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El proteccionismo como transformación productiva

Guillermo Maya, El Mundo, Medellín, junio 30 de 2014

La narrativa económica convencional es que Gran Bretaña (GB) se convirtió en líder industrial en el siglo XIX por su supremacía en el desarrollo tecnológico que dio forma a sus ventajas comparativas sobre el resto del mundo a través del libre comercio.

Sin embargo, este cuento está lejos de coincidir con la realidad histórica. GB es el ejemplo de cómo un país que protege el nacimiento de su base industrial poniendo aranceles a los productos de la competencia extranjera logra culminar con éxito su transformación productiva, pasando de una economía artesanal y agraria tradicional a una economía moderna industrial. Además, la GB manufacturera representó la destrucción de la industria textil india, en su primera fase de la revolución industrial, de acuerdo con el blogger Lord Keynes (The Early British Industrial Revolution and Infant Industry Protectionism: The Case of Cotton Textiles, june 22- 2010), de la siguiente manera:

Hacia 1700, China, India y Europa participaban con un 23 %, cada una, sobre el PIB mundial. En 1750, India producía casi el 23 % del producto manufacturero mundial, China cerca del 33 % y Europa 23 % (Paul Bairoch). Sin embargo, en el caso de textiles, India tenía la ventaja comparativa de su lado, y producía tejidos de algodón de más alta calidad que GB. La producción de textiles para la exportación se concentraba las ciudades de Gujarati, Bengala, Madrás y Punjab.

Si India dominaba la producción de textiles en 1750, hacia 1830 su industria estaba en ruinas, y GB dominaba el mercado mundial. ¿Qué explica esta transformación? -A finales del siglo XVII y siglo XVIII, los textiles indios baratos de alta calidad compitieron con la lana doméstica, el lino y la industria textil de la seda en GB”. Como resultado, los productores británicos demandaron la imposición de aranceles a los productos procedentes de India. En 1865 se impuso un arancel de 10 % a los productos indios; en 1690, un arancel de 20 %; en 1701 se dicta la Primera Ley de tejidos de algodón que prohíbe la importación de tela teñida, pintada o impresa; en 1707, se aumentan aún más los aranceles; en 1721, se promulga la Segunda Ley de los tejidos de algodón. Sin embargo, las exportaciones de productos indios se incrementan entre 1770 y 1780.

En el curso del siglo XVIII las innovaciones tecnológicas transformaron el sistema artesanal textil en el sistema de fábrica, entre las que se encontraban la hiladora Jenny multi-bobina, el telar mecanizado de Arkwright, la hiladora de Crompton, etc. Sin embargo, estas innovaciones no lograron desbancar los tejidos indios, que eran de mejor calidad y más competitivos que los británicos, que fueron protegidos con más incrementos en los aranceles: En 1813, el arancel sobre los productos tejidos de India llegó al 85%. Incluso, a pesar de los altos aranceles, los productos indios se podían vender con un 50% y 60% menos que los precios de los productos británicos.

Por supuesto, dada esta muralla proteccionista, la aplicación de la energía del vapor en la industria textil, entre 1815-1830, posibilitó que los productos británicos fueran competitivos en el mercado mundial. Además, la fibra de algodón importada comenzó a caer de precio cuando las plantaciones esclavistas del sur de los EE.UU. empezaron a exportan algodón a GB, siendo así la producción de textiles británica subsidiada por la esclavitud del nuevo mundo.

Sin embargo, sería exagerado afirmar que fue el excepcional desarrollo tecnológico británico el que derrotó la competencia india, pues ya desde 1757, la Compañía de las Indias Orientales había ganado el control del puerto de Bengala, su principal centro textil. Y dada esta ocupación, India no pudo imponer aranceles retaliatorios a los bienes británicos, en respuesta a su proteccionismo. Como resultado la industria textil india fue arruinada y se produjo un proceso de desindustrialización forzada y empobrecedora de su población. Si bien hacia 1800 India y China representaban el 53 % de la manufactura mundial, hacia 1990 apenas representarían el 7.9 %.

En este sentido, la industria británica fue el resultado del proteccionismo a la industria infante, y sin esa condición GB difícilmente hubiera alcanzado su predomino económico y político, al mismo tiempo el estado nación instrumentaliza la política de libre comercio sobre el resto del mundo, con su armada y ejércitos, en favor de su industria.

Por último, hay tres paradojas que resultan de esta historia: La primera es que los países ricos después de que han transformado su economía productora de materias primas en productora de bienes manufacturados, tras la muralla proteccionista, emplean el argumento del libre comercio, como la estrategia del fuerte para dominar al débil, para explicar su éxito.

Además, la segunda paradoja es que una vez que ha triunfado la industria con políticas proteccionistas, aquéllos que promovieron este modelo pasan a segundo plano o son olvidados, como sucedió con la Escuela Americana de Economía Política, mientras quienes predican el libre comercio pasan a dominar el escenario político, pues el nuevo objetivo nacional es conquistar los mercados externos, ya sea mediante tratados comerciales, como los TLC modernos o a la fuerza, como fueron las Guerras del Opio de GB en contra de China.

Sin embargo, la estrategia moderna, tercera paradoja, mucho más sutil que la fuerza, descansa en conquistar las mentes de los propios nacionales de los países subdesarrollados, en las universidades de la metrópoli o en las universidades nacionales que emulan a las primeras, como la U de los Andes (Colombia), el Itam (México), o la U católica (Chile), educándolos en el credo de la libertad de mercados, renunciando a la soberanía nacional propia a favor de las soberanías nacionales ajenas, en aras de la maximización de la utilidad del consumidor, y de los beneficios del empresario.

Aprendamos de la experiencia histórica, no de la economía de tablero, apriorística, axiomática, deductiva, y anclada en la fantasía, como los unicornios.

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