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Las importaciones destruyen la produción del agro y la industria nacionales

Álvaro Rodríguez Soto, Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria-Cundinamarca. Bogotá, febrero 20 de 2012

La propaganda santista se esfuerza por convencer al país de la solidez de las políticas de su Unidad Nacional, a sabiendas de que los vientos de crisis mundial se están convirtiendo en huracanes, y que las cifras y fórmulas que presenta para embellecer una economía dependiente de la extracción de materias primas, sometida a la manipulación de la “confianza inversionista” y de los TLC, menoscaba la industria, el agro y los salarios nacionales, agravados por creciente desempleo e informalidad. Esto indica inexorablemente que la retórica y el engaño a favor del modelo imperante terminará por reventar la falsa Unidad, porque de Nacional ya no le queda ni la moneda.

En esta encrucijada a la que han llevado al país, no sobra repetir certeros argumentos a favor de la resistencia al saqueo y en defensa de la soberanía económica de la nación, expuestos en 1999 por el hoy Senador de la República, Jorge Enrique Robledo (1) anunciando la gravedad del impacto de la apertura económica en palabras del entonces presidente de la Junta Nacional de la ANDI, Darío Múnera Arango, quien señaló:

“la competencia no es entre empresas sino entre naciones, naciones completas (…) en el ámbito internacional, más que la capacidad de competencia empresarial o de competencia industrial juega la capacidad nacional de competencia” (2).

“Significaba con ello Múnera Arango, concluye Robledo, que en el precio de cualquier mercancía que se envía por el mundo, lo principal, lo determinante, no es la voluntad de los individuos que la producen sino las circunstancias en que ellos actúan, es decir, las condiciones nacionales que les hayan permitido, o no, acumular capitales y tecnologías que de ellos se derivan, y si se benefician de maquinarias con precios razonables, de créditos abundantes y baratos, de insumos con precios bajo control, de altos niveles de educación, investigación científica y asistencia técnica, de grandes y pudientes mercados internos, de enormes obras de infraestructura, de fletes internos baratos, de subsidios abiertos y encubiertos, de barreras proteccionistas arancelarias y fitosanitarias y de las restantes garantías que, en últimas determinan quién vence a quién en la competencia internacional”.

Es decir, de lo que se trata es de la existencia o no de un Estado soberano, que mínimamente goce de autonomía, que proteja su territorio, sus recursos e impida la descapitalización del patrimonio nacional y la expoliación de su mano de obra.

En la misma ponencia, titulada “Neoliberalismo y desastre agropecuario”, Robledo cita a Lester Turow, decano de la escuela de administración del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT):

“tome cualquier producto, sume la capacidad mundial para producirlo, calcule a cuanto habrá de comprarlo el mundo, y habrá cuanto menos un 30 por ciento de exceso de capacidad de producción” (3).

Y para el caso del agro Turow señaló:

“el mundo sencillamente puede producir más de lo que necesitan comer los que tienen dinero para pagar. Ningún gobierno firmará un acuerdo que obligue a un elevado número de sus agricultores y a una gran extensión de sus tierras a retirarse de la agricultura” (4).

Robledo precisa que cuando Turow habla de “ningún gobierno”, no se refiere a los de Gaviria, Uribe y Santos, sino a los de Estados Unidos y las otras potencias.

Repasamos estos principios porque Santos está empeñado en poner a funcionar su locomotora minero-energética y sus TLC, afectando sensibles intereses nacionales que inevitablemente se le opondrán, y al favorecer a las multinacionales con sus felonías, estimulará una auténtica Unidad Nacional, la de los afectados por las políticas del imperialismo y sus agentes. Y no podía ser de otra manera, porque la resistencia mundial a la extorsión financiera impuesta a los pueblos por los banqueros internacionales, agita el espíritu de unidad de los productores y trabajadores colombianos ante la aberrante concentración de la riqueza y entrega del país a especuladores extranjeros.

El autorizado juicio del profesor Eduardo Sarmiento Palacio, persistente contradictor de la ortodoxia neoliberal, consigna una vez más sus atinadas críticas a propósito del foro “Riesgos del TLC con Corea”: “La minería, en razón de su alta rentabilidad privada, propicia la entrada masiva de inversión extranjera que presiona la revaluación e impide el florecimiento de otras actividades. El resultado es una enfermedad holandesa en que el consumo de bienes industriales y agrícolas se adquiere en el exterior, la producción se realiza en actividades que no generan mayor empleo o lo hacen en la informalidad y se configura con un cuantioso déficit creciente en cuenta corriente”. Y confirma el desastre de la apertura económica, con la siguiente afirmación: “…los hechos se han encargado de demostrar que los beneficios de los bienes transables se encuentran más en la producción y el empleo que en el abaratamiento de las importaciones”. (5).

Una declaración desde Berna-Suiza del foro de Ambiente y Desarrollo, aparecida en la publicación AGROPOLY (6) de diciembre de 2011, desnuda una vez más ante el país a los impenitentes burócratas que lo gobiernan, porque defienden intereses monopólicos que sólo a ellos no los afecta. El documento reseña lo que sucede en el mundo del café y otros alimentos controlados por cinco reconocidas transnacionales: NEUMANN, VOLCAFÉ, ECOM, KRAFT y NESTLÉ que manejan la vida de 25 millones de campesinos y 500 millones de consumidores con el dominio del 55% del comercio mundial del café. Y tres tostadoras, NESTLÉ, SARALEE Y KRAFT manipulan el 40% del mercado mundial.

NESTLÉ, mediante contratos, auténticas maquilas, en México, Tailandia, Filipinas e Indonesia maneja 16 millones de plantas de café y planea para el año 2020 tener bajo su control 220 millones de cafetales.

Además de estas cinco multinacionales en los negocios del café, la declaración de Berna reporta el top de las diez mayores, donde están las ya mencionadas que monopolizan el 15,5% de la comida para animales. Por ejemplo, cuatro de ellas dominan el 99% del mercado de la crianza de aves.

El 74% del mercado de las semillas está en manos de las diez mayores corporaciones y MONSANTO predomina con el 27%.

El 55% de los fertilizantes del mundo está en manos de tales monopolios con sede en Estados Unidos, Alemania, Canadá, Holanda e Israel. El 90% de los pesticidas igualmente están bajo su control.

Es decir, los negocios de la globalización tienen dueños reconocidos en el agro, al igual que en la industria automotriz, la petroquímica y la minería. Es así como monopolios en Brasil y Argentina producen el 48% del total de la soya como energía que se transforma en carne, leche y huevos para los negocios del primer mundo. Esta recolonización nos debe movilizar a los colombianos a defender la tierra y la soberanía alimentaria de nuestro país e impedir que los inversionistas se la apropien con la complacencia del gobierno, que les brinda todas las garantías en el Plan Nacional de Desarrollo, burlándose de los campesinos despojados de sus fincas con la ridícula restitución de la cacareada Ley de víctimas.

Defender la tierra para cultivar nuestros alimentos e impedir la confabulación de los TLC, que arrasa la industria y el trabajo nacional, garantizará nuestra dieta básica suplantada por las importaciones y la especulación con los alimentos que causa el hambre en el mundo.

Notas:

1. Ponencia presentada en el foro “El impacto de la apertura en el sector agropecuario”, organizado por la Asociación por la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria, 8 de junio de1999 en Ibagué.

2. Revista ANDI, # 102 P.15

3. El Tiempo, 14 de febrero de 1993.

4. Thurow, L., La guerra del siglo XXI, p. 73, Vergara, Buenos Aires, 1992.

5. El Espectador, 29 de enero de 2012, p. 25 No al TLC con Corea.

6. Revista AGROPOLY, http//www.evb.ch/p19281.html

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