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La lenta agonía del arroz

Carlos Tobar, Neiva, febrero 18 de 2015

Un sainete con orquestación gubernamental, se ha venido desarrollando con un producto alimenticio vital de la canasta de consumo nacional: el arroz. Desde finales de diciembre –otra vez las festividades como telón de fondo del engaño–, el precio de este bien, ha venido subiendo a velocidades siderales: de 950 pesos, a 1.800 pesos por libra. ¡Un escándalo! (entre otras cosas, ¿donde merca el Dane?) Un abuso que no solo encarece la canasta familiar popular, como quiera que en la dieta colombiana, se considera que comida sin arroz, no es comida, sino que trata de ocultar el drama que viven los productores nacionales de arroz, que quedaron condenados a desaparecer, tras la firma del Tratado de Libre Comercio, TLC, con Estados Unidos.

Y este es el verdadero trasfondo del sainete oficial. Como los compromisos adquiridos por Colombia con el gobierno norteamericano, incluyen la apertura progresiva del mercado nacional a los productores y exportadores de arroz de ese país, el gobierno del nuestro, arrodillado y preocupado más por el buen suceso de este negocio, ha dejado a los productores colombianos al garete, totalmente abandonados.

Unos productores que en los últimos años han debido soportar todo tipo de adversidades: las variedades que siembran, la mayoría desarrolladas por multinacionales de agroquímicos, están infestadas de plagas, lo que ha reducido la productividad por hectárea en el cultivo. Sin investigación propia, porque hace décadas, presionados por los gobiernos de Estados Unidos, se desmanteló el Ica, el centro de investigación agrícola colombiano, los desarrollos en variedades genéticas propias, prácticamente, no existen. Pero los agobian otras plagas: el crédito costoso y escaso; el costo exagerado de los insumos, si los comparamos con los de países vecinos; el costo exorbitante del transporte, debido al alto precio de los combustibles y de los peajes; el oligopolio de compra, que envilece los precios al productor, mientras encarece los precios de venta al consumidor; el alto costo de los arriendos de la tierra; el valor de las tarifas del agua, etc.

A este productor indefenso, lo ha puesto a competir el gobierno colombiano, con los productores apoyados y altamente subsidiados de los EE.UU. Este año, la cuota de arroz importado norteamericano es de 91.000 toneladas. Aparentemente poco. Pero con la inestabilidad del mercado colombiano, con unos productores, cada vez más desestimulados y debilitados, situaciones de escasez –así sea ficticia–, como la actual, son el escenario perfecto, para que el gobierno colombiano, anuncie, cualquier día, que para garantizar el abastecimiento interno de un producto de primera necesidad, se abren cupos adicionales de importación del arroz gringo, que además lo compran a mitad de precio. Una ganancia pingüe para los intermediarios que, se relamen los bigotes de pensar en la oportunidad que les abre el gobierno nacional.

Mientras tanto, los consumidores colombianos pagaremos de nuestro bolsillo, el desmantelamiento del sector productivo nacional y las aventuras especulativas de los intermediarios comerciales, sin que el gobierno, en este caso el de Juan Manuel Santos, se amarre los pantalones y les impida esquilmar con tal descaro a los más pobres.

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