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El cerebro, la mano, la herramienta

Guillermo Guevara Pardo, Bogotá, julio 10 de 2016

En “El papel del trabajo en el proceso de transformación del mono en hombre”, de 1876, Federico Engels escribió: “El trabajo es, dicen los economistas, la fuente de toda riqueza. Y lo es, en efecto, a la par con la naturaleza, que se encarga de suministrarle la materia destinada a ser convertida en riqueza por el trabajo. Pero es infinitamente más que eso. El trabajo es la primera condición fundamental de toda la vida humana, hasta tal punto que, en cierto sentido, deberíamos afirmar que el hombre mismo ha sido creado por obra del trabajo”. Las acertadas palabras del inseparable camarada de Karl Marx, encuentran respaldo empírico en las investigaciones que el antropólogo Dietrich Stout, entre otros, adelanta en el Laboratorio de Tecnología Paleolítica de la Universidad Emory.

El profesor Stout entrena alumnos en su laboratorio durante unas 100 horas para que aprendan las técnicas de fabricación de útiles de piedra (como las bifaces) y se vale de poderosas tecnologías de generación de neuroimágenes para rastrear los sustratos cerebrales que permiten adquirir esas habilidades, imágenes que muestran cómo la talla lítica moldeó nuestras facultades cognitivas. Se trata de una táctica de investigación que consiste en estudiar el presente para conocer el pasado, en este caso, determinar lo que ocurre en el cerebro de alguien que talla una piedra, una técnica prehistórica; con una diferencia: para nuestros antepasados la fabricación de utensilios de piedra era necesaria para garantizar su supervivencia en las sabanas africanas, plagadas de peligrosos depredadores.

Algunos investigadores han propuesto que la clave en la elaboración de una herramienta es la singular capacidad de pensamiento abstracto que posee el hombre, es decir, la posibilidad de formar una imagen mental del objeto que se quiere construir. Pero ese no es el aspecto fundamental. Lo verdaderamente difícil es hacerlo, valiéndose de la relación anatómica y funcional entre el cerebro y la mano. Materializar un objeto (como un hacha de mano) que inicialmente existe como idea requiere de una larga, tortuosa y esmerada práctica. Stout mismo gastó cerca de 300 horas para construir su primer bifaz tallado a partir de un trozo de sílex.

Las investigaciones del profesor de antropología de la Universidad Emory demostraron que la práctica de tallar útiles líticos estimulaba en sus alumnos el funcionamiento y fortalecimiento de áreas específicas del cerebro, algunas de las cuales están relacionadas con las habilidades lingüísticas, matemáticas, musicales y manuales. Algo semejante debió ocurrir en los cerebros de los talladores de la Edad de Piedra especialmente hace entre 2,6 millones y 200.000 años, lapso de tiempo durante el cual el tamaño de nuestro cerebro se triplicó. La fabricación de herramientas produjo importantes cambios anatómicos en el cerebro de nuestros antepasados, que permitieron el surgimiento de conductas novedosas que fueron favorecidas por la selección natural, fenómeno biológico que recibe el nombre de acomodación fenotípica. En abril de 2015, durante el desarrollo de la Conferencia Anual de la Sociedad Americana de Paleoantropología, se mostraron artefactos datados en 3,3 millones de años que tuvieron que ser fabricados por homininos (la palabra hominino designa una categoría taxonómica que abriga al Homo sapiens y sus ancestros; los homininos más antiguos serían Orrorin tugenensis y Sahelanthropus tchadensis con edades de entre 6 a 7 millones de años) precursores del género Homo y surgieren que nuestros ancestros ya poseían las capacidades cerebrales y manuales necesarias para fabricar herramientas.

La talla de una bifaz, por más tosco que sea, requiere de un cuidadoso y prolongado proceso de enseñanza-aprendizaje, y en esto el lenguaje debió jugar un papel fundamental. Seguramente las primeras formas lingüísticas fueron de naturaleza gestual (en los homininos más antiguos); después surgió el lenguaje articulado y los homininos más evolucionados fueron capaces de construir herramientas cada vez más elaboradas. Estas diferencias se aprecian claramente en los terminados de los objetos de las industrias Olduvayense (más antigua) y Achelense (más moderna). La imitación es un requisito importante para aprender las complejas habilidades técnicas que permiten tallar un cuchillo o una bifaz de piedra. Pero no es suficiente. El proceso se hace más preciso si la experiencia acumulada por el experto se transmite al aprendiz a través de alguna forma de lenguaje. La manufactura de artefactos fue el factor central en la evolución del cerebro humano, del lenguaje, la cultura y el desarrollo de complejas redes sociales. Fue el trabajo la más poderosa fuerza de la evolución humana, la que catalizó nuestro particular poder de coordinación corporal y mental, la vía que nos permitió independizarnos de las estrictas leyes que gobiernan la materia y acceder a una nueva forma de evolución: la cultural. Con razón Charles Darwin atribuía nuestro éxito evolutivo a la mano y Anaxágoras consideraba que “el hombre es inteligente porque tiene manos”. La mano en acción condujo el proceso de hominización.

Visto así, el trabajo adquiere la connotación de nobleza que no tiene en la particular concepción de la tradición judeocristiana que lo concibe como un castigo, por la osadía que tuvo el hombre de buscar el conocimiento racional del mundo. Concebir el trabajo desde esta óptica también es condición necesaria para liberarlo de la degradación a la que lo ha sometido la forma moderna del capitalismo: el neoliberalismo.

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