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IV. Panamá en el centro de la lucha por la hegemonía mundial

Colombia perdió a Panamá en 1903. Pero el Istmo no se perdió de repente. Como sucede en ge-neral con los hechos históricos, obedeció a un proceso, en el que figuran actores, circunstancias y responsables, que hay que tener en cuenta para comprender esta tragedia nacional. Por lo menos tres potencias estuvieron tras el canal, Inglaterra, Francia y Estados Unidos. Panamá se constituyó en un punto estratégico de la lucha por la supremacía mundial, aún antes de que se avizoraran en el horizonte las escaramuzas de la guerra del 14.

Antecedentes turbulentos: La conformación del estado-nación que hoy se llama Colombia tuvo que franquear, como era más o menos previsible, vicisitudes sin cuento, una vez obtenida la inde-pendencia de España, tras los cuales se fueron conformando los límites nacionales. Aunque a me-diados del siglo XVIII Panamá fue adscrita al virreinato de la Nueva Granada y, por el principio americano de limitación de fronteras denominado uti possidetis juris, pertenecía a Colombia, en cuatro ocasiones—1830, 1840, 1857 y 1860—proclamó inútilmente la independencia antes de 1903. Ya desde 1846, gracias al tratado Mallarino-Bidlack, el gobierno colombiano aceptó colo-car en pie de igualdad a los ciudadanos estadounidenses y colombianos en el Istmo, decisión que tendría imprevisibles consecuencias; y en 1855 le entregó a Estados Unidos la concesión del fe-rrocarril que unía los dos océanos, el cual alcanzó a transportar setecientas mil personas por año.

Que aun antes de la guerra civil norteamericana, Ospina Rodríguez en 1854 hubiera pro-puesto la anexión de Colombia a Estados Unidos; que Pedro Alcántara Herrán le hubiera solicita-do a los norteamericanos que intervinieran para salvar el gobierno del ataque de Tomás Cipriano de Mosquera en 1860; que el gobierno de Colombia hubiera tenido que pagar una indemnización de más de cuatrocientos mil dólares por el llamado “incidente de la sandía” de 1856 porque unos panameños nativos habían matado quince estadounidenses en venganza del asesinato de uno de ellos; que Núñez les hubiera solicitado su auxilio para ganar la guerra contra los liberales en 1885; que en 1895 hubieran intervenido los marines en Panamá a favor del gobierno de la Regeneración; que el hijo del presidente Marroquín, en su nombre, se hubiera comprometido a entregar el Canal a cambio de ayuda para derrotar al general Herrera que ganaba la guerra en Panamá; que alguna relación hubieran tenido todos estos incidentes con el problema del Istmo, demuestran que Pana-má y las relaciones con Estados Unidos constituían un punto neurálgico de la política nacional. Pero nunca fue considerado así por los gobiernos de la época y mucho menos por los de la Rege-neración.

No puede olvidarse que para Estados Unidos Panamá fue siempre un lugar estratégico, primero como un paso de la costa este a la oeste, por ejemplo, para el comercio del oro provenien-te de California; segundo, como una sitio de comunicación obligada con el Pacífico, una vez conquistó Hawai y Filipinas; y, tercero, como un lugar privilegiado en la competencia por la su-premacía mundial, en la cual entraba en su calidad de nueva superpotencia.

Panamá y la Guerra de los Mil Días. En 1902—tercer año de la Guerra de los Mil Días—el gene-ral liberal Benjamín Herrera desembarcó con su ejército en Panamá proveniente de Tumaco con el ánimo de dar el golpe de gracia al gobierno Regenerador de Marroquín. Cuando tenía todas las condiciones para tomarse la ciudad de Panamá y el puerto de Colón y controlar así el Istmo, re-solvió capitular y firmar una paz en el barco norteamericano Wisconsin. Fue el final de la guerra. Ya se había rendido en el interior del país el otro jefe liberal, el general Uribe Uribe, y firmado la paz en su finca Neerlandia. Una de las razones que esgrimió Herrera para capitular fue el peligro de que Estados Unidos invadiera Panamá y se quedara con ella, no obstante contar con inmejora-bles condiciones de triunfo. Me he preguntado por años qué hubiera pasado si Herrera gana la guerra y cae el gobierno de Marroquín y salen del gobierno Reyes, Suárez, Concha, Abadía, Herrán, Martínez Silva, todos actores de primera línea en la pérdida de Panamá. ¿Hubiera cam-biado el destino de Colombia y el Canal se hubiera hecho en condiciones de soberanía nacional?

Uno no puede retrotraer la historia pero sí puede interrogarse sobre hipótesis objetivas en torno a los hechos. Si el Partido Liberal hubiera ganado la guerra, todos los personajes que entre-garon a Panamá sin disparar un solo tiro en su defensa, hubieran quedado por fuera de la escena. Si el régimen de la Regeneración hubiera sido derrotado, el destino de Panamá hubiera quedado en manos de quienes habían estado en contra en la década anterior de la política expansionista de Estados Unidos en el Caribe y en el Oriente. Si Herrera hubiera tomado las dos ciudades estraté-gicas del Istmo, Roosevelt no hubiera tenido las manos libres para maniobrar la independencia con una oligarquía panameña traidora. Entonces al gobierno estadounidense no le hubieran que-dado sino dos alternativas, negociar con el nuevo gobierno un nuevo canal, o invadir con los ma-rines para tomarse Panamá. Pero, fuera lo que fuera, Panamá no hubiera surgido a la historia co-mo producto de una lucha limpia de independencia nacional ni hubiera podido ser entregado su-ciamente el Canal a los norteamericanos como en efecto se hizo. Para la historia, no hubiera que-dado como un “robo” legal.

Por la supremacía mundial. Durante las tres últimas décadas del siglo XIX, Estados Unidos aspiró a quedarse con Panamá y construir el Canal por su cuenta; profirió amenazas contra Colombia; intervino en el Istmo amparado en el tratado Mallarino-Bidllack; a petición del gobierno de turno acudió en varias ocasiones a defenderlo en los conflictos internos; conspiró repetidamente para negociar con los panameños por separado. Ya en 1870 el embajador Hulburt le solicitaba a su go-bierno que se entendiera con Panamá sin contar con Colombia. El presidente Hayes defendía el derecho norteamericano de quedarse con el Canal en contra de los europeos. Y dos años antes de la pérdida de Panamá el presidente McKinley, antes de ser asesinado, manifestaba: “Nuestra polí-tica nacional exige, ahora más imperiosamente que nunca, que dicho canal sea dominado por nuestro gobierno”. Hasta teóricamente se sustentaba en Estados Unidos que Panamá era de “utili-dad universal” y que, por tanto, podía ser utilizada prescindiendo de Colombia. Un profesor Moo-re de Colombia University invocaba para entonces la teoría del right of way—derecho de tránsi-to—para tomarse el Istmo sin necesidad de tratado alguno.

Pero Panamá era codiciada por todas las potencias. Cuando Inglaterra dominaba hegemó-nicamente en el mundo, no sólo amenazó con su armada el Istmo, sino que reaccionó contra Esta-dos Unidos por haber firmado el tratado con Colombia de 1846, diferencias que fueron zanjadas mediante el tratado Clayton-Bulwer: ni Inglaterra se tomaría la costa de Mosquitos ni Estados Unidos se apoderaría de un canal por Panamá. Entonces entró Francia en escena al lograr que por la ley 28 de 1872 se aprobara el convenio Salgar-Bonaparte Wyse que le adjudicaba una conce-sión por 99 años de quinientas mil hectáreas baldías para construir un canal. Enseguida aparecería el famoso señor Lesseps, constructor del canal de Suez, con el que Colombia acordaría la cons-trucción del de Panamá. Inglaterra y Estados Unidos, entonces, se unieron para conspirar contra el acuerdo colombo-francés. Había ganado Francia. Pero estaba de por medio la doctrina Monroe contra la injerencia europea en América, en la que se había inspirado Estados Unidos para detener las aspiraciones de Inglaterra. La consigna de los diarios de Estados Unidos repetían a diario que “hay que detener a Lesseps,” mientras el presidente Hayes exigía el derecho de ejercer un protec-torado sobre el canal de los franceses.

Colombia se había mantenido fiel después de la independencia a la doctrina Monroe como un arma de defensa contra el colonialismo europeo. Haberle entregado uno de los sitios más estra-tégicos del mundo a Francia se constituía en una provocación inmensa contra los estadounidenses y la violación de un pacto implícito de todos los americanos contra la supremacía europea. La reacción de los presidentes Hayes y McKinley proclamando un pretendido derecho de su país so-bre Panamá y sobre la construcción del canal no era sino la consecuencia del ascenso de Estados Unidos al escenario de la lucha por la supremacía mundial. Colombia podría haber invocado en su favor que la guerra hispano-americana por Cuba significaba la corrupción de la doctrina Monroe y el inicio del imperialismo norteamericano, lo cual significaba la transmutación de la defensa de “América para los americanos” en “América para los estadounidenses”. Por supuesto era mucho pedirle a los anquilosados, miopes y cobardes dirigentes de la Regeneración que se dieran cuenta de la nueva situación mundial que ello implicaba. Uno podría decir que sólo Reyes era el visiona-rio cuando declaraba en la Conferencia Americana de México en 1901 que a los norteamericanos “no hay que temerlos como conquistadores ni como expoliadores. Ellos han plantado el estandar-te de la libertad y del progreso en Cuba, Puerto Rico y Filipinas: ellos son la humanidad selec-cionada.” Dos años después le taparían la boca con la conquista del Canal y Reyes no se inmuta-ría.

17 de junio de 2003

Bibliografía mínima: Eduardo Lemaitre, “1903: Panamá se separa de Colombia,” en Nueva histo-ria de Colombia, editorial Planeta; Alfonso López Michelsen, “La cuestión del Canal desde la se-cesión de Panamá hasta el tratado de Montería,” Ibid.; José Fernando Ocampo, Colombia siglo XX, editorial Tercer Mundo; Eduardo Lemaitre, Panamá y su separación de Colombia, Amazonas editores; Raimundo Rivas, Historia diplomática de Colombia (1810-1934), Imprenta Nacional.

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