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El mendigo y el caballo cochero

José Arlex Arias, La Verdad, Cartagena, septiembre 15 de 2014

Cartagena: ciudad de contrastes, embrujadora, sencillamente fascinante, no solo por sus paisajes, el mar, las playas, los monumentos y sus gentes, sino además porque en ella se ve reflejado en su máxima dimensión el realismo mágico. Lo más antiguo lo hacen combinar con lo supermoderno; el romanticismo no desentona ante el hablar franco, dicharachero y a veces deslenguado; la modorra del calor desbordante es solo un recuerdo ante las brisas decembrinas, acogedoras pero fugaces; las grandes figuras del espectáculo, el deporte, la política o el simple jet set colombiano, son uno más entre sus habitantes. Los carruajes coloniales compiten, en sus angostas calles, con la abigarrada muchedumbre, las bicicletas y las nuevas formas de transporte. Cartagena deja “matao” a quien por primera vez llega a su aposento.

Pero esos contrastes se hacen más evidentes en la medida en que el forastero se adentra en sus aspectos sociales. Solo basta una mirada por la ventanilla del avión cuando este hace las maniobras de aproximación al aeropuerto Rafael Núñez para observar las grandes diferencias socioeconómicas entre los que habitan en las faldas del cerro La Popa y los afortunados del Centro Histórico, del emporio de desarrollo de la Zona Norte, de la carretera al Mar vía a Barranquilla o quienes disfrutan de la vida en la Zona Turística de Bocagrande, Castillogrande o en el barrio Manga, aquí luchan las casonas coloniales contra los edificios y urbanizaciones modernas. El mismo ejercicio se puede hacer si se ingresa por carretera viniendo de Barranquilla por la Cordialidad o de la sabana, vía Sincelejo. No en balde esta subyugante Cartagena de casi un millón de habitantes tiene cerca de 600 mil de sus hijos en condiciones de pobreza.

Esa pobreza de los hijos de Cartagena se manifiesta de muchas formas: niños que se lanzan a las aguas del mar esperando que el turista lo recompense con unas monedas por sus piruetas; los que cantan, bailan y ríen, mientras su familia sufre, esperando igual recompensa –que no en pocas veces ha sido la prostitución–; los que se rebuscan en los buses, en las playas, en las calles… todo un enjambre humano perseguido como animales por orden del gendarme del Espacio Público, mientras algunos operadores turísticos se toman las playas ante su mirada complaciente; los más de buenas, “gozan” de algún trabajo tercerizado, en unas zonas francas y portuarias que se benefician de todas las exenciones tributarias, y los mendigos, que duermen donde los coge la noche y comen lo que encuentran en las basuras de los ricos.

Ese contraste lo encontramos hasta en la muerte. Separados por un día fallecieron: un caballo cochero –según la Unidad Municipal de Asistencia Técnica lo fulminó un infarto– y un mendigo que estaba durmiendo en una de sus coloniales murallas –cayó, muriendo en el acto–. Sin descalificar la defensa de los animales: ¡Por el caballo se formó un escándalo nacional; del mendigo nada se dijo, porque los pobres dañan la imagen de la fantástica Cartagena!

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