La modernidad puede ser entendida desde la perspectiva sociológica como el momento en el que la razón se implanta como norma trascendental o eje conductual de una sociedad o acogiéndonos al concepto kantiano de la ilustración, es el momento en el que el individuo haciendo uso de su mayoría de edad, ejerce la razón de manera autónoma y se sirve de su propio entendimiento sin la dependencia de guías o direccionamientos externos.
Podemos hablar también de modernidad cuando hacemos alusión al momento histórico en Europa situado entre los siglos XVI y XVIII aproximadamente, en el que las relaciones de producción se han transformado de tal manera, que han servido como detonante para originar un orden económico, social, religioso y político radicalmente diferente al anterior caracterizado por un modo de producción feudal, un rol imprescindible de la religión como guía del devenir de las sociedades y un poder centralizado en el poder de los monarcas como voceros terrenales de la palabra de Dios. La Europa de aquel tiempo presenciará y hará parte del surgimiento desde el seno mismo del feudalismo, de una nueva sociedad y un nuevo sistema económico y de valores. La modernidad traerá consigo el capitalismo y el papel de América en la consolidación de este sistema será considerable.
Desde el descubrimiento de América en 1492, el rol de los países latinoamericanos, incluida lo que hoy llamamos Colombia por supuesto, en la economía europea y sobre todo española, ha sido prominente. Colombia como colonia española por casi tres siglos, hasta su independencia del yugo directo y opresivo de la corona, habrá adaptado muchas de las maneras de la mentalidad hispánica, y parte del incipiente desarrollo, pero sobre todo tomara para si también el rezagamiento en el que se encontró España durante tanto tiempo, teniendo en cuenta el entorno europeo en las diferentes épocas.
La historia de Colombia desde entonces ha sido la historia de las malas réplicas y de la reproducción rustica y mecánica de modelos políticos y sociales que en otros contextos y en otras latitudes han funcionado, pero que en el intento de aplicación en nuestro país y nuestra realidad, por su propia naturaleza disímil y alejada del espíritu de nuestro tiempo, solo han generado desconcierto y confusión. El papel de la educación legada por los colonizadores españoles y una mentalidad hispánica a la cual hace alusión el filosofo Rubén Jaramillo Vélez, que fue “adalid de la contrarreforma” proviniendo de un país “abanderado de la reacción europea”, ha dejado serios y profundos vacios en la búsqueda real del conocimiento debido principalmente al papel obstinado que jugó la iglesia durante mucho tiempo, siendo dueña de un afán desmedido por asfixiar cualquier esbozo de pensamiento crítico y poseedora de una premura apremiante por transmitir de manera sistemática los dogmas de fe que garantizasen el seguimiento ciego de su doctrina, la única posible. De allí que en el texto se infiera que la relación misma entre sociedad y universidad en nuestro territorio se deba construir casi desde cero, que se haga necesario entonces esclarecer las diferencias agudas entre el conocimiento científico y la instrucción religiosa. Sin acentuar y recalcar que el papel preponderante que la religión le da a la pasión y a la fe como los cimientos de su construcción conceptual del mundo, contrastan con el valor superior que la ciencia le brinda a la razón y al intelecto como base de todo conocimiento verdadero, se haría extremadamente difícil empezar a construir dicha relación entre estas instituciones de conocimiento y aprendizaje y lo que se denomina sociedad.
No es difícil advertir el difícil trabajo que ha significado imbuir en la mentalidad latinoamericana el interés por el conocimiento científico, cuando quienes dominaron y sesgaron nuestro destino por siglos, se deslindaron de las corrientes revolucionarias e ilustradas que rondaban Europa, prefiriendo adoptar una cómoda pero perjudicial postración intelectual y social que los apartaría de la modernidad por mucho tiempo y la cual sería “encomendada” a nuestros países de manera instintiva e instantánea.
La España de la conquista, fue en una época de luces, de fulgor intelectual y de resplandor social en busca de libertades, la penumbra del pensamiento y el lúgubre ejemplo del atraso. El prurito de mantener unas relaciones de producción abigarradas y una estructura señorial altamente inequitativa y desigual en donde las libertades y garantías para el comercio eran vedadas y los índices de disparidad en la tenencia de la tierra eran alarmantes, relegándose además la producción y la industria a los últimos renglones de prioridades, hace parte de la herencia de acumulación plutocrática y de despojo atrabiliario, que en particular en el caso de nuestro país, aún permanece incólume. El modelo de los latifundios señoriales que en la España de 1500 pertenecían al arzobispo de Tarragona, a los almirantes de Castilla, a los condes de Benavente o a los duques de Villena, entre otros, hasta el día de hoy se replica en nuestro territorio, con algunas diferencias pero con las mismas dosis de ignominia y los mismos rastros de saqueo. En lugar de dominar territorios de Valencia o Valladolid y lejos de León y Castilla, en nuestra historia reciente la tenencia de la tierra la han tenido los condes Castaño en Antioquia, los archiduques Ardila Lule en el Valle, el duque Mancuso en Córdoba, el arzobispo Báez en Caldas o el marqués Santodomingo en tierras llaneras. Realidades análogas en épocas tan distantes pero que alcanzan a ilustrar un poco la dilatación del desarrollo de la modernidad en Colombia. El influjo de las ideas de la ilustración llegara sin embargo a las generaciones de criollos nacidos en la segunda mitad del siglo XVIII. Criollos ilustrados que dieron gesta a la lucha emancipadora del yugo español y que nos llevarían a conformar posteriormente una república independiente. A partir de ese momento se darían intentos legítimos aunque insuficientes de ilustrar al pueblo y de propagar los conceptos e ideales de las revoluciones burguesas, en particular la francesa.
Sin embargo y a pesar del significado de estas luchas heroicas por la independencia de los pueblos latinoamericanos, es necesario advertir que el espíritu del tiempo y las realidades materiales en medio de las que se dieron las revoluciones burguesas europeas y norteamericana y las gestas libertadoras de Latinoamérica, fueron muy distintas. La formación de los estado-nación, la rápida salida del feudalismo y el capitalismo comercial naciente le brindaron un cariz radicalmente opuesto al desarrollo de estos países europeos. El proceso de salida y de escisión entre la edad media y su modelo feudal y la edad moderna en el plano intelectual, se produjo por procesos previos como el renacimiento y la reforma protestante y posteriormente gracias a la ilustración. El hombre europeo desamarrado de las cadenas de la religión católica, se dará un lugar en el mundo, desarrollara la ciencia basándose en la observación y la práctica, dejando atrás los preceptos dogmaticos que le impedían conocer la verdad y acceder al conocimiento. La burguesía Europea y norteamericana tuvo en los ilustrados su base intelectual, dando un vuelco total a la base clerical que durante el feudalismo fue el soporte de la monarquía.
Diferencias sustanciales con nuestra realidad, que marcan desde el inicio de nuestra nueva historia, un punto de quiebre entre el desarrollo de la modernidad en unos y otros. Mientras en Norteamérica llegó gente con un concepto social avanzado para el momento histórico, en su mayoría calvinistas, puritanos y protestantes, que habían tenido fuertes combates contra la escolástica y el oscurantismo y que en su pensamiento dejaban entrever los conocimientos adquiridos y heredados de la ilustración y el renacimiento, a tierras del centro y del sur, avanzo lo más granado de la reacción católica, cuyo conocimiento de arte y ciencia estribaba la ignorancia y para quienes el centro de su accionar eran casi exclusivamente el lucro y el inexpugnable dogma religioso. De esta manera Francisco Mosquera expresa esta dicotomía histórica: “(…) las disparidades históricas y los desequilibrios presentes de las dos Américas, parten de una insalvable contradicción heredada: el sector más progresista de Europa llegó al lugar menos avanzado del nuevo continente y, viceversa, el poder más reaccionario, a las culturas precolombinas menos atrasadas.” 1.
España nos legó un sino trágico y accidentado hacia la constitución de un estado moderno y democrático. Se dice que la distancia entre Latinoamérica y Europa no son los más de 5 mil kilómetros que nos separan físicamente sino 200 años. Una verdadera revolución intelectual, cultural, social y popular aun no ha tenido lugar en nuestros territorios. La tradición, los hábitos, las creencias y las supersticiones son los instrumentos que nos mantienen aferrados a un pasado colonial que repudiamos pero que reproducimos constantemente.
Somos herederos de una cultura que adoleció por su falta de adaptación a la nueva realidad que el mundo deparaba. Hasta en la obra más famosa de la literatura en castellano, realizada por uno de sus hijos, se refleja el poco entusiasmo con el que las ideas y las concepciones nuevas del mundo se atendieron en su seno. El Quijote de Miguel de Cervantes, evidencia su decepción porque el mundo ya no alberga un lugar para él (un caballero medieval) y se siente extraño en una sociedad cada vez más marcada por los intereses ideológicos de la burguesía.
A Colombia y a América le resta un prolongado camino rumbo a la modernidad. Las cadenas mentales que perviven en nuestra cultura, fruto de siglos de represión y oscurantismo, pesan aun demasiado. A pesar de habernos liberado del yugo opresor con el que iniciamos nuestra vida, el peso de nuestro olvido e inconsciencia ha pesado más que nuestro deseo libertario y progresista. No será sin embargo una postergación perpetua, ya que los pueblos requieren andar el camino de la modernidad, para después crear un sistema y un orden realmente revolucionario, soberano y democrático y ese es con seguridad el deseo de nuestros pueblos.
1. Francisco Mosquera, “En respaldo a Germán Arciniegas”. Resistencia Civil, primera edición, Editorial Tribuna Roja, Bogotá, 1995, pág. 483.
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