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Dos que pudieran ser miles

Guillermo Guevara Pardo, Bogotá, 1 de junio de 2014

Las fibras de actina y miosina de todos sus músculos se estiraban y contraían con fuerza; las células de sus aventajados corazones se movían acompasadamente para que el oxígeno, viajando adherido a un átomo de hierro incrustado en un monstruo molecular llamado hemoglobina, llegara hasta los más escondidos entresijos de los dos cuerpos. Millones de moléculas de glucosa se desdoblaban aeróbicamente y garantizaban la energía que se necesitaba para vencer los difíciles desniveles de unas cimas llenas de historia. Los pulmones se llenaban del aire que alguna vez respiraron grandes como Dante, Galileo, Da Vinci o Bruno. Las neuronas de cada cerebro, tan ávidas del oxígeno que ellos inhalaban, les permitían recordar los duros momentos por los que tuvieron que pasar para llegar hasta donde ahora estaban; pensar y decidir sobre la táctica más adecuada al momento. La actividad eléctrica de la materia gris quizás les traía el recuerdo de quienes aman: los campesinos que siembran papa en las laderas andinas de un departamento donde se cuajó la libertad, hoy perdida, del país por el que competían, la pequeña extensión de vida tan recién llegada a uno de ellos, los parceros de Urrao pobres pero enjundiosos comedores de arepa y frisoles, el padre que la violencia se llevó cuando aún era un niño, los días en que tenía que vender lotería para sobrevivir, la sonrisa de doña Aracelly, los solidarios Beppe y Melania, en fin, vaya uno a saber sobre la infinita variedad de pensamientos que bullían bajo las cajas craneanas debidamente protegidas por cascos multicolores. Hormonas y feromonas fluían desde distintos órganos para que el dolor que podía producir el impulsar hacia lo alto los sofisticados mecanismos de sus caballitos de fibra de carbono, fuera más llevadero.

Al otro lado del Atlántico, con emoción, millones de nosotros mirábamos cómo esos dos cuerpos iban dejando atrás a cada uno de sus contrincantes. Cuerpos que eran el producto de millones de años de selección natural, de la mezcla de las cargas genéticas que trajeron por estos lares españoles que, casi siempre a las malas y pocas a las buenas, cruzaron con las que aquí ya tenían quimbayas, chibchas, pijaos, caribes y tantos otros de nuestros ancestros. En esos dos extraños quijotes, que ya habían abatido algunos molinos, se condensaba la fuerza de un pueblo que siempre ha sabido sobreponerse a las carencias que por siglos le han impuesto. Un argentino nos hacía sonreír cada vez que pronunciaba mal alguno de los sonoros nombres de nuestros pueblos, pero qué importaba, el hombre era otro latinoamericano que también reivindicaba como suyo el sonoro triunfo.

Nairo y Rigoberto pedaleaban hacia la cima, hacia la gloria. Era el triunfo de la solidaridad, del método, de la táctica, del conocimiento. Tocaron el corazón de los colombianos y algunos en la euforia del momento ansiamos tener un país distinto, uno donde la alegría de estas épicas batallas alcanzara las otras actividades del músculo y del cerebro.

POLO DEMOCRATICO ALTERNATIVO
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