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La mutación de los paisas

Javier S. Burgos, Jot Down, octubre de 2015

Cuentan que en los pequeños pueblitos que colman las cumbres de las montañas de Antioquia, las madres ya conocen el desmemoriado fin que la muerte ha escogido para la mitad de sus hijos antes de nacer.

Saben de la maldición que persigue a su familia, saben que sus hijos morirán de la misma forma que como murieron sus madres, sus abuelos o sus tíos. Lo saben desde siempre, desde que tienen memoria, desde que empezaron a poblar aquellas lejanas laderas andinas, a más de dos mil metros de altitud. Dicen que acostumbran a encomendarse a dios en el día de la boda, para pedirle fuerzas suficientes para sobrellevar el peso de la maldición. Saben que ya no habrá remedio cuando comiencen los primeros olvidos, los primeros descuidos, que anticipan, casi sin remedio, que la desgracia ha vuelto a llamar a sus desvencijadas puertas.

Cuentan que los habitantes de los pueblos en las montañas antioqueñas, que entre ellos se llaman paisas, de paisanos, están perdiendo la memoria. Cuentan que ya no saben quiénes son, que caminan absortos por la casa que una vez reconocieron como hogar. Dicen que al principio empezaron a olvidar el nombre de sus hijos, y que ahora ni tan siquiera son capaces de recordar que una vez fueron padres.

Cuentan que cuando los afectados ya no tenían remedio, sus familiares intentaban que los acogieran en la casa de locos de Medellín. A casi ninguno ni tan siquiera les concedía ese deseo la esquiva fortuna.

Dicen que todo empezó con don Javier Sanpedro Gómez y doña Maria Luisa Chavarriaga Mejía, hace ya muchas décadas, allá por 1750, cuando estos dos vascos se establecieron en los alrededores de Angostura. Javier y María Luisa fueron la primera pareja que sufrió la bobera. Y allí relatan que empezó la maldición. Tres de sus hijos fueron macabramente escogidos para propagar el mal que acompaña al olvido.

Dicen que la maldición se extendió a partir de entonces como la pólvora, más allá de los lindes de Angostura, infectando a los pueblitos de la región, como cuando la Nada perseguía a Atreyu. Cuentan que los siguientes años empezaron a enfermar los habitantes de Belmira, de Yarumal, de Santa Rosa de Osos, incluso de San José de la Montaña.

Dicen los afortunados viejos de las montañas que la bobera es fruto de la brujería, del enyerbamiento y del maleficio de las estatuas españolas. Cuentan que uno de los sacerdotes que oficiaba en la zona se encargó de maldecir a las gentes del lugar, condenando a aquellos que tocaran las ramas de un árbol maldito a perder sus memorias y las de sus seres queridos. Esos hombres y mujeres vagarían hasta su muerte absortos y desorientados por las empinadas callecitas que escalan hacia la selva.

Dicen que la bobera se acabó extendiendo al norte y al suroeste de Antioquia. Que todo empezaba cuando los desgraciados afectados sufrían dolores de cabeza, y que luego llegaba la desmemoria y la dificultad en el andar y en el habla. Algunos de ellos enfermaban antes siquiera de cumplir los treinta años.

No fue hasta 1984 cuando Francisco Lopera Restrepo, coordinador del Grupo de Neurociencias de la Universidad de Antioquia, empezó a estudiar la bobera. El doctor Lopera conocía muy bien la región. Había nacido en Aragón, a tan solo sesenta kilómetros de donde habían vivido siglos atrás los vascos. Era uno de ellos, un paisa que volvía de Bélgica para comprender qué les pasaba a sus convecinos. También conocía bien el mal. Su abuela paterna fue una de las afectadas.

El doctor Lopera se interesó por un enfermo que vivía en las montañas del suroeste antioqueño. Se trataba de un paciente de cuarenta y siete años que estaba perdiendo la memoria, hijo y nieto de afectados, y donde la maldición había llegado a alcanzar hasta otros siete miembros de la familia. La familia sería posteriormente catalogada como C1, la primera del estudio colombiano. Hoy la nomenclatura llega a C40.

Ha pasado el tiempo. En la región hay ya más de cinco mil descendientes de Javier y María Luisa. Cinco mil personas procedentes de veintiocho familias emparentadas. Cinco mil personas que han transmitido durante generaciones y generaciones la mutación E280A en el cromosoma 14, siendo cuidadosamente seleccionada por la consanguineidad, los matrimonios entre familiares y el aislamiento de los pueblos anclados en las montañas colombianas. La mutación de los paisas.

El doctor Lopera ya sabe que la mutación tiene una herencia autosómica dominante, o lo que es lo mismo, que al menos la mitad de los hijos y alguno de los progenitores de cada familia afectada la sufrirán irremediablemente.

Tuvo que pasar casi una década para que el equipo del doctor Lopera pudiera confirmar la sospecha del origen de la bobera. Pudo comprobar de qué se trataba gracias a la donación de un cerebro de un miembro de una familia enferma. Este neurólogo conseguía demostrar que la bobera no era ni más ni menos que la enfermedad de Alzheimer. En su variante genética, claro está. Hoy el neurobanco del Grupo de Neurociencias de la Universidad de Antioquia supera los doscientos cerebros de antioqueños enfermos.

Dice el doctor Andrés Villegas, otro de los neurólogos implicados en el estudio, que en Antioquia probablemente está el mayor grupo familiar del mundo con una variante genética de la enfermedad de Alzheimer. Algo así como el Atapuerca del alzhéimer.

En diciembre de 2013, casi treinta años después de la evaluación del primer individuo afectado, se comenzó un ensayo clínico para evaluar el efecto del fármaco Crenezumab. A la universidad colombiana se han sumado el National Institute of Health estadounidense, el Banner Alzheimer’s Institute y la compañía Genentech, miembro del grupo farmacéutico suizo Roche. Todo ello recogido bajo el paraguas del estudio llamado Alzheimer’s Prevention Initiative (API). El fármaco pretende eliminar las placas amiloides que se forman en los cerebros de los enfermos. Ahora nos toca esperar y confiar. Allá por el año 2020 abriremos la caja y podremos saber qué ha pasado.

Desgraciadamente los resultados solo se podrán extrapolar de forma directa a los enfermos de alzhéimer de la variedad genética, la cual alcanza tan solo al uno por ciento de los casi cuarenta millones de enfermos repartidos a lo largo y ancho del mundo. Pero tal vez arroje un poquitito de luz para la mayoría de los enfermos, los de la variante no familiar, y tal vez algo de esperanza. Esperemos que así sea. Mientras tanto, seguiremos trabajando conjuntamente para desentrañar los entresijos de la pandemia que borra la memoria de los enfermos y causa la bobera en los paisas. El secreto para avanzar en esta devastadora enfermedad se esconde, tal vez, en el lema del escudo de Belmira, uno de los pueblitos donde campa a sus anchas la mutación paisa. El blasón reza «Unión y trabajo».

Mientras tanto, nos contentaremos con tratar de recordar las palabras del eterno Mario Benedetti, a modo de antídoto. Ya saben, “El olvido está lleno de memoria”.

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