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Hernando Groot, cazador de mosquitos

Lisbeth Fog, El Espectador, Bogotá D.C., 15 de octubre de 2016

El miércoles falleció a los 99 años uno de los científicos más importantes de Colombia. Recorrió a pie, en burro y en canoa todos los rincones del país tratando de identificar los microorganismos que enfermaban a los colombianos.

Hasta hace unos meses, cuando el doctor Hernando Groot pedía la palabra en las sesiones de la Academia Nacional de Medicina, los susurros de los asistentes se convertían en silencio sepulcral: lo único que se escuchaba era su comentario, siempre atinado, contextualizado en la historia y en su experiencia de tantos años como médico experto en medicina tropical, salpicado de anécdotas, con un fino toque de humor. No importaba la lentitud con que pronunciaba cada frase, todos lo escuchábamos atentos porque sabíamos que sería una lección de vida y uno más de sus aportes a la ciencia que impulsó con sus ensayos e investigaciones desde que tenía 20 años.

Siempre a la vanguardia, fue un innovador en su manera de producir nuevo conocimiento, así como en los medios para lograrlo: no terminaban de contarle sobre el inicio de una epidemia en cualquier lugar del país, cuando ya estaba en Barranquilla, en Armero o en los Llanos tomando muestras para llevar al laboratorio y tratar de descifrar de qué enfermedad se trataba. “Yo llegué con los primeros mosquitos” a Barranquilla, me dijo hace unos años, cuando lo entrevisté, buscando información sobre el origen del dengue en el país, una enfermedad a la que a comienzos del siglo XX la gente se refería como “la chapetonada”, según él. Fue en esa ocasión cuando me confesó que desde muy pequeño quiso responder a la pregunta ¿por qué se enferma la gente?

Así que desde que era estudiante de la Universidad Nacional de Colombia, y en su trabajo en el laboratorio del Hospital San Juan de Dios, empezó a estudiar parásitos intestinales causantes de diarrea infantil. Identificó nuevos virus y microorganismos en general y los conoció tan bien a muchos de ellos que no dudó en inocularse en su propio cuerpo el Tripanosoma rangeli –descubierto por él– para demostrar que no producía enfermedades al ser humano. Fue también quien describió las tres primeras grandes epidemias de dengue en Colombia a partir de 1971.

Su gran amigo y coinvestigador, Jorge Boshell, recuerda como el doctor Groot –científico y trabajador de campo– recorría a pie, en burro o en canoa todos los rincones del país tratando de identificar no solo los microorganismos que producen enfermedades, sino los mosquitos que los transmiten, porque a Groot lo que le interesaba, según me dijo en una ocasión, era “seguirles la pista a los mosquitos y a las gentes enfermas”.

Fue innovador también como profesor de parasitología en la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana, a mediados del siglo pasado. El día en que la Academia celebró los 50 años del ingreso del doctor Groot como uno de sus miembros, su alumno, el doctor Fernando Sánchez Torres, recordó las clases que tomó con su maestro: “Hernando llegaba, muy parsimonioso y elegantemente vestido [...] Desde que ingresaba al corredor comenzaba a esculcarse los bolsillos y al entrar, con gran ceremonia, al salón de clase y ocupar la mesa profesoral, los iba desocupando lentamente: anteojos, lapiceros, cigarrillos, encendedor, llaves... depositando todo sobre la mesa. Era como una llamada de atención para todos ponerse firmes y en silencio. En seguida, sin llamar a lista ni nada, iniciaba su clase con esa voz firme y bien modulada, con esa cuidadosa y pulida dicción que lo ha acompañado toda su vida. Nosotros lo seguíamos con fascinada atención –pues aunque afable, tenía fama de estricto–, recorriendo con él los más accidentados parajes de la geografía nacional e internacional, mientras describía las enfermedades, los parásitos, los vectores locales comparados frente a los de otras latitudes […] pronunciando o escribiendo los nombres en latín con inmaculada perfección. Nos contaba cómo en las matas de monte del Llano, después de destruir las larvas en los charcos del suelo y ver cómo persistían los mosquitos, él y otros se habían encaramado a las copas de los árboles para ver cómo cerca de ellas, en las copas formadas por plantas parásitas y llenas de agua por las lluvias, o en los pecíolos de las palmas, se habían formado nuevos criaderos. Era una clase al mismo tiempo científica y humana, clínica y ecológica, dictada con una gran sensibilidad social y como gran estímulo a la curiosidad investigativa sobre esa nosología que, en los albores de la era antibiótica y antiparasitaria, se planteaba como la nueva frontera del conocimiento médico mundial”.

Su biógrafo, el oftalmólogo Zoilo Cuéllar, acompañó los recuerdos del doctor Groot durante diez años, hasta entregar el libro el pasado 25 de julio, cuando cumplía 99 años. Muchas veces, sentados frente a una chimenea y al calor de un vaso de whisky, esta labor “me permitió ir de su mano casi desde los primeros años hasta el final de su vida en todos sus episodios”, relató Cuéllar a El Espectador. Así, tuvo la fortuna de aprender de “un hombre cálido, el mejor amigo de sus amigos, de una generosidad inmensa en el aspecto científico y en el aspecto del afecto; gran caballero y gran lector; ético, vertical y rígido ante las faltas; con una gran tenacidad para la investigación”.

La filosofía de Groot fue siempre la prevención. Conocer todo sobre las enfermedades para evitarlas tanto como investigador científico en salud, como desde su participación en políticas públicas. El mejor ejemplo corresponde a su paso como director del Instituto Nacional de Salud, donde impulsó el Programa de Saneamiento Básico Rural que construyó acueductos y alcantarillado en las zonas rurales del país. “Hubo muchas críticas entonces”, dice el médico veterinario Élmer Escobar, quien fue miembro de su junta directiva en el INS. “Pero los científicos de esa época se dieron cuenta de que si no se mejoraba la calidad del agua y la disposición de residuos, era imposible luchar contra muchas enfermedades”.

El doctor Groot, autor de más de 140 trabajos de investigación en parasitología y virología, fue presidente de la Academia Nacional de Medicina durante tres períodos en las décadas del 70 y el 80. Acudió a las sesiones semanales con regularidad y participó en buena parte de sus actividades hasta hace unos meses, porque nunca perdió el interés y la curiosidad por conocer los avances de la medicina, escuchar a sus colegas y aportar buenas ideas.

Lo conocí hace ya varios años. Cuando me veía, me hablaba en un inglés impecable, quizá yo le recordaba sus años de estudio en la Universidad de Harvard, qué sé yo. Coqueto y buen conversador, identificaba perfectamente a quien tenía enfrente, igual a como lo hacía con sus microorganismos. Así conocí al doctor Groot; así aprendí a admirarlo, así supe que fue uno de los grandes científicos y pensadores de este país. Así lo recordaré.

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