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La educación de la Colonia al siglo XX, un libro de capital importancia

Francisco Torres M., Secretario de Relaciones Internacionales de Fecode, Bogotá, mayo 24 de 2016

José Fernando Ocampo ha dedicado su vida a defender el desarrollo y la soberanía de Colombia como político, historiador, economista y maestro. Su papel ha sido el de un hombre renacentista, que lo mismo blande la pluma que empuña la bandera, un pensador y un hombre de acción. Por ello la tarea que nos prescribe es similar al ejemplo de sus esfuerzos: estudiar con detenimiento y actuar con consecuencia.

Como siempre lo hace en sus conferencias y escritos José Fernando tiende un hilo conductor para que la historia no quede confinada a lo dicho por Shakespeare en Macbeth, “la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”. Ese hilo de Ariadna transcurre en las vueltas y vericuetos de la historia colombiana llevándonos a una idea tan sencilla como capital: “una condición indispensable de la independencia nacional radica en la capacidad que tenga Colombia en un momento dado de ponerse al nivel del grado más avanzado de las fuerzas productivas mundiales. Y el nivel científico que haya tenido la educación hasta ese momento y el que siga teniendo en adelante se vuelve definitorio”.

Al ciudadano desprevenido le puede parecer que nadie debería tener opinión distinta. Sin embargo, lo sucedido en doscientos años muestra cómo se han opuesto murallas y cañones para mantener “concepciones atrasadas, metafísicas e idealistas de la educación y del maestro, todas las cuales contribuyen a entorpecer su libre progreso”. Y agregaría, que bajo diferentes circunstancias históricas, bien desde la corona, bien desde el partido conservador, bien desde los intereses de los Estados Unidos

En la Colonia, “España de donde provenían los gobernantes, estaba regida por una monarquía de ideología reaccionaria. El Gobierno, la Iglesia, la escuela, hacían una sola cosa férreamente solidificada desde adentro”, pero frente a ello se alzarían Moreno y Escandón, y Mutis. El siglo XIX la educación seguiría su navegación en aguas procelosas. En tanto Santander abrazaba las ideas de Bentham, Bolívar tomaba partido por Lancaster y luego por la entrega nuevamente de la educación a la iglesia. A la educación estatal laica de Mosquera y los Radicales se le opondrían con toda su fuerza el partido conservador y la iglesia. La confrontación no se circunscribió a lo académico: “Por eso la educación definió los enfrentamientos de las tres principales guerras civiles del siglo XIX, la de 1860, la de 1876 y la de los Mil Días de 1899” (p. 74).

Citando a Gilberto Loaiza Cano, José Fernando nos trae en la lucha librada por la reforma educativa de 1870 los precursores decimonónicos, “las logias masónicas, las Sociedades de institutores y ciertas sociedades democráticas”, de las luchas que ha dado el magisterio en los siglos XX y XXI. Precisamente Loaiza Cano señala el papel que le asignaba el radicalismo al maestro: “el maestro de escuela, sobre todo en la versión masculina, debía ser un individuo con influencia en la vida pública aldeana, es decir, debía estar en capacidad de disputarle la antigua preeminencia al gamonal, al tinterillo y al cura”.

El siglo XX, todavía ardiendo los rescoldos de la Guerra de los Mil Días, arrancaría bajo el signo ominoso de la dominación imperialista de Estados Unidos manifiesta, para que no quedara duda alguna, en el robo de Panamá. La educación, en ese marco, viviría “treinta años de fundamentalismo conservador” y un “tormentoso intento de educación laica”. En la segunda mitad del siglo XX Estados Unidos se convierte en la potencia dominante en el orbe. Ello traerá consecuencias en la educación en la medida en que “no es lo mismo una modernización acorde con los intereses nacionales que una modernización imperialista. La diferencia consiste en que esta última mantiene el país en el límite del atraso para que su economía pueda ser aprovechada por el país dominante”

“En la década del 90 arribó al país la política neoliberal de globalización, apertura económica, reducción del Estado, privatizaciones y reforma constitucional concomitante” Y con ello la “Apertura Educativa”, que como lo señala José Fernando, “con el argumento de la pobreza de la economía nacional, acaba el país acomodándose a una educación de pobres para pobres, inútil para impulsar el desarrollo”.

Los finales del siglo XX traerían la derrota de la Apertura Educativa del Gobierno y el triunfo de la Ley General de Educación y con ella de la autonomía educativa. Nos dice el autor, “no se trata de examinar si los programas oficiales son más o menos adecuados, sino de definir si el Estado mantiene su papel de educador como en el siglo XIX. Tampoco lo determina tal o cual gobierno de características más o menos progresistas. La esencia misma de la autonomía escolar consagrada en la Ley General de Educación fue esto lo que resolvió”.

El profesor Ocampo reseña las grandes batallas que se han dado por una educación pública adecuadamente financiada, del más alto contenido científico democrática (con autonomía escolar) y al servicio de la soberanía nacional.

Para los colombianos, y particularmente para los maestros, que enfrentan la arremetida planeada desde la OCDE y ejecutada por Santos, este libro de José Fernando nos abre una amplia perspectiva de comprensión, una herramienta ideológica para, entendiendo el pasado, hacer acopio de lucidez y fuerza para enfrentar el presente y atender el llamado del futuro.

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