Debo también, oh creyentes, denunciar la estulticia, el abuso y el mito de las vacas sagradas que ambulan, torpes y lentas, por estas escalinatas. El sueño de las escalinatas. ¡Era pavorosa su marcha de la nada a la nada!. El gran Burundún - Burundá ha muerto. El mundo entero hedía. Un mundo manido, muerto... Su Excelencia sollozaba bajo la hedentina. La metamorfosis de su Excelencia.
La unión de las letras y la política ha sido una tradición colombiana bien arraigada. Jorge Zalamea no es una excepción. Sin embargo, a diferencia de muchos escritores colombianos comprometidos en la política, su obra misma posee un carácter de critica social inconfundible que no perdona a los poderosos, ni a los dirigentes, ni a los gobernantes ni a los consagrados. Pero como le sucediera a varios panfletarios irreverentes de nuestras letras, su actuación histórica lo sacó del establecimiento político, lo desterró de los textos de literatura y lo exiló de la historia convencional. Zalamea posee el aire de ser uno de ellos pero con un estilo más sofisticado, al que le tocó vivir, no en la era del parroquialismo feudal que tanto atacara Vargas Vila, sino en el momento en que una nueva etapa de la humanidad, la del socialismo, irrumpía en el mundo, transtornándolo todo. Y como escritor y como hombre, se comprometió con el futuro de la humanidad. Su compromiso nunca fue del gusto de los dominantes y de sus turiferarios.
Su obra literaria no es muy extensa. Escribió varias obras de teatro, entre las que pueden mencionarse El rapto de las sabinas y El hostal de Belén, publicadas entre 1941 y 1945 y traducidas a varios idiomas. Publicó numerosos trabajos de crítica literaria y artística tanto en revistas como en ensayos. En su tiempo se hicieron célebres La vida maravillosa de los libros de 1941 y La poesía ignorada y olvidada de 1965, este último ensayo galardonado con el Premio Casa de las Américas. En parte por su vocación literaria y en parte para su propio sustento se convierte en un traductor importante. Por su pluma pasan Merejhkovski, Sartre, Eliot, Valery, Faulkner, Rousseau y, sobre todo, Saint-John Perse, uno de los poetas más grandes del siglo XX. Dos ensayos sociológicos de extraordinario valor, escritos en 1936 y en 1938, desgraciadamente hoy olvidados, El Departamento de Nariño: esquema para una interpretación sociológica y la industria nacional, mostraron en aquella época la percepción sociopolítica de Zalamea que lo llevaría a los grandes compromisos de su vida. Sus viajes lo trasladaron al mundo y nos dejó ensayos políticos del calibre de Reunión en Pekín sobre la Conferencia de Paz celebrada allí a tres años escasos de la Gran Revolución China o Los antecedentes históricos de la Revolución Cubana en defensa de aquel’ movimiento antiimperialista, cuando muchos de sus hoy defensores la descalificaban, a Las aguas vivas del Vietnam en favor de la revolución vietnamita en momentos en que todos defendían a los franceses o a los norteamericanos.
Lo que en su tiempo hizo famoso a Zalamea y lo convirtió en un panfletario contemporáneo de estilo aristocrático, refinado e impresionantemente rico, fueron sus tres obras de sátira política y poesía social titulada La metamorfosis de su Excelencia contra Ospina Pérez, El Gran Burundún-Burundá ha muerto contra Laureano Gómez y su famosísimo poema El sueño de las escalinatas sobre el desastre social de Colombia. Este último hizo época. Grabado en disco, rompió todos los éxitos bailables de la Navidad en 1963, superado solamente por la famosa cumbia «la pollera colora». Su lenguaje violento, irreverente, inverecundo, destrozaba mitos políticos, ideologías enraizadas, imágenes estereotipadas y carreras impolutas. Reeditadas hoy, estas obras mantendrían su valor histórico y se convertirían en reflejo redivivo de la descomposición política y social colombianos roturados por el cincel implacable de Zalamea.
En la década del treinta se comprometió con el Partido Liberal y, como la mayoría de los intelectuales progresistas de entonces, vivieron asombrados por el hipnotismo político de López Pumarejo. Tuvo que llegar la corrupción de su segundo gobierno y la traición liberal del 9 de abril, para que Zalamea se desilusionara de aquel partido. Fue secretario general del Ministerio de Educación en 1936, secretario general de la Presidencia de la República en 1937 y 1938, embajador de Colombia en México desde 1942, miembro de la delegación colombiana ante las Naciones Unidas en 1946. Su último puesto oficial fue la embajada de Italia, en la que se encontraba a la caída del Partido Liberal. Por eso, el 9 de abril de 1948 se encontraba en Bogotá. Ni su vida ni su obra serían lo mismo después del asesinato de Gaitán y del levantamiento popular de aquella fecha.
Jorge Zalamea y otros gaitanistas se apoderaron, entonces, de la Radiodifusora Nacional, se hicieron fuertes en ella, se dieron a la tarea de dirigir las masas contra aquellos a quienes sindicaban del asesinato de Gaitán y constituyeron una Junta Provisional de Gobierno Revolucionario. Posiblemente Zalamea vislumbró lo que hoy analizamos como el momento insurreccional más trascendental de la historia colombiana en el siglo XX. Por eso no perdonó la actuación de los jefes liberales que corrieron a Palacio y negociaron con Ospina. Por eso, abandonó el Partido Liberal, renunció a una participación política con los dominadores, se comprometió con la critica acerva al régimen social y político colombiano. De esta experiencia histórico excepcional, vivida por él con toda la intensidad de tos revolucionarios, no importa que hubiera fracasado por la falta de un movimiento capaz de dirigirla, con que no contaba el escritor e intelectual, salieron sus grandes diatribas contra el sistema imperante en Colombia. La furia de aquella lucha y el estallido de aquella derrota parecen estar resonando en tos oídos de sus lectores cuando clama en las escalinatas contra las «vacas sagradas»:
«Aquella vaca que estorba nuestra audiencia sobre las escalinatas, ¿no responde, acaso, al nombre de Democracia? Y esa otra que atrapa con sus vellosos belfos y roe con sus dientes cuadrados la túnica del demente, ¿no la bautizaron Libertad? ¿Y no pisotea al inválido y al niño la vaca cegatona que acude cuando la llaman Caridad? ¿Y no da testarudos testarazos en el hombro del hombre la vaquilla denominada Igualdad? ¡Todo un rebaño de vacuas ideologías babeando sobre vosotros! ¡Toda una manada de mentirosos conceptos vertiendo su estiércol chirle entre vosotros! ¡Toda una mugiente impedimenta retrasando vuestra marcha hacia el pan de cada día! ¡No más rumiantes! ¡No más falsarios de la razón! ¡Sólo hombres! ¡Sólo nuestra condición, hasta ahora contradicha!».
Gritaba desde Buenos Aires contra lo que pasaba en el país. Lo habían obligado a exilarse, después de que le cerraran su revista Crítica por haber publicado La metamorfosis de su Excelencia. De ahí en adelante pasaría más tiempo fuera de Colombia que dentro de sus fronteras. Estuvo en China y dejó un testimonio directo sobre el momento que vivía la revolución recién estrenada:
«La rapidez de la transformación y la clarividencia, sinceridad y severidad con que se ejerce en la China actual la autocrítica y la «lucha» popular contra el delito, implican la preexistencia de cualidades morales, de facultades de discernimiento e inclusive de costumbres seculares que sobrevivían el alma popular bajo todas las deformaciones impuestas por la opresión y la miseria, y que reaparecen en incontenible y espléndida floración en cuanto obtiene el arduo derecho de gobernarse a si misma... Sin la dirección intelectual del presidente Mao Tsetung y sin la obra de los comisarios políticos del partido, ese tesoro moral pudo continuar sumergido quién sabe cuántos años más bajo la basura, bajo la costra de mugre que, como sobre las ciudades y las aldeas chinas, habían acumulado el feudalismo interno y el imperialismo extranjero, sobre el alma clara, sincera, generosa, alegre y recia de un pueblo que puede y debe ser para el mundo ejemplo vivo y esperanza inmediata».
De Vietnam trajo el mensaje de la lucha heroica de ese pueblo que derrotaría al imperio más grande de la tierra. Estuvo allí en el momento en que empezaba a cambiar la situación del pueblo vietnamita, vino y defendió su guerra de liberación y tradujo poemas de sus poetas, henchidos de amor por su patria. Así tradujo el canto de Ca Le Hien:
«¡Qué bellos eran mis cocoteros allá lejos, con sus morenas raíces henchidas como venas! Pasado el aguacero, el sendero quedaba limpio y la tierra humeaba, generosa... Este cuadro familiar renueva mi nostalgia. Escucho en la noche la lluvia pertinaz, escucho el eco sordo de un trueno lejano, y mi corazón sangra por ti, oh país mío, del que estoy tanto tiempo desgarrado... ¡Ah, ese trueno lejano! ¿Por qué se ha desatado bruscamente?».
Después del 9 de abril Zalamea cambia de política, cambia de literatura, cambia de crítica literaria, cambia de sistema, cambia de estilo, cambia de género literario, cambia de poesía y se integra al mundo, no al del imperialismo y la guerra, sino al de la liberación nacional y de la paz. En 1968 recibe el premio Lenin de la Paz, pero se rebela contra la Unión Soviética por la invasión a Checoeslovaquia. El 10 de mayo de 1969 muere en Bogotá. Acababa de publicar en la Revista Casa de las Américas un fragmento de su obra póstuma aún no editada y titulada Cantata del Che. Intelectual, poeta, ensayista, iconoclasta, panfletario, político, revolucionario y hombre de principios, nunca sometido y jamás entregado a los poderosos, ese fue Jorge Zalamea.
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