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IX. La segunda traición

Soldados, hemos llevado al cabo por fin nuestra espléndida obra. Nuestro heroísmo es el asombro del mundo. Ayer no éramos más que esclavos de Colombia. Hoy somos li-bres…El Presidente Roosevelt merece bien de nosotros, pues ¿no están allí, como sabéis, los cruceros que nos defienden e impiden toda acción por parte de Colombia? Hombres libres de Panamá, yo os saludo. ¡Viva la nueva República! ¡Viva el Presidente Roosevelt! ¡Viva el Gobierno de los Estados Unidos!

Discurso de Amador Guerrero a las tropas del Batallón Colombia en el Cuartel de Chiriquí el 4 de noviembre de 1903.

Soldados, gracias a los esfuerzos del Sr. Amador y míos se ha obtenido que los Estados Unidos recompensasen vuestros afanes. El dinero que nos negó el Gobierno de Bogotá, hélo allí en la Tesorería…Tenemos dinero. Somos libres. Los cruceros que hay aquí disi-pan todo temor. Colombia puede pelear con los débiles, pero en presencia de los Estados Unidos se mete el rabo entre las piernas… No temáis. Somos libres. Colombia está muer-ta. ¡Viva Panamá independiente! ¡Viva el Dr. Amador! ¡Viva el Gobierno americano!

Proclama del general Huertas a sus soldados el 4 de noviembre de 1903 en la re-partición del dinero enviado por el cónsul norteamericano en Panamá.

…el Gobierno de Colombia manifiesta a los representantes de los Estados Unidos que al emprender el recobro de uno de sus Departamentos…en manera alguna impedirá, ni me-nos atacará, el tráfico interoceánico, ni las líneas férreas y las ciudades terminales; que los desembarques de sus fuerzas los hará lejos de la zona en que se halla la vía interoceá-nica que cumplirá estrictamente sus pactos con los Estados Unidos, y que se halla dis-puesto a todo acuerdo militar que asegure mejor la neutralización de la línea férrea y las ciudades de Colón y Panamá, mientras duren las operaciones bélicas entre colombianos.

Oficio enviado a los jefes navales norteamericanos del Mayflower y el Marble-head el 20 de noviembre de 1903 por Rafael Reyes, generalísimo de un ejército que nunca llegó a Panamá.

Traicionaron los intereses de Colombia quienes negociaron el Tratado Herrán-Hay por Colombia, quienes ordenaron firmarlo, quienes lo firmaron, quienes lo defendieron en el Congreso por en-cargo del Gobierno y quienes siguieron defendiéndolo. Esa fue la primera traición. Pero la segun-da traición estuvo a cargo de los militares que tenían que defender a Panamá y de la Comisión en-viada por el Gobierno a negociar la devolución del Istmo compuesta por tres presidentes: Rafael Reyes, Pedro Nel Ospina y Jorge Holguín, acompañados de Lucas Caballero.

El ejército colombiano, los buques colombianos y la policía colombiana no dispararon si-no seis proyectiles inofensivos que no alcanzaron a asustar a nadie para defender a Panamá el 3 de noviembre. “Así, pues”—comenta Lemaitre—“en Panamá, un pobre chino y un humilde burro, muertos; un gobernador ´autopreso´ y siete generales amarrados. Nada más y nada menos.” (pag. 495) Esa fue, como dice el traidor general Huertas, “la última exhalación del Ejército co-lombiano en el Istmo.” Es que el gobernador de Obaldía, para enmascarar su traición, fingía haber sido encarcelado en casa de sus amigos. El general Tobar, que había llegado el día anterior en su calidad de gobernador al mando del batallón Tiradores en el buque Cartagena, se había de-jado tomar prisionero con siete (¡!) generales más. El general Huertas, comandante del Batallón Colombia, acantonado en Panamá, se había vendido a los traidores por el precio del pago de sus soldados y de su sueldo y se había convertido en la defensa militar de la Junta Provisional de Go-bierno. Y un general de la República, oriundo de Manizales, ex-ministro de Marroquín, Pompilio Gutiérrez, que acababa de desembarcar de paso de Estados Unidos para Colombia, se había nega-do a tomar el mando de las fuerzas colombianas y apresar a los “revolucionarios”, porque él iba era a comprar ganado en Cuba. Los buques de guerra Cartagena y Bogotá, una vez liberados los generales inofensivos, soltaron las amarras y pusieron rumbo a Cartagena y Buenaventura, sin haber librado una sola batalla.

Sólo tres días después se enteraron en Bogotá de la declaración de independencia por un mensaje del embajador en Quito, porque el telégrafo con Panamá había dejado de funcionar. Cuando una comisión de notables presidida por el general Pedro Nel Ospina llegó al Palacio de San Carlos para tratar el gravísimo problema del Istmo, Marroquín lo recibió con el siguiente sa-ludo: “¡Oh, Pedro Nel! No hay mal que por bien no venga. Se nos separó Panamá, pero tengo el gusto de volverlo a ver por esta su casa.” La cancillería colombiana, en lugar de romper relacio-nes con Estados Unidos, como lo pedía la opinión pública, le hacía amenazas de guerra si no “de-volvía” el Istmo. Más todavía, Marroquín le solicitaba a Roosevelt—en un acto de ingenuidad o estupidez—que enviara tropas norteamericanas a restablecer la soberanía de Colombia. A todas estas, habían arribado a las costas panameñas once unidades de guerra de Estados Unidos para unirse al Nashville en defensa de los nuevos “arrendatarios”.

En el palacio de San Carlos había aparecido la línea dura de la traición, Enrique Cortés—el mismo que negociaría en el gobierno de Reyes el Tratado Cortés-Rooth—que apenas diez días después del despojo ya pensaba que lo único que había que hacer era “reconocer la independen-cia”. Le protestaba a Marroquín por estar intentando conformar un ejército para ir a la reconquista de Panamá: “¿Cómo y con qué vamos a mover fuerzas hacia Panamá? ¿Cómo esperamos desem-barcar en el Istmo, si es que está protegido por la armada americana? ¿Es sensato y cuerdo co-rrer un desastre inevitable? Podríamos llevar al sacrificio unos millares de compatriotas. Estéril hecatombe…porque no contaríamos con la simpatía universal que sacrificó el heroísmo de los Boers. ¿Por qué? Porque el mundo diría que la codicia nos llevó a impedir una obra que la civi-lización demandaba y cuyo porta-estandarte es el Pueblo Americano.” (subrayado mío)

Pero nadie traicionó más a Colombia que Rafael Reyes. Amigote de Cromwell; hombre de confianza de Marroquín; confidente de Buneau-Varilla; general de la República de inmensa repu-tación en las guerras del 85, el 95 y los Mil Días; partidario decidido del Tratado Herrán-Hay; generalísimo de la expedición militar para la reconquista; cabeza de la diplomacia colombiana ante los traidores y los imperialistas en pos de la devolución de Panamá; firme candidato a la pre-sidencia de la República, Reyes actuaba más como un agente de los gringos que como un defensor de los intereses de Colombia. Por algo, debido a su trayectoria de vínculos con los estadouniden-ses y a sus actuaciones a favor de su política, le tenían el apodo del “yanqui criollo”. Había carac-terizado a los norteamericanos como “la humanidad seleccionada”, en su discurso como delegado de Colombia a la Conferencia de 1901 en México.

A él fue quien escogió Marroquín para armar un ejército y llevar una expedición liberado-ra a Panamá. Lo acompañaron dos generales, Pedro Nel Ospina y Lucas Caballero, y un ex-presidente, Jorge Holguín. Cuando llegaron a Barranquilla procedentes de Bogotá ya Reyes le había cambiado el carácter a su expedición que había podido llegar a cien mil voluntarios, en una misión diplomática. Convertidos de jefes del más grande ejército que jamás se hubiera formado en Colombia, en plenipotenciarios, se les permitió desembarcar en Colón, contra la voluntad del jefe efectivo de Panamá el Sr. Buneau-Varilla, gracias a instrucciones del Secretario de Estado, Hay; fueron humillados por el comandante del Nashville; no los quiso recibir la Junta Provisional de Gobierno para negociar la devolución del Istmo; y quedaron puestos de patitas en un buque rumbo a Washington y Nueva York. Se habían decidido a ir a ver los verdaderos amos de Panamá.

Siempre fue el criterio de Reyes que los norteamericanos construyeran el Canal a cual-quier precio, sin condiciones de soberanía y con unos buenos dólares o hasta entregarlo finalmen-te aún sin dinero alguno. Por eso defendió el Tratado Herrán-Hay y así mismo rechazó la deci-sión del Congreso de Colombia de no aprobarlo. Los jefes de la traición en Panamá, Arango, Gue-rrero y de Obaldía, pensaron en un momento que Reyes, si era elegido presidente, podría ser ga-rantía para la aprobación del Tratado en el Congreso, a pesar de que, como le respondieron los senadores Caro, Pérez y Soto y compañía “no son votos comprables, ni con el oro ni con em-pleo.” Al llegar a Washington y tropezarse con los hechos cumplidos por Roosevelt de haber firmado el Tratado Hay-Buneau-Varilla con Panamá, Reyes desintegró la comisión que había ido a liberarla. Como generalísimo de las tropas colombianas organizadas para recuperar el Istmo, había renunciado a todo esfuerzo de enfrentamiento con Estados Unidos: “Gobierno americano”, le dice a Marroquín en mensaje cablegráfico, “garantiza independencia Panamá. Toda acción hostil de Colombia agravaría la situación. Intentaré una nueva negociación para dejar a salvo derechos de Colombia.” Pero lo que decidieron Holguín y Reyes fue partir rumbo a París con la idea de que allá, lejos del escenario, podrían de pronto defender a Colombia. Así se lo notificaba Reyes al presidente: “Hay que evitar todo conflicto con americanos. En virtud de arreglos con su abogado, Holguín saldrá hoy para París. Envíenles las credenciales solicitadas.” Como ha sido reiterativo en esta historia, los tres presidentes de Colombia—Holguín, Reyes y Ospina—terminaron claudicando. Las tropas de Reyes se quedaron esperando en Titumate, una olvidada aldea del Golfo de Urabá, las órdenes del generalísimo para marchar sobre Panamá.

La comisión Reyes-Holguín-Ospina-Caballero dejó una herencia para la posteridad, un famoso Memorial de Agravios que le fue enviado a Roosevelt. Con argumentos de una solidez irrefutable, los tres presidentes de Colombia defendían en él los derechos de la nación sobre Pa-namá. Así pensaron que se lavarían las manos para la historia. Hasta ahí llegó su misión. A dos de ellos—Reyes y Ospina—los elegirían después para regir los destinos de la Patria. El otro volvería a llegar a la primera magistratura del país como presidente designado tal como lo había hecho en dos ocasiones anteriores. A Reyes, el pueblo lo castigaría repudiándolo nueve años después. A Ospina y Holguín el destino les perdonó la traición, pero espero que la historia no lo siga hacien-do como hasta ahora. Pero el pueblo colombiano se rebelaría por doquier contra semejante felonía histórica. Ese es otro capítulo.

Bibliografía mínima: Oscar Terán, Panamá, del tratado Herrán-Hay al tratado Hay-Bunau-Varilla. Historia crítica del atraco yanqui, mal llamado en Colombia pérdida de Panamá y en Panamá nuestra independencia de Colombia; Eduardo Lemaitre, Panamá y su separación de Co-lombia.

3 de septiembre de 2003

POLO DEMOCRATICO ALTERNATIVO
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