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LA CONSTITUCIÓN DE 1991 (III): LOS PROTAGONISTAS

Por José Fernando Ocampo T, julio 30 de 2001

Tres tipos de protagonistas actuaron en la elaboración y lanzamiento de la Constitución de 1991: los inspiradores, los directores de orquesta y los constituyentes. La inspiraron Barco y Gaviria; la dirigieron Horacio Serpa, Antonio Navarro y Alvaro Gómez; y la elaboraron los constituyentes elegidos después del golpe de Estado. De los principales protagonistas sólo faltan hoy Barco y Gómez. Los demás están vivos. Serpa y Ramírez Ocampo aspiran a la presidencia. Otros están en gobernaciones, alcaldías y se aprestan a participar en el nuevo Congreso. Los principales órganos de comunicación del país como Semana, El Tiempo y El Espectador han publicado profusamente encuestas, entrevistas y artículos a propósito de los diez años de esta Carta. Mientras el país la repudia en las encuestas, los protagonistas reafirman su acierto sin dar señal alguna de arrepentimiento. Con muy pocas excepciones argumentan ex post facto que la Constitución no tiene velas en la crisis más profunda de la reciente historia de la Nación porque no la han producido las normas sino los hechos.

Revisando cuanto se ha publicado en esta conmemoración, solamente López—por supuesto, ninguno de los constituyentes—relaciona la Constitución con la apertura económica. Dice López: “Fue, entonces,” (se refiere al foro liberal de Paipa de 1991) “cuando quien estas líneas escribe le llamó la atención al auditorio sobre la coincidencia entre la apertura económica, que también se señalaba como una panacea por aquellos años, y la Constitución del 91. De lo que se va a tratar en los próximos diez años es sobre el nuevo modelo económico y algo, periódicamente, acerca de la Constitución.” (El Tiempo, 4 de julio de 2001) Así mismo, sólo hay dos referencias al golpe de Estado que le dio origen, la del exfiscal Alfonso Gómez Méndez en declaraciones a El Tiempo el día de su retiro, quien ocupaba el cargo de Procurador General y se opuso a la utilización del Estado de Sitio para convocar la Asamblea Constituyente; y Rudolph Hommes, ministro de Hacienda de Gaviria, quien manifiesta explícitamente que fue un gran paso en este proceso de cambio “tumbar la Constitución de 1886, inventar la séptima papeleta y que la Corte Suprema se hubiera atrevido a dar un golpe de Estado” (Semana, junio 25 a 2 de julio de 2001)

Serpa y Navarro constituyen un caso aparte. El redivivo candidato liberal a la Presidencia de la República recuerda la ilusión que creó la Asamblea Constituyente al hacerle creer al país que resolvería por arte de magia los males estructurales de la Nación. Acepta que esos males se han profundizado, que el ánimo de la gente ha empeorado, que el conflicto armado es cada vez más grave y que si se hubiera involucrado en ella a las FARC y al Eln, habríamos encontrado la paz. Entonces, para salvar a Colombia propone una nueva Asamblea Nacional Constituyente. “Su mandato,” dice, “tiene que ir, por supuesto, más allá de una reforma política y abordar las reformas estructurales acordadas en la Mesa de Diálogo y aquellas que el país reclama y el pueblo echa de menos.” (El Tiempo, 4 de julio de 2001) Y se lava las manos ante el fracaso de la obra que dirigió: “Una década no es nada para medir el impacto de una Constitución Política, pero sí demasiado tiempo para un país hastiado de la guerra.” Hoy la diferencia es que las reformas constitucionales no crean ilusiones ni de paz ni de mejora de la economía. ¿Cómo creerle de nuevo a Serpa en estas condiciones de que otra Constitución arregla los males de la Nación?

Navarro estaba derrotado militarmente y se encontró la Constituyente para salir del atolladero, llegar al Ministerio de Salud en el gobierno neoliberal de Gaviria e iniciar una trayectoria política condescendiente con todas las medidas que han conducido el país al abismo. Sus respuestas a las entrevistas no hacen sino reafirmar su oportunismo para acomodarse a la oligarquía gobernante propiciando fórmulas que solamente enmascaran el juego y las intenciones de quienes movieron los hilos de la tragedia. Por eso se atreve a decir: “Se dice que la Constitución es neoliberal. Todo lo contrario. El marco constitucional es, eso sí, suficientemente flexible para permitir diversas concepciones de modelo económico...Los neoliberales han sido los presidentes Gaviria, Samper y Pastrana y los congresos, no la Constitución.” (El Tiempo, 4 de julio de 2001) Y en Semana añadió: “Esta Constitución se hizo para que se puedan implantar diferentes modelos económicos, eso depende de los gobiernos.” Pero esos gobiernos neoliberales, de uno de los cuales fue ministro, no hubieran tenido las manos libres para implantar la apertura económica sin la libertad y las normas que les dio la Constitución del 91.

Dramático resulta no solamente el cinismo de quienes estuvieron al mando de la Asamblea Nacional Constituyente, sino el arrepentimiento de personajes de la vida nacional desilusionados por el fracaso de la Constitución del 91. ¡Cómo se lamenta Juan Lozano en su columna de El Tiempo!: “Hago parte, lo confieso, de la logia de idiota útiles y de ingenuos soñadores que hace 10 años celebró con banderín tricolor en mano el advenimiento de la nueva Constitución...En grandes cartelones, el futuro nos daba la bienvenida y sentíamos que se iniciaba un camino irreversible de cambio en pos de la reconstrucción nacional...Terminamos convalidando un modelo político perverso, que tiene a Colombia sumida en esta compleja crisis”. (2 de julio de 2001) O como se queja Abdón Espinosa: “La peregrinación por el desierto hacia la Tierra Prometida y el sofisma de distracción de la utopía distante daban trazas de ser la fórmula preferida”. (3 de julio de 2001)

En las entrevistas hechas por El Tiempo a los constituyentes, todos se muestran orgullosos de lo que hicieron. El único que votó en contra de todo el articulado fue Alberto Zalamea, “porque siempre creí que la Constitución Nacional sólo serviría para agravar los problemas del país.”(7 de julio de 2001) Pero lo que asombra en medio del cinismo generalizado de Serpa, Navarro y los constituyentes es la inconsciencia en torno a la vinculación de los problemas actuales de Colombia con la obra que fabricaron. Sin embargo, el principal responsable de este desastre histórico fue Gaviria, montado en la presidencia por accidente y ahora escondido en las lides de organismos internacionales, modelo de los “yo no fui” y escondiendo la mano por su responsabilidad: “A ninguna Constitución se le puede pedir que haga la paz, sino que deje las bases para alcanzarla”, ( El Espectador, 5 de julio de 2001), fue lo que le dijo a los exconstituyentes en su conferencia de conmemoración.

Esto es un fragmento de la historia nacional. Gómez Méndez le decía a El Tiempo en la entrevista de su salida de la fiscalía: “reconstruyamos la Nación a partir de nuestra historia”. La Constitución del 91 se maniobró, se fabricó y se puso en práctica al margen de la historia nacional, acomodados a las estrategias diseñadas para el país y para América Latina por los intereses de Estados Unidos en su política imperialista de succionar estas economías para resolver problemas estructurales de tasas de ganancia decrecientes y superproducción. Le ha sucedido a este continente en repetidas ocasiones en más de cien años, desde el robo de Panamá y la misión Kemmerer. Con el espejismo de la dolarización hundieron a Argentina, están hundiendo a Ecuador y se aprestan a hacerlo con los demás países. Los protagonistas de esta tragedia no solamente eluden su responsabilidad histórica, sino que aspiran a seguir dirigiendo a Colombia. ¿No precipitará a nuevos abismos otra Constituyente en medio de esta crisis abismal que nos agobia y con los presagios que se anuncian en medio de la confusión generalizada?

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