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“El Capital” contra “El Capital”: Thomas Piketty enfrenta a Marx (II)

José Fernando Ocampo T., Bogotá, marzo 4 de 2015

Esta es la segunda nota sobre Piketty. Piketty y Marx son dos polos opuestos, es la tesis central de estas notas sobre “El capital”. Piketty con la propuesta de un impuesto progresivo sobre el capital, Marx con la teoría de un nuevo sistema económico que supere el capitalismo. Piketty analiza el desarrollo del capitalismo desde el siglo XVIII hasta el siglo XXI, Marx desarrolla las leyes fundamentales partiendo del capitalismo del siglo XIX. Piketty, con una especie de utopía de un capitalismo sin capital financiero, Marx con un nuevo sistema de socialismo científico y una nueva economía sin explotación. A Piketty lo atormenta la desigualdad que caracteriza el capitalismo, a Marx la explotación de obreros, campesinos y clases medias por el capital.

Marx avizoró ya en su tiempo la transformación monopólica y financiera del capitalismo. Es lo que le toca a la era de Piketty, sin que llegue a percatarse de ello a profundidad. Ya Engels a finales del siglo XIX la planteó, pero es Lenin el que la lleva a la teoría y la práctica política. No se entiende el siglo XX sin el desarrollo del monopolio en el capitalismo, el dominio internacional del capital financiero y el control económico de un minúsculo grupo de países poderosos sobre los demás. Es la separación del capital de la producción que Marx planteó en el tomo tercero de El Capital. Lenin, con autores como Hilferding y Hobson, denomina este nuevo fenómeno capitalista, como “imperialismo” o “dominio del capital financiero”.

De allí se originaron las dos guerras mundiales del siglo XX. La Primera como una guerra entre las potencias imperialistas por zonas de control y la Segunda como una guerra contra el fascismo que pretendía apoderarse del mundo para vengarse de las humillaciones sufridas en la Primera. Piketty analiza la transformación del capitalismo producida por las dos confrontaciones mundiales y las consecuencias en la concentración del capital, para concluir que las dos guerras, la del catorce y la del treinta y nueve golpearon el capitalismo europeo e impidieron la concentración abusiva del capital. Superada la crisis de la guerra, Europa regresa a la escandalosa concentración del capital que ya se había operado a finales del siglo XIX y principios del XX.

En el marxismo, es Lenin quien caracteriza la Primera Guerra Mundial como “imperialista” y analiza sus consecuencias económicas y políticas. Pero es Stalin, quien no solamente hace la caracterización de la Segunda, sino que se convierte en agente primordial de la derrota del fascismo partiendo de la famosa batalla de Stalingrado. Además, para Piketty nada sucede con la Revolución China, la transformación de ese país en la segunda potencia económica del mundo y las repercusiones en la teoría política del funcionamiento de su capitalismo de Estado. Todos estos elementos son ajenos al análisis pikettiano.

La tesis central de Piketty es que la descarada concentración del capital que caracteriza el capitalismo desde la década del 80 del siglo pasado, agudiza la desigualdad que es la esencia del capital. No resulta extraño que le dedique las tres cuartas partes de su libro a un análisis detallado de la desigualdad en los principales países capitalistas del mundo, Estados Unidos, Alemania, Francia, Gran Bretaña. El capitalismo puede resolverla con la transformación del Estado en lo que él denomina “Estado social” y con la implantación en ese Estado de un impuesto progresivo sobre el capital. Piketty, en consecuencia, propone un Estado social con programas que atiendan la salud de sus habitantes, una buena educación para todos, pensiones para la tercera edad, programas culturales, energía limpia y el seguro de un desarrollo sostenible. Todo sobre la base de un impuesto progresivo sobre el capital, especialmente, sobre el financiero que, para Piketty, “se ha vuelto loco”.

Una vez más, para Marx el problema del capitalismo no es la desigualdad, sino la explotación operada sobre la mayoría de la población, pero además, la concentración del capital que es ineludible e indetenible. Piketty sabe que esta es la tesis central de Marx. La concentración de la riqueza y del poder—la “apocalipsis” de Marx, en términos de Piketty—no se produjo gracias al crecimiento moderno y a la difusión del conocimiento. Como Piketty lo repite sin cesar, desde la primera página de su libro, “existen medios para que la democracia y el interés general logren retomar el control del capitalismo y de los intereses privados, al tiempo que rechazan los repliegues proteccionistas y nacionalistas”. ¿Existen los medios? Piketty no los plantea. Si existieran, ¿quién los utilizaría para derrotar el poder absoluto del capital financiero?

Sí, Piketty acepta que la acumulación del capital puede ser infinita, en su interpretación de Marx, que podría detenerse en un punto finito, “pero ese punto puede ser sumamente elevado y desestabilizador”. Marx ya lo planteaba como tal en su tiempo, Lenin parte de allí para su desarrollo del “imperialismo”, y ¿acaso no es lo que vive el mundo de hoy, no importa que los gobiernos, como el estadounidense, tengan que salir a salvar los bancos más poderoso del mundo, de su quiebra? Resulta sorprendente que Piketty plantee de forma directa “el regreso a Marx y a la caída en la tendencia de la tasa de ganancia.” Sobre su análisis de las consecuencias más inciertas de una relación capital/ingreso (en la que “capital” es el acumulado históricamente e “ingreso” el de un período fijo inmediato) Piketty suelta esta frase impresionante que resulta ser a favor de la teoría de Marx: “en todo caso, el capitalismo está minado por sus contradicciones internas”. Y tiene que decir, “acabaría por conducir a una revolución proletaria y a una expropiación general”. Sí, Piketty, entonces, escribe su libro y desarrolla su investigación y dedica su práctica intelectual, a impedir que ese “apocalipsis” se cumpla.

¿Qué es lo que está salvando, entonces, al mundo del apocalipsis marxista? Piketty se lo atribuye al “crecimiento moderno, basado en el incremento de la productividad y a la difusión de los conocimientos”. Pero con una salvedad desconcertante para el lector, ese crecimiento no ha modificado “las estructuras profundas del capital, o al menos no redujo verdaderamente su importancia mocroeconómica con respecto al trabajo” (¡!). ¿No confirma, entonces, la teoría de Marx sobre el capitalismo? Para salirse de su atolladero, Piketty dedica las páginas siguientes de su libro—de la 261 a la 561—a seguirle el rastro a la “desigualdad” reinante en el mundo. Es necesario tener en cuenta que Piketty no se refiere a una comparación de la desigualdad entre la de los países escandinavos, la de los europeos más avanzados o la de Estados Unidos, con la de los países africanos o los latinoamericanos. Uno no encuentra un análisis sobre estos países en las trescientas páginas dedicadas en su libro a la desigualdad. Un dato más de Piketty. Hoy en Estados Unidos todavía la clase media obtiene el 25% de los ingresos del trabajo, pero su proyección para 2030 es que los más ricos tendrán el 90% de la propiedad del capital y la clase media solamente el 5%.

¿Logrará Piketty revertir esta desigualdad abismal con su propuesta utópica del impuesto mundial y progresiva sobre el capital? “El impuesto sobre el capital”, plantea Piketty, “es una idea nueva que debe reconsiderarse por completo en el contexto del capitalismo patrimonial globalizado del siglo XXI, tanto en términos de las tasas impositivas como en modalidades prácticas, con el objetivo de pasar a una lógica de intercambio automático de informes bancarios internacionales, de declaraciones prellenadas o borrador, y de valores de mercado.” El mérito de Piketty es haber planteado el problema fundamental con toda crudeza. Su utopía es que el proceso lógico del capitalismo la hace imposible. Este es el debate histórico que planteó Marx y continúa el marxismo, el de superar el capitalismo y pasar al socialismo. Lenin, Stalin y Mao lo intentaron con extraordinario éxito. Sus sucesores se separaron de su intento y fracasaron hasta llegar al derrumbe dramático de Gorvachov en la Unión Soviética.

Piketty enfrenta a Marx, pero tiene que volver a sus propuestas y planteamientos cada vez que intenta proponer una salida al “capitalismo patrimonial” que domina el mundo. Siempre, defiende, ha imperado en el capitalismo la “desigualdad”, a pesar de que sólo las dos guerras del siglo XX dejaron la impresión “de que se había superado estructuralmente el capitalismo y su contradicción fundamental”. Pero Piketty tiene que confesarlo, “el capitalismo está minado por sus contradicciones internas”. Es como si resucitara a Marx y quedara asustado.

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