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El "socialismo crítico-utópico" en Bogotá

Aurelio Suárez Montoya, El Espectador, diciembre 19 de 2014

En épocas rudimentarias del socialismo, a inicios del siglo XIX, surgieron las primeras voces contra las injusticias del orden capitalista.

Tiempos de la superexplotación del trabajo proletario y que hicieron parte de la acumulación originaria de capital. Entre las primeras voces, sobresalió Robert Owen, dueño de una fábrica de hilados en Escocia, que en 29 años la transformó en una colonia ejemplar, fruto de la mayor condescendencia con los empleados, con jornadas de trabajo de 10 horas y escuela para los hijos de los obreros.

Lo emularon Saint-Simon y Fourier. El primero, precursor de la sociedad sin herencias, defensor de la industria sobre el agro y enemigo de la intermediación comercial, que predicaba el igualitarismo con base en la “renovación ética y religiosa”. El segundo, quien se ingenió los ‘falansterios’, comunidades voluntarias —de producción y consumo autónomo —de 400 familias, con acciones repartidas por trabajo y talento, que sustituirían al Estado y el modo de producción. El punto más alto de esta corriente, que sería la base del anarquismo, fue Pierre Joseph Proudhon, quien por décadas dominó la opinión socialista francesa en oposición a Napoleón Bonaparte. Su idea era el federalismo económico, que entregaba tierras y capital a comunidades locales, “autogestionadas” y libres de autoridad estatal. Promovió “el mutualismo económico”, que hallaba en el préstamo de “un banco popular”, sin intereses o a bajo costo, y en el comercio sin ganancia, palancas para la colaboración económica entre las clases.

Ninguna de estas teorías, aunque censuran el capitalismo, funda sus glosas en un análisis histórico, por ende, buscan fórmulas experimentales para una eventual igualdad, sin menester de un Estado, con un orden social y económico diferente, ni de cambios orgánicos sociales de fondo. Sus experimentos van acompañados siempre de reconvenciones a las élites, para que convengan con ellos y los personajes que los abanderan, que a su vez, son “hombres a la caza de fórmulas”. Estos “cazadores de fórmulas” han estado presentes en Bogotá en los últimos años, con ideas como: el Banco Muisca; la difusión de marihuana para “curar” el consumo de bazuco; comprar Corabastos; las viviendas VIP en las vecindades del Gun Club; peatonalizaciones a la brava; los “mil jardines multicolor”; los 100 colegios por leasing; los holding de las empresas de servicios públicos; el reciclaje del 100% en una ciudad con 35% de basura inaprovechable; la ciudad de 24 horas; la máquina “tapahuecos”, que taparía 220 mil en 8 meses; y muchas otras más, que ahora ostentan el mote de “políticas públicas”.

Simultáneamente, se prorroga por tres años y sin licitación el contrato de las troncales de Transmilenio; caen los desempeños de la EAAB y se juega a dados la suerte de ETB; se permite y defiende a la parentela que hace negocios urbanísticos e interviene en la gestión administrativa; la ciudad se siente a la deriva e insegura; cunden reclamos de comunidades barriales por problemas antiguos sin solución; la Universidad Distrital sigue como propiedad privada de quienes la capturaron; la “tercerización” laboral se refuerza en el Distrito ; la corrupción se filtra “por las esquinas” y, según los órganos de control, una ejecución presupuestal en muy bajos porcentajes.

Al traslaparse unas con otras, no se sabe en Bogotá, cuáles explican mejor el contradictorio cuadro. Si los experimentos “socialistas” o las graves falencias de la gestión, y lo más grave es que —como aparecen de “izquierda”— los partidos que se han planteado con seriedad una sociedad distinta, cargan con el “pecado y sin el género”. Igual le aconteció a la socialdemocracia europea con Proudhon y demás congéneres; por eso Marx, con razón, los caracterizó como “charlatanes en la economía y contemporizadores en la política”.

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