigua Grecia por Aristarco de Samos, fue motivo de debate en el siglo XVII entre astrónomos, filósofos naturales y teólogos. Para la Iglesia Católica la idea de un mundo centrado en el Sol era sumamente incómoda, especialmente en esos días cuando Europa estaba siendo sacudida por el cisma protestante. Roma no podía darse el lujo de permitir que el divino y perfectísimo orden aristotélico-escolástico del mundo fuera puesto en duda, como tampoco dar ventajas políticas y económicas a sus enemigos. La mano de hierro del Tribunal de la Santa Inquisición estaba para cumplir su tarea. Giordano Bruno pagó con su vida la defensa de las tesis de Copérnico. Algo que casi le ocurre a Galileo, pues tras la publicación del Diálogo fue enjuiciado por el Santo Oficio, proceso que finalizó el 12 de abril de 1633 con la famosa abjuración y conmutación de la pena de prisión por confinación domiciliaria de por vida. Entre los inquisidores que condujeron el proceso contra Galileo estaba el cardenal jesuita Roberto Bellarmino, el mismo que llevó a Bruno a la hoguera.

Feyerabend nació en Viena en 1924. Hizo parte de las SS hitlerianas, militancia de la cual nunca se arrepintió y que justificó así: “Porque un hombre de las SS tenía un aspecto mejor, hablaba mejor y caminaba mejor que los mortales corrientes”. En 1970, valiéndose del llamado “anarquismo epistemológico” vuelve a interpretar, en el texto titulado “Contra el método”, la defensa que del copernicanismo hiciera Galileo; dicho libro después lo aumentaría, corregiría y publicaría en 1975 con el título “Tratado contra el método”. Su particular postura filosófica lo llevó a concluir que el ilustre italiano fue también un anarquista de la epistemología, pues en su trabajo no recurrió a reglas, ni leyes, ni principios, ni método alguno para demostrar la validez del sistema copernicano frente al ptolemaico. A Feyerabend poco le importan los soportes empíricos y los razonados análisis a los que recurrió Galileo para respaldar la tesis de Copérnico; para el alumno de Karl Popper el alegato del científico pisano es tramposo, trucado y propagandístico, y eso le bastó para alcanzar la victoria. La razón, los hechos no jugaron ningún papel. Por boca de los profesores González y Rioja, Galileo le riposta: “Mi propuesta terminó en una victoria, porque atesoraba una propaganda y unos elementos de convicción excelentes; abría el camino para la construcción de una poderosísima maquinaria racional, la futura mecánica. Un camino al que se sumaron Descartes, Kepler y el propio Newton”. En una obra posterior, “Adiós a la razón”, Feyerabend llegó a proponer que Bellarmino, durante el proceso, tuvo una actitud tan científica como la de Galileo. Qué más se puede esperar de alguien que sostiene que “en ciencia la razón… debe ser marginada, o eliminada, con frecuencia en favor de otras instancias”.

Las tesis feyerabendianas hacen parte (aunque han intentado adecentarlas) del corpus teórico de las “nuevas” manifestaciones del oscurantismo: el posmodernismo y el constructivismo. Para los seguidores del defensor de la “teoría anarquista del conocimiento” las ciencias naturales y sociales carecen de un método científico, el cual solamente es un “cuento de hadas”; verdad y objetividad son apenas conceptos abstractos “que estrechan la visión de la gente y su manera de estar en el mundo”; “… el proceso que conduce a la enunciación de una nueva ley científica” en nada se distingue del “que precede al paso de una nueva ley en la sociedad” pues ambas se establecen por votación: votan los científicos como lo hacen los parlamentarios; todo vale, puesto que los hechos ni confirman ni refutan y por lo tanto la ciencia es una historia tan válida como cualquier otra, de lo cual se sigue que los dioses del Olimpo y los unicornios son tan reales como los electrones y los rinocerontes; en educación es factible enseñar astrología y astronomía, chamanismo y medicina, numerología y teoría de conjuntos, diseño inteligente y teoría de la evolución; creen que “la única idea general compatible con la de una sociedad libre es la del relativismo”; les gusta muy poco “la actitud del educador… que trata sus infelices ideas como si fueran un nuevo sol que ilumina las vidas de los que viven en las tinieblas” y desprecian “a los maestros que… se revuelcan en la verdad como cerdos en el fango”. Con razón Feyerabend termina en el Averno imaginado por los dos profesores de la Complutense, castigado, en parte, como le espeta Galileo, por intentar convertir “a la ciencia entera en un pasatiempo ad hoc” y no haberle importado “hacer de Aristóteles un newtoniano o de Newton un aristotélico”.

*González Recio, J. L. y Rioja, A., Galileo en el infierno. Un diálogo con Paul K. Feyerabend, Editorial Trotta, Madrid, 2007.

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