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La economía de las Zidre

Aurelio Suárez Montoya, El Tiempo, Bogotá, noviembre 3 de 2014

Por inhabilidad del ministro Iragorri, el Superintendente de Notariado presentó el proyecto de ley sobre Zonas de Interés de Desarrollo Rural y Económico, Zidre. El primer artículo le concede a la Unidad de Planificación Rural Agropecuaria desprender áreas de los baldíos de la Nación, al calificarlas como “inadecuadas” para “unidades agrícolas familiares”. El objetivo: promover la agricultura a gran escala.

Los artículos siguientes del proyecto moldean las Zidre como programas productivo-asociativos, con base en los territorios ya desagregados, los cuales podrán ser “adquiridos” por los campesinos que se “asocien” a ellos. Es decir, luego de despojarlos de su condición de “baldíos”, se los pone a la venta para los trabajadores rurales. Con esa “asociatividad”, la ley introduce por la puerta de atrás, como “gestores” de los proyectos, a empresas agrícolas, forestales o ganaderas, colombianas o extranjeras, a las que vuelve sujeto de estímulos, incentivos crediticios y, quizá, de exenciones tributarias.

El premio mayor es que, mediante distintas formas, como contratos de “concesión”, se les entrega a los “gestores” la tierra solicitada por el tiempo que hayan demandado. El artículo 9 también les permite “adquirir” o “recibir en aporte predios inicialmente adjudicados como baldíos” cuando el campesino que los posee no desee “asociarse” sino vender su propiedad. Abre así una salida de emergencia a los “acaparadores” como Cargill y otros, para “lavar” lo obtenido ilegalmente, estimado por la Contraloría General en 110.000 hectáreas de detrimento del patrimonio público. Como gran dádiva, a los campesinos sin tierra “asociados” a los proyectos se les dará el 15 por ciento del área que supera una unidad familiar.

Las gabelas son generosas en exceso, pero no dejan contento a Rudolf Hommes. A este proyecto, dice, “le hace falta atrevimiento y no tiene alma”. Agrega que responde “a esa oportunidad tímidamente, con criterios contrarios al desarrollo capitalista”; que “los que se arriesgan” no están “ampliamente recompensados” y pide que se vendan 350.000 hectáreas de baldíos para financiar infraestructura necesaria para las empresas.

El factor determinante en la agricultura es la tierra. Su costo, el potencial productivo y la calidad, entre otros, son claves para la factibilidad de todo programa agropecuario. En las Zidre, como concesión, la tierra se otorga con un canon de arriendo –casi nominal– y con un multiplicador mayor, cuando se contabiliza el “costo de oportunidad”. Este es el que asume todo propietario –aquí el Estado o los campesinos “asociados”– cuando en cada cosecha renuncia a las demás opciones productivas. Mientras más dure el contrato de un cultivo, más se acumulará este costo a favor del “gestor” que usufructúa el proyecto.

Los “gestores” no reciben solamente dicho incentivo. También administran el crédito, compran los insumos y fijan los precios de compra del género respectivo en los contratos de “asociación”. Tal “asociatividad” es la “agricultura por contrato”, ingeniada por Cargill y replicada en Colombia por firmas criollas y multinacionales en la palma, con bastantes experiencias fallidas, y en el tabaco. A contramano de lo que propala el discurso oficial, el protagonista de las Zidre no es el campesino, siervo del siglo 21, es el “gestor”.

Uno gana, el otro pierde. El “gestor” se beneficia de la renta asegurada de su inversión cuando comercializa los productos; de la absorción que del costo de oportunidad hace el dueño de la tierra (bien el Estado o los campesinos “asociados”), de la comisión de administración del proyecto y del rédito del trabajo asalariado. El campesino carga con los costos de producción, incluido el pago del crédito, y recibe el valor de la compra de sus frutos, convenido previamente, y que puede no cubrirle todos los importes. Y el Estado toma el canon de arriendo de la concesión. En la economía de las Zidre, el “gestor” concentra la remuneración que otros le trasladan. A Hommes esto le parece “tímido”.

Hay otro ganador oculto. El capital financiero, que encuentra en estas Zidre nicho de colocación de préstamos, oportunidad de manejo fiduciario de recursos y medio de especulación en el futuro, mediante la “maduración” paulatina de una “nueva frontera”. Así lo hizo Black River Fund (Cargill) en la altillanura. La economía de las Zidre es inicua, con razón organizaciones agrarias llaman esta ley la ‘Urrutia-Lizarralde’.

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