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El cosmos pertenece a los griegos (I)

E. J. Rodríguez, www.jotdown.es, septiembre de 2015

Una célebre anécdota cuenta que Tales de Mileto, padre de la filosofía griega, quiso darles una lección a quienes se reían de él por su aparente falta de ambición. Vivía entregado a la reflexión y despreciaba los bienes materiales hasta el punto de llevar una existencia rayana en la pobreza. Era, pues, objeto de burla para quienes no entendían que un hombre tan preparado pudiera pasar el día mirando al infinito, ocupación inútil que no le reportaba ganancia alguna. Un día, cansado de estas burlas, Tales pidió un préstamo. En una decisión difícil de comprender, compró todos los molinos de aceite abandonados de la región. El número de molinos fabricados superaba con mucho lo requerido por la producción habitual de aceitunas, así que había un buen número de ellos que permanecían abandonados y gracias a esto, pudo adquirirlos a bajo precio. Semejante extravagancia produjo nuevas burlas. Pero Tales, debido a las predicciones que había elaborado gracias a sus conocimientos astronómicos, confiaba en que la temporada de la aceituna iba a ser excepcionalmente productiva. Acertó. La nueva cosecha fue tan abundante que, ante la falta de molinos disponibles, los fabricantes de aceite terminaron alquilando todos los que Tales había adquirido, pagando el precio que tuvo a bien disponer. De este modo, Tales reunió una pequeña fortuna. Sin embargo, habiendo demostrado a los incrédulos que si no utilizaba sus conocimientos para enriquecerse era porque el dinero no significaba nada para él, pero no porque no sirvieran para nada, retornó a sus habituales tareas contemplativas. Todos habían entendido que lo único importante en su vida era acumular nuevo conocimiento, por encima de cualquier otra utilidad que ese conocimiento pudiera proporcionarle.

Este relato pudo ser cierto, pero también pudo ser inventado para loar la admirable figura del primer gran filósofo occidental. Difícil precisarlo. Como fuere, ilustra muy bien la actitud de los astrónomos griegos con respecto a la de sus grandes predecesores, los astrónomos egipcios y babilonios. En aquellas grandes civilizaciones la astronomía había sido valorada como una herramienta para mejorar la vida, por ejemplo organizando la actividad agrícola para conseguir el mayor rendimiento de las cosechas, gracias a poder determinar de antemano la época del año indicada para la siembra. En estas cuestiones técnicas, los astrónomos egipcios y babilonios habían alcanzado grandes progresos; conocían bien el cielo y podían predecir, con una fiabilidad notable, acontecimientos astronómicos básicos para la elaboración de su calendario agrícola. Sin embargo, nunca habían usado esos conocimientos para intentar elaborar un concepto del universo. Su cosmovisión era de raíces mitológicas, y mientras pudiesen seguir organizando sus actividades de acuerdo a ese calendario, no necesitaban otra. Eran, ante todo, pragmáticos. Pero los griegos, emulando el ejemplo de Tales de Mileto, quisieron desde muy pronto trascender la mera utilidad práctica de la astronomía. Fueron, pues, los primeros en desear desentrañar cómo es de verdad el universo, e iniciaron un camino en el que descubrieron el poder de fascinación de una nueva ciencia, la cosmología. Aquel camino, que todavía hoy estamos recorriendo, está señalizado con letras griegas. Todo que hayamos conseguido en siglos recientes en cuanto al conocimiento del cosmos, que es mucho, se lo debemos a ellos más que a nadie.

Un avance sin precedentes

“La verdad está enterrada en un lugar muy profundo”. (Demócrito)

En la actualidad nos parece de sentido común el que la observación de los fenómenos celestes, la astronomía, esté ligada a la explicación de las características del universo, campo de estudio de la cosmología. Después de varios milenios de experiencia, hemos comprobado que ambas disciplinas describen las mismas leyes físicas, por lo que no concebimos la cosmología sin la astronomía, como tampoco concebimos la medicina sin la anatomía. Para nosotros son dos caras de la misma moneda. En épocas remotas, sin embargo, no lo tenían tan claro. Y no podemos culparles, dado que desconocían muchas de las leyes físicas que hoy consideramos obvias. Cualquier cultura humana que ignora los misterios del universo tiende a elaborar una cosmogonía fantasiosa, repleta de imágenes mitológicas, con la que explicar de manera fácil y sencilla el origen y la estructura del cosmos. Incluso Egipto o Babilonia, que estaban muy avanzadas en la observación astronómica incluso antes de que la cultura griega hubiese abandonado la infancia, mantenían un concepto mitológico del universo a despecho de los muchos datos que acumulaban sobre el comportamiento de los astros. Egipcios y babilonios descubrieron los ciclos que rigen los eclipses solares y lunares. También midieron los movimientos planetarios con gran precisión. Conocían bien los astros. Pero nunca intentaron conciliar toda aquella montaña de datos con un modelo cosmológico derivado de ellos. No da la impresión de que sintieran la necesidad de construir una teoría unificada de los cuerpos celestes basándose en sus conocimientos astronómicos. Para ellos la astronomía no era una ciencia cuyo fin fuese explicar el universo como un todo, como tampoco la agricultura —por más que estudie el suelo— tiene como finalidad elaborar mapas del mundo. Así pues, su astronomía era una ciencia, pero su cosmología era tarea de los sacerdotes y teólogos.

Es verdad que la cosmología griega no siempre estuvo por completo desligada de la religión, o de la metafísica, si hablamos de la época platónica. Muchos astrónomos griegos o filósofos interesados por la cosmología albergaron creencias religiosas, aunque otros se mantenían dentro de una prudente ortodoxia sin gran fervor creyente, e incluso los hubo ateos. Tampoco puede decirse que en Grecia no existiese un conservadurismo religioso que se opusiera a las nuevas ideas. Comprobaremos que lo hubo, aunque variaba de intensidad según la época y el lugar concreto; recordemos que durante mucho tiempo Grecia fue una dispersa conjunción de ciudades-estado independientes. Aun así, los griegos revolucionaron la astronomía porque se atrevieron a utilizar sus observaciones empíricas no solo como herramienta práctica sino como piedra de toque para revisar una y otra vez su visión del universo. No llegaron todo lo lejos que podían haber llegado porque, como en toda sociedad humana, los dogmas tendieron a imponerse con el tiempo. Pero allí ocurrió un fenómeno paralelo que jamás se había producido en Egipto o Mesopotamia: también la ciencia influyó en la religión. Así se comprende por qué, de entre todas las civilizaciones antiguas, fuese la griega la que inició la revolución cosmológica usando la astronomía, y no tanto la superstición, para intentar explicar cómo es el universo.

Entre los siglos VII y III antes de Cristo se produjo, por efecto de esa nueva mentalidad, un periodo de florecimiento cosmológico sin precedentes, pasando los griegos de una concepción mitológica del universo a una concepción científica cimentada sobre datos observados en la realidad. Equivocaron su visión, hoy lo sabemos, pero además de empequeñecer todo lo conseguido por egipcios y babilonios, esa visión imperó durante siglos. Pasó mucho tiempo hasta que otros consiguieron superar la cosmovisión griega. Cuando aquella edad dorada griega terminó, el avance cosmológico se ralentizó, hasta estancarse. Se produjo un muy largo paréntesis, porque el Imperio romano hizo poco por resucitar el milagro astronómico griego, y el cristianismo medieval se opuso ferozmente a cualquier idea cosmológica que contradijese las afirmaciones de la teología. Habrían de transcurrir casi dos milenios hasta que la cosmología diese el siguiente gran salto, gracias a figuras como Copérnico, Galileo o Kepler. Ellos empezaron su camino donde lo habían dejado los últimos astrónomos griegos; es más, sus novedosas ideas cosmológicas, como en el caso de Copérnico, ya habían tenido precedentes, aunque aislados, en la propia Grecia. En fin; si consideramos el tamaño y la población de aquel mundo griego, los avances cosmológicos que produjeron pueden calificarse como milagrosos.

Del mito al hecho: un universo geométrico

Los primeros astrónomos griegos partieron, como mucho, del punto en donde estaban los egipcios y babilonios por aquella misma época, el siglo VII antes de Cristo. Pero pronto se destacaron del pelotón, como ese ciclista al que nadie puede seguir mientras sube una carretera de montaña. ¿Qué fue lo que permitió a los griegos distinguirse tanto? ¿Acaso eran más inteligentes? No hay motivo para creerlo, y sabemos bien que aquellas otras dos civilizaciones, mucho más antiguas, habían empleado en otros menesteres una inteligencia no inferior. ¿Eran más hábiles? Tampoco, y por ejemplo algunos sabios griegos llegaron a envidiar la precisión técnica de los mesopotámicos en cuestiones de predicción astronómica y confección del calendario. Pero en tal caso, ¿por qué fueron los griegos quienes revolucionaron la cosmología, cambiando para siempre la visión humana del cosmos? La respuesta reside en una sola palabra: geometría.

La geometría era conocida en Egipto y Mesopotamia, por descontado, pero como sucedía con la astronomía era únicamente una herramienta con la que ayudarse a organizar su sociedad. La geometría era útil para construir, para dividir el terreno, para muchas cosas. Pero nunca consideraron usarla como base para un modelo del mundo. Los griegos, en cambio, se la tomaron más en serio como disciplina abstracta y estudiaron incluso aquellos asuntos geométricos que no parecían tener una aplicación práctica inmediata, aunque por lo general siempre terminaban por resultar útiles de una manera u otra. Gracias a esa actitud del estudio por el estudio, como —por supuesto— a condicionantes sociales y culturales, desarrollaron una manera nueva de pensar. Sus progresos en geometría les condujeron a plantear una hipótesis revolucionaria y brillante, aunque hoy sepamos que era equivocada: todo puede explicarse gracias a la geometría. Concluyeron que el universo estaba regido por un orden predefinido que podía descifrarse en términos geométricos y matemáticos, no por el inestable capricho de los dioses. Por primera vez en la historia humana, un grupo de pensadores acordaba que el cosmos obedecía a frías leyes impersonales, en este caso geométricas, en lugar de obedecer constantemente al dictado de divinidades personales. Cosa distinta era la posibilidad de que los dioses personales hubiesen creado dichas leyes, y los griegos no abandonaron la religión, entre otras cosas porque determinados fenómenos celestes —como los relámpagos— y muchos otros no celestes, como la propia vida, difícilmente podían ser encajados dentro de su nueva concepción geométrica del mundo y continuaron sin explicación científica mientras otros no reunieron datos suficientes como para atreverse a plantear nuevas hipótesis. Sin embargo, en lo tocante a la forma del universo, los griegos sí fueron modificando sus creencias de acuerdo con sus descubrimientos científicos, que de manera gradual fueron asimilados dentro de algunas doctrinas religiosas. Por ejemplo con la aparición del pitagorismo, que consideraba la geometría como una expresión de la perfección divina y por ello no encontraba conflicto alguno entre ciencia cosmológica y fe. Esto permitió que incluso algunos de los astrónomos más devotos de los dioses se atreviesen a especular con nuevas concepciones del universo. Así pues, ya fuesen religiosos, agnósticos o ateos, todos los astrónomos griegos tuvieron en común una cosa: la geometría como base irrenunciable sobre la que construir su visión del universo. Para ellos la geometría desempeñaba el papel que la física cumple para nosotros.

La astronomía griega tenía sus limitaciones. No solo en el aspecto tecnológico, ya que nunca gozaron de la inestimable ayuda del telescopio, sino también limitaciones creadas por su propia forma de pensar. Algunos conceptos que hoy damos por supuestos y que hasta un niño —de nuestra época— puede entender, quedaban para los griegos a cientos, incluso miles de años de distancia en el futuro. Su principal limitación era la incapacidad para comprender que el cosmos estaba regido por fuerzas físicas. No sentían la necesidad de introducir en sus modelos una fuerza física universal para explicar los movimientos astrales, porque el movimiento era en sí mismo la fuerza. Para ellos, un universo como el de Isaac Newton no existía. Es más, resultaba inconcebible. No podían imaginar que los astros ejercen influencia sobre las trayectorias de los demás, creando una compleja red de interacciones gravitatorias. Esa noción y cualesquiera similares de la física newtoniana estaban fuera de su alcance. Además, si viajásemos en el tiempo y se las mostrásemos, chocarían tanto con su concepción geométrica del cosmos que las hubiesen rechazado mediante escandalizados aspavientos. Sin pensar en términos de fuerzas, lo único que tenía sentido para ellos era la idea de que todos los astros se comportan siguiendo patrones geométricos preestablecidos e invariables. Sus astros eran como un tren que recorre los raíles por el mero hecho de que esos raíles están bajo sus ruedas. ¿Qué motor —qué fuerza— impulsa al tren? Ninguno. Los propios raíles son los que obligan al tren a moverse.

Las ideas de los griegos eran erróneas… al menos en lo referente a sus diferentes modelos del cosmos, pero en cuanto a estimaciones astronómicas su precisión llegó a ser pasmosa. De cualquier modo, sin aquellos errores griegos no hubiesen existido los aciertos posteriores. De hecho, la cosmología griega llegó a estar más cerca de la actual que ninguna otra hasta por lo menos el siglo XVI. Estuvieron, pues, por delante de muchas civilizaciones y culturas de las que iban a existir durante casi dos milenios. La cosmología geométrica de los griegos fue la madre de las cosmologías copernicana y newtoniana, como estas dieron a luz a la cosmología de Einstein. Fueron los constantes esfuerzos griegos por acoplarlo todo a la geometría los que permitieron impresionantes avances y abonaron el terreno en el que germinaría la cosmología moderna. A nivel estrictamente cosmológico, entre ellos y Copérnico casi no hubo nada.

Emergiendo de la cosmogonía mitológica: astronomía presocrática

“Los números gobiernan el universo”. (Principio pitagórico)

Si retrocedemos al punto inmediatamente anterior al nacimiento de la cosmología científica griega, encontramos, gracias sobre todo a los escritos de Hesíodo y Homero, una descripción del universo muy primitiva, no más avanzada que la de egipcios y babilonios. Los griegos de los siglos VIII y VII antes de Cristo concebían la Tierra como un disco plano rodeado por un río oceánico. No imaginaban que estrellas y planetas fuesen cosas muy distintas, salvo porque estos últimos no estaban fijos en el firmamento —«planetas» proviene de πλανῆται, «los errantes»— y su luminosidad variaba de forma evidente. Hasta aquí, no hay nada que cualquier otra civilización no hubiese observado. Los griegos, de hecho, todavía no habían descubierto algunas verdades astronómicas básicas, como la de que el lucero del alba, al que llamaban Héspero, y el lucero del ocaso, al que llamaban, Fósforo, eran en realidad un mismo astro, el planeta Venus. Tampoco disponían de un calendario satisfactorio; de los problemas para conseguir una teoría para el cálculo de fechas podría escribirse no ya otro artículo, sino todo un tratado complementario. En fin, hay muchos ejemplos de sus desconocimientos, y antes de adoptar la geometría como modelo vivían en un universo mágico.

Dentro de aquel mundo griego fueron los filósofos y astrónomos jonios, procedentes de la costa de la actual Turquía, los primeros en modificar ese concepto mitológico del universo, porque fueron los primeros en intentar darle una explicación racional a lo que veían. Ya hemos mencionado al pionero, Tales de Mileto (625-547 a.C.), que aprendió astronomía y geometría gracias a fuentes egipcias y babilonias. Combinando esos conocimientos con hallazgos propios, asombró a sus contemporáneos gracias a unos poderes proféticos que llegaban a parecer sobrenaturales. No cabe duda de que, por más que algunos pudieran haberlo menospreciado a causa de su carencia de ambiciones materiales, se lo consideró un hombre genial. Recordemos la anécdota de las aceitunas, o aquella ocasión en que, según se cuenta, detuvo una guerra prediciendo un eclipse de sol. O cuando impresionó al faraón de Egipto al medir la altura de las pirámides usando la comparación entre la sombra que estas proyectaban y la que proyectaba él mismo en determinado momento del día.

Tales de Mileto fue el primer griego que intentó elaborar un modelo del cosmos basado en observaciones empíricas, y empezó a introducir modificaciones en el modelo heredado de la mitología. El modelo que propuso puede no impresionarnos a primera vista, porque se desviaba poco del mitológico, pero lo importante es que lo concibió con una nueva mentalidad. Pensó, sí, que la Tierra era una isla rodeada de agua, pero por ejemplo afirmó que esa isla flotaba en el agua sin una base firme, porque así conseguía darle una explicación física, y no divina, a los terremotos. También creyó que en torno a la Tierra giraba una especie de alfombra redonda que cubría la luz del día, produciendo la noche, y que las estrellas eran agujeros en esa superficie opaca. A sus ojos, esta alfombra era una explicación física que difería mucho de «el mundo es así porque los dioses así lo han hecho». Tales había entendido la necesidad de acoplar su visión del mundo a los fenómenos físicos que observaba, buscando causas materiales para esos efectos. Todos los posteriores astrónomos griegos siguieron, de una manera u otra, su estela.

Un discípulo y amigo personal de Tales, Anaximandro de Mileto (610-547), utilizó un método deductivo parecido al de su maestro y reflexionó no solamente sobre las posibles causas de los fenómenos observados, sino también sobre las implicaciones secundarias de esas mismas causas. Por ejemplo, recogió la idea de que la Tierra no tenía una base firme y flotaba sobre un océano, pero pensó que, estando sometido al castigo constante del sol, ese océano debía de haberse evaporado. Dedujo por tanto que la Tierra era una isla que ya no flotaba sobre el agua sino en un espacio vacío. También sustituyó el círculo opaco que según Tales producía la noche por una bóveda semicircular. Desechó la idea de que la Tierra era plana, porque sus observaciones así lo contradecían, y aunque no acertó al proponer una nueva forma —la supuso cilíndrica— sí usó métodos científicos basados en la observación empírica para calcularla. Su gran aportación, empero, fue la idea de que los astros estaban situados en diferentes círculos y esferas que condicionaban sus movimientos. Esto, que era una ampliación o refinamiento de la visión geométrica de Tales, creó un modelo cosmológico del que, al menos en lo fundamental, ningún astrónomo griego se iba a alejar jamás.

Durante el siglo VI, la visión geométrica de aquellos dos astrónomos de Mileto fue convertida en institución por otro jonio, Pitágoras (572-497), a quien se recuerda especialmente por sus logros en matemáticas y geometría —quién no conoce su famoso teorema sobre el triángulo rectángulo—, además de por liderar una corriente religiosa que consideraba la geometría y las matemáticas como expresiones de la perfección divina. También fue importante su aportación a la cosmología. Tomando como base las ideas de Tales y Anaximandro, imaginó un universo con la Tierra en el centro y los demás astros girando a su alrededor en círculos. Esto, por un lado, se ajustaba a los datos que él conocía y se podía deducir intuitivamente de la observación del firmamento. Pero también le agradaba pensar que las órbitas de los astros eran círculos inmaculados porque consideraba que el dios creador, siendo un geómetra, habría utilizado formas perfectas en su obra celeste. Este modelo geocéntrico estaba destinado a ser el hegemónico durante dos mil años. Pero esto no es culpa de Pitágoras. Tal vez fue un iluminado, y sabemos que además de científico ejerció como líder de una secta —la hermandad pitagórica— que se regía por extravagantes reglas y lo veneraba como a un ser superior. Pero su hipótesis geocéntrica tenía sentido si consideramos los datos astronómicos de los que disponía. Gracias a su modelo, de hecho, se realizaron extraordinarios avances. Dedujo que Héspero y Fósforo no eran dos astros separados, descubriendo el planeta Venus. También supuso que la Tierra era esférica. Es verdad que algunos atribuyen algunas de estas ideas a Parménides, contemporáneo suyo aunque varias décadas más joven, pero como sucede siempre con Pitágoras, resulta difícil decir con seguridad qué ideas fueron suyas y cuáles le fueron atribuidas por sus devotos seguidores o por cronistas posteriores.

Sí sabemos que con el tiempo Pitágoras abandonó su Jonia natal y se estableció en las colonias griegas de Italia, la llamada Magna Grecia, donde tuvo discípulos como Filolao (470-380), que se hizo notar por algunas aportaciones muy originales. Estudiando el modelo de Pitágoras, lo cotejó con sus observaciones de los astros y llegó a conclusiones que demuestran la apertura de miras de la cosmología pitagórica. Dedujo que la Luna brilla porque refleja la luz que recae sobre ella, no porque tenga luminosidad propia, y observó también que siempre ofrece la misma cara a la Tierra. Trazó una analogía con los demás astros y pensó que el sol tampoco brillaba por sí mismo sino porque reflejaba el fulgor de otro astro, el «fuego central», que era el verdadero centro del universo. Como también la Tierra ofrecía siempre la misma cara a dicho fuego, este no podía ser visto por los humanos: el mundo conocido para Filolao —el Mediterráneo y alrededores— estaba todo él sobre la mitad de la Tierra opuesta al fuego central. La otra mitad, suponemos, debía de ser un erial calcinado. En su muy personal cosmovisión había, sin contar las estrellas, diez cuerpos celestes: el fuego central, la Tierra, el Sol, la Luna, los cinco planetas conocidos en la antigüedad (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno) y el misterioso planeta Antichthon, la «Anti-Tierra», situado en órbita opuesta a la Tierra y que tampoco podía ser visto. Ese planeta fantasma debería ser asunto para alguna buena historia de ciencia ficción y, en cierta manera, lo ha sido en diversas ocasiones.

El fuego central y la Anti-Tierra no fueron ocurrencias caprichosas de Filolao, cabe decir. Por extraño que nos parezca, se basó en observaciones empíricas para conjeturar la existencia de ambos. Por ejemplo, su —en apariencia extravagante— modelo cósmico explicaba ciertos mecanismos de los eclipses lunares que no había podido interpretar de otra manera, ya que no entendía la refracción de la luz. Así pues, su modelo no era una locura, aunque no fuese aceptado por todos los demás griegos, porque contenía muchas más imperfecciones que el también imperfecto modelo geocéntrico de su maestro Pitágoras. Con todo, es muy de valorar que se atreviese a introducir un concepto tan revolucionario como el de que la Tierra no es el centro del universo. Nunca llegó a comprender que en realidad gira alrededor del Sol y no del fuego central, pero eso no debería restarle méritos. De hecho, si con mirada moderna pensamos en el «fuego central» como en una estrella, podemos considerar su modelo como la primera descripción de algo parecido a un sistema solar, en este caso doble. De cualquier forma, algo que se adelantó a su tiempo. Aunque la mayor aportación de Filolao, o por lo menos la más aceptada entonces, fue sustituir la bóveda celeste —la superficie semicircular en la que estaban fijas las estrellas— por una esfera. Durante siglos, de hecho, el término «universo» iba a ser sinónimo de todo aquello que está dentro de la esfera celeste. Los griegos, desprovistos de telescopios, no tenían manera de saber que existían las galaxias.

Las hazañas de la astronomía jonia incluyeron a Anaxágoras (500-428). Defendió que la Tierra era plana y eso le condujo a realizar algunos cálculos erróneos; por ejemplo estimo que el diámetro del Sol era de poco más que cincuenta kilómetros. En otros aspectos, sin embargo, demostró poseer una intuición admirable y una gran inteligencia. De hecho se acercó a la verdad todo lo que podía concebirse dado el desarrollo del saber astronómico de su generación. Supuso que el Sol era una esfera de hierro al rojo vivo y que por tanto emitía luz propia, al contrario de lo que afirmaba Filolao, aunque esa idea no era exactamente nueva. Más interesante es que también describiese los meteoritos como fragmentos de hierro al rojo que caían del cielo, una idea que en esencia —aunque sepamos que únicamente un pequeño porcentaje de meteoritos está hecho de hierro— era la correcta. Además fue el primero en ofrecer una explicación más o menos certera para el fenómeno de los eclipses. También afirmó, otro hallazgo, que la Luna estaba compuesta de un material similar al de la Tierra. En cuanto a las estrellas, las describió como «piedras de fuego». Todas estas ideas eran brillantes, pero resultaron escandalosas, sobre todo en Atenas, donde Anaxágoras se había establecido y donde, por lo que parece, estaban menos predispuestos que en su Jonia natal a aceptar tanta especulación revolucionaria. Aquellas afirmaciones implicaban retirar la condición divina al Sol y la Luna, lo cual le conllevó afrontar, ya en edad avanzada, un grave proceso inquisitorial por delito de impiedad. La acusación pidió la pena de muerte para Anaxágoras, que se libró gracias a la sentida defensa pública que hizo uno de sus antiguos alumnos, el respetado estadista Pericles, y la ejecución fue conmutada por el destierro. Pero se dice que Anaxágoras se sintió tan decepcionado con la raza humana después de verse juzgado por sus ideas científicas que, una vez en su exilio cercano a Mileto, se dejó morir de hambre.

Otro jonio, Enópides (siglo V, fechas de nacimiento y muerte inciertas), determinó un hecho tan importante como que la eclíptica, el camino que el Sol recorre por el firmamento, no está en ángulo recto con la línea del ecuador. Esta oblicuidad, producto de que la Tierra tiene un eje de rotación inclinado con respecto a su órbita alrededor del Sol, es responsable del ciclo climático de las estaciones. Hay que decir que, según la fuente, algunos atribuyeron este descubrimiento a Anaxágoras o Anaximandro. En cuanto a Metón de Atenas (siglo V, fechas también inciertas), se preocupó por el asunto del calendario. La irregularidad de los ciclos cósmicos desesperaba a quienes intentaban elaborar un calendario exacto. Metón entendió, como otros antes que él, que un año solar no equivale de manera exacta a doce meses lunares o sinódicos. Esto había frustrado a muchos estudiosos, porque sobre el papel la idea de que un año estuviese compuesto por doce meses era muy bonita, pero en la realidad —como si todo fuese una broma de los dioses— el año solar equivalía aproximada pero no exactamente a esos doce meses lunares. Investigando en pos de una solución, Metón descubrió que tomando como base del calendario un ciclo de diecinueve años solares, la discrepancia, aunque no desaparecía, sí quedaba reducida. A falta de más opciones asumió ese margen de error como un mal menor. No se le puede culpar, y bastante hizo con proponer ese ciclo metónico que mejoró mucho el cálculo de fechas. Fue una herramienta no del todo exacta pero muy útil para la confección del calendario, empleada con profusión hasta que otros consiguieron proponer una mejor, un siglo más tarde.

El caso de Demócrito (460-370) es muy especial. No ya porque se lo haya incluido muchas veces en el grupo de los presocráticos pese a que fue contemporáneo de Sócrates (470-399) y pese a que su forma de pensar tuviese poco que ver con la mayor parte de esos presocráticos. Digamos que Demócrito se sale de la lógica de la cosmología griega si la contemplamos como una disciplina desarrollada a lo largo de una línea temporal. Quizá su carácter anómalo se debió, entre otras cosas, al hecho de que no fue un astrónomo especializado sino un matemático y filósofo especulativo, en la acepción moderna del término. Pero realizó la improbable hazaña de elaborar dos hipótesis universales, dos, que sorprenden por su aspecto moderno. No en vano Carl Sagan dijo que «de todos los filósofos griegos Demócrito es el que con más claridad nos habla a través de los siglos» y que «sus argumentos no eran los que utilizaríamos hoy, pero eran elegantes, sutiles y derivados de la experiencia cotidiana, y sus conclusiones eran fundamentalmente correctas». Resulta fácil estar de acuerdo con Sagan en esto.

Demócrito es célebre, sobre todo, por su exposición de la teoría atómica. Parece ser que el principio fundamental de esa teoría —que todo en el universo está compuesto de átomos— lo aprendió de su misterioso maestro Leucipo, pero lo que nos ha llegado es fundamentalmente la visión de Demócrito. Provisto de una gran mente analítica, perfeccionó la idea hasta crear un modelo felizmente similar, por lo menos a nivel general, al que se descubriría en la era moderna. En parte podemos considerar ese parecido como una casualidad, porque si profundizamos en el modelo atómico de Demócrito descubriremos que, en lo funcional, no tiene nada que ver con el atomismo moderno, ni aun en sus fases iniciales durante el siglo XIX. Aun así, carecería de sentido negar que su aportación fue genial y que los fascinantes paralelismos que pueda contener su hipótesis con la teoría atómica moderna se deben a su prodigiosa inteligencia. Pues bien, Demócrito también tuvo intuiciones geniales en cosmología. Algunas de sus ideas ya habían sido expresadas por otros, como el que la Luna está más cerca de la Tierra que el Sol, y que el Sol está más cerca que las estrellas. Pero le distinguió el ser capaz de imaginar un universo completamente distinto al aceptado por sus contemporáneos, ya fuesen geocentristas o partidarios del modelo de Filolao. Demócrito pensó, para empezar, que la Tierra no tenía por qué ser el centro del universo. Todo un atrevimiento, como ya hemos visto, pero que también se le había ocurrido a Filolao. Pero además, cosa chocante porque no ha sido demostrada hasta hace bien poco, Demócrito pensó que el cosmos debía de estar repleto de planetas similares a la Tierra, y que algunos de esos planetas tendrían cerca un sol, mientras que otros tendrían dos o tres soles. Que algunos tendrían una luna, otros ninguna, y otros tendrían varias. Que esos múltiples planetas serían diferentes en tamaño y también en las características físicas de su superficie, siendo algunos aptos para la vida porque estarían rodeados por una atmósfera respirable, mientras que muchos otros no. Estas intuiciones, sin duda, resultan proféticas hasta niveles abrumadores. Es verdad que acertó en lo fundamental como bien podía haberse equivocado, ya que no podía defender muchas de sus especulaciones cosmológicas con datos —este detalle lo distinguió de los astrónomos presocráticos, cuyos modelos sí intentaban tener respaldo empírico— pero aun así resulta indiscutible que Demócrito fue un genio, que su capacidad de análisis era descomunal y que dio un paso de gigante que otros podrían haber seguido si se hubieran despojado de prejuicios, pero que nadie llegó a continuar su estela. Por su concepción del cosmos decimos que fue el primer mecanicista, el primero que supo justificar con razonamientos poderosos su atomismo y materialismo. También era ateo. No creía que la divinidad gobernase el mundo o tuviese algo que ver con su diseño. Supo prescindir de la religión, de la metafísica o de la ética a la hora de intentar explicar el universo. No usó el método científico para llegar a muchas de sus conclusiones cosmológicas, pero eso nos dice incluso más sobre su prodigiosa intuición, y hace que nos admire comprobar que fue un pionero cuya reconocimiento sería más y más universal cuanto más importante se tornase ese método científico que él apenas utilizó.

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