La gente en las calles de Bogotá es una fiesta enorme. Es como agua que se filtra por todas partes y va cantarina entre piedra y ladrillo uniéndose y dividiéndose ¿No es algo hermoso el ruido, la fuerza de esa masa? Ando entre ella, yo que vengo de lejanías, sonriendo en tanto fluye y fluyó por la Séptima y nos volvemos riada por la Jiménez para remansarnos en la superficie irisada de San Victorino.
A otros les desagrada la multitud y más sí ella está hecha de gente sencilla, de la que labora afanada en oficinas de todo jaez, de la que labora vendiendo en almacenes, de la que labora en las calles con los asuntos inverosímiles, de la que compra lo barato, escasa de dinero y precaria de posibles. Mas a mí me levanta el corazón ver y sentir como se sale de madre, como demuestra su ostentosa fuerza, así sea para lo trivial, la vida popular.
En toda esquina sube al opaco cielo la humareda de lo que se asa y se frita ¿Es buena la grasa de esos sacrificios? Para los pequeños dioses del que luchando sobrevive al día, son felicidades. ¿Quién sabe lo que pasará de aquí a la tarde? En un rato puede venir el incendio del desempleo, de la policía que hostiga, de la imposibilidad de levantarse a hacer algo. Bailemos, mañana hemos de morir.
Bogotá se agita con músicas cruzadas. En una calle y en otra calle luchan la carrilera, la salsa, el vallenato, el regeton. Hay que estar atento: por un momento te toma una canción, te sacude, te enreda vigorosa y de pronto otra se mete y te abraza. No hay que ensordecer ni acobardarse sino tomarlas como vienen, combatidoras, bravas en el amor y el abandono. Son como nuestras mujeres de los campos y los barrios.
¿Te hace falta un encendedor, un pocillo, una media? ¿Buscas un pequeño regalo? ¿Vas casi desnudo para las fiestas y el regocijo? Aquí te llamarán a gritos, te tomarán del brazo, te enseñarán colores brillantes, regatearán, llorarán, se pondrán serios, cambiarán en un instante.
Te alzas para mirar por sobre los hombros de tanta gente y te asombras pensando en que sienten cientos de miles ¿contentos, tristes, con tres pesos, insolventes? Todo al mismo tiempo, toda alegría y toda cólera, toda tristeza y toda galanura. Todo una vasta fuerza que está ahí, la masa de un gran río que hace su propio clima, sus vientos, sus nubes.
El centro de esta ciudad que no es ni vieja ni joven, en esta época de diciembre que no es ni pura tristeza ni pura alegría, con esta gente que es belleza y fealdad es lo mejor que hay, la mejor fiesta. Al fin y al cabo fue construida, destruida y reedificada con el tiempo y la sangre del pueblo.
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