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Las guerras por la energía en el siglo XXI

Michael T. Klare, TomDispatch, julio de 2014

Iraq, Siria, Nigeria, Sudán del Sur, Ucrania, los Mares del Sur de China y del Este: a donde quiera que se mire, el mundo está en llamas con nuevos y cada vez más graves conflictos. A primera vista estos levantamientos políticos parecen ser acontecimientos independientes, causados por circunstancias únicas y particulares. Pero mírese más de cerca y se verá que comparten ciertas características claves—especialmente, un brebaje de antagonismos étnicos, religiosos y nacionales que han sido agitados hasta un punto de ebullición por una idea obsesiva sobre la energía.

En cada uno de estos conflictos, la lucha es incitada en gran medida por la existencia de antagonismos históricos entre las tribus, sectas y pueblos vecinos. En Iraq y Siria, es un choque entre sunitas, chiitas, curdos, turcumanos y otros; en Nigeria, entre musulmanes, cristianos y agrupaciones organizadas en tribus; en Sudán del Sur entre los pueblos Dinka y los pueblos Nuer; en Ucrania, entre los leales a Ucrania y los voceros rusos leales a Moscú; en el Oriente y en el Mar del Sur de China, entre los chinos, japoneses, vietnamitas, filipinos y otros. Sería fácil atribuirle esto a los odios de vieja data, como ha sido sugerido por muchos analistas; pero mientras tales hostilidades sigan conduciendo a estos conflictos, están siendo alimentados por un impulso también más moderno: el interés de controlar recursos valiosos de petróleo y gas natural. No hay que engañarse sobre esto, se trata de las guerras del siglo veintiuno sobre la energía.

A nadie debe extrañarle que la energía juegue un papel significativo en estos conflictos. Petróleo y gas constituyen, después de todo, las mercancías más importantes y valiosas, así como constituyen la mayor fuente de ingresos de los gobiernos y corporaciones que controlan su producción y distribución. En realidad, los gobiernos de Iraq, Nigeria, Rusia, Sudán del Sur y Siria, derivan el grueso de sus ingresos de sus ventas de petróleo, mientras las firmas más grandes de energía (la mayoría de carácter estatal) ejercen inmenso poder en estos y en otros países involucrados. Quien controle estos Estados o las áreas de producción de gas y petróleo dentro de ellos, también controla el acopio y distribución de rentas cruciales. Aparte de la pátina de enemistades históricas, muchos de estos conflictos, de verdad, constituyen luchas por el control de la principal fuente del ingreso nacional.

Por otra parte, vivimos en un mundo centrado en la energía, en donde el control de las fuentes de petróleo y gas (y de sus medios de distribución) se convierte en una bofetada geopolítica para algunos y en vulnerabilidad económica para otros. Debido a que tantos países dependen de la importación de energía, unas naciones con excedentes para exportar—incluyendo Irak, Nigeria, Rusia y Sudán del Sur—ejercen con frecuencia una influencia desproporcionada en el escenario mundial. Lo que sucede en estos países afecta a los demás tanto como a quienes viven en ellos y, de ahí el riesgo de una intervención directa, el comercio de armas, el envío de asesores militares o la asistencia económica—mayor que casi en cualquier otra parte.

La batalla por los recursos energéticos ha sido un factor sobresaliente en muchos de los más recientes conflictos, incluyendo la guerra entre Irán e Irak de 1980 a 1988, la Guerra del Golfo de 1990 a 1991, y la guerra civil sudanesa de 1983 a 2005. A primera vista el factor del combustible fósil en los más recientes estallidos de tensiones y conflictos parecería menos evidente. Pero mirando más de cerca se verá que cada uno de estos conflictos es, en el fondo, una guerra de la energía.

Irak, Siria e ISIS

El Estado Islámico de Irak y Siria—ISIS—, el grupo extremista sunita que controla extensos parajes de Siria y del norte de Irak, es una milicia decidida a crear un califato islámico en las áreas bajo su control. En algunos aspectos es una organización religiosa fanática, sectaria, que se propone reproducir la devoción pura e incorrupta de la primigenia era islámica. Al mismo tiempo está comprometida en un proyecto de construcción de nación que pretende crear y poner a funcionar un estado con todas sus características.

Tal como Estados Unidos lo aprendió de su abatimiento en Irak y Afganistán, la construcción de Estado es costosa: las instituciones tienen que ser creadas y financiadas, los ejércitos alistados y pagados, las armas y el combustible ser proporcionados y mantenida la infraestructura. Sin petróleo (o alguna otra fuente lucrativa de ingresos), ISIS jamás podrá esperar el logro de sus ambiciosas metas. Sin embargo, puesto que ahora está ocupando áreas claves de producción petrolera de Siria y refinerías de petróleo en Irak, se encuentra en una posición privilegiada para lograrlo. El petróleo, entonces, es absolutamente esencial en esta gran estrategia de organización.

Siria nunca ha sido un productor importante de petróleo, pero su producción de preguerra de 400.000 barriles diarios estuvo proporcionándole al régimen de Bashar al-Assad una fuente importante de ingreso. En este momento, la mayor parte de los pozos de petróleo se encuentran bajo control de los grupos rebeldes, incluyendo ISIS, el Frente Nusra vinculado con Al-Qaeda y con las milicias locales kurdas. Aunque la producción de estos campos ha disminuido significativamente, todavía sigue siendo explotada y vendida por distintos canales clandestinos para abastecer los rebeldes con ingresos y fondos operativos. “Siria es un país petrolero y cuenta con recursos, pero fueron robados por el régimen en el pasado,” afirma Abu Nixar, un activista antigubernamental. “Ahora están siendo robados por los que se están usufructuando de la revolución.”

En un principio, muchos grupos rebeldes estaban involucrados en estas actividades extractivas, pero desde enero, cuando ISIS asumió el control de Raca, la capital de la provincia del mismo nombre, ISIS se ha convertido en el jugador dominante de los campos petroleros. Además, se ha apoderado de los campos en la provincia vecina de Deir al-Zour a la largo de la frontera iraquí. En realidad, muchas de las armas de dotación estadounidense adquiridas del fugitivo ejército iraquí en su huida hacia Mosul y hacia otras ciudades del norte de Irak han sido transferidas hacia Deir al-Zour como ayuda en la organización de la campaña para tomar el control total de la región. En Irak, ISIS está luchando para tomar el control de la refinería más grande de Irak en Baiji, en el centro del país.

Todo indica que ISIS vende petróleo de los campos que controla a los intermediarios clandestinos encargados del transporte—principalmente en carro tanques—a los compradores en Irak, Siria y Turquía. Se dice que estas ventas proveen a la organización con los recursos para pagar sus tropas y adquirir su enorme arsenal de armas y municiones. Muchos observadores defienden también que ISIS está vendiendo petróleo al régimen de Asad a cambio de la inmunidad de los ataques aéreos dirigidos contra otros grupos rebeldes. “Muchos residentes en Raca acusan a ISIS de colaborar con el régimen sirio,” informó el periodista kurdo, Sirwan Kajjo, el pasado junio. “Los residentes dicen que mientras otros grupos rebeldes en Raka están siendo castigados por los ataques aéreos del régimen, los cuarteles generales de ISIS no han sido golpeados ni una sola vez.”

Como quiera que la lucha actual en el norte de Irak continúa, es claro que allí también el factor central es el petróleo. ISIS busca al mismo tiempo negar el abastecimiento de petróleo al gobierno de Bagdad y fortalecer sus arcas, reforzando su capacidad de construcción nacional y además de avances militares. Al mismo tiempo, los kurdos y varias tribus sunitas—algunas aliadas del ISIS—buscan el control de los campos petroleros localizados en áreas que están bajo su control y una mayor participación en la riqueza petrolera nacional.

Ucrania, Crimea y Rusia

La actual crisis en Ucrania comenzó en noviembre de 2013 cuando el presidente Viktor Yanukovich rechazó un acuerdo de lazos más fuertes con la Unión Europea (UE) y optó por lazos más cercanos con Rusia. Esta decisión desencadenó airadas protestas en Kiev e indujo finalmente a Yanukovich a abandonar la capital. Con el principal aliado de Moscú expulsado de la escena y las fuerzas pro Unión Europea en control de la capital, el presidente ruso Vladimir Putin se movió a tomar control de Crimea y a promover un movimiento separatista en Ucrania oriental. En ambos lados, la lucha resultante concierne con la legitimidad política y la identidad nacional—pero como en los otros conflictos, también tiene que ver con la energía.

Ucrania no es un productor importante de energía. Pero es la principal ruta de paso para el gas natural ruso hacia Europa. Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos–EIA—Europa obtuvo el 30’% del gas de Rusia en 2013—la mayor parte del gigante estatal de gas ruso, Gasprom, y casi la mitad trasportada por oleoductos que cruzan Ucrania. Así, pues, este país juega un papel crítico en la compleja relación energética entre Europa y Rusia, la cual ha resultado increíblemente lucrativa para minorías en la sombra y oligarcas que controlan el flujo de gas, en medio de intensa controversia. Una diferencia sobre el precio que Ucrania paga por sus propias importaciones de gas ruso provocó dos veces un corte en el suministro de Gasprom, lo cual provocó también una disminución del abastecimiento de Europa.

Con este trasfondo, no es sorprendente que un objetivo clave de un “acuerdo de asociación” entre Estados Unidos y Ucrania que fue rechazado por Yanukovich (y que ya ha sido firmado por el nuevo gobierno de Ucrania) exija la extensión de las reglas de energía de la Unión Europea al sistema de energía ucraniano—en esencia eliminando los cómodos acuerdos entre las élites ucranianas y Gasprom. Con el ingreso al acuerdo—aseveran los funcionarios de la Unión Europea—Ucrania comenzará “un proceso de aproximación de su legislación energética a las normas y estándares de la Unión Europea, facilitando así reformas al mercado interno.”

Los dirigentes rusos tienen sobradas razones para desconfiar de un acuerdo de asociación. Primero que todo, llevará a Ucrania, un país en sus fronteras, a un abrazo político y económico más estrecho con el Occidente. De especial preocupación, sin embargo, es el abastecimiento de energía dada la dependencia económica del gas europeo con Rusia—eso sin mencionar la amenaza a las fortunas de las bien conectadas élites de Rusia. Al final de 2013, Yanukovich recibió una presión inmensa de Vladimir Putin para darle la espalda a la Unión Europea y, en su lugar, establecer una unión con Rusia y Bielorusia, un acuerdo que hubiera protegido el estatus privilegiado de las élites en ambos países. Sin embargo, por ir en esa dirección, Yanukovich puso un reflector poderoso sobre el clientelismo político que ha plagado el sistema de energía ucraniano y desencadenado, en consecuencia, protestas en la Plaza de la Independencia de Kiev (Maidan) que lo llevaron a su caída.

Una vez iniciadas las protestas, una cascada de acontecimientos condujo al impase actual, con Crimea en manos de Rusia, gran parte del oriente bajo el control de los separatistas pro rusos, y el resto de las áreas occidentales en movimiento cada vez más hacia la Unión Europea. En esta lucha actual, la política de identidad ha venido a jugar un papel prominente, con los dirigentes de ambos lados haciendo un llamado a las lealtades nacionales y étnicas. La energía, no obstante, subsiste como un factor mayor en esta ecuación. Gasprom ha elevado repetidamente el precio que cobra a Ucrania por sus importaciones de gas natural, hasta cortar el suministro por completo el 16 de junio con el reclamo de no pago de las últimas entregas. Un día después, una explosión averió uno de los principales oleoductos de gas ruso para Ucrania—un acto que todavía está siendo investigado. Las negociaciones sobre el precio del gas sigue siendo un asunto mayor en las negociaciones en proceso entre el recién electo presidente ucraniano, Petro Poroshenko, y Vladimir Putin.

La energía también juega un papel clave en la decisión de Rusia de apropiarse de Crimea por medios militares. Por la anexión de esta región, Rusia dobló virtualmente el territorio de ultramar que controla en el Mar Negro, considerado el almacenamiento de miles de millones de barriles de petróleo y de vastas reservas de gas natural. Antes de la crisis, varias firmas petroleras occidentales, incluyendo Exxon Mobil, estaban negociando con Ucrania el acceso a estas reservas. Ahora, van a estar negociándose con Moscú. “Es un gran negocio,” dijo Carol Saivetz, un experto euroasiático en la universidad MIT. “Despoja a Ucrania de la posibilidad de desarrollar estos recursos y se los entrega a Rusia.”

Nigeria y Sudán del Sur

Los conflictos en Sudán del Sur y Nigeria son diferentes en muchos aspectos, aunque comparten un factor común clave: una furia generalizada contra el gobierno y una desconfianza hacia los funcionarios gubernamentales que se han vuelto ricos, corruptos y autocráticos, gracias al acceso a los abundantes recursos del petróleo.

En Nigeria, el grupo insurgente Boko Haram está luchando para derrocar el sistema político existente y establecer un estado musulmán fundamentalista. Aunque la mayoría de los nigerianos condenan los métodos violentos del grupo (incluyendo el secuestro de cientos de niñas adolescentes de una escuela estatal), ha obtenido fuerza del disgusto con la pobreza en que está sumida la parte norte del país debido a la corrupción del gobierno central en la distante Abuja, la capital.

Nigeria es el mayor productor de petróleo en África, con 2,5 millones de barriles diarios por día. Con el precio del petróleo alrededor de 100 dólares por barril, esto representa una fuente sorprendente de riqueza para la Nación, aun después de que las compañías privadas involucradas en las operaciones de extracción obtengan su participación. Si estas ganancias—estimadas en miles de millones de dólares por año—se utilizaran para estimular el desarrollo y mejorar el nivel de vida de la población, Nigeria podría ser un faro de esperanza para África. En su lugar, la mayor parte del dinero desaparece en los bolsillos (y las cuentas bancarias extranjeras) de unas élites nigerianas bien conectadas.

En febrero, el gerente del Banco Central de Nigeria, Lamido Sanusi, le comunicó a un comité parlamentario de investigación que la Empresa Nigeriana Nacional de Petróleo (NNPC) había dejado de pasarle 20 mil millones de dólares de ganancias al tesoro nacional, tal como lo exige la ley. Habían sido trasladados evidentemente a cuentas privadas. “Se ha perdido una cantidad importante de dinero,” le dijo al New York Times. “No estoy hablando de números. Lo que le he mostrado es un escándalo.”

Para muchos nigerianos—una mayoría de los cuales subsiste con menos de 2 dólares por día—la corrupción en Abuja, combinada con la injustificable brutalidad de las fuerzas de seguridad del Gobierno, es una fuente de ira permanente y de resentimiento, la cual genera una base para el reclutamiento de los grupos insurgentes como Boko Haram y les gana una admiración envidiable. “Conocen bien la frustración que puede impulsar a tomar las armas contra el Estado,” afirma el reportero de National Geographic, James Vernini, que ha estado haciendo entrevistas en áreas de guerra en el Norte de Nigeria. En este momento, el gobierno ha demostrado una capacidad cero para derrotar la insurgencia, al mismo tiempo que su ineptitud y sus tácticas militares de mano dura, no han hecho sino alienar cada vez más a los nigerianos del común.

El conflicto en Sudán del Sur tiene raíces distintas, pero comparte un lazo común con la energía. En verdad, la formación de Sudán del Sur es un producto de la política del petróleo. Una guerra civil en Sudán que duró desde 1955 hasta 1972 solamente terminó cuando el gobierno de dominio musulmán en el norte aceptó dar más autonomía a los pueblos de la parte sur del país, la mayoría practicantes de religiones tradicionales de África o cristiana. Sin embargo, cuando se descubrió el petróleo en el Sur, los gobernantes del Sudán del Norte abjuraron de sus anteriores promesas y buscaron la manera de ganarse el control de los campos petroleros, desencadenando una guerra civil que duró de 1983 a 2005. Se estima que dos millones de personas perdieron sus vidas en esta confrontación. Al final, le fue concedida completa autonomía al sur y el derecho a votar la secesión. Con el referendo de enero de 2011 en el que el 98.8% de los sureños votó la separación, el país se volvió independiente aquel 9 de julio.

No acababa de establecerse el nuevo estado, sin embargo, cuando el conflicto con el Norte por el petróleo empezó de nuevo. Mientras Sudán del Sur tiene una gran cantidad de petróleo, el único oleoducto que le permite exportar su energía se extiende a través de Sudán del Norte hasta el Mar Rojo. Esto asegura que el Sur dependa del Norte por la mayor fuente de los recursos del Gobierno. Furiosos por la pérdida de sus campos, los norteños cobran excesivas altas tasas por el transporte del petróleo, lo cual produce un corte en las entregas del petróleo proveniente del Sur y una violencia esporádica a lo largo de las fronteras en disputa entre los dos países. Finalmente, en agosto de 2012 las dos partes acordaron una fórmula para compartir la riqueza fronteriza y, entonces, el flujo de petróleo fue restablecido. Pero los combates han continuado en ciertas áreas fronterizas controladas por el Norte, pero habitadas por grupos vinculados con el Sur.

Como el líder de Sudán del Sur, presidente Salva Kiir, cuenta con el flujo del ingreso petrolero asegurado, buscó consolidar su control sobre el país y sobre todos los ingresos del petróleo. Alegando un intento inminente de golpe de estado de sus rivales, dirigido por el vicepresidente Riek Machar, dispersó su gobierno multiétnico el 24 de julio de 2013 y comenzó a detener los aliados de Machar. La lucha por el poder que resultó, se convirtió rápidamente en una guerra civil étnica, con el familiar del presidente Kiir, del pueblo Dinka, contra miembros del pueblo Nuer, al cual pertenece Machar. A pesar de varios intentos de negociación de un cese al fuego, los combates han seguido desde diciembre, con miles de muertos y cientos de miles obligados a abandonar sus hogares.

Lo mismo que en Siria e Irán, gran parte de la confrontación en Sudán del Sur se ha concentrado alrededor de campos petroleros vitales, ambos lados con la determinación de controlarlos y apoderarse de los ingresos que generan. A partir de marzo, todavía bajo control gubernamental, el campo de Paloch en el estado del Alto Nilo todavía estaba produciendo 150.000 barriles diarios, de unos 15 millones de dólares para el Gobierno y la participación a las compañías petroleras. Las fuerzas rebeldes, dirigidas por el vicepresidente Machar, están tratando de apoderarse de estos campos para quitarle este ingreso al Gobierno. “La presencia de fuerzas leales a Salva Kiir en Paloch, para comprar más armas que matan nuestra gente…no es aceptable para nosotros,” afirmó Machar en abril. “Queremos tomar control de los campos petroleros. Es nuestro petróleo.” Hasta ahora, el campo permanece en manos gubernamentales, pero con informes de que las fuerzas rebeldes avanzan en la periferia.

El Mar del Sur de China

En ambas partes, en los Mares de China Oriental y del Sur, China y sus vecinos reclaman los diversos atolones y las islas que están a mitad de camino con vastas reservas submarinas de petróleo y gas. Las aguas de ambos sitios han sido escenario de colisiones navales recurrentes en los pasados años y han convertido al Mar del Sur de China en centro de atención.

Un pozo rico en energía del Pacífico Occidental, ese mar, hace tiempo convertido en un foco de discordia, es disputado por China, Vietnam, la isla de Borneo y las Filipinas. Las tensiones alcanzaron un clímax en mayo cuando los chinos desplazaron allí su plataforma de perforación petrolera más grande, la HD-981, a aguas reclamadas por Vietnam. Ya en el área de perforación, alrededor de 120 millas náuticas fuera de las costas de Vietnam, los chinos rodearon el HD-981 con una gran flota de guerra y de barcos guardacostas. Cuando los guardacostas vietnamitas intentaron penetrar este anillo defensivo en un esfuerzo de sobrepasar la plataforma petrolífera, fueron embestidos por los barcos chinos y golpeados por cañones de agua. Hasta ahora no se ha dado pérdida de vidas en estos choques, pero en los disturbios callejeros anti chinos en Vietnam en respuesta a la invasión marina, dejó ya muertos, y los enfrentamientos en el mar pueden seguir por varios meses hasta que los chinos muevan su plataforma a otro sitio (quizás igualmente disputado).

Los disturbios causados por el desplazamiento del HD-981 han sido promovidos en gran medida por el nacionalismo y el resentimiento de pasadas humillaciones. La insistencia de los chinos en que unos pequeños islotes en el Mar del Sur de China les pertenecieron a su país en algún momento, lo que busca es superar las pérdidas territoriales y las humillaciones sufridas a manos de poderes occidentales y del Japón imperial. Los vietnamitas, acostumbrados a invasiones chinas, buscan proteger lo que consideran su territorio soberano. Para el común de los ciudadanos en ambos países, la demostración de fuerza en esta disputa es una cuestión de orgullo nacional.

Pero interpretar la movida china en el Mar del Sur de China como un punto de impulsos nacionalistas sería un error. El propietario de la plataforma HD-981, la Compañía China de Exploración de Petróleo en Ultramar (CNOOC), ha llevado a cabo extensas pruebas sísmicas en el área disputada y evidentemente está convencida de la existencia de grandes reservas energéticas. “Se estima que el Mar del Sur de China posee 23 a 30 mil millones de toneladas de petróleo y 16 billones de metros cúbicos de gas natural, o sea un tercio de los recursos totales de China en petróleo y gas”, anunció la agencia de noticias china Xinhua. Aún más, China anunció en junio que estaba desplazando un segundo perforador a las aguas disputadas del Mar del Sur de China, esta vez en la boca del Golfo de Tonkin.

Como mayor consumidor de energía del mundo, China está desesperada por adquirir la mayor cantidad de suministros frescos de petróleo. Si bien sus dirigentes están preparados para hacer grandes compras siempre crecientes de petróleo y gas en África, Rusia y el Medio Oriente para abastecer sus necesidades de energía en aumento, preferirían por supuesto desarrollar fuentes propias y explotarlas. Para ellos el Mar del Sur de China no es una “fuente” extranjera de energía sino una fuente china, y parecen decididos a utilizar todos los medios que se requieran para asegurársela. Pero como otros países, incluyendo Vietnam y Filipinas, también buscan explotar estas reservas de petróleo y gas, parece inevitable que se produzcan nuevos choques con crecientes niveles de violencia.

El combate no termina

Tal como lo dan a entender estos conflictos y otros más, la lucha por el control de fuentes estratégicas de energía o de distribución de los ingresos petroleros es un factor crítico en la mayoría de las guerras contemporáneas. Si bien las divisiones étnicas y religiosas proporcionan el acicate político e ideológico de estas batallas, constituyen el potencial para mantener viva la confrontación por las gigantescas ganancias del petróleo. Sin la promesa de estos recursos, muchos de estos conflictos desaparecerían por falta de recursos para comprar el armamento y pagar las tropas. Mientras el petróleo se mantenga fluyendo, las partes beligerantes tendrán los medios y los incentivos para seguir peleando.

En un mundo de energía fósil, el control sobre las reservas petrolíferas y gasíferas constituye un componente esencial del poder nacional. “El petróleo incita más que los automóviles y los aviones,” le afirmó Robert Ebel del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales del Departamento de Estado a una audiencia en 2002. “El petróleo aviva el poder militar, la hacienda pública y la política internacional”. Mucho más que una mercancía común de comercio, “se trata de un factor determinante del bienestar, de la seguridad nacional y del poder internacional para quienes poseen este recurso vital y lo contrario para los que no lo poseen.”

En todo caso esto es más cierto hoy, y a medida que las guerras de la energía se expanden, la verdad de esto será más evidente. Algún día, quizás, el desarrollo de las fuentes renovables de energía invalide esta sentencia. Pero en el mundo actual, si hay un conflicto en desarrollo, póngale cuidado a la energía. Allí estará presente en alguna parte sobre este planeta nuestro de energía fósil.

Traducción de José Fernando Ocampo T.

POLO DEMOCRATICO ALTERNATIVO
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