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El triste papel de los inmigrantes

Carlos Tobar, Neiva, 21 de agosto de 2012

En los últimos años, y sobre todo en los meses recientes, se ha acelerado el retorno de miles de compatriotas que emigraron en busca de un mejor futuro a países con economías más desarrolladas o con mayores oportunidades de trabajo, un bien escaso en la de nuestro país. Los impulsaba “el sueño americano”, una expresión genérica que denotaba un mundo de oportunidades para aquellos que estuviesen dispuestos a trabajar duro para labrarse, a puro pulso, un futuro promisorio.

Por los seculares problemas de atraso, pobreza, violencia y falta de oportunidades, desde hace muchos años la diáspora nacional ha sido una constante de la historia reciente. La primera gran oleada fue hacia Venezuela cuando la riqueza petrolera atrajo a millares de colombianos; más tarde, ya en pleno auge de la globalización e inducidos por la influencia comercial del narcotráfico, basada en el único producto nacional “exitoso” en el mercado mundial, los paraísos prometidos fueron los Estados Unidos y Europa. Atraía a los inmigrantes el boom de crecimiento –que hoy sabemos se dio al debe– de las economías de los países más ricos, en donde los nacionales de esos países renunciaban a los trabajos de baja calidad y estima social, donde medraron buena parte de los soñadores procedentes de países pobres de Asia, África y América Latina.

Con la explosión de la crisis mundial, detonada por la bancarrota del sistema financiero norteamericano que terminó arrastrando al resto del mundo, los sueños americano y europeo, se desinflaron al igual que las burbujas financieras. El creciente desempleo que ha alcanzado cifras de más de dos dígitos, sumado a las presiones a la inmigración ilegal y legal de los gobiernos de los países ricos, que se han hecho más duras, ha obligado a los inmigrantes a retornar a sus países de origen. Tal es el caso de los colombianos, que en oleadas crecientes llegan a buscar una oportunidad en un país que no se distingue por defender el trabajo nacional. Al contrario, con los acuerdos de libre comercio se está privilegiando el trabajo extranjero al permitir la destrucción de la producción industrial y agrícola, para reemplazarla por la producción importada.

Así, no solo hemos perdido una de las fuentes de divisas externas, apalancadas en las remesas de los trabajadores en el extranjero, sino que, se agudizará la competencia por los pocos empleos de cierta calidad que crea la economía nacional, o se acrecentará la economía del rebusque –el ya clásico subempleo–, la forma como el DANE, fuente de las estadísticas oficiales, oculta la gigantesca magnitud del desempleo real.

No nos extrañemos que a la par del retorno de los inmigrantes nacionales, empecemos a ver una miríada de inmigrantes de países desarrollados y del vecindario, desencantados de los desajustes de sus propios países. ¿Tiene Colombia, un país históricamente cerrado, una política para esta oleada a la inversa que empieza a tomar fuerza?

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