Ha transcurrido otra semana santa, tradicional en el mundo católico, la asistencia a los diferentes templos es una evidencia clara de la influencia que la iglesia aún tiene sobre el grueso de la población; el fervor con que se interpreta en algunos lugares la experiencia vivida por Jesucristo en la época del imperio Romano es una demostración de fe y la confirmación de que el recuerdo de su calvario continúa vivo en la memoria de los fieles. Diferentes interpretaciones se conocen de estos hechos que marcaron el advenimiento de la sociedad feudal urgida de una deidad única en contraposición a las creencias panteístas propias del periodo esclavista de la humanidad, que nos recuerdan el becerro de oro que Moises debió tumbar en el periplo por el desierto con el pueblo judío o las deidades en forma de buey, halcón, serpiente o felino de los Egipcios; en fin un sinnúmero de formas y dioses ligados muchas veces a los diferentes elementos: tierra, aire, agua y fuego que configuraban una enorme constelación de dioses y creencias y por supuesto de pueblos.
El cristianismo facilitó la integración de los grupos que habitaban lo que hoy se conoce como Europa alrededor de un solo dogma, que le permitió a la iglesia como salvaguarda de la fe regir en sus férreas manos los destinos de esa porción de la humanidad por siglos, hasta cuando la consolidación de la sociedad capitalista la relegó al papel de soporte ideológico y debió abandonar su función de administradora de riquezas y justicia. La concentración de poder en el pasado dio origen a episodios que ella misma ha terminado por reconocer como execrables, como ocurrió con la santa inquisición, innumerables relatos y textos dan cuenta de los excesos abominables que se suscitaron al amparo de la oscuridad reinante.
Un conjunto de normas y leyes que giran alrededor del estatuto de seguridad ciudadana que reformó el código penal y de la reforma a la justicia en Colombia, caminan rápidamente en dirección de la concentración del poder de la justicia en manos del ejecutivo, de tal forma que así como en lo económico hemos regresado a un estado colonial supeditado a las ordenes de potencias extranjeras a las cuales solo se nos permite enviarles nuestros valiosos recursos naturales, en materia de control ciudadano estamos entrando al terreno de un gobierno inquisidor que no solo castiga la diferencia de opinión sino el deseo de construir riqueza nacional.
Sobre la reforma a la justicia las propias altas cortes y la oposición ya se han pronunciado solicitando que el gobierno retire el proyecto para discutirlo ampliamente con la sociedad y acordar un texto de consenso, sin embargo hasta el momento la soberbia, que siempre es mala consejera, prevalece en la actitud del gobierno. Tal parece que no es válido para el gobierno de Santos aceptar sus errores, un principio básico para vencer la intolerancia, de tal manera que no es de extrañar que quienes escriban la historia del presente en el futuro, encuentren enormes similitudes entre las practicas de los inquisidores de la edad media y los dueños de la autoridad en los estados modernos.
Por supuesto que los regidores de hoy terminaran jugando el papel de Pilatos en la memoria de las futuras generaciones.
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