El pedazo de cartón que constituye la cubierta de su morada y bajo la cual el fogón calienta el tinto y la agua panela representan el refugio de Humberto que llegó hace dos años a la ciudad proveniente de su parcela en la quebrada cordillera oriental en límites entre el Huila y el Caquetá; huía de la crisis de los precios del café y del fuego cruzado entre el ejercito y las Farc. En época de lluvia la lámina apenas ataja el chorro de agua que circula como un torrente por el piso arrastrando sus exiguas pertenecías y amasando una gruesa lámina de barro que lo envuelve todo y se adhiere como una maldita marca de la miseria. Para evadir las tristezas de su lamentable refugio arranca temprano para una esquina en una venida de la ciudad y ofrece a los desprevenidos conductores cualquier chuchería importada que consigue en el comercio local; es su manera de resistir el camino a la delincuencia y el bazuco. A pesar de la precariedad de su cambuche piratea agua y energía pues sin ellos no es posible vivir. Esta dramática escena es frecuente en muchas ciudades del país que caminan a pasos agigantados al colapso absoluto: deterioro de la infraestructura de servicios públicos, avería de la malla vial, incremento del déficit habitacional, crecimiento desbordado del desempleo y de la delincuencia, deserción escolar, entre otras variadas lacras sociales.
Todos los días llegan más desplazados a las ciudades que no tienen como contribuir al equipamiento de las mismas porque no encuentran trabajo y por supuesto no tienen ingresos, pero requieren techo, agua, energía eléctrica, gas, transporte, educación, servicios de salud, alimentos y recreación. Del esfuerzo de los pocos que tienen trabajo digno y pueden pagar impuestos deben salir los recursos para atender esas necesidades, lo que con el transcurso del tiempo es cada vez más marginal.
A contramano quienes gobiernan los municipios han optado por el modelo denominado de Megaproyectos no porque se trate de enormes planes que transformen sustancialmente las realidades locales, sino porque representan inversiones concentradas de relativa importancia en relación con los presupuestos que manejan y que facilita a muchos mandatarios recoger la mordida de la contratación. Malecones para instalar negocios de diversión, vías y puentes que no resuelven problemas de movilidad, monumentos de artistas desconocidos que terminan desvencijados al corto tiempo, todos generalmente precedidos de asesorías y estudios que valen casi tanto como las obras y que regularmente realizan los mismos contratistas de toda la contratación municipal. Pocos pesos para atender las necesidades básicas de sus habitantes o para estimular el empleo y mientras tanto los tugurios, las invasiones, los mendigos, y la más deplorable condición humana crecen sin parar.
En Neiva por ejemplo, cerca de 20.000 millones de pesos se emplearon en construir un puente – El Tizón – a la entrada del norte, que atiende un flujo vehicular que fácilmente una rotonda resolvería en los próximos 10 años. Allí mismo, miles de millones se invirtieron en un teleférico y obras menores para conectar la ciudad con una isla que forman los meandros del Magdalena y hace varios años no funciona; “obras artísticas” que se pagaron a altos precios en el acceso a la ciudad son hoy chatarra que avergüenzan a la comunidad; la lista es larga. ¿Cuanto tiempo podrá esperar Humberto? Confiemos en que la paciencia de los ciudadanos se agote pronto y oriente las decisiones de sus gobernantes, de otra forma el colapso de los municipios nos tocará a todos.
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