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La arremetida estadounidense contra el arroz

Carlos Tobar, Neiva, octubre 13 de 2015

No se había lanzado aún el lánguido plan ‘Colombia Siembra’ del gobierno de Santos con el que se propone la meta de un millón de hectáreas adicionales de producción agrícola, cuando el vicepresidente de promoción de UsaRice, Jim Guinn, resaltaba la historia de éxito que significa para los arroceros norteamericanos el TLC Estados Unidos-Colombia. Tenía de qué ufanarse: según el Departamento de Comercio de los EE.UU. a julio de este año el valor de las exportaciones al país suramericano sumaban 132 millones de dólares, más del doble de las ventas de 2014 por valor de 62 millones de dólares; un incremento que significa que la cuota libre de arancel de casi 90.000 toneladas se había cumplido en el primer cuatrimestre del año, con ventas adicionales –pagando arancel pleno del 80%–cercanas a las 100.000 toneladas y con la meta de alcanzar ventas por 285.000 toneladas del cereal, al finalizar el año.

No es para menos la satisfacción que embarga a Guinn. En solo este año han superado con creces la cuota libre de arancel y por el diferencial de costos de producción entre los dos países están invadiendo el mercado nacional –“unos 20 millones de dólares, de las ventas, corresponden a arroz con cáscara, el resto está compuesto por arroz blanco y variedades enriquecidas, que tienen mucho mejor precio en los mercados externos”–. Para lograr esos resultados han recurrido a la gestión directa de mercadeo en sectores como la hotelería asociados con exportadores de pollo y aceites vegetales “que igualmente están capitalizando de la mejor manera las oportunidades que les ofrece el mercado colombiano.”

Mientras esta es la realidad del mercado arrocero nacional, los parásitos de Fedearroz –que se lucran de las importaciones de arroz norteamericano– en connivencia con el Ministerio de Agricultura, tratan de embaucar cultivadores ingenuos que se crean afirmaciones fantasiosas como que “estamos produciendo al mismo costo de los gringos”.

Adicionalmente, se usan instituciones gubernamentales como la Superintendencia de Industria y Comercio, que con la disculpa de defender la libre competencia, persigue con multas confiscatorias actores importantes de la industria para debilitarla y así, facilitar el acceso de la producción extranjera.

Esta triste historia del arroz, será la misma que en pocos meses estaré narrando de la industria azucarera colombiana. El libreto es el mismo: en aras de promover el libre comercio –que no es otra cosa que la libertad de los monopolios y de productores de los países más poderosos de entrar a saco en el mercado interno–, se disminuyen los aranceles que protegen las débiles industrias nacionales, mientras con argucias legales sancionan, persiguen y debilitan a los productores internos. Resultado: se sacrifican empleos y fuentes de acumulación de capital nacional; es decir, se renuncia al desarrollo autónomo y soberano de la nación colombiana.

El corolario pongámoslo en boca de un interesado directo en el negocio del arroz: “Marvin Lehrer, un agente promotor de las ventas del grano, dijo recientemente a un grupo de agricultores reunidos en Arkansas que el caso de Colombia es una historia de éxito rotundo, y un ejemplo de cómo los acuerdos comerciales pueden abrir nuevos y vibrantes mercados.”

POLO DEMOCRATICO ALTERNATIVO
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