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La Petromorfosis de Peñalosa

Aurelio Suárez Montoya, El Espectador, Bogotá, octubre 4 de 2016

Las coincidencias de Enrique Peñalosa con Gustavo Petro van más allá de que el alcalde hubiera trinado el 29 de abril de 2013 “Hacer cable en Ciudad Bolívar… no es la inversión que necesitan esos sectores”, pero que en julio de 2016 proclamara: “Hoy recorrimos ruta del cable que haremos en Ciudad Bolívar”. O que en noviembre de 2012 reclamara: “¿Por qué no hacer una consulta para ver si los bogotanos quieren toros?”, pero que el 9 de septiembre 2016, montado en el animalismo, diera el salto del mico y dijera que hará “lo que esté a su alcance” para erradicar las corridas.

Ese “así como digo una cosa, digo otra”, a lo Chapulín, no se limita a los casos citados. En otras áreas, la Petromorfosis de Peñalosa es más marcada de lo que aparenta, así muchos no se percaten. Empecemos por el caos en el Sistema Distrital de Salud: el hacinamiento, la dificultad para el acceso real, la falta de medicamentos e insumos es la fase superior de la “reorganización” de 14 hospitales, desarrollada entre 2013 y 2015, bajo la tutela del Ministerio de Hacienda y que produjo el cierre de 1.500 servicios. La fusión presente en cuatro subredes y la clausura de la atención en varios CAMI es el paso subsiguiente de la “Reorganización y Modernización de Redes de Prestación de Servicios de Salud”, mamotreto de 1.700 páginas proyectado en tiempos de Petro y presentado por la actual administración al Ministerio de Salud y al Concejo en marzo de 2016, como sustento para su ilegítima aprobación a las volandas.

Ahora bien, pese al trastorno del proyecto del metro, convertido de nuevo en render y en anuncio de trazado tal como en 1942, las propuestas de Peñalosa en movilidad van de la mano con las de Petro. En primer lugar, la anunciada prórroga del contrato de concesión de la fase I de Transmilenio, con la cual Petro –también alegando falta de tiempo para licitar– prolongó la vida útil de los articulados rojos de 850.000 kilómetros a más de un millón, y que según estudio de Valora Finanzas, produjo sobrecostos hasta del 29 % en la tarifa técnica. Ahora Peñalosa, aunque en 2016 se varen al mes 350 buses, se rompan como si fueran desechables y a otros se les caiga el techo, les alargará la vida a 1,5 millones de kilómetros, justificado, como Petro, en una dudosa repotenciación de los motores.

Así mismo, Peñalosa hará realidad los “cobros por congestión” para acorralar al carro particular. Es una genialidad petrista, propuesta fallidamente al Concejo de entonces en tres ocasiones y cuya ineficacia ha sido demostrada por estudios de la Universidad de los Andes, pues no se sabe qué sería peor en las condiciones actuales: que los usuarios insistan en usar su carro, pagando un peaje que no podría ser muy alto, o que todos se fueran para el servicio público, colapsándolo. Factor común de esta iniciativa petro-peñalosista es la afectación a las clases medias ya que,como lo estima la encuesta de Movilidad de 2011, el 75 % de los viajes diarios en vehículos particulares los hacen hogares de estratos 2, 3 y 4.

Ahí no paran las convergencias entre Petro y Peñalosa. Otra notable es la alianza público-privada, APP, del coliseo El Campín, por $70.000 millones, del IDRD con la unión colombo-chilena Colombiana de Escenarios. Con diseño de la firma Contexto Urbano –del vigente secretario de Planeación–, el plan se presentó en 2012 y se adjudicó, como último acto de gobierno de Petro, el 29 de diciembre de 2015. El proyecto contempló con cargo al privado la rehabilitación del coliseo y, entre otros, suites para 300 personas y parqueaderos para 330 carros, sujetos a la norma urbanística. En contraprestación, el consorcio tendrá derecho al usufructo del escenario durante 25 años, mientras que el Distrito solo podría usarlo apenas doce días cada año. Peñalosa lo puso en marcha con más lucro aún, despojando a la Orquesta Filarmónica de su futura sede, que cambalacheó, mediante un otrosí, por cuatro canchas sintéticas y parque de monopatín, gimnasio, zona de juegos para niños, plazoleta para exposiciones y pista para bicicleta que solicitó hacer el consorcio. Petro sentó el negocio y Peñalosa lo potenció.

En el plano político también hay concordancias, la más visible, la de su socio común en Bosa, el concejal Venus Albeiro Silva. Venus defendió a Petro a capa y espada, incluidos los proyectos con valorización, y a Peñalosa, por agilizarle la presentación del Plan de Desarrollo, le sacó avenidas sin ese gravamen, recibiendo a cambio, de uno y otro, reputar dicha localidad como coto de caza.

Y en cuanto a la educación, Peñalosa amplía los colegios en concesión sobre la base de 22 que dejó Petro, incumpliendo promesas electorales a la comunidad educativa, para subirla a 15 más y, cada cual a su manera, bien bajo el remoquete de “jornada 40 x 40” o bien bajo el de “jornada completa”, hacen burla de la jornada única con alimentación deficiente, hacinamiento escolar, asignaturas desenganchadas de los currículos y docentes tercerizados.

En lo que Peñalosa supera a Petro es en los contratos a dedo. Según balance de la Contraloría Distrital, entre 2012 y 2015 este tipo de contratación copó el 96 % del total y en el primer semestre del 2016 subió al 97 %. A estas alturas, no pocos ciudadanos de buena fe todavía no quieren ver tan palpables realidades, pero lo evidente es que la charlatanería sigue campeando en el Palacio Liévano. Solo que acuñada con otro apellido.

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