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II. Estragos económicos y políticos de una etapa fatal

Colombia perdió a Panamá en 1903. Los años que le anteceden pueden considerarse unos de los más azarosos de nuestra historia, ya de por sí bien agitada. Es la etapa de la Regeneración procla-mada por Rafael Núñez al terminar la guerra civil de 1876 en la posesión presidencial de Julián Trujillo con aquellas famosas palabras “regeneración administrativa fundamental o catástrofe”. Todavía continúa el debate en torno a si sus reformas fueron regeneradoras o catastróficas. Sólo un año antes del desastre panameño, en diciembre de 1902, terminaba la más larga contienda des-de la independencia hasta entonces, en un siglo de guerras civiles, la Guerra de los Mil Días. Des-pués de todo, quedamos sin Panamá. Echemos una mirada general a la situación del país.

La situación económica Colombia era un país de una economía de subsistencia, carente de mercado interior y de medios de comunicación. Era más barato traer un bulto de mercancía a Medellín de Londres que de Bogo-tá o llevar harina a Medellín de Estados Unidos que de Boyacá. Los 600 kilómetros de ferrocarri-les, incluyendo el de Panamá, casi todos en pésimo estado, miraban más hacia las costas que a la integración nacional. No existía industria, a pesar de que la revolución industrial en Europa cum-plía un siglo y su desarrollo en Estados Unidos se desenvolvía a pasos agigantados desde la Gue-rra Civil. El país vivía de una producción artesanal con mercados locales y materias primas a la mano. No había sino una empresa que pudiera denominarse capitalista, Bavaria, que en 1892 em-pleaba 80 obreros y producía 6.000 litros diarios de cerveza.

Con excepción de la zona de la colonización antioqueña hacia lo que hoy son el eje cafete-ro, Valle y Tolima, en donde el régimen feudal terrateniente se iba sustituyendo por el de peque-ñas y medianas propiedades cafeteras, en el país predominaban las haciendas improductivas de miles de hectáreas, arrendatarios y aparceros. Cuenta Vergara y Velasco en su famosa geografía, que un terrateniente era capaz de ofrecer en venta 8.000 hectáreas de tierra, más un páramo in-cluido y 130 familias de arrendatarios. No existían los campesinos medios, pero sí 180.000 mini-fundistas en tierras marginales, sumidos en la miseria y la rutina. Dice Vergara: “Colombia es un país virgen, desde el punto de vista agrícola. En ganadería el cuadro es desolador. …La industria pecuaria marcha en retroceso, por la falta de brazos…En Bogotá resultan más baratos la mante-quilla y la manteca del extranjero que la misma criolla, no obstante lo costoso de su transporte…”

La política económica de la Regeneración Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro echaron a andar el proyecto político denominado Regenera-ción que ha suscitado las más encontradas reacciones de los historiadores, desde los clásicos Joa-quín Tamayo y Luis Ospina Vásquez en su contra, hasta las apologías de Liévano Aguirre, López Michelsen y Salomón Kalmanovitz. Núñez, en su obra La Reforma política en Colombia, deja claro el propósito de su política económica consistente en impedir el desarrollo de una industria manufacturera generadora, mediante la acumulación producida por el libre cambio, de obreros industriales. Así dice textualmente: “Entre nosotros el libre cambio mercantil no es sino la con-versión del artesano en simple obrero proletario, en carne de cañón o en demagogo…” Para él, los artesanos constituían la clase media equilibrante de la sociedad, barrera infranqueable contra el surgimiento de la burguesía y la peligrosa clase obrera industriales, de cuyo azaroso desarrollo había sido testigo en Manchester, Inglaterra, siendo cónsul de Colombia. Era la defensa de la eco-nomía artesanal y terrateniente, del subdesarrollo y el atraso, de las estructuras feudales que sumí-an el país en el abandono y la autosubsistencia.

Núñez y Caro, uno proveniente del liberalismo radical y otro del conservatismo conven-tual, se apalancaron en la lucha contra el desorden, el caos y la violencia de las que acusaban al liberalismo radical, para liquidar las semillas del desarrollo capitalista, de la transformación de la producción artesanal en industrial, del desarrollo de las fuerzas productivas nacionales. Sin em-bargo, una fuerza económica que brotaba incontenible de las entrañas de la nación para esa espe-cie de acumulación originaria de capital, que se iría convirtiendo en una de las fuentes de la pri-mera industrialización, el café, era agobiada por impuestos y persecuciones de los jefes de la Re-generación. A pesar de ello, al iniciarse la guerra ya se exportaban 500.000 sacos casi todos a Es-tados Unidos, porque las fuerzas económicas se abrían camino por el medio de todos los obstácu-los. Contra esas medidas reaccionarias de impuestos a la exportación y vallas a la producción fue contra lo que se levantó Uribe Uribe inútilmente desde su escaño solitario del Congreso y en la Guerra de los Mil Días.

El proteccionismo de la Regeneración, su política fiscal, sus medidas monetarias, el mo-nopolio estatal de la banca, el régimen impositivo, la parálisis de las obras de infraestructura, en-contraron al país en una profunda crisis económica al momento de la guerra, cuando se iniciaba el forcejeo de Estados Unidos para conquistar a Panamá y quedarse con el canal. Cuarenta años atrás, la revolución de Tomás Cipriano de Mosquera que liquidó el régimen improductivo ecle-siástico de la tierra y abrió la puerta al libre cambio, dándole posibilidad a la acumulación libre de capital, encontró una barrera casi infranqueable en la política vacilante de los radicales y en la feroz oposición de la Iglesia y del Partido Conservador. En una unión de la religión y los terrate-nientes, sumado a la incapacidad de los liberales, la revolución democrática que había iniciado la independencia y que había continuado con las reformas económicas contra el régimen colonial, encontró su sepultura con la Regeneración de Núñez y Caro, obsesionados con el régimen del or-den y la ley, pero en contravía del desarrollo económico de la nación.

Fue un momento crucial de nuestra historia, en donde pudo más la impotencia, la desidia, el entreguismo y la incuria de los dirigentes que el futuro de la nación colombiana. Así llegamos a 1903 y a la pérdida de Panamá.

11 de mayo de 2003

Algunas obras de consulta: Rafael Núñez, La reforma política en Colombia; Joaquín Tamayo, La revolución de 1899; Luis Ospina Vásquez, Industria y protección en Colombia; Charles W. Berg-quist, Café y conflicto en Colombia, 1886-1910; Jorge Villegas, La guerra de los mil días; Maria-no Arango, Café e industria. 1850-1930; José Fernando Ocampo, Colombia siglo XX y Ensayos sobre historia de Colombia. .

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